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CHORONI entre el cielo y el infierno

Ana Luisa Figueredo

Articulos anteriores
Ÿ Psicopatologías monetarias
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Ÿ El arte hacia la búsqueda de lo real
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La Virgen de la leche: sus últimas revelaciones.
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Una colección- reflexiones y cifras
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La transacción de las satisfacciones humanas
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El homo oeconomicus en la historia occidental
Ÿ Laberinto
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Ÿ El dinero no es algo real
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Ÿ El efecto del MILENIO
Ÿ Capítulo VII La mujer freudiana
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Ÿ CHORONI entre el cielo y el infierno
Ÿ Reflexiones sobre la gacela y el leon
Ÿ A propósito de galerías- Las hay de chicha y las hay de limón-
Ÿ Memoria de Cien años de Soledad
Ÿ La Magia - Rafael Ernesto Lopez
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Ÿ Por los respiraderos del día. En un momento dado
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Ÿ La mujer en el Egipto antiguo

Comenzamos atravesando una montaña con un hermosísimo bosque húmedo de selva nublada a tropical seca, en la que por su exuberante carretera se observan gigantescos helechos, ramilletes de inmensos bambúes, variedad de bromelias y orquídeas salvajes colgando de los árboles. Nuestro destino se encuentra aproximadamente a hora y media de Maracay, por la vía del que fue nombrado "Primer Parque Nacional Rancho Grande de Venezuela", en 1937 y, que en 1953 se le dio el nombre "Henri Pittier", en honor al biólogo suizo por su dedicada investigación sobre la flora y fauna de este parque. Como tradición familiar aún prevalece su nieto Emilio Pittier como su celoso defensor. En este excepcional lugar se ubica el nostálgico pueblo colonial Choroní, fundado en el siglo XVII.

"Tres lentos siglos de mezclarse las sangres, los sones, las sazones, los dioses y los demonios. La conquista de la tierra no fue tan dura ni tan peligrosa como la conquista del indio. Después de poblar y mezclar durante todo el tiempo fue la mezcla, el mestizaje. Guitarras con tambores, maracas con zambombas, panderetas con quenas, oraciones, ensalmes y conjuros, guajiros con andaluces, isleños con mandingas, guaiquerí, galerones con luongos, maremares con jotas y tambores, fandangos con curbeta y al final, la tristeza del indio con la sangre caliente de los negros y el rasguear de guitarras españolas, galerones, fulías, décimas, lloros, jotas, el cuatro y sobre la tierra un hombre nuevo y en el aire, el joropo, que era, hecho sonidos, el alma nacional".

Germán Fleitas Núñez destacado historiador aragueño, nos describe en estas frases tomadas en su libro "Palabras al viento", lo que aún permanece en el espíritu de esta población.

Choroní y su región tienen esa fascinante dualidad donde se conjugan lo grotesco con lo bucólico, el desenfreno diabólico y la apacible quietud. El visitante tiene su opción, en centrarse en cualquiera de estas dos fuentes y podrá hacer de su estadía un paraíso o un infierno, dependiendo de sus códigos y gustos.

Una de las cosas que más atrae de este lugar es su camino; ese río Choroní bordeándolo, con su frondosa vegetación, las inmensas rocas que en él reposan y sobre todo el inagotable ruido de su caudal que relaja. Igualmente, la variedad de sonidos que emiten inmensidad de pájaros al amanecer, verdadera atracción para aquellos observadores de pájaros.

Choroní ofrece a sus visitantes una variedad de paisajes y lugares para todos los gustos y condiciones físicas: sus playas exóticas, los paseos montañeros a Cambalache -en burro- y a Chuao -a piepor la vía de La Ceiba, atravesando una selva tropical; los vigorizantes baños en el río Choroní, o en sus pozos, tales como El Lajao a la altura de la Hacienda El Tesoro. En especial recomiendo el que está ubicado en lo que fue la represa hidráulica de los tiempos de Gómez. Cerca de este lugar no se debe obviar visitar la fundación Aguafuerte un refugio para artistas, seminaristas, y encuentros culturales. Siguiendo el camino cuesta abajo se llega al pueblo de Choroní, se atraviesa por una calle muy angosta de aceras minúsculas, no pensadas para la afluencia del tráfico que tiene hoy en día. A ambos lados de la callejuela hay una variedad de casas coloniales bien conservadas. Esa callejuela conduce por supuesto a la Plaza Bolívar, donde se encuentra la Iglesia Santa Clara de Asís, patrona de Choroní, con uno de los retablos más originales del país.

A uno de los lados de la Plaza se observa la majestuosa casa de Los Ribas, la de los Vaamonde, los Sosa, familiares descendientes de los que fueron "grandes cacaos" en tiempos de la Colonia. Al otro lado está el convento donde la Madre María de San José se inició en su mundo místico, ahora convertido en una atracción turística,

Al salir del pueblo, camino de la Playa a mano izquierda, se encuentra la vieja casona de la Hacienda Santa Clara recién convertida en posada. Vale mencionar que en los últimos diez años ha proliferado una variedad de hotelitos y posadas por toda esta zona. Siguiendo el trayecto hacia la playa se encuentra el Hotel Hacienda El Portete y la posada La Casa de las Garcías, sus propietarios, herederos de la familia Mayerston, decidieron dividir la propiedad por la mitad de lo que fue un gran patio de cacao. Por un lado, se construyó un simpático hotel de espíritu colonial moderno con una sabrosa y soleada piscina, y con habitaciones con aire acondicionado y hamacas colgando en la entrada. En la otra mitad se decidió conservar la casona y su tradicional carácter de antaño.

Entrando en Puerto Colombia se ubica la posada Cataquero, de Alexandra de Yaborsky y su esposo, quienes la decoraron acertadamente. Al lado de la garita de la Guardia Nacional está la Posada Humboldt, de Lynn Gilchrist, a mi parecer una de las más lujosas. Esta casa era el viejo burdel del pueblo en la colonia. Su decoración, donde destaca el trabajo de la madera, está muy bien lograda. Igualmente en pleno corazón de Puerto Colombia, se encuentra el Hotel Mesón Xucitlán diseñado por un arquitecto mexicano, quien decidió transformar su casa vacacional en hotel, donde resalta el trabajo del adobe, logrando un hermoso y plácido espacio interior de estilo mexicano. Las habitaciones tienen claraboyas, aire acondicionado y dos de ellas poseen jacuzzi y jardín interior.

Al final de la calle tenemos otro lugar de encuentro y salida a otras fabulosas playas como las de Valle Seco, Chuao, Cepe, Aroa con lancheros dispuestos a ofrecer viajes a convenir. El malecón, los fines de semana se transforma de un lugar plácido y meditativo a otro de locura, donde el calor de la acción invade a través de los cuerpos, los tambores y la guarapita. Personalmente recomiendo la de Rodrigo Machado, quien sigue la tradición familiar de 54 años de elaboración. Su calidad reposa en una selecta caña blanca, pulpa de parchita ácida y azúcar. Sale del congelador líquida, por no contener agua y su durabilidad fuera de la nevera sobrepasa los tres años. Pero mucho cuidado: todo con moderación.

FUENTE: Complot magazine, quinta edición, Julio 1999, pag 112-113.


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