
Antología
poética - Elizabeth Schön
Palabra universo, prisma ondular, cuna de estrellas
selváticas, de luceros impacientes y de cometas a la deriva
en medio de gases y círculos equidistantes. Vientos, luces,
rieles tendidos. Explosiones, estallidos, montañas por
nacer.
Universo, carne, cuerpo, con balizas cintilantes;
cinturón de esmalte partido por ascuas efervescentes. Como
pecho volcánico.
Desde aquí el grito.
Dadle sensibilidad y manos para pintar pajareras y
retratos; párpados y pupilas para soñar; un presentimiento
para adivinar su continuidad y una función que encienda la
materia en caña dulce y amorosa, su intimidad, fin.
Que le nazca un arroyo de madrigal, una ninfa vidente, un
juglar enamorado para que desaparezca la frialdad de la
rosa; el estallido reduzca su destrucción; la lava ame al
centauro por nacer y el fuego se convierta en una novia de
pétalos; no más aros candentes sin sensación ni alma.
Universo. Átomos culebrean en su pórtico, chispas
ruedan en la oscuridad como el polen arrasado por el viento.
Llama sin salmo. ¡Tristeza de su concentración!
Espacio: dos pájaros que se buscan, un cisco que escucha
a otro y le lanza su atarraya luminosa. Una culebra que besa
el rayo amoratado, una calavera que abraza a un trébol, y
un mástil caído en la honda de espuma imprecisa. Una
fronda que mastica la cascada y una página erizada por la
presión de la lágrima.
Espacio, ansia de posesión, secreto que separa dos
cúpulas, césped frutal, lámina y rayos partidos, hambre
material.
Y, ¿la materia? fiera que muerde un punto extensivo y
rasguña la lejanía con movimientos de mandíbulas
intranquilas; hacia acá, hacia allá, no hay sitio fijo ni
continuo. Dadle ánima para incendiar sus elementos.
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El alma
pregunta: ¿quién soy?, ¿quién es esta multitud que
hierve en mí, como la espuma de un pozo intransitable?
Y el silencio la cubre, con la humedad de las hojas
caídas.
Le nacen barcas y se pierden en los garfios del espacio,
galas y retoños se mueren sin saber de dónde llegaron;
sujeta un sentimiento y se le escapa a otro cuerpo, coge una
idea tal cual la sardina apresa el oro de la luna, y
emprende un viaje al mundo. Cuanto contempla se aleja sin
lograr detenerlo.
Se devana en buscar su origen y mientras está más
sumergida, encuentra que cuanto la cubre es un gobelino
zurcido que la fecunda.
Podría decir. Soy una multitud. Se me adhieren las
ideas, los fervores y cuanto existe, sin poseer un centro
único y mío. Cada pájaro, hoja, página que me ronda es
un lago ignorado que marcha a la vida o se consume dentro de
mí. El yo no es mío, se me disuelve al encontrarme sujeta
por la belleza, la humildad, las aves y los deseos que me
cercan.
Si alguien grita: Soy, desconoce que ese ser es una
multiplicidad aprisionada en busca de salida.
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Desaparecen los apoyos
para que en la cosecha del círculo
albergue lo antes perdido,
lo antes sometido a desprendimiento.
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Ante la fragancia de sus hilos
se dirige al campo
es allí donde lo reclaman
los cantares oriundos de la labranza
de] árbol y las aguas
Del antiguo labrador l
Se viste el hombre
con el traje intocable
del antiguo labrador..
es allí donde se asienta mejor su vestimenta
porque es allí donde nacieron sus alforjas
y ese color fosforescente del ropaje
extendido por sobre el redondo espacio
de los siglos y segundos.
Contempla los extremos de las copas
de las sierras y las nubes.
Fija su mirada en cada gajo
en cada cercanía y distancia
y ni en las altiplanicies y mesetas
ni aun mucho más allá de las crestas
en el esparcimiento de las ciudades
de las alcobas las aulas y los lechos
encuentra el fuego de un fruto
siempre ahí prendido y oloroso
para todo aquel en busca de tierra
que sujetar y prolongar.
Sintiendo entonces, que en su alma
sólo alberga la presencia
de los que nunca conocieron
el zumbido fresco de los ríos
ni supieron de las brisas
cuando resuenan en los espacios
la continuidad del zumo primerizo
coge las semillas y se las ofrenda al sol.
Se halla triste su alma
se halla triste su sangre
en la que se agolpa
la urgencia de sembrar
hasta en la desértica ponzoña.
No le hablan las fases del mundo
ni le resplandecen las palabras
con sus siembras de inacabable profundidad.
Se le han marchado las pupilas ajenas
hacia los horizontes.
Descubre inmóvil la memoria.
Ve cómo las celdas eslabonadas de la inercia
habitan aún el pasado del río primitivo
con el trueno y las grandes algas del amanecer.
Hacia el lugar que contemple
sólo encuentra
torsos alambrados que huyen
labios huecos irremediablemente carcomiéndose
espasmos contagiosamente agónicos
quedándole como signo de su mirar
hacia la tierra
la mujer
el niño
y el anciano
una hiriente zanja
honda
y tan honda que se liga
al peso incontable de la inmensidad.
II
Mas impulsado
por los primeros inicios de la mano
en busca de hierba y techumbre
no desiste en vigilar las savias
las raíces
y sigue allí
donde mismo y en lo mismo
conducido por el anhelo único
de revivir lo decaído
y maltrecho que se aposenta
hasta en las cáscaras abandonadas del sueño.
Es dueño de un lema aprendido
en el horror oculto que no se descarga
en el rechazo contenido que se desconoce
en los vientres que se inflan
y se inflan hasta desgarrar el día
tocar la noche
y ese lema absorbido
en lo que jamás pudo izar
su afluente de aguas comunicativas
vive en sus ojos
en su piel
en sus venas
ayudándole a constatar
la inclemencia con la que se hunden
campesinos, cosechas
y se pierden y se olvidan
voces de otras voces
más voces buscando la desembocadura enorme
de la luz llegando
siguiendo dentro y hacia...
III
El hombre que luce
las primigenias indumentarias
por los requerimientos del surco y la fertilidad
anda veloz
encendido
sumando los restos yermos de las parcelas
marcando las vasijas en las que quedó latiendo
la ansiedad de miles en recibir y acaparar
el esplendor de un astro nunca visto
pero añorado y esperado a cada instante.
Y va...
va hacia todos los costados
hacia todas las alturas hacia todos los recodos y escondites
llevando consigo el dolor de los que callan
de los que lloran y padecen
porque jamás han visto brotar el pan
la mazorca
el pozo de cristalina infinitud
con la luz dentro.
Y no se demora.
Le son asequibles las aguas detenidas
lo irresoluto de la mirada.
Y mientras más le asombra
el mutismo de las pieles
a punto de irse en el vaivén
de los horizontes partidos más aprieta la azada
el surco
y más cultiva aquí
lejos
en la indecisión de los que aguardan
en la timidez de los que ignoran
en cada sitio en donde
socave la angustia
y no se derrame el soliloquio
de las acequias, las azancas.
Aun si estrella su rastrillo
contra los oros despiadadamente reprimiendo
no prescinde de su capa de primer labrador
de primer cosechero de la vida
junto a la expansión de un nombre
y otro nombre
para otro nombre
entre cada crepúsculo
y cada blanco hallazgo del renacer.
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