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![]() LA MAGIA
Toda la brujería provienede la lujuria carnal RESULTA INTERESANTE observar cómo la necesidad de comprender el mundo desconocido mediante la magia induce al hombre en general a investigar en libros religiosos antiguos, buscando respuesta para necesidades modernas, como si el tiempo no hubiese transcurrido. Todavía recuerdo, cómo hace varios años, decidí incursionar en el arte de la magia casera, recordando algunos trucos que en mi infancia había practicado frente a familiares y amigos, inspirado en viejos libros de quiromancia. En mi segundo año de bachillerato había sido una vez ayudante de un coterráneo quien, mayor en años y en aventuras, presentaba en el liceo el acto arriesgado de cortar a una mujer en dos. Fue sólo una vez: la susodicha, una hermosa mulata hija del servicio de mi amigo, a quien habíamos convencido por completo de lo inocuo del procedimiento y a la que habíamos pagado la mitad del precio acordado por adelantado, saltó despavorida de la caja ante la visión del enorme serrucho apenas iniciado el primer acto. Años más tarde recordé nuevamente las habilidades de otros tiempos: sacar monedas de detrás de las orejas o arreglar pañuelos después de quemarlos, teniendo entonces como audiencia la atención entusiasmada de mi hijo, de cuatro o cinco años, que saltaba de gozo ante la revelación impresionante de cada uno de los trucos. Sin embargo, cuando intentando hacer escuela, traté de explicarle la forma en que se hacían, fui yo quien quedé atónito ante su reacción, al verle tirarse al suelo en una crisis de rabia y llanto desconsolado, hasta que en la confusión pude comprender, no sin dificultad, que no solamente no deseaba saber nada de explicaciones ni enseñanzas de ocultismo, sino que en realidad su mayor goce radicaba en sentir que su padre tenía el poder increíble de transformar las cosas, de aparecerlas o desaparecerlas, que era poderoso, mágico y omnipotente: le aterrorizaba, en otras palabras, comprender que todo era mentira. Y este deseo no es en absoluto extraño al resto de los humanos, al tener que enfrentar la angustia cotidiana ante las exigencias de la vida, la impotencia frente a los aconteceres, la necesidad de un poder especial que nos permita sentir que tenemos acceso a la indiferencia de la Naturaleza o a la sordera de Dios. No logramos comprender en otra forma el hambre de religión, el fanatismo peligroso que en búsqueda de la inmortalidad lleva a la muerte: las guerras interminables entre irlandeses protestantes y católicos, entre árabes y judíos o entre cristianos y musulmanes en la antigua Yugoslavia, por ejemplo. Pero el miedo ante la impotencia, ante la finitud o la fragilidad, lleva al hombre a preferir la pérdida de lo único que en verdad posee: la vida. En Caracas, una ciudad con alta incidencia delictiva y una profunda discrepancia entre las clases privilegiadas y las indigentes, tal y como sucede en la mayoría de las grandes metrópolis latinoamericanas, existen dos condiciones en donde los ricos necesitan de los pobres, y por las cuales con frecuencia arriesgan y llegan hasta perder la vida al incursionar en barrios catalogados como zonas rojas: una son las drogas, la otra es la magia, en forma de brujos o iluminados. También es común leer en la página de obituarios del periódico de mayor circulación largas cartas y poemas dirigidos a algún familiar, fallecido hace poco o mucho tiempo, como si su alma fuese capaz de salir diariamente de la tumba para leer, exactamente en ese diario en particular, los recuerdos escritos por sus familiares. Aunque Buñuel, el gran director de cine, escribió en su autobiografía que no le importaría morir si pudiese todos los días salir de su tumba a leer las noticias. El pensamiento mágico, muy propio de los niños, funciona en una forma diferente a como se estructura el pensamiento lógico; mientras el primero es caprichoso, voluntario y supeditado a un deseo privado, el segundo es determinante, fatalístico y determinado por la realidad. La magia es atractiva por varias razones: nos permite negar nuestra impotencia ante las dificultades de la vida, haciéndonos sentir la capacidad de poderlo todo: si anoche soñé con el número 15 y hoy lo juego en la lotería, seguro me saco el premio, o alguien que «echa las cartas» podrá predecirme el futuro. Muchas personas en nuestro medio, ante todo mujeres, guardan en alguna parte de su memoria, como un preciado tesoro, la historia de que alguna vez «una mujer» en una barriada pobre les aseguró que se casarían con un hombre de tales condiciones, que tendrían tantos hijos o que harían algún viaje. Se aferran con tal vehemencia a esa historia, que a cada paso de sus vidas tienen la certeza de que el hombre con quien se casaron o los hijos que tuvieron eran exactamente aquellos que la bruja les había una vez anunciado. Por lo general, las mujeres están más inclinadas tanto hacia el pensamiento mágico como a la idealización, hacia el deseo de fabricar heroes que las rescaten de su pasividad y dependencia, de] lugar de la injusticia y el anonimato en donde sienten que el destino las ha restringido; un deseo que con frecuencia matiza sus fantasías masturbatorias. En esto posiblemente radica la tendencia universal de todas las mujeres, en todas las culturas, hacia el romanticismo: la necesidad de que alguien, el hombre, tome responsabilidad, que se haga cargo de su sexualidad debido al peso increíble que ello tiene sobre su propio yo. El romanticismo se encuentra unido a la culpa, al temor que siente la mujer de ejercitar abiertamente su sexualidad poderosa, sin tener que ocultarse detrás de un escenario aparentemente asexual. Por lo general las mujeres se encuentran más inclinadas hacia la religión y la magia, ya que se sienten desvalidas y más culpables debido al poder incuestionable de la impronta, y al temor de perder ese «santo lugar» que las madres han creado para ellas: «niñita buena asexuada», la «Caperucita Roja» perseguida por el «Lobo Feroz».(1) La conciencia o el superyó psicoanalítico de la mujer parece mucho más exigente y tanto más culpabilizante que el de los hombres. Por ejemplo, son más exigentes en cuanto a limpieza, apariencia, perfección, citas, cumpleaños, aniversarios, etc., algo que se encuentra presente desde muy temprano: lo observamos cuando comparamos, por ejemplo, el cuaderno escolar a nivel de primaria y secundaria entre hembras y varones. Cuando tales exigencias son exageradas, las mujeres terminan sintiéndose más culpables e inseguras, observándose que existen varias razones que contribuyen a este hecho: a) el poder de la impronta, o el poder del cuerpo tal y como ya lo he referido; b) la teoría de la cloaca, la confusión entre las funciones vaginales y las anales; c) la identificación de las madres con sus hijas y la tendencia a ejercer fuertes prohibiciones en cuanto a su sexualidad, ante todo la masturbación; d) las demandas biológicas tales como la menstruación, el embarazo y el parto. Hemos observado últimamente en los Estados Unidos, más que en otros países europeos, y muy poco en Latinoamérica, un mayor incremento en películas de ficción que van desde la brujería y el encantamiento, hasta la vida después de la muerte, fantasmas, incursión en el futuro, poderes especiales tales como percepción extrasensorial, telequinesis, telepatía, clarividencia, adivinación profética, etc., los cuales son extremadamente atractivos para todo tipo de público incluyendo a los adultos. Tengo la fantasía de que esta especial necesidad de crear esta forma de mitología, y la inclinación a mirarla tanto en el cine como en la televisión, representa el resultado directo de la forma de vida diariamente frustrante, competitiva, estresante, y ante todo extremadamente fastidiosa y rutinaria, que por lo general está presente en los países industrializados. La vida se ha vuelto tan organizada, repetitiva y predecible, que la consecuencia inmediata pareciera ser la necesidad de fabricar poderes esotéricos como un escape forzoso.(2) Cuando las estadísticas revelan un incremento en el número de adolescentes embarazadas, quienes no habían tomado ninguna precaución durante el coito por cuanto no habían tenido la suficiente fuerza de voluntad para controlar su deseo, pienso que estas mujeres, muchas de las cuales se muestran absolutamente responsables acerca de sus carreras u otras actividades, han creído en pura magia y que sólo con el poder investido en Dios tendrían suficiente. La magia ha estado siempre presente en todas las culturas, desde el advenimiento del hombre hasta la actualidad, quizás mucho menos ahora que entonces como consecuencia del avance de las ciencias. Un buen ejemplo es la desaparición de muchos espectros universales bien conocidos, tales como el jinete sin cabeza, la llorona, el fantasma que defiende algún tesoro, las almas en pena, etc., que una vez que Edison inventó la luz eléctrica y las noches iluminadas fueron exiliados definitivamente. La magia funciona por contaminación: los sueños con inundaciones significan abundancia, los gatos negros son de mal agüero, ver pájaros indica la posibilidad de un viaje. Una gran cantidad de mujeres de todos los credos, clases y colores, usan pantaletas amarillas y sacan las maletas a la puerta para recibir el año nuevo, con el propósito de que en éste la suerte les sonría y puedan irse de viaje con la seguridad casi absoluta de que el precio del dólar a futuro así como la economía del país estarán a salvo y completamente controlados en virtud del color de las pantaletas y del lugar en donde se coloque el equipaje. Poco ha cambiado la mente humana en cuanto a la complejidad infinita de tales presagios, y desde los hombres primitivos hasta los actuales, muchos rigen una parte importante de sus vidas guiados por arcanos designios o por oscuras profecías. Los antiguos griegos y luego los romanos durante la época del Imperio no decidían ninguna empresa antes de consultar al oráculo, y primero faltaba el médico en la corte, que el brujo de turno. La historia de Rasputín en la corte de los zares de Rusia es bastante conocida: una especie de monje casanova, cuyo verdadero nombre era Grigory Efimovich Novykh, conocido como Rasputín a secas, que significa «seductor» en ruso, para enfatizar su compulsividad sexual perversa, lo que junto a una astucia natural y a una personalidad magnética le llevó en muy corto tiempo a ejercer una influencia definitiva en todos los menesteres de la corte, sobre todo en las mujeres. Como podía mediante sugestión hipnótica detener las hemorragias hemofílicas del príncipe Alexis, heredero al trono, la zarina Alexandra llegó a creer firmemente que el monje era un enviado de Dios para mantener la continuidad de la dinastía de los Romanov, lo cual le permitió a Rasputín saciar sus apetitos con cuanta mujer -noble o campesina- se le pusiera por delante, hasta el punto de que su propia esposa, por celos o desesperación, «escogió» el mismo día y hora exacta en que asesinaron a Ferdinand, emperador austro-húngaro, en Sarajevo (julio 28 de 1914, a las 2:15), para apuñalarlo en el abdomen al tiempo en que gritaba enloquecida «ya maté al Anticristo». Dos años más tarde, justo en la noche del 30 para el 31 de diciembre del año 16, varios nobles de extrema derecha se conjuraron y designaron al príncipe Yusupov para asesinar al monje mediante pasteles envenenados -tal era el terror a enfrentarlo-, a propósito de la celebración de la navidad; pero como el cianuro de potasio sólo sirvió de aperitivo y a Rasputín no le dio ni dolor de cabeza, Yusupov desesperado y aconsejado por los otros conspiradores, le descargó un revólver completo, y como tampoco murió lo lanzaron a las aguas congeladas del río, después de castrarlo. Sin embargo, no fue sino después de la autopsia cuando pudieron comprobar que a Rasputín no lo mató ni el cianuro, ni las balas, ni la emasculación; simplemente murió ahogado. Y por si esta serie de casualidades increíbles fuera poco, transcribo un trozo de la carta que Rasputín envió a la zarina poco antes de morir: «... creo que dejaré esta vida antes del 1 de enero [lo asesinaron el 30 de diciembre por la noche]... si soy muerto... por mis hermanos los campesinos rusos, tú y el Zar de Rusia no tienen nada que temer, reinarán por cientos de años en Rusia. Pero si soy muerto por nobles... si fuera tu familia la que me ases¡nara, entonces ninguno de tu familia... vivirá más de dos años. Serán muertos por el pueblo ruso... yo seré muerto. Ya no estoy más entre los vivos ... ».(3) Curiosamente la revolución bolchevique estalló dos meses después (marzo de 1917) y los zares fueron asesinados dos años y medio más tarde (18 de julio de 1918), lo que con frecuencia nos hará decir: ¡yo tampoco creo en brujas, pero de que vuelan, vuelan! Le correspondió a Freud descubrir la existencia del inconsciente en la mente humana, las leyes que la estructuran y el poder determinante que diariamente rige nuestras vidas. El inconsciente, en otras palabras, se guía por las mismas leyes de la magia, o más exactamente, la magia que existe en nuestras mentes proviene de la presencia del inconsciente y de todo el material almacenado en él a lo largo de nuestra historia personal. Por ejemplo: hace poco las noticias nos dieron a conocer la existencia en Caracas de una pareja de extranjeros que recolectaba perros y gatos callejeros para sacrificarlos y venderlos en algunas partes de la ciudad en forma de pinchos de carne asada. Estoy absolutamente seguro de que muchas personas recorrieron su memoria investigando, con un malestar en la boca del estómago, si en algún momento de debilidad y hambre habían sucumbido a la tentación, pero con tal magnitud de desagrado que podrían imaginarse que más que consumir carne de gato se hubiesen contagiado con una enfermedad incurable. El despliegue amarillista de la noticia, el terror pintado tanto en los periodistas como en los vecinos, la satisfacción de los policías descubridores del hecho, como si al fin se hubiera conocido la identidad del destripador de Londres, hacían pensar en un crimen de «lesa majestad». ¿Qué cosa había oculta en esta fechoría tan espantosa, de haber sacrificado una cuerda de perros y gatos callejeros de esos que abundan tanto, con cuya carne se enhebraron pinchos posiblemente bien sazonados y de buen gusto, que muchos comieron con gran placer y sin que en forma alguna tuvieran ninguna consecuencia digestiva? Después de todo, sacrificamos vacas, cochinos, chivos y ovejas, sin que tales actos no sólo no constituyan un crimen, sino que su muerte y expendio son indispensables para nuestra subsistencia. Sin que con esta investigación intente bajo ningún respecto justificar el acto de vender carne de perro y de gato, sabemos que en otras latitudes estos animales constituyen delicatessens, un caro y delicioso bocado servido en restaurantes de lujo junto a serpientes, hormigas, cachicamos o cocodrilos, como exóticos platos a precios exorbitantes. El problema, en última instancia, radica en que tanto los gatos como los perros son animales domésticos, que en nuestra cultura criarnos y mantenemos en nuestras casas como parte de la familia, y cuya muerte y sacrificio, inconscientemente la identificamos con nosotros mismos, hasta el punto de que la asociamos con un acto de canibalismo, casi como si hubiésemos dado muerte a un ser humano y lo vendiéramos en pinchos de carne asada. Una circunstancia ligada en el inconsciente con un conflicto muy humano al cual Freud se refirió como el complejo de Edipo, que identifica el deseo ancestral de matar al padre, o a la madre, para lograr la posesión de la madre, o de] padre, según sea el sexo del hijo. LOS HOMBRES DIOSES Esta inclinación obligante hacia la magia ha sido también responsable de la necesidad del ser humano a través del tiempo de modificar por completo los hechos históricos, según la necesidad de fabricarse héroes o de hacerse dioses a partir de muchos hombres terrenos y vernáculos. Esto debe haber sucedido con Buda, Mahoma, Cristo, Santa Teresa o la Virgen Inmaculada, entre otros. Por eso resulta irreverente, pecaminoso, intentar examinarlos a la luz de la realidad de las cosas, como a cualquier otro mortal. A muchas personas les ha resultado desagradable que García Márquez nos haya presentado a un Bolívar más humano. Pensemos por ejemplo en un personaje menos conflictivo y bastante conocido como Cristóbal Colón: se divorció de su mujer para casarse con la hija de un cartógrafo y así tener acceso a los mapamundis de la época, además, entregó indefinidamente al pobre Diego, su hijo, al cuidado del convento de la Rávida, para que así no entorpeciese sus planes y poder dedicarse en cuerpo y alma a su empresa. En términos corrientes y habituales, en los que tratamos de definir la normalidad, es decir, el comportamiento cotidiano y común de un cristiano de su época -y de la actual-, Colón no era una persona que diríamos completamente en sus cabales. ¿Qué individuo en su sano juicio se aventuraría en un barco de vela, con un grupo de ex presidiarios, a un mar que todos pensaban como plano que se desparramaba hacia el vacío inconmensurable en el borde del infinito, a donde nadie había ido --que se supiese- y del que nadie había regresado? Aún en estos momentos, cualquier persona común y normal estaría pendiente de su negocio, al lado de su mujer, sus hijos y sus amigos, con alguna fiestecita de vez en cuando, pendiente de la política o la lotería, etc. Nunca se le ocurriría, como ya lo hizo un astronauta, subirse en una nave espacial e ir hasta la Luna, quedarse girando a su alrededor completamente solo, mientras otros igual de arriesgados aterrizaban por primera vez en suelo lunar, para al final, entre vítores y felicitaciones, traerse un saco de piedras y un montón de tierra, que hasta la fecha nadie sabe para qué sirvieron, y que, después de todo, son lo que más abunda entre nosotros. Sin que en ninguna forma quiera esto decir que critico o me opongo al oficio arriesgado que tantos hombres han realizado y hacia quienes la humanidad estará en deuda para siempre por haber abierto las trochas del futuro. Yo me imagino a Colón entrando a una taberna en Génova, por ejemplo y, al abrir la puerta y volverse los parroquianos curiosos para ver quien entraba, murmurar alguno de ellos inmediatamente entre dientes y por lo bajo: «Oye José, fijate hombre quien está llegando, el Colón ése, que no te vea, no le mires a los ojos, que seguro viene a echamos otra vez ese cuento de que la Tierra es redonda y que se va para la India y todo esto, y la verdad es que no aguanto que me lo cuente otra vez... oye José que viene hacia acá hombre... me cago en ... ». (Colón se acerca y saluda.) Colón: «Buenas tengáis vosotros, ¿cómo estáis, que estáis tomando?... Mesonero traedme una copa de vino... ¿Os he contado que ya tengo listo el proyecto para el viaje y que el buen Rey de Portugal está muy entusiasmado? ¿Os he contado ya que si navegamos hacia el Este llegaremos por el Oeste?» Silencio absoluto. Pero indudablemente la historia ha sido hecha por hombres excepcionales. Julio César, por ejemplo, se amargaba la existencia a la edad de 23 años porque a esa misma edad Alejandro había conquistado el mundo y él no había hecho nada; ni digamos nada del juramento de Bolívar en el monte Aventino. Es indudable que esa terquedad, hasta cierto punto anormal, esa ambición descomunal y esa adicción incontrolable a la fama llevaron a Julio César, Napoleón, San Martín, Bolívar, Cristo o Hitler a conquistar un lugar para la eternidad, claro que sin discriminar quién lo hizo por el bien y quién por el mal, quién por razones puramente egoístas y quién por el mayor altruismo. Yo tengo la sospecha de que cuando Isabel la Católica decidió vender sus joyas para entregar el dinero a Colón, pudo haberlo hecho no sólo por un interés verdadero en la ciencia, en el conocimiento, porque su educación en materia de mares, continentes y geografía en general la llevaron a la más absoluta convicción de que en verdad la tierra era redonda y que todos los grandes doctos de la corte que pensaban en otra forma eran simplemente unos barrigas verdes; sino que, literalmente, aquella pobre reina abrumada por las responsabilidades de la corte, la guerra interminable contra los moros y otros reinos circunvecinos, además de la esquizofrenia galopante de Juana su hija y los problemas con Fernando su marido, realmente, ya no pudo más frente al empuje repetitivo, continuo, seguido y persistente de Colón. ¿Habráse visto alguna vez a una mujer deshacerse de sus joyas así nada más, para conseguir dinero e invertir, con un desconocido, en una empresa que aún en estos días parecería totalmente descabellada? Las mujeres que he conocido, muy lejos de la abundancia de una reina, no venden ni un zarcillo, aunque temiendo un asalto nunca lo usen y lo guarden en los lugares más inverosímiles, más aún, por lo general son pasto fácil de cualquier joyero, quien las convence fácilmente de que las joyas son la mejor inversión. Yo tengo la sospecha de que con tantos problemas Isabel dio el dinero a Colón con el único propósito de deshacerse de él; después de todo qué sabía ella en materia de Océanos o mundos ignotos, cuando casi todos los sabios de entonces aseguraban que la Tierra era absolutamente plana, que descansaba sobre cuatro elefantes colocados a su vez sobre el lomo de una tortuga gigante que nadaba a sus anchas en un mar de leche. La sorpresa de la pobre Isabel debe haber sido inaudita cuando, algunos meses después, olvidada y descansada de la testarudez de Colón, le anunciaron su llegada. Colón, indudablemente no descubrió a la América, sino que la inventó, lo cual quizás nos explique la injusticia de que no lleve su nombre. La idealización de los hombres y de las cosas es factible mediante un proceso de amnesia, de] deseo de olvidar que una vez sólo fueron simplemente humanos, además de la perenne necesidad de lograr una esperanza ante la impotencia del transcurrir interminable del tiempo, de la finitud y de la muerte. Al hombre le duele el devenir, y en el fondo la neurosis y el sufrimiento cotidiano que continuamente experimentamos, similar a un «dolor de muelas», no sonmás que un «dolor de tiempo»: nos acechan los fantasmas insolubles del pasado, de la infancia, la angustia ante el presente, o el porvenir incierto de la nada. «Hay que vivir como si se estuviera muerto» dice un viejo proverbio chino, con una sabiduría que hay que pensarla con cuidado para comprender el verdadero sentido de su enseñanza. Unamuno decía que un campesino interrogado por él aseguraba que no creería en un Dios que no asegurase la continuidad de] espíritu, un hilo de esperanza para seguir viviendo, para no dejar de ser, no convertimos en un «ser-para-la-nada», y para siempre, como dirían los existencialistas, un seguir siendo como el «ánima loca» de] emperador Adriano.(4) En esto radica exactamente el éxito de Jesús hasta nuestros días, en vender la esperanza de otra vida, más justa, más tranquila y hermosa, que la agitada y amenazante de este mundo. EL DIOS NECESARIO Siempre he pensado que uno llega a creer en la existencia de un Dios de acuerdo a dos mecanismos: o por tradición o por transacción. Por tradición quiero decir el repetir las cosas como un ]oro sin discutirlas, porque así nos lo enseñaron desde pequeños, porque nos asusta cuestionar y ejecutamos por imitación; o porque frente a la inmensidad del espacio, del misterio de la vida y la amenaza de la muerte, nos transamos. Si Cristo fue un Dios, por ejemplo, no tendríamos porqué admirarnos de su humanismo o fue un Dios, por ejemplo, no tendríamos porqué admirarnos de su humanismo y sabiduría, después de todo para un Dios todo debe ser más fácil; pero si por el contrario.
Fuente: Dios es una Mujer por Rafael Ernesto López, Monte Ávila Editores Latinoamericana, pag 61.
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