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![]() Memoria de Cien años de Soledad Jacques Joset Los más de treinta años que han transcurrido desde la publicación de Cien años de Soledad no han hecho menguar el interés de los lectores por esta obra, sino más bien lo han incrementado, manteniéndola tan viva hoy como en el momento de su aparición. En este trabajo Jacques Joset, profesor de la Universidad de Lieja, quien es considerado uno de los más importantes especialistas en esta obra de García Márquez, hace un recorrido por sus tres décadas de experiencias con Cien años de Soledad, a lo largo de los cuales ha tenido la responsabilidad de preparar las mejores ediciones críticas que existen de ella. Cada lectura de un libro que acompaña la vida de uno depara novedades y sorpresas, si realmente es un libro de vida. No importa que estas relecturas sean profesionales, como pueden serlo las de un profesor universitario de literatura, quien también necesita tener libros de cabecera que alimenten sus fantasmas. Cada lectura es un acto de memoria y de redescubrimiento. Fragmentos del texto que uno podría recitar con los ojos cerrados, imágenes que resucitan, no dejan de encantar al enamorado de las palabras como si fuera la primera vez. Líneas y párrafos enteros que pasaron inadvertidos en lecturas anteriores, aparecen ahora como trascendentes, producen nuevos sentidos antes no vistos ni oídos, que, a su vez, incitan a volver a leer la obra íntegra. Ya que, al parecer, lo leído y releído nunca había sido leído: no ocurra que la nueva perspectiva hermenéutica oculte otros sentidos nunca vistos ni oídos. Treinta años y poco más de lectura de Cien años de soledad no han agotado las posibilidades de las múltiples tentativas de desciframiento, ni los varios trabajos de toda clase que le he dedicado, ni un libro y parte de otro, ni las nueve ediciones de la obra, corregidas, puestas al día, pulidas y vueltas a pulir en un, sí, agotador por imposible rastreo de las interpretaciones, indagaciones, investigaciones hasta policíacas, informaciones verificadas y por verificar, sobre o en torno o por encima de la novela de 1967. Todo lo contrario: cada revisión del mismo texto, cada lectura de un comentario del texto la refrescan, la reaniman, la reorientan. Hasta me atrevería a decir que la última versión (1998) de mi edición comentada de Cien años de soledad difiere ya sustancialmente de la primera (1984), aunque no lo digan las sucesivas advertencias al lector. Al preparar la novena edición, me di cuenta de que el mamotreto había seguido el mismo camino de los ritos tradicionales: los participantes creen reproducir fielmente los gestos y palabras transmitidos por las generaciones anteriores, pero cambian una entonación aquí, suprimen un paso allá, introducen una variante acullá, de tal forma que, al correr de los años, el rito es otro, aunque siga siendo el mismo. Me ha ocurrido lo que a todos y a Pierre Menard: mi texto de Cien años de soledad de hoy es diferente al de la edición original, por más que me empeñara en ceñirme a la estricta filología, en una lucha desesperada contra los impresores de la editorial Cátedra, que cuando mando a corregir erratas, introducen otras. Pero ni siquiera de filología se trata, sino de lectura: la mía actual es una especie de hojaldre constituido por capas de sentido, a veces reconocibles, a veces no, ni siquiera por mí mismo. Poco más de treinta años también establecen una distancia histórica mínima, aunque todavía insuficiente, como para valorar con más precisión y documentación la obra en sus contextos sociohistóricos, culturales y literarios. Despojados del alumbramiento producido por la lectura descontextualizada de 1967, de la espectacularidad publicitaria de un boom que a nuestra altura se parece a un galeón perdido en la selva, y de las ilusiones de los Ches naufragados entre don Quijote y Cristo, nuestros ojos tienen una visión no digo más clara, sino bastante diferente de todo lo que hizo posible una novela como Cien años de soledad y su éxito. Para atenerme al campo literario, nuestra documentación sobre la formación literaria de García Márquez y sobre la narración hispanoamericana de las generaciones anteriores o contemporáneas, todavía escasa al final del decenio de los '60, nos permite perfilar mejor la situación de nuestra novela sin quitarle ningún mérito. La multiplicación de los estudios intertextuales, las inquisiciones biográficas cada vez más precisas también sobre las lecturas del joven García Márquez, como las de Jorge García Lista sobre la primera estancia del aprendiz de periodista en Cartagena de Indias o la más reciente summa biográfica de Dasso Saldívar, dibujan un paisaje socioliterario colombiano e hispanoamericano donde se integra más naturalmente (ya no como un animal rarísimo) la novela de 1967 Así, si se me permite remitir a un trabajo mío ya publicado, intenté mostrar que la organización del relato como saga familiar, la obsesión del incesto y, sobre todo, la confianza en la tradición oral -con la consecuente descalificación de la "historia oficial"-, todos ellos componentes estructurales de Cien años de soledad, ya aparecen en Los Sangurimas (1934), del ecuatoriano José de la Cuadra. En este caso, hablar a ciencia cierta de un influjo es del todo improcedente e innecesario: más interesante es observar que Cien años de soledad se instala en un campo cultural y literario hispanoamericano ya recorrido en ficciones anteriores (Historias cruzadas, p. 109 y ss.). Una relectura reciente de Bomarzo, novela del argentino Manuel Mujica Lainez, tan alejado en lo ideológico de García Márquez, me confirma en mi desconfianza con respecto al tan cacareado y sospechoso «realismo mágico», que se había vuelto sello caracterizador del arte del colombiano, y más allá de la cultura iberoamericana. Ahora bien, las memorias póstumas (por supuesto ficticias) del narrador de Bomarzo, novela perfectamente contemporánea de Cien años de soledad, ya que se publicó en 1962, revelan que el «realismo mágico» no necesita los tropicalismos o las civilizaciones indígenas de América para consagrarse como visión literaria: el Renacimiento italiano es tan «exótico» como la cultura de la costa atlántica colombiana. Ahí también un manuscrito misterioso nos viene del más allá; ahí también se juega con la temporalidad, se cruzan las cronologías pedestres y místicas; ahí también la violencia es desmedida y los muertos que comparten la vida de los vivos tienen un peso insoportable. Tampoco tenemos evidencia de que García Márquez hubiera leído Bomarzo en la fase final de redacción de su novela, y tampoco es necesario suponerlo. Nos las habemos con uno de esos encuentros textuales sin filiación genética, de que ha de dar cuenta una historia literaria desembarazada de su prurito positivista y concebida más bien como una gramática diacrónica de los signos literarios. Si de diacronía se trata, quizás nos convendría reflexionar sobre la descendencia real de Cien años de soledad en la novelística occidental de la última tercera parte del siglo XX o, más modestamente, sobre las huellas que dejó en la obra posterior del mismo escritor. El examen un tanto detenido de este problema ha de tener en cuenta la evolución narrativa anterior a 1967 para establecer comparaciones válidas. Resumiendo a brochazos datos ya correctamente aducidos por Mario Vargas Llosa en su Historia de un deicidio (1971), podríamos decir que todo lo escrito por García Márquez antes del 67 es una larguísima preparación a Cien años de soledad. El proyecto original y ambicioso de escribir un novelón titulado La casa se convierte en la arborescencia textual de La hojarasca a Los funerales de la Mamá Grande, de El coronel no tiene quien le escriba a La mala hora ; vuelve a reconcentrarse y a reencontrarse con la escritura de Cien años de soledad. La experiencia es irrepetible y, hasta ciertos límites, traumática para el novelista consciente de que el éxito de 1967 hubiera podido secarle la inspiración. De ahí su voluntad de liquidar el mundo de Macondo y de organizar su obra según otros modelos genéricos y estilísticos: ya la ruptura es radical con la escritura experimenta¡ de El otoño del patriarca (1975) que, junto con los cuentos anteriores de Eréndira, señala el surgimiento de una nueva arborescencia o, mejor, de un sembrado de ficciones diversificadas, autónomas, que van desde ¡a «novela rosa» El amor en los tiempos del cólera (1985), hasta la reconstrucción de la leyenda Del amor y otros demonios (1994), pasando por la novela histórica tradicional de El general en su laberinto (1989). Esos nuevos mundos ficcionales son tan diferentes los unos de los otros que ya podemos pronosticar que el proceso de reconcentración que supone Cien años de soledad tampoco se repetirá. Romper con el mundo de Macondo no significa secar los cauces profundos que surcan la narrativa de García Márquez, quien, al parecer, irá seleccionando las posibilidades temáticas proliferantes de Cien años de soledad. A nuestro modo de ver, dos de sus «demonios» preferidos siguen acosándolo: el Poder y el Amor. Ambos temas vuelven a arrancar de la novela de 1967 -a veces desde sus primeras ficcionespara localizarse en modalidades obsesivas. El Poder es absoluto y solitario desde los tiempos de la Mamá Grande: el caudillo Aureliano Buendía, todavía arraigado en la historia colombiana, se transforma en el otoñal patriarca alegórico, compendio desmedido de todos los dictadores iberoamericanos, y reaparece bajo las especies históricas de Simón Bolívar en su laberinto de fracasos. Los amores, siempre difíciles, cuando no imposibles de Cien años de soledad, siguen proliferando. «Amores difíciles» será el título general de una serie televisiva basada en guiones de García Márquez, elaborados por éste a partir de 1988. Sin embargo una modalidad particular parece destacarse, la de los amores seniles. Unos, no logran manifestarse plenamente sino en la vejez y la decrepitud, tras años de espera: vuelve Bayardo San Román donde la repudiada Ángela Vicario (Crónica de una muerte anunciada, 1981), los viejos amantes de El amor en los tiempos del cólera navegan eternamente tras «cincuenta y tres años, siete meses y once días» de desencuentros. Otros, como Bolívar, no tienen la suerte de morir en los brazos de Manuela Sáenz. Y otros desahogan sus rencores de toda una vida de desamor como la mujer de la teatral Diatriba de amor contra un hombre sentado (1988). También le persigue a Gabo la obsesión de codificar en clave ficticia más o menos transparente la historia de su familia y de convertir parte de su obra en «con,jeturas sobre la memoria de su tribu». Crónica de una muerte anunciada enseña sin disfraz el andamiaje familiar que sostiene la novela, El amor en los tiempos del cólera recuerda el noviazgo enrevesado del telegrafista de Aracataca, Gabriel Eligio García Martínez, padre del novelista, y de Luisa Santiaga Marquez Iguarán, su madre. Más allá o mas acá de estos núcleos permanentes de la narrativa del escritor, abundan elementos constitutivos del discurso ficticio que saltan de Cien anos a la novelística posterior. Narremas, imágenes recurrentes, nombres de personajes, fragmentos de enunciados, microestructuras desarrolladas o no, vuelven una y otra vez a partir de Eréndici, confiriendo a sus textos un sello inconfundible, aunque tantas veces imitado. Quien ha leído Cien arios de soledad (CAS) descubrirá sin vacilar al autor de Del amor y otros demonios aunque se le oculte su nombre. Ya he señalado unas recurrencias tipificadoras de esta clase en El otoño del patriarca, en Crónica (le una muerte anunciada (Gabriel García Márqucz, coetáneo ¿le la pp. 61-78) y en El amor en los tiempos del cólera (véase mi ed. de CAS, p. 24). Veamos algunas más, a grancl y al hilo de una reciente relectura de la novela-culto. «El amor es una peste », trona josé Arcadio Buendía al enterarse de las intenciones de Aureliano para con Remedios, hija de su enemigo Apolinar Moscote «CAS, p. 163). La resemantizacion de la metáfora fundamenta la fábula de El amor en los tiempos del cólera y vuelve, diseminada, en el mismo título de la novela de los vicios amantes. La novela toda parece ser una amplificatio de la invectiva de José Arcadio y de una réplica de Amaranta a su enamorado, Gerineldo Márquez: «Olvidémonos para siempre, ya somos demasiado viejos para estas cosas» (p. 270). La «expresión de ángel viejo» del padre Nicanor Reyna (P- 177) anuncia la llegada de «Un señor muy vicio con unas alas enormes», cuento de Eréndira compuesto en 1968, cuando el autor tenía todavía muy presente el rasgo más poético que descriptivo que había plasmado en el texto del año anterior. La injusticia que arrebata a Aureliano Buendía y, hace que salga en armas para la primera de sus incontables guerras civiles, es la muerte a culatazos de una mujer «mordida por un perro rabioso» (p. 199). Al extremo cronológico de las novelas publicadas hasta ahora, la pasión de Sierva María, protagonista de Del amor y otros demonios, tiene el mismo motivo: «Un perro cenizo con un lucero en la frente», sospechoso de estar arrabiado, la muerde. Asi empiezan sus desgracias. Amaranta deja las esquelas de Pietro Crespi sin abrir (p. 210); otro tanto hace Bayardo San Román con las cartas desesperadas de Ángela Vicario. Aureliano José, el aprendiz de Papa, em prende el viaje a Roma para conseguir la autorización pontifical de casarse con su tía Amaranta (1). 255). El enfrentamiento ¡nútil de un personaje con la burocracia vaticana arma la trampa de un artículo de prensa de 1981 (El país, 23.IX.1981; Notas de prensa p. 159), amplificado en un guión de película, Milagro en Roma y, en una última revisión, integrado en los Doce cuentos peregrinos ( 1992). En ese cuento, «La santa», el cadáver de una niña goza del mismo privilegio teórico del cuerpo de Fernando del Carpio, Caba llero de la Orden del Santo Sepulcro, el de «conservarse intacto en la tumba» (p. 450). El poder hiperbólico del coronel Aureliano Buendía se manifiesta en el hecho de que sus órdenes «se cumplían antes de ser impartidas, aun antes de que el las concibiera» (p. 274). Ni que decir tiene que el Patriarca de El otoño... manda de la misma forma a sus súbditos. La novela de 1975 agrega una dimensión al conjunto ideológico que García Márquez va armando sobre el Poder, ficción tras ficción: el poder absoluto, por serlo, acaba perdiéndose absolutamente-, las órdenes anticipadas del dictador no corresponden a sus intenciones y su poder ya no controla nada. El olor «a espuma de coliflores hervidas» que persigue a Gabriel, personaje de Cien años de soledad, en el cuarto de su hotel lúgubre de la calle Dauphine en París (p. 546), es un recuerdo de la estancia parisina del autor (1956) y, de su buhardilla del Hotel de Flandre de la rue Cujas. Como bien lo nota Dasso Saldívar (García Marquez.... p. 343), el mismo olor, en las mismas palabras, impregna la escalera del Hotel Nicole donde viene a parar el infeliz y despistado Billy Sánchez de «El rastro de tu sangre en la nieve», uno de los Doce cuentos peregrinos. Podríamos seguir este juego de temas e imágenes recurrentes, textos idénticos, paralelos o cruzados, juego divertido y no baladí si se organizan sus reglas. Así quedaría mucho trabajo por hacer -si ya no está hecho- elaborando un repertorio de los ejes semánticos y formales que salen de Cien años de soledad, discriminando los que se quedan y los que no, y si salen, cuándo, como y por que. Pero lo que me interesa ahora es observar que la narrativa de García Márquez, por sus iteraciones y variantes de repeticiones de obra en obra, pone constantemente en marcha la memoria del lector ya acostumbrado al ejercicio desde su primera aproximación al texto de 1967 De hecho, como se ha observado tantas veces, el núcleo duro de Cien años (le soledad, más allá de los personajes y el espacio, más allá de la con unción de efectos reales y fantásticos, más allá de cualquier elemento de narratividad, estriba en su peculiar tratamiento del tiempo. Una ficción que hace girar todos sus componentes en torno al Tiempo, implica una memorización de la textualidad que pasa del recuerdo normal de lo leído, la que hace posible la lectura de cualquier texto en tanto se desarrolla en el tiempo. Siendo el tiempo lo que es en Cien años de soledad, es decir su misma sustancia, el recuerdo ha de ser el actante principal de su estructura y el motor de su recepción. De ahí que los que, como el novelista francés Hubert Haddad, autor de un excelente ensayo sobre García Márquez, afirman que Cien años de soledad se acerca más al género de las «memorias», no me parecen equivocarse en cuanto el juego de palabras desvela el reto de la escritura de nuestra novela: al redactar en clave las memorias de su familia, el escritor las concibió como una retahíla de recuerdos que necesitan la cooperación activa de la memoria del lector para organizarse definitivamente. El texto de Cien años de soledad funciona con base en los mismos mecanismos que armó Marcel Proust para construir su En busca del tiempo perdido, por muy alejadas que sean la visión del mundo del francés y del colombiano y que no se haya reconocido en el creador de los Guermantes y demás Swann un modelo del inventor de los Buendía. Emblemática a este respecto, como en tantos otros aspectos, es la primera frase de la novela: «Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo» (p. 79). El primer sintagma verbal del texto, «núcleo de la oración», según la gramática de don Emilio Alarcos Llorach, portador de la acción, según las antiguas preceptivas, remite a la rememoración de lo que todavía no ha ocurrido en la diégesis. Pone en marcha una «máquina de la memoria» (p. 99) que no se detendrá hasta las palabras finales y fatales que señalan la invasión del olvido inscrito en el proyecto de los fundadores, quienes salieron de Riohacha cuidándose de «no dejar ningún rastro ni encontrar gente conocida» (p. 107). Si las «estirpes condenadas a cien años de soledad» no tienen «una segunda oportunidad sobre la tierra» (p. 559) es, antes que nada, porque ya no existe nadie para reconocerlas. Surgido de una voluntad de olvido, el territorio de una nueva memoria que quiso ser Macondo, había de volver al olvido. El huracán bíblico que arrasa el pueblo y el texto que cuenta su historia tenía que desembocar en la simbólica página blanca que termina todo libro y éste más que otro. Desde el «había de recordar» inicial, todo no es sino recuerdo y olvido. Dos de los episodios nucleares de las dos partes que configuran la novela, según Ángel Rama (citado en CAS, p. 147, n. 1.1), textualizan esta dialéctica soberana: «la peste del olvido», después de curada, seguirá contagiando insidiosamente a los macondinos desmemoriados, hasta que se olviden de la «masacre» que concluye la huelga de la compañía bananera y mueran fagocitados por «la voracidad del olvido» (p. 474). Entre recuerdo y olvido, se pasean los Buendía y se suceden las palabras que relatanMás que con otro texto, el lector de Cien años de soledad habrá de practicar el arte mnemotécnico para crear su historia. Sus aventuras son asimismo las de] propio texto que las contiene. Y más allá son las aventuras de la práctica social de la literatura que las constituyen en ficción. Práctica paradójica que quiere salvar lo perecedero mediante un instrumento que se sabe perecedero. La escritura, había dicho el Arcipreste de Hita a la zaga de una larga tradición, fue hallada «por razón que la memoria del omne desleznadera es» (Libro de buen amor, prólogo en prosa). Pero toda literatura puede ser olvidada y destruida como los versos amorosos del coronel Aureliano Buendía, primero « olvidados en el fondo de [un] baúl» (p. 272) y luego quemados (p. 282). En cuanto a los manuscritos de Melquíades, metáfora por antonomasia de la salvación por la escritura, los lleva también el viento final... hasta que alguien, un deux ex maquina, relance la «máquina de recordar» que, como los gastados atuendos de reina de Fernanda (p. 497) y la gastada rueda del tiempo que rechina sobre su eje, acabará en polvo, en nada. Reescribir los manuscritos de Melquíades es desafiar la aporía de la literatura con la esperanza de que otro descubra algún día que «muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar esta tarde remota en la que su padre lo llevó a conocer el hielo». La circularidad tan afamada de Cien años de soledad no se anida en la estructura constitutiva de su diégesis sino en la inscripción del proceso de comunicación literaria olvidado y reanudado hasta que desaparezcan la raza de los lectores, el último ejemplar de la obra y el recuerdo de que haya existido. Estos manuscritos de Melquíades pertenecen al género profético por necesidad semiológica. En tanto memorias del porvenir, son mucho más que un sencillo hilo narrativo: son la columna vertebral de un relato que organiza sus elementos invirtiendo el orden forzosamente retroactivo de la memoria y de la narración clásica. Pero en tanto discurso, la profecía se escribe siguiendo el orden lineal de cualquier discurso pero permitiendo todos los juegos con la temporalidad, el uso reiterativo de la prolepsis y el encuentro de fracciones cristalizadas del tiempo cuyo destino cronológico era el desencuentro. Todavía puede más el último narrador: este profeta incluye en las profecías de Melquíades la evocación de un porvenir imposible por falta de ajuste del instrumento mediador. Aureliano José, dice, «estaba destinado a conocer con [Carmelita Montiel la felicidad que le negó Amaranta, a tener siete hijos, y a morirse de viejo en sus brazos, pero la bala de fusil que le entró por la espalda y te despedazó el pecho, estaba dirigida por una mala interpretación de las barajas» (p. 260). El buen profeta nunca olvida que las malas lecturas de sus anticipaciones han de jugar de por medio. Empujando más la pelota, se ofrece el sabroso lujo de anunciar un acontecimiento preciso que nunca ocurrirá, porque de ocurrir hubiera hecho imposible el desciframiento de las «encíclicas cantadas» y, por lo tanto, en vez de parir la novela, la hubiera abortado. A instancias del fantasma de Melquíades, el último Aureliano supo que en la tienda de un sabio catalán «había un Sanskrit Primer que seria devorado por las polillas seis años después si él no se apresuraba a comprarlo» (p. 489). Valiéndose de la inversión genérica de la profecía, el narrador no tiene ningún reparo en subsumir las múltiples inversiones y reversiones narrativas que encantan al lector- en este mundo que funciona como una memoria al revés, nada más normal que una pianola desarmada y vuelta a armar toque notas musicales enrevesadas, que las mismas palabras se repitan invirtiendo el orden de los interlocutores, que las consecuencias de un hecho se enuncien antes del mismo hecho o de sus causas. Tampoco sorprenden los silencios y olvidos de la narración: el profeta detentor de todo el porvenir bien puede tener mala memoria, cifrar su texto para que sólo lectores detentores de las claves sepan descifrarlo. A los demás les espera el destino de Arcadio, quien «años después, frente al pelotón de fusilamiento, " ... " había de acordarse del temblor con que Melquíades le hizo escuchar varias páginas de su escritura impenetrable, que por supuesto no entendió, pero que al ser leídas en voz alta parecían encíclicas cantadas» (p. 166). El recuerdo de una profecía opaca preludia a la muerte, territorio del olvido. Tampoco el profeta tiene obligación de decirlo todo- bien puede dejar que la imaginación del lector llene los huecos. Los nombres de los padres deRebeca son perfectamente legibles en la carta que lleva la niña, pero nadie se acuerda de ellos-, el texto los callará introduciendo en la genealogía de los Buendía un misterioso blanco (p. 130). ¿Qué hizo Úrsula cuando, tras salir en busca de su hijo José Arcadio, regresa a Macondo «exaltada, rejuvenecida, con ropas nuevas de un estilo desconocido en la aldea» (p- 122)? ¿No será que más vale olvidar que morir «atormentado por los recuerdos como Mauricio Babilonia» (p. 412)? La verdad es que en Cien años de soledad los recuerdos pesan tanto como los muertos, y más si son recuerdos de la soledad de los muertos en la muerte (p. 173). Pero borrar los recuerdos insoportables es tan peligroso como aguantarlos; el olvido mata en sentido literal: «Amaranta no pudo soportar los recuerdos que le suscitaba [Gerineldo Márquez] hasta que " ... " desapareció finalmente anulado por la parálisis» (p. 313). Quizás peor es la soledad que, al selec cionar los recuerdos, al concentrarlos en uno solo, transforma a «la implacable y envejecida Amaranta» en un «rencor vivo» que no perdona a Rebeca «pudriéndose en su sopa de larvas» (p. 334). Si, como lo propuso Josefina Ludmer en su estudio estructuralista de estricta obediencia, los personajes de Cien años de soledad forman parejas antagónicas, no cabe duda de que Amaranta se opone a su hermano, el coronel. Mientras aquélla, «enredada en el berenjenal de sus recuerdos "... " había llegado a la vejez con todas sus nostalgias vivas» (p. 396), éste había conseguido esterilizarlas (p. 397). Después de dejar la lucha por la justicia y, luego, la guerra por la guerra, Aureliano emprende otro combate, más feroz todavía, contra sus recuerdos. La tan celebrada fabricación de los pescaditos de oro, armados y fundidos y vueltos a armar, no es sino la figura del despojamiento de todo recuerdo hasta olvidar un sueño recurrente «que tenía la virtud de no ser recordado sino dentro del mismo sueño» (p. 385). Sin embargo, minutos antes de morir, «por primera vez desde su juventud pisó conscientemente una trampa de la nostalgia, y revivió la prodigiosa tarde de gitanos en que su padre lo llevó a conocer el hielo» (p. 386). última trampa antes del blanco del olvido total que precede la muerte: «Entonces fue al castaño, pensando en el circo, y mientras orinaba trató de seguir pensando en el circo, pero ya no encontró el recuerdo» (p. 387). Aureliano Buendía acababa de conseguir la meta de su vida: morir sin recuerdo y sin dejar recuerdo, si no fuera que un gitano hubiera anticipado su muerte sin recuerdo de la cual también se acordaría el padre del gitano, nacido en Aracataca, Colombia. ¿Será el olvido el precio paradójico que hay que pagar para conquistar la lucidez, es decir la plenitud de la memoria? Así parece haberlo entendido Aureliano Babilonia, el único de la estirpe en conseguir la facultad de leer la historia completa, o sea de reconstruir sus memorias. «Aureliano no había sido más lúcido en ningún acto de su vida que cuando olvidó sus muertos y el dolor de sus muertos " ... " porque entonces sabía que en los pergaminos de Melquíades estaba escrito su destino» (p. 556). El olvido, castigo supremo, se muda en liberación radical del ser: desembarazada del peso de los muertos, de todos aquellos Prudencio Aguilar que la ofuscaban, la memoria puede recuperar todos sus derechos. Quien querrá explorar en profundidad la extensión del territorio de la memoria en Cien años de soledad, tendrá que dividirlo en categorías definidas desde criterios sociopsicológicos o desde la semiología textual, a no ser que prefiera cruzar las vías de penetración hermenéuticas, para luego volver a comunicar los campos particulares los unos con los otros y el territorio todo con su vecino y corolario, el del olvido. No cabe duda de que tendrá que reservar una atención preferente al dominio de la «memoria hereditaria», la que se transmite de generación en generación y, como tal, se conecta con los principales procesos constructivos del texto: repeticiones, analepsis y prolepsis, hipérbatones narrativos, incursiones de lo fantástico, supeditados a su vez a las andaduras de la voz narrativa, que sería como la hipermemoria, la memoria global del hipertexto. Esta memoria hereditaria, todos los Buendía, hasta los que nacieron fuera del ámbito familiar, la llevan consigo al desembarcar en este mundo. Es así como los diecisiete hijos del coronel llegaron todos simultáneamente, empujados por la «fuerza de la sangre», «sin ponerse de acuerdo, sin conocerse entre sí» (p. 331). Es así como uno entre ellos, de niño, ya había entrado en la casa «con mucha familiaridad, como si hubiera sido criado en ella» y exigió la bailarina de cuerda «que alguna vez llevó Piteo Crespa [ ... ] y de la cual nadie había vuelto a acordarse» (p. 257). La anécdota revela la fuerza de esa memoria hereditaria superior al conjunto de las memorias individuales desgastadas por el tiempo. Atascada por las contingencias, la conciencia tiende a mandar los recuerdos embarazosos «al desván de la memoria», según la hermosa expresión aplicada a Rebeca (p. 215). Ahí obra el olvido que transforma los recuerdos en latencias almacenadas, las cuales, a veces reactivadas, otras no, terminarán también en la nada. Se perfila, pues, una tensión entre la herencia asumida por el inconsciente familiar y lo adquirido individual que se acaba con la conciencia de cada cual. Las apariciones del fantasma de Melquíades pertenecen al código genético de los Buendía, aunque no de todos, sino de los que, por vía masculina, han sido seleccionados como receptáculos de esta parte de la memoria familiar capacitada para descifrar los pergaminos: «Aureliano Segundo lo [Melquíades] reconoció de inmediato, porque aquel recuerdo hereditario se había transmitido de generación en generación, y había llegado a él desde la memoria de su abuelo» (p. 296), o sea José Arcadio, hijo del fundador. También aparece a su hermano gemelo, José Arcadio Segundo, en realidad un Aureliano, el cual transmitirá la «visión atávica» (p. 479) a Aureliano Babilonia: «Un mediodía ardiente " ... ", vio contra la reverberación de la ventana al anciano lúgubre con el sombrero de alas de cuervo, como la materialización de un recuerdo que estaba en su memoria desde mucho antes de nacer» (p. 488). Este enunciado repite el del recuerdo de José Arcadio Segundo, quien había visto a «un anciano con un chaleco anacrónico y un sombrero de alas de cuervo que contaba maravillas frente a una ventana deslumbrante». José Arcadio Segundo «no lograba situarlo en ninguna época. Era un recuerdo incierto, enteramente desprovisto de enseñanzas o nostalgia "... " » (p. 382). Recuerdo sin traumatismo, pues, que el sistema memorial de la novela opone otra vez a un recuerdo adquirido por la experiencia personal, el de un fusilamiento al que le llevó Gerineldo Márquez: « Por el resto de su vida recordaría " ... " la sonrisa triste y los ojos perplejos del fusilado "... " » (p. 2 96). Recuerdo letal éste, « que en realidad había definido el rumbo de su vida, y regresaba a su memoria cada vez más nítido a medida que envejecía, como si el transcurso del tiempo lo hubiera ido aproximando» (p. 382). Merecería la pena examinar de más cerca la inscripción ideológica de la antítesis entre las dos clases de memoria en cuanto la «hereditaria» parece ser, a su vez, una herencia del idealismo de forma y contenido que impregna los primeros cuentos de García Márquez (García Márquez, coetáneo de la eternidad, p. 15). Ahora bien, la «memoria hereditaria» es la que mantiene la cohesión de la familia y asegura la continuidad del discurso narrativo en cuanto, por ejemplo, transmite el recuerdo de Melquíades, el cual posibilita el descubrimiento de las claves de desciframiento del texto que, recordado, reescrito (es decir manipulado) y transmitido por el último narrador, es el mismo que leemos. La descodificación de los manuscritos de Melquíades por Aureliano Babilonia, depositario final de la memoria familiar acumulada hasta él, es el triunfo del campo memorial heredado (p. 508). El último Buendía consciente de serlo también lo es de ya no ser él, sino de ser toda la familia. Se anega como individuo al identificarse como linaje. Frente a este eje del relato, los recuerdos individuales, productos de la acción, de la praxis, de la inserción de cada cual en el mundo, son los que atormentan, desgarran y matan. El territorio de la memoria, pues, es también parte del campo de batalla donde se enfrentan el Mito y la Historia; el idealismo mítico persiste generación tras generación hasta cumplir el objetivo que se había asignado desde los orígenes: llegar a un conocimiento total mediante la transmisión de tradiciones herméticas. Pero su triunfo dura apenas el tiempo de la lectura de la última palabra del documento secreto. El viento hiriente de la Historia acaba con él, con la estirpe y con su memoria de cien años de soledad. El triunfo de la conciencia histórica, de la memoria de las experiencias vitales y, eventualmente, de los cien años de solida ridad deseados por García Márquez en textos extraficcionales, no es el tema de nuestra novela. Empieza exactamente después de su punto final. Ahora bien, la figura del narratario, Aureliano Babilonia el memorioso, no puede sino remitir a la instancia del lector implícito y, más allá, a cada uno de nosotros, lectores de carne y hueso. Al leer Cien arios de soledad, repetimos el mismo acto de desciframiento del penúltimo de la estirpe y almacenamos en nuestra memoria la misma cantidad de información sobre la historia de Macondo y de los Buendía, que no es sino un tejido de rememoraciones. Un acontecimiento siempre indicia a otro anterior para algún personaje. Así, el diluvio desencadenado por el cierre de la compañía bananera: «Como ocurrió durante la peste del insomnio, que Úrsula se dio a recordar por aquellos días, la propia calamidad iba inspirando defensas contra el tedio» (p. 439). A su vez la memoria de Úrsula moviliza la del lector que en su desván ha guardado el recuerdo de todas las pestes que han asolado a Macondo, preludios del Apocalipsis. La participación activa del lector en la reconstrucción de este mundo de papel y palabras consiste antes que nada en esta gimnasia memorial que relaciona las microestructuras enunciativas y enunciadas. Más que con otro texto, el lector de Cien años de soledad habrá de practicar el arte mnemotécnico para crear las pasarelas necesarias entre partes del relato a veces muy distantes las unas de las otras o para no confundir datos muy parecidos aunque muy diferentes: el olvido lo acecha entre tantos Aurelianos y José Arcadios. También su memoria le permitirá, quizás, llenar algún hueco de la narración. Así al leer que cuando enterraron a Úrsula, «hubo tanto calor que los pájaros desorientados se estrellaban como perdigones contra las paredes y rompían las mallas metálicas de las ventanas para mo rirse en los dormitorios» (p. 472), se acordará del relato de la última salida de Rebeca «por la época en que pasó por el pueblo el judío Errante y provocó un calor tan intenso que los pájaros rompían las alambreras de las ventanas para morir en los dormitorios» (p. 210). No parece descabellado pensar que Rebeca, todavía viva, salió de su reclusión una última vez para asistir al entierro de su madre adoptiva aunque no lo diga el texto. Nos las habríamos con un dato narrativo escondido, un olvido del profeta que deja al intérprete márgenes de liber tad hermenéutica. Cien años de soledad, pues, requiere un lector atento, capaz de grabar en su memoria cualquier frase de cajón que, repetida, deja de serlo para cifrar el destino de un personaje. Habrá de recordar, por ejemplo, que en sus tiempos de gloria, Aureliano Segundo espantaba los animales que atascaban su patio gritando: «Apártense vacas, que la vida es corta» (p. 305). En sus tiempos de miseria, irá pregonando billetes de lotería con un «No lo dejes ir, que la vida es más corta de lo que uno cree» (p. 482). En realidad, iba anunciando su propia muerte: «Los viejos compañeros de parranda de Aureliano Segundo pusieron sobre su caja una corona que tenía una cinta morada con un letrero: Apártense vacas que la vida es corta» (p.485). Una vez más Cien años de soledad inscribe en su textualidad la metáfora de los procesos de escritura y de recepción de la escritura: estas «memorias», construidas a base de memorias hereditarias, colectivas, individuales, corporales y sentimentales, necesitan la memoria textual de quien las recorre para adquirir una forma definitiva. Pero quien, desde la misma novela, mejor resume esa dialéctica de la memoria y del olvido, de la vanidad de aquélla y de la necesidad de éste, es el sabio catalán, mentor del Aureliano novelístico, figura ficcionalizada de Ramón Vinyes, guía del lector empedernido que fue García Márquez, o sea uno de los constructores de su memoria. De regreso a su aldea catalana, añoraba el calor del Caribe como en Macondo había añorado los inviernos de su tierra: Aturdido por dos nostalgias enfrentadas como dos espejos, perdió su maravilloso sentido de la irrealidad, hasta que terminó por recomendarles a todos que se fueran de Macondo, que se olvidaran cuanto Él les había enseñado del mundo y del corazón humano, que se cagaran en Horacio y que en cualquier lugar en que estuvieran recordaran siempre que el pasado era mentira, que la memoria no tenía caminos de regreso, que toda primavera antigua era irrecuperable, y que el amor más desatinado y tenaz era de todos modos una verdad efímera (p. 541). ¿Y si la lucidez desencantada del sabio catalán no fuera nada más que un espejismo de dos memorias enfrentadas? ¿Y si la memoria blanca que exalta no fuera otra cosa que el vacío mental alcanzado por el coronel Aureliano Buendía, la condición previa a una nueva reconstrucción memorialística que podría empezar con las palabras: «Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar .. »? Fuente: Revista "Folios 34-5, Julio 1999,Monte Ávila Editores Latinoamericana C.A y Consejo Nacional de la Cultura (CONAC), paginas 3 -11.
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