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El complejo del dinero
El dinero: un cosmos de significados subjetivos 

He sido rica y he sido pobre, ser rica es mejor.
Sophie Tucker 

Axel Capriles

Articulos anteriores
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No sabemos, con claridad, cuál es la relación del dinero con la felicidad, ni de la riqueza con el bienestar, el desarrollo o la virtud, pero cualquiera que sea la naturaleza de esa relación, el oficio de producir dinero rivaliza ventajosamente con todas las demás actividades que ocupan y afanan al hombre. Muchas religiones encontraron en el desprendimiento un estilo de vida más sublime, pero los seres humanos que consideran meritorio o deseable ser más pobres que los demás son escasos hoy en día. El ideal ascético luce menos interesante que los placeres y beneficios ofrecidos por el dinero y la riqueza material. La fama del poeta lírico Simónides de Ceos en la Grecia antigua no se debió, exclusivamente, a la belleza de sus cantos o a la agudeza de su ingenio, ni su nombre perduró por haber inventado el arte de la memoria, sino por haber sido el primer poeta que cobró sus versos en efectivo. La práctica profesional de la poesía fue algo totalmente nuevo en el mundo mediterráneo de la época y aunque Simónides argumentara que los poetas tenían el mismo derecho a comer y vivir tan bien como los demás, la interdependencia entre musa y moneda hizo mítica su pasión por el dinero. Interrogado en una ocasión por la mujer de Hierón, el dictador de Siracusa, sobre qué era mejor, ser rico o ser sabio, el poeta griego respondió que era preferible la riqueza a la sabiduría, porque siempre encontrábamos al sabio gastando su tiempo a la puerta de los ricos y no los ricos a la puerta de los sabios. La pluma satírica de Horacio coincide con Simónides al anotar en su epístola a Mecenas que el grito escuchado en los corrillos de la plebe, "oh, ciudadanos: el dinero ante todo, después la virtud era también compar tido por el hombre valeroso e ilustre cuando le faltaban seis o siete mil sestercios para poder contarse entre los de la clase de caballeros. Homo, sine pecunia imago mortis.

Hay formas de pasarla mal en la vida. La pobreza crónica es una de ellas. Si el dinero es una solución a la pobreza y un recurso importante para la obtención de bienes valorados por la humanidad, no hay duda de que su lugar en la jerarquía de motivaciones humanas debe ser analizado aunque varíe el concepto o la noción que de él tengamos. Los criterios de riqueza son difíciles de precisar. En Malekula, una isla de las Nuevas Hébridas en el océano Pacífico, rico es quien tiene muchos verracos con colmillos finamente curvados y la atención de los indígenas se dirige a la adquisición de ese tipo de cerdos. Es una riqueza no pecuniaria.

Para los tolowa-tututnis del norte de California, las conchas de dentalios eran signos de valor, pero como todas las necesidades de subsistencia de la tribu eran habitualmente resueltas mediante el trueque, los signos monetarios se inscribían en un circuito de relaciones de prestigio, no de consumo o intercambio comercial. Lo mismo acontece en muchas otras culturas tradicionales. Las investigaciones sobre las modalidades y las funciones del dinero en las sociedades sin escritura revelan la presencia de una economía casi siempre dual, donde el sistema pecuniario cumple funciones ceremoniales y actúa, principalmente, como medio para la obtención de prestigio y reconocimiento social2. Karl Marx denominó fetichismo del artículo de consumo la tendencia similar del hombre moderno a transformar los objetos en jeroglíficos sociales y a condicionar la demanda de bienes en función de su valor como objetos de clase3. La célebre doctrina del consumo conspicuo de Veblen resalta precisamamente este hecho: el ansia de acumulación material no responde simplemente a la satisfacción de las necesidades humanas primarias sino sirven a la manutención del prestigio social o status

Existe toda una sociología de la riqueza cuyo aporte ha sido, sin duda, valioso para la comprensión de muchos aspectos de la psicología del dinero, pero la acumulación de datos etnográficos en las más distantes geografías o los más modernos análisis sociológicos no agregan nada nuevo que no podamos encontrar en una simple apostilla impresa en una popular postal inglesa de los años setenta: "rne hubiera gustado nacer con privilegios en vez de tener que luchar por ellos". La especulación intelectual sobre la intrincada red de relaciones entre las motivaciones sociales, la subsistencia, la riqueza y el dinero, no resuelve el problema primario que siempre encontramos al estudiar el fenómeno monetario, es decir, la aplastante simplicidad con que el hombre normal aborda y se expresa de] dinero. La tajante e irrefutable sabiduría proclamada por el lenguaje ordinario con el chiste que reiteradamente aparece en las conversaciones banales sobre el tema: "el dinero no asegura la felicidad, pero ayuda a conseguirla". Una sabiduría elemental y pragmática que Jacinto Benavente traspasa al teatro poniéndola en la boca de uno de sus personajes femeninos: "el dinero no puede hacer que seamos felices, pero es lo único que nos compensa de no serlo" 5.

Frases como las anteriores resumen la esencia de las reflexiones de la mayor parte de la población mundial sobre el problema del dinero y la riqueza. Proposiciones básicas, sencillas, sin buscarle las cinco patas al gato. Todavía existen, indudablemente, eremitas del desierto, órdenes monacales, sectas místicas, marxistas utópicos y escuelas de pensamiento forjadas en las tradiciones filosóficas de la renuncia material. Para muchos pensadores humanistas, la insatisfacción flotante del consumidor moderno sólo puede ser acallada siguiendo el legado de los filósofos del desprendimiento como Diógenes el Cínico, cuya sabiduría queda resumida en su anecdótico encuentro con el Emperador Alejandro Magno. Atraído por el renombre y el mordaz ingenio del excéntrico filósofo, el Emperador Macedonio quiso conocerlo, trasladándose con todo su fausto al tonel donde habitaba Diógenes. Consternado por la condición de mendicidad en que vivía el sabio, Alejandro Magno le ofreció todo su poder y grandeza imperial para cubrir sus necesidades, comunicándole que podía pedir todo lo que quisiera y que sus aspiraciones serían de inmediato satisfechas. Extendiendo el brazo con el displicente ademán de quien retira un estorbo, Diógenes respondió que él solamente deseaba que el Emperador se apartase porque le quitaba la luz del sol.

Todos los seres humanos, en algún momento de nuestras vidas, nos hemos visto enfrentados al dilema de la relación entre los logros materiales y los espirituales. Con mayor o menor intensidad y con diversos grados de consciencia, casi todos hemos podido percibir que la aspiración de riquezas y el ideal de felicidad no están bien compaginados. Las prédicas en contra del afán de lucro y el dinero son un eco de repeticiones en el tiempo. Definen un argumento substancial de la cultura, tejido desde los más antiguos planteamientos religiosos hasta los más actuales tratados filosóficos. Pero en la vida cotidiana y profana de la gran mayoría, en la esfera de la existencia real y terrena de la especie del homo sapiens sapiens, la superación de los deseos temporales, la renuncia a los bienes materiales o el rechazo a la riqueza, pierden contextura para convertirse apenas, desde el punto de vista colectivo, en excentricidades espirituales de pequefias minorías. Como apunta Fernando Savater, "la condición del dinero es singular entre todos los productos culturales: cuantos testimonios se refieren a él a lo largo de los siglos le caracterizan juntamente como lo más apreciado de hecho y como lo más despreciado de derecho. Los hombres no se cansan de desearlo ni los moralistas de denostarlo, por lo visto siempre infructuosamente..."6.

La pulsión de lucro es una de las grandes pasiones del alma. Un deseo irracional que va más allá de la supervivencia, la seguridad o el placer. Es cierto que, en sus cimientos, la moral cristiana estigmatizó la riqueza y que las prédicas medioevales azotaron el comercio, el dinero y el cobro de intereses, pero en la distancia de la contemporaneidad podemos interpretar esas complicaciones histórico-espirituales como manifestaciones del mecanismo de compensación civilizatorio necesario para atenuar la voracidad de una de las más potentes motivaciones humanas. Sabemos que los economistas han realizado finas distinciones en el significado de conceptos relacionados como utilidad, valor, riqueza o dinero. Nosotros podemos, no obstante, prescindir de la exacta demarcación de esos conceptos porque lo que nos interesa analizar son las percepciones elementales manifiestas en el lenguaje profano sobre un cojunto de representaciones monetarias donde predominan más las similitudes que las diferencias. Para el homo oeconomicus de las sociedades modernas, el impulso adquisitivo se consteliza alrededor del dinero, el cual, a pesar de haber sido entendido de muy diversas maneras a lo largo de la historia universal, resume en su esencia el núcleo del eterno conflicto entre los logros materiales y los logros espirituales del ser humano.

En una cultura tan distante en el tiempo como la de la Grecia Homérica, los hombres ricos eran considerados los más aptos para la vida virtuosa. Según C.A. Meier, "la pobreza en el mundo antiguo tenía toda la dignidad de una enfermedad. La enfermedad y la pobreza se pertenecen la una a la otra en el pensamiento religioso, así como lo hacen la salud y la riqueza, y siempre eran curadas al mismo tiempo',7 . El proceso de sanación de la pobreza en el hieron de Epidaurus, santuario de Asclepio, dios griego de la medicina, era similar al de las demás enfermedades. Después de los sacrificios preliminares, las abluciones, baños y ritos de purificación, la persona enferma descendía al abaton, el lugar más recóndito del santuario, donde debía dormir profundamente en un ritual de incubación que culminaba con la aparición de alguna de las cualidades del dios en un sueño. La cura de la pobreza ocurría generalmente através de un sueño oracular que llevaba al enfermo a descubrir un tesoro escondido. Uno de los axiomas de la cultura aristocrática de la Grecia Heroica era la posesión de bienes. Y para la nueva oligarquía que en la Grecia Arcaica desplazó a la antigua aristocracia, el dinero se convirtió en indicador del valor social de la personalidad, en instrumento de prestigio o esencia de la distinción. Pareciera haber poca diferencia entre esas actitudes y el papel dominante que juega el dinero en la sociología del hombre actual. Pero la distancia cualitativa que

separa esa vieja ética de la riqueza del titanismo financiero y la compulsión consumista de las sociedades occidentales modernas es emocionalmente insondable.

Cuando las nuevas autoridades filipinas procedieron a inventariar los bienes del dictador derrocado, Ferdinand Marcos, se encontraron con un problema casi metafísico. La perplejidad de los interventores no fue el producto de los obstáculos para dilucidar la maraña financiera y congelar el millar de dólares en este banco o los cien millones en el otro, o de los

impedimentos para vender el rascacielos en Manhattan o la finca de descanso en Francia, sino de la imposibilidad de imaginar qué hacer con los 2.700 pares de zapatos dejados por Imelda Marcos, la esposa del dictador, en el palacio de Malacañang. Esta imagen de 5.400 zapatos propiedad de una sola persona, en una sola de sus múltiples residencias, remite sin escape a una pregunta central: ¿por qué?, ¿qué hay detrás

de tal búsqueda y acumulación de riqueza? Si Imelda Marcos se hubiera propuesto no comprar más zapatos y usar exclusivamente la existencia en su vestier de Malacañang, le hubiera tomado por lo menos dos años y medio consumir todo el inventario, siempre y cuando cambiara de zapatos tres veces al día y usara cada par una sola vez. "No comprendían que el secreto del horror se encuentra en el detalle", recuerda Heinrich Bóll en Opiniones de un Payaso. En el caso de los Marcos, la banalidad de un par de zapatos, el conflicto en su escogencia al momento de vestirse, constituye precisamente el detalle: el pormenor para reflexionar sobre la relación entre el dinero y la búsqueda del significado de la existencia, sobre el trasfondo psíquico de la codicia y del complejo monetario más allá de las literalidades materiales: 5.400 zapatos, 38 automóviles deportivos, 2.300 tortuguitas de marfil.

La historia del dinero está llena de trivialidades incomprensibles, detalles sin sentido, delirios y locura. El furor que en el siglo XVII se desarrolló en Holanda por los tulipanes desembocó en uno de los colapsos financieros más bizarros y desvastadores de ese país. En ese frenesí colectivo conocido como la tulipomanía, la exótica flor se hizo tan valiosa para los holandeses, considerados hasta ese entonces como individuos prudentes en los negocios, que su comercio paralizó el resto de las actividades productivas. Personas de todos los estratos sociales se endeudaban, vendían sus propiedades o hipotecaban sus tierras, negocios y casas, para obtener liquidez monetaria e invertirla en tulipanes. Inmensas fortunas cambiaron de mano y, de la noche a la mañana, multitud de inversores y pequeños comerciantes se encontraron así mismos convertidos en magnates. La fiebre se expandió y la inversión extranjera fluyó con locura al mercado holandés. En 1636 la demanda de tulipanes fue de tal magnitud que su cotización aparecía destacada en la Bolsa de Valores de Arnsterdam y demás ciudades de Holanda, y hasta en el mismo Londres. El precio de los tulipanes incrementaba día a día y el valor de los bulbos de las especies exóticas llegó a niveles nunca imaginados. Las transacciones y las formas de contratación se fueron haciendo cada vez más sofisticadas. La extraordinaria importación, reproducción, comercialización y acumulación de tulipanes los convirtió de facto en moneda, en un medio de pago y unidad de valor. Pero sin una razón que sea factible precisar, tal vez por la misma fuerza misteriosa que de manera inefable y etérea desencadenó el furor inicial, al poco tiempo la burbuja estalló y vino la quiebra. Millares de individuos quedaron súbitamente arruinados, con el solo consuelo de observar el color de sus flores en los bellos jardines de Holanda.8

La economía monetaria como tema, como complejo dominante de la psicología del hombre actual, traspasa la dimensión individual para convertirse en asunto de orden colectivo. Basta observar el centimetraje ocupado por las noticias económicas de los periódicos, la importancia de los ministros de la economía en cualquier gabinete gubernamental, o las incansables conversaciones sobre negocios que tanto fastidian a las mujeres en las fiestas y reuniones sociales. Si podemos proponer orientaciones generales en la sociedad, si suponemos que el comportamiento humano en la Grecia Heroica estaba regulado por el areté y el honor, y que la fama fue el dominante motivacional del hombre renacentista, podemos afirmar, sin mayor reserva, que el dinero actúa como centro magnético en la psicología del hombre contemporáneo. El lugar que ocupa la economía hoy en día es similar al que ocupaba la física en los siglos XVII y XVIII o la teología en la Edad Media. El impulso adquisitivo siempre ha sido un importante factor motivacional de la conducta humana. Lo que diferencia a las sociedades afluentes modernas de otras civilizaciones y culturas es la prioridad que se le ha dado a la riqueza material, la influencia decisiva del dinero en casi todos los aspectos de la vida ordinaria. El problema monetario, sin embargo, ha sido abordado casi exclusivamente desde la óptica religiosa y moralizante, desde la teoría económica o desde la perspectiva pragmática de cómo hacerlo y manejarlo. Se ha indagado poco sobre el efecto penetrante del dinero en ladinámicadel sentimiento, en su significado para laexistencia. La inevitable y contumaz presencia de lo subjetivo nos obliga a indagar en las representaciones personales. ¿Qué connotación tiene para mí el dinero?, ¿cómo son mis fantasías en torno a él?, ¿qué rol juega la codicia en mi vida?, ¿qué simboliza la riqueza?, ¿qué pedazos de nuestra historia, cuáles necesidades y anhelos literalizamos en el afán de lucro?

Las investigaciones empíricas sobre la génesis y el desarrollo del concepto del dinero en el niño señalan que la noción más primaria de la economía infantil es la imagen del dinero como símbolo de relación, vinculado con la obtención de placer y la satisfacción de necesidades y deseos. Parece un desplante de snobismo intelectual o un derroche innecesario de energía acudir al diseño experimental y a las más complicadas formulaciones de la lógica proposicional y de la epistemología genéfica para descubrir como novedad que los niños construyen, desde la más temprana edad, esquemas mentales de intercambio y que pueden comprender la utilidad del dinero para adquirir dulces y chocolates. Aunque la mayoría de los científicos sociales han quedado satisfechos con tan esperados resultados, el virtuosismo metodológico y la gimnasia intelectual de la academia no han logrado explicar la insatisfacción perenne del consumidor moderno, el significado de esa relación de dependencia entre la felicidad y el nivel de ingresos, a pesar de la demostrada ausencia de correlación entre la escala de ingresos y la felicidad humana. Diversas investigaciones llevadas a cabo en los Estados Unidos de Norteamérica entre 1946 y 1970 9 señalan que mientras el ingreso real per capita se incrementó en aproximadamente un 62% durante ese período, el porcentaje de individuos que se consideraban poco felices, felices o muy felices se mantuvo absolutamente estable. El aumento real y continuo del nivel de ingresos y el creciente bienestar económico no hacían de los humanos seres más felices. Lester Thurow observa que a pesar del aumento del 16% en el ingreso per capita real de los norteamericanos entre 1972 y 1978, el malestar y la insatisfacción de la población creció en una proporción aún mayorIO. La evidencia estadística de que las más altas tasas de suicidio ocurren en los paises más ricos parece refrendar esta paradójica relación entre la sensación de malestar y desasosiego y el aumento del ingreso per cápita. ¿Por qué el crecimiento económico se presenta, entonces, como un ideal colectivo?

El sentido común induce a pensar que el deseo de progreso y de riquezas materiales supone, como presupuesto implícito, queen los grupos sociales de mayor poder adquisitivo deberíamos encontrar un porcentaje significativamente mayor de personas satisfechas. No es ese el caso y en demasiadas ocasiones encontramos lo contrario. Buena parte de la narrativa histórica, la filmografía y la literatura universal, gira en torno a la locura y el sufrimiento de grandes nobles o aristócratas y ofrece una tipología de las clases opulentas repleta de personalidades desoladas por el aburrimiento y la soledad, sumergidas en la depresión y atormentadas por la codicia y el ansia de poder nunca satisfechas, en franca oposición a la refrescante sencillez existencial del hombre común. Un ingreso pequeño pero en crecimiento parece ser más satisfactorio y está subjetivamente más asociado a la felicidad que un ingreso superior aunque estancado. Pero la mejora progresiva no se percibe como tal sino cuando es comp arada con la de los demás. La satisfacción de las personas no depende del nivel absoluto de ingresos sino de su nivel relativo, es decir, contrastado con el de los miembros del grupo social de referencia. Tampoco la pobreza y la desigualdad social parecen ser causas inevitables de malestar sino cuando las personas comparan su condición con la de los otros o cuando su situación económica cambia drásticamente. El individuo puede ganar muy poco pero se sentirá más satisfecho si percibe que sus ingresos crecen más que los de sus compañeros. Dado que por ley de probabilidades o por simple distribución estadística sólo un escaso número de personas tiene la posibilidad de mejorar su posición relativa, es casi imposible que el desarrollo económico pueda acrecentar la sensación de bienestar y el nivel de satisfacción de la mayoría. La percepción subjetiva de felicidad depende más de las proyecciones y fantasías sobre lo que el dinero ofrece y puede hacer cuando todavía no se tiene, que de lo que el dinero realmente ofrece y hace cuando ya se tiene. Debemos reflexionar psicológicamente en torno a la pregunta formulada por John Kenneth Galbraith sobre el dinero, pero que él tristemente responde en términos absolutamente económicos y profanos:

¿Por qué una cosa de nulo valor intrínseco es tan evidentemente deseable? En constraste con un conjunto similar de fibras, recortado del periódico de ayer, ¿qué es lo que le da el poder de adquirir bienes, contratar servicios, inducir a la codicia, fomentar la avaricia, incitar al crimen? Aquí hay algo de magia; indudablemente, se requiere alguna explicación metafísica o extraterrestre de su valor. 11

Necesitamos estudiar el lugar que ocupa la economía monetaria dentro del universo subjetivo de las motivaciones humanas para comprender la extensión y generalización de la retórica económica a todos los niveles de la vida social. Se trata de entender el proceso de internalización de las formulaciones monetarias en el pensamiento mismo, en los procesos de simbolización con que interpretamos y nos aproximamos al mundo y a nosotros mismos. El idioma del intercambio comercial, del dinero y el mercado, es el lenguaje de nuestro siglo, es la nueva metáfora con que organizamos nuestra experiencia. El dinero no es sólo un atributo de valor o una parte del discurso sobre las formas de producción e intercambio, sino un componente interno del propio discurso y de las estructuras de pensamiento que lo soportan. Es una categoría de la imaginación. Si cada contenido interno, cada complejo de representaciones inconscientes con tono afectivo, tiene una retórica y una forma propia de expresarse, la retórica del dinero es la que con mayor fuerza simboliza los significados y dominantes emocionales del hombre moderno.

Existe una estrecha relación entre el desarrollo del capitalismo industrial y el cambio en las nociones del dominio de lo público y lo privado en la sociedad burguesa del siglo XIX. Richard Sennet nos ha bridando un magnífico análisis del impacto de la revolución industrial y de las nuevas formas de comercialización y mercadeo sobre el perfil psicológico del hombre del siglo pasado contrastado con el del ancí . en régime 12 . Un primer efecto del capitalismo sobre la vida pública fue la transferencia de atributos de carácter humano a los objetos y la mistificación de los fenómenos públicos. Un segundo efecto fue la modificación del dominio que equilibraba lo público y que alteró la naturaleza de la privacidad. No fue sólo un cambio en cuanto a los elementos materiales de la apariencia pública, sino una transformación en cuanto a la definición del ámbito de lo íntimo y lo privado y a la forma de experimentar la propia individualidad. El sistema de utilidades del capitalismo industrial requirió para su éxito un nuevo concepto de personalidad y su intrusión como categoría social. El declive del sentido de la vida pública es sincrónico con el auge de la burguesía y el individualismo económico. Por algo Engels entendía la familia privada como la manifestación más depurada del carácter capitalista.

Erich Fromm denominó orientación mercantil el dominio de una psicología económica por la cual los valores de mercado, las leyes de la oferta y la demanda, penetran en el proceso mismo de formación de la identidad y de la personalidad. Una realidad social donde el individuo se experimenta a sí mismo como mercancía y donde el valor de utilidad de mercado rige su autoimagenl3. La internalización de las formas económicas va. más allá de la asimilación de los mecanismos de autoestima por las leyes del mercado y podríamos considerarla como una de las causas del distanciamiento trascendente del complejo del "yo" del resto de la totalidad psico-orgánica que es el hombre. Cuando Karl Marx aseguraba que el papel moneda y el crédito divorciaban el nombre del significado, permitiendo asítina trascendencia idealistade lamercancía, no hacía sino reafirmar un problema que desde hacía tiempo preocupaba a la filosofía europea: la relación dialéctica entre las formulaciones financieras de la producción material y las formas espirituales del pensamiento. Una relación plena de significados psicológicos. El dinero, al imponerse como signo que descompone la permuta en el tiempo, al permitir la separación entre los bienes materiales y la persona, remite a una realidad simbólica y espiritual que trasciende lo natural. Pero el espíritu es lo más alejado de la naturaleza y el cuerpo donde están incrustradas las emociones. Se nos hace que algunos rasgos de la personalidad burguesa, como su actitud defensiva frente a las emociones y su miedo a la revelación involuntaria del carácter, están relacionados con ese alejamiento. No es por azar que observando los miembros de esa sociedad, Freud elaborara todo un sistema psicológico a partir de la disociación entre el ego y los instintos, la represión y los mecanismos de defensa del yo. Para Andrés Ortiz-Oses,

,,esta represión encuentra en el dinero su símbolo máximo, puesto que el dinero resulta de su sublimación espirituafi zadora de las fuerzas instintivas en fuerza de trabajo y en poder de cambio. El cambio o intercambio como moneda de nuestra vida social impone la denegación de lo más propio y su enajenación, la represión...la fluidificación -proceso de abstracción- de lo autóctono (la tierra, la sangre, el clan)"14.

Es impensable querer analizar la vida social de las naciones industrializadas modernas sin acudir en algún momento al discurso económico. En toda sociedad, y con mayor vigor en las sociedades de consumo, la organización de los factores de producción y de los medios de intercambio incide sobre cualquier nivel de la vida humana que queramos analizar. El hecho monetario es una realidad espesa y trascendente. Pero más allá de la vinculación de la economía con la subsistencia, lo que aquí nos interesa es su relación con la vida y la existencia, con las experiencias de sentido personal. Queremos indagar en las conexiones ocultas del dinero con la moral, con las actitudes religiosas, con la felicidad, con el ethos cultural y las costumbres familiares. Las transacciones entre las fantasías monetarias privadas y la realidad económica objetiva están llenas de ambigüedades y contradicciones. Una anécdota de Patrick Süskind 15, en una novela popular de los años ochenta, da una versión sombría del resultado imprevisto de tales transacciones. En el siglo XVIII una tal Madame Gaillard regentaba en París un hospedaje para niños abandonados. En ella aceptaba toda clase de huérfanos siempre y cuando alguien pagara puntualmente la renta. Las finanzas de la Sra. Gaillard eran sumamente sencillas. La mitad del ingreso estaba destinado a la manutención de los niños y la otra a su propio beneficio. El negocio tenía que ser rentable y ni la muerte de algunos pequeños durante el invierno lograba alterar la exacta repartición de recursos. La conducta de la Sra. Gaillard, aparentemente inhumana y fría pero en nada diferente de la de sus coetáneos, obedecía a un temor obsesivo. Le horrorizaba la idea de morir en un hospicio público, como había muerto su esposo en el Háte1-D¡eu, rodeada de multitudes enfermas y desconocidas. Madame Gaillard había calculado con exactitud el dinero que necesitaba para disfrutar de una renta que le permitiera en la vejez morir en su casa. Cercana a los 70 años cerró el negocio. Creyendo haber alcanzado su meta decidió vivir de sus rentas para esperar tranquilamente la muerte en una pequeña vivienda adquirida para dicho fin. Pero, condenada a la longevidad, antes de la muerte llegó la Revolución francesa y con ella los asignats y uno de las más espectaculares procesos inflacionarios del cual todavía nuestros gobiernos no han aprendido lo suficiente. A partir de 1789, con fantasías muy diferentes de las de Madame Gaillard, el gobierno revolucionario, buscando cubrir su gigantesco déficit presupuestario, autorizó emisiones sucesivas de millones de livres en notas de papel moneda basadas en un hipotético valor de la tierra y su posterior redención. Forzada a recibir en pago las malditas hojas de papel impreso que al instante perdían su valor, la longeva señora no pudo sino ser testigo de su impotencia ante la rápida desaparición de sus ahorros que con tanto esfuerzo y trabajo ingrato había logrado amasar a lo largo de toda su existencia. Con más de noventa años y un tumor en la garganta que le impidió protestar, Madame Gaillard fue llevada al hospicio del H6tel-Dieu donde murió a la vista de todos en una sala atestada de viejos enfermos y moribundos.

Podria pensarse que la inclusión de una historia tan dramática debe tener un fin moralizante. No es así. Sólo intento describir la disparidad existente entre las fantasías proyectadas sobre el dinero y lo que el dinero realmente hace o puede hacer a nivel individual y colectivo. El venezolano de hoy en día no es indiferente a ese conflicto. Todo lo contrario. Es un problemacentral para la definición de nuestra identidad nacional. Los venezolanos tenemos incontables años debatiendo y preguntándonos con ansiedad el por qué de la disparidad entre la

afluencia material y nuestros logros socio-culturales. En ocasiones, algunos críticos han llegado al extremo de la desesperación catalogando la riqueza petrolera como un mal, un excremento del diablo, en vez de percibirla como verdadera ventaja competitiva. La cronicidad de la crisis económica de los últimos años ha llevado la pregunta hasta los límites del absurdo. No basta el tácito reconocimiento del diagnóstico esbozado en el discurso público. La recurrencia y repetición de los mismos patrones de conducta económica hacen pensar que detrás de nuestra imaginación monetaria se esconden fuerzas oscuras que escapan a nuestro control consciente. Personalidades fraizmentarias y autónomas que, expresándose a través del dinero y de las fantasías en tomo a él, surgen como Hades del submundo para acabar con la virginidad de Kore y su ingenua dependencia de lafertilidad de laGran Madre, Démeter la diosa de la naturaleza. Lo antedicho dista mucho de ser una simple metáfora. No en vano existe una asociación etimológica entre Ploutos (riqueza), Plutus y Plutón, dios proveedor de la riqueza, rey del Hades o regiones subterráneas.

El papel que a principios de siglo jugó la sexualidad en lapsicologíade SigmundFreudha sido usurpado en Iaactualidad por el complejo del dinero, el cual está íntimamente arraigado en las dinámicas instintuales y en las necesidades y conflictos afectivos. Hay mucha más locura y enfermedad asociada al dinero que al sexo o a cualquier otro componente mental. Como señala Rafael López Pedraza, econtramos mucha más psicología en el oro vulgar que en el oro alquímico. El numerario dispara las más intensas y violentas emociones. Patologías, odios, traiciones, conflictos matrimoniales, peleas familiares, divorcios, depresiones, aceleraciones, obsesiones, ansiedades, miedos, todos como surgiendo de un mismo núcleo. Incansables sufrimientos, temores y ansiedades recorren nuestra his

toria pecuniaria: el sufrimiento de no tener suficiente dinero, el deseo de tener más, el miedo al futuro, a la pobreza, al abandono, a la soledad, al fracaso. Pero el dinero también tiene un componente hermético que facilita la imaginación y el movimiento psíquico. Es un hacedor de conexiones. El capital, a su vez, actúa paradójicamente como vínculo con la realidad para evitar el vuelo delirante de la fantasía y obligarnos a tocar tierra. Algunas personas lo necesitan como acelerador mental para sincronizarse con el tempo de la vida urbana, como instrumento de relación con el mundo externo, y en ocasiones con el interno.

No es necesario cuantificar el tiempo que cada quien dedica al tema del dinero para adivinar el peso que él tiene en la conducta habitual de los seres humanos. Más allá del comportamiento y la conducta está el aspecto simbólico y subjetivo del dinero: las fantasías, esperanzas, ansiedades y pensamientos en torno a él. Los tipos de carácter social que propician y sustentan los modelos y sistemas económicos, las manías y delirios colectivos detrás del consumo y las modas, las motivaciones que impulsan la demanda no funcional, la irracionalidad de los gustos y preferencias del consumidor, las actitudes anímicas en los ciclos de depresión y expansión. Produce confusión la polivalencia y variedad de imágenes y fantasías asociadas al dinero: subsistencia, realidad, seguridad, libertad, felicidad, comodidad, placer, sexualidad, triunfo, poder, logro, éxito, alcurnia, autoestima, fama, prestigio, trascendencia, dependencia, culpa; los secretos, satisfacciones, posibilidades, crímenes y destructividad que en él se anidan. El presente ensayo intentará descifrar algunos de los significados de ese símbolo inmaterial y polivalente que es el dinero.

 

1 HORACIO FLACO, Quinto. Epístolas. Libro I, I, Clásicos Jackson, Volumen IV, W.M. Jackson Inc., Buenos Aires, 1950, Pág. 329.

2 HERSKOVITZ, Melville J. Antropología Económica. Estudio de economía comparada. Fondo de Cultura Económica. México, 1974.

3 MARX, Carlos. El Capital. Fondo de Cultura Económica, México, 1977.

4 VEBLEN, Thorstein. Teoría de la Clase Ociosa. Fondo de Cultura Económica, México, 1963.

5 BENAVENTE, Jacinto. Rosas de Otoño. Acto I, Escena VI. Espasa-Calpe, S.A., Colección Austral, Madrid, 1958, Pag. 30.

6 SAVATER, Fernando. Diccionario Filosófico. Editorial Planeta, S.A., Barcelona, 1995, Pag. 109.

7 MEIER, C.A. AncientlncubationandModern Psychotherapy. Northwestern University Press, Evanston, 1967, Pag. 70.

8 MACKAY, Charles LL.D. Extraordinary Popular Delusions and the Madness of Crowds. Farrar, Strauss and Giroux, New York, 1932.

9 EASTERLIN, R.A. "Does Econornic Growth Improve the Human LotT'. En P.A. David y M.W. Reder (compiladores), Nations and Househo1ds in Economic Growth. Essays in honor ofMoses Abramovitz. Academic Press, New York, 1974.

10 THUROW, Lester. The Zero-Sum Society. Basic Books, New York, 1980.

11 GALBRAITH, John Kenneth. El Dinero. De dónde vino / A dónde fue. Ediciones Orbis, S.A. Barcelona, 1983. Pág. 78.

12 SENNET, Richard. El Declive del Hombre Público. Ediciones Península, Barcelona, 1978.

13 FROMM, Erick. Etica y Psicoanálisis. Breviarios del Fondo de Cultura Económica N' 74. Psicoanálisis de la sociedad contemporánea. Fondo de Cultura Económica, México, 1981.

14 ORTIZ-OSÉS, Andrés. "Hermeneútica Simbólica". En K. Kerényi, E. Neumann, G. Scholem y J. Hillman, Arquetipos y Símbolos ColeLtivos. Círculo Eranos 1. Cahiers TEranos. Editorial Anthropos, Barcelona, 1994, Pág. 245.

15 SÜSKIND, Patrick. El Perfume. Historia de un asesino. Seix Barra], Caracas, 1986.

 

 

 


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