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Capítulo VII La mujer freudiana

La gran pregunta nunca respondida, y que yo tampoco estaré en condiciones de responder, a pesar de mis treinta años de investigación dentro del espíritu femenino, es: ¿qué es lo que la mujer desea?
Sigmun Freud

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PARA FREUD la injuria narcisista por excelencia la constituye la ausencia del pene en la mujer, lo cual se traduciría en un anhelo fálico con el propósito reparador de llenar su. falta biológica. En el hombre, por otra parte, la ausencia del pene en la mujer encierra una amenaza percibida por el varón, en el plano afectivo, como un temor a la posibilidad de perder el suyo; un temor a la castración percibido como real por el niño.

La concepción freudiana es falocéntrica, de modo que la mujer resulta algo así como un hombre emasculado, agobiada por la envidia de querer poseer un falo que en algún momento perdió pero que podría, en circunstancias favorables, recuperar nuevamente. Por supuesto, ningún hombre, en condiciones naturales, ha perdido el pene ni ninguna mujer ha logrado que le crezca alguno. Lo expuesto sólo tiene un valor simbólico.

Karen Horney, Malanie Klein, Mary Langer, Helen Deutsch, entre otras psicoanalistas mujeres después de Freud, plantearon la importancia de la envidia del hombre por el cuerpo de la mujer, el cual constituye un argumento bastante compatible con el fenómeno de la impronta, cuya importancia central en el desarrollo del ser humano estamos enfatizando en este ensayo.

Es factible suponer entonces que al lado de la envidia de la mujer hacia la sexualidad masculina, externa, aparente y concreta, existe también una envidia de] hombre hacia el poder del cuerpo de la mujer, hacia su función materna creadora de vida, que a pesar de su importancia ha permanecido oculta en virtud de la intensa represión secular, cultural y psicológica en la que operaron conjuntamente, como ya lo he dicho, el varón y la Eva Delincuente.

El embarazo constituye para la mujer la máxima expresión de un narcisismo natural, donde ella y el feto dentro de ella se nutren mutuajilente, mientras el padre y sus alrededores en general, permanecen psicológicamente excluidos. He observado con frecuencia, durante el tratamiento psicoanalítico de mujeres en estado, que inconscientemente el embarazo puede sentirse como una forma de triunfo sobre sus propias madres, al desear ser mejores madres de lo que ellas fueron (1). Aunque la gran mayoría de las mujeres gozan de su embarazo así como de la maternidad, pienso que en estos casos en particular tal competencia genera sentimientos de culpa y en consecuencia una actitud ambivalente hacia la preñez, lo cual lleva a la creación de síntomas como náuseas, vómitos, sangramientos, amenaza de aborto, temor de un feto anormal, etc., que reflejan simbólicamente o una necesidad de castigo o el deseo de librarse de tal amenaza.

Tanto desde un punto de vista filogenético como ontogenético, el hombre irrumpe tardíamente en el binomio simbiótico madre-hijo. Los hombres primitivos de la isla Tobrian, al sur de Australia, mantienen aún la creencia de que la mujer se embaraza cuando es penetrada por el espíritu del mar en el momento en que se baña en él. Estos aborígenes no logran comprender la participación directa y necesaria del hombre en el acto de la concepción. La sexualidad se practica libremente en casas especiales de celibato, sin constituir ningún tabú, ni siquiera para la mujer casada, al mismo tiempo en que prohíben con vehemencia otras situaciones, tales como que la mujer desposada almuerce con un desconocido. Rasgos semejantes pueden ser estudiados en muchas sociedades primitivas contemporáneas.

La inclusión del hombre como participante indispensable en la concepción resultó una comprobación tardía en la historia, que requería la existencia, si se quiere, de un conocimiento científico que estableciera la ley ya innegable de que el espermatozoide fecunda el óvulo. Necesitaba indiscutiblemente de cierto nivel de abstracción, que permitiera aceptar la existencia de un fenómeno cuya microscopía oculta se hacía totalmente invisible frente al ojo primitivo de otros tiempos. Hoy los hombres, más reconfortados por los avances de la ciencia, sufren menos el dolor de la exclusión al sentirse aparentemente inútiles frente a la fuerza poderosa, casi mágica, de la procreación, de la contundencia del embarazo y del parto. Es factible deducir que la envidia del hombre del Génesis, cuando aún ignoraba en lo concreto de su pensamiento la importancia de su participación, fuese mucho mayor que la del hombre actual, instruido por la ciencia.

La maternidad es un hecho concreto, palpable y coherente, no así la paternidad, cuya participación sólo es comprensible mediante un conocimiento científico y una abstracción que requiere de funciones más sofisticadas del pensamiento simbólico. Pater semper incertus est, o en palabras de Telémaco dirigidas a Atenas en la Odisea:

Mi madre dijo que él es mi padre

pero yo no lo sé,

porque un hombre nunca sabe quien lo engendró.

En tiempos antiguos privaba la creencia, como la que todavía se observa en los tobrianeses, de que el semen sólo servía de alimentación al bebé. Se creyó también en medios civilizados que el espermatozoide, conocido con el nombre de célula homúnculo (hombrecillo), era capaz por sí solo, sin la ayuda del óvulo ni de nadie, de crecer hasta producir un ser humano, y que la mujer solo sería un simple recipiente que contenía al feto hasta llegar a término; una fantasía que estaba presente en el pensamiento griego, ante todo en la mitología, cuando por ejemplo se plantea que Atenas había nacido de la cabeza de Zeus, y que Dionisio fue mantenido vivo, después de abortado por Semele, dentro de la pantorrilla del mismo dios. El gran poeta Esquilo dijo en Las Euménides por boca de Apolo:

Escucha, y podrás poseer mi sabiduría.

Ser llamada madre no significa necesariamente

el haber concebido, sino más bien cuidar

de la semilla recién sembrada.

El hombre engendra: ella sólo es recipiente de

su pequeño invitado. Daré razones a mi argumento.

Ha existido y existirá la paternidad

aunque no exista una madre; atestigua acá

el niño creado por el mismo Zeus del Olimpo,

que no creció en la cobertura oscura del útero;

una rama tan divina que nunca una Diosa anidó.

El concepto de Freud acerca de la envidia fálica es el resultado de su observación de mujeres pertenecientes a la categoría de la Eva Confundida, que buscan su identidad en la aprobación del hombre; la envidia sería la consecuencia de la idealización masculina predominante. Pero que las cosas aparezcan así, en el momento actual, no implica de ninguna manera una verdad trascendental, porque la verdad, ya sabemos, permanece muchas veces prendida al decurso aparentemente lógico de un momento de la historia. La concepción de Freud sobre la psicología femenina cabe plenamente dentro de la lógica de nuestro tiempo; no era factible, antes de Galileo, presumir que fuese el Sol, y no la Tierra, el que girase. Al ojo del observador neófito, el Sol surge y declina en el firmamento, como si en verdad se desplazase lentamente circundando una Tierra fija y sin movimiento. «Pero los postfreudianos se adhieren rígidamente a la doctrina del maestro "dice la feminista Susan Lyndon" y, como en todo su trabajo, lo que Freud esperó fuese tomado como una tesis para estudios futuros se convirtió más bien en una ley canónica» (2).

A finales del siglo pasado, los experimentos en física llevaron al invento de la máquina de vapor, un artefacto que funcionaba en virtud de su acumulación y expulsión inteligentemente guiadas para inducir movimiento. Impresionado por el descubrimiento, Freud intuyó que la mente funcionaría en forma similar: la libido sería una fuerza parecida a la presión del vapor, que surgiría desde la fuente instintiva para acumularse en la psiquis y desde allí buscar una salida, so pena de convertirse en un peligro acumulativo de consecuencias patológicas y desastrosas. La presión de la libido, al igual que la del vapor, disminuiría en la medida, lógicamente, de que se le diese salida. La sexualidad constituirá en esta forma una válvula de escape a la libido reprimida o acumulada.

En un primer momento, la concepción de Freud implicaba que tal acumulación se traducía en angustia: a mayor acumulación de libido sexual, mayor nivel de ansiedad. Las fórmulas que en este sentido se utilizasen para reducir la presión darían lugar a formas diferentes de patologías: la masturbación, por ejemplo, conformaría a un tipo de comportamiento y un conglomerado de síntomas; en igual forma lo sería la eyaculación fuera de sitio o coitus interruptus. Lo que Freud enfrentaba -y que después fue capaz de corregir en virtud de su aguda observación- eran las características de la situación que la mujer de esa época padecía: el embarazo era un riesgo muy grande, no existían medios para evitarlo, y tanto las mujeres como sus maridos veían con pánico nuevos hijos.

La angustia que Freud observaba en sus pacientes no era en ninguna forma el producto de una libido acumulada, o parcialmente desplazada en virtud de la masturbación o coitus interruptus, sino más bien la consecuencia de la ignorancia en que se encontraba la medicina de esa época, en particular en lo referente a métodos anticonceptivos. Cuando logró entender tal confusión, Freud desarrolló una nueva teoría sobre la angustia, más cónsona con la realidad intrapsíquica, cuyos detalles obviaremos con el propósito de simplificar este ensayo. Cabe imaginar, por lo tanto, que las teorías surgen influenciadas por los acontecimientos científicos y por la evolución del pensamiento imperante en el momento en que son concebidas.

Freud intuyó la envidia de la niña por la aparente ausencia de un pene que concretamente podía mirar en su congénere. El niño, por otra parte, se atemorizó al notar la carencia genital de la niña; así surgió el concepto psicoanalítico de la castración, formulación de la cual no podemos prescindir, como tampoco se puede ignorar la actitud de envidia hacia la mujer, cuando el varón ignoraba su invisible participación en el fenómeno de la concepción. Las Evas Delincuente y Confundida envidian el pene porque no pueden concebir la complejidad oculta y misteriosa de su propia sexualidad. Sólo cuando esto suceda, la angustia de castración dejará de tener esa importancia indiscutible para el hombre y para la mujer actual. Lo incompleta que la mujer pueda percibir su anatomía genital, frente a la del hombre, se debe en gran parte a la actitud inhibitoria de la madre frente a la sexualidad infantil de la hija. Luego tales mensajes se confunden en el inconsciente con sentimientos de minusvalía, masoquismo y de pobre autoestima. En esta misma forma, por ejemplo, es muy factible que, en la medida en que la Eva Confundida alcance mayor libertad, la confusión existente hasta ahora entre pasividad-feminidad y actividad-masculinidad desaparezca.

En los próximos tres capítulos revisaré algunos aspectos que considero cruciales debido a que representan una serie de obstáculos naturales que interfieren con el desarrollo psicológico de la mujer. En primer lugar, expondré un conflicto que con frecuencia existe en la mente toda niña, así como en la de muchas mujeres adultas. Me refiero a la confusión entre la vagina y las funciones anales o la llamada por Freud «teoría de la cloaca», por cuanto la «cloaca» representa el nombre dado en biología a la combinación de ambos órganos, tal y como normalmente coexisten en algunos animales inferíores. En segundo lugar, consideraré la relación entre la envidia del pene y el desarrollo anal como dos importantes aspectos; y en el capítulo XI me referiré a la necesidad, común entre las Evas Delincuentes, de hacer uso de la magia como una salida a sus restricciones mentales, desesperanzas y desesperaciones. En el capítulo XII, evaluaré las diferencias entre la magia y la verdadera creatividad, tal y como ha sido imaginada en el concepto filosófico de la alquimia.

(1) He observado durante mi práctica psicoanalítica por lo menos cuatro fórmulas instrumentadas como defensa ante sentimientos importantes de dependencia y utilizadas con el propósito de inducir omnipotencia: la masturbación, la intoxicación por drogas psicotrópicas, los rituales obsesivos y el embarazo.

(2) Susan Lyndon, «The Politics of Orgasm», en Sisterhood is Poywerful, Random House, New York, 1970, p. 199. (IN.)

FUENTE: libro "Dios es una Mujer" por Rafael Ernesto López, Monte Ávila Editores Latinoamericana, pag 39-44.

 

 

 


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