Volver al índice de la revista

l Actualidades

l
Museo Virtual

l
Galería

l Hábitat

l
Excelente

l
Culinaria

l
Visiones

l Moda

l
Para leer

l
Para ver y oir

l
Diseño

l
Links




Home de Venezuela Analitica

Venezuela Analitica Editores


Cuatro monólogos en un acto
El último minotauro

León Febres-Cordero

Cual la generación de las hojas, así la de los Hombres. Esparce el viento las hojas por el Suelo, y la  selva, reverdeciendo, produce otras Al llegar la primavera: de igual suerte, una Generación humana nace y otra perece.
Homero

MINOTAURO I

Articulos anteriores
Ÿ Psicopatologías monetarias
Ÿ La ciudad escondida
Ÿ El arte hacia la búsqueda de lo real
Ÿ
La Virgen de la leche: sus últimas revelaciones.
Ÿ
Una colección- reflexiones y cifras
Ÿ
La transacción de las satisfacciones humanas
Ÿ
El homo oeconomicus en la historia occidental
Ÿ Laberinto
Ÿ La materialización de lo abstracto
Ÿ Una una Oración por Todos
Ÿ Ernst Caramelle
Ÿ El dinero no es algo real
Ÿ El último minotauro
Ÿ El efecto del MILENIO
Ÿ Capítulo VII La mujer freudiana
Ÿ El dinero- un cosmos de significados subjetivos
Ÿ CHORONI entre el cielo y el infierno
Ÿ Reflexiones sobre la gacela y el leon
Ÿ A propósito de galerías- Las hay de chicha y las hay de limón-
Ÿ Memoria de Cien años de Soledad
Ÿ La Magia - Rafael Ernesto Lopez
Ÿ Antología poética - Elizabeth Schön
Ÿ Por los respiraderos del día. En un momento dado
Ÿ El Samán de Güere
Ÿ Rasgadodeboca
Ÿ La mujer en el Egipto antiguo

LO TENGO CLARO. Lo tengo clarísimo. Yo no soy un Minotauro, menos aún el Minotauro. Yo sólo me Presto al juego, a hacer de, a Pretender. Soy, ahora mismo, sobre este escenario, un burócrata cualquiera, un impostor. Todos aquí aparentamos. No le tengo miedo a Teseo Porque sé, Porque me consta, que Teseo es un imbécil, un imbécil como yo, vivas estampas de la imbecilidad humana que nos Prestamos a este juego sagrado. Pero nada es sagrado ya. ¡Y a mí qué que lo haya sido hace miles de años! A mí me da igual. A nadie aquí le consta lo que sucedió hace miles de años. En cambio, a mí sí me consta que yo no soy lo que parezco, que no soy el Minotauro y que esto no es un laberinto. Esto es un teatro. Qué laberinto ni qué ocho cuartos. Es el silencio de esta soledad lo que nos cerca. Y a mí la soledad ya no me la quita nadie. Ni Teseo. Ni que Teseo fuera de veras Teseo, el del mito. Qué va. Si hasta aquí no llega Teseo. Más de una vez me he visto en la necesidad de ir a buscarlo yo a él, y lo encontraba en un mar de lágrimas. Al ver que lloraba, me daba media vuelta y lo dejaba solo. No me encontrará, pensaba. No dará nunca con la salida. ¡ Y lo peor es que hay quien va por la vida como si hubiera encontrado la salida del laberinto! ¡Será posible! Pero lo es. Me consta que lo es. Y me consta, por cierto, por mi mismo. Porque lo he experimentado. Hasta hace muy poco andaba por ahí echándomela de Minotauro. Hasta mandé a imprimir tarjetas de presentación. Pero ya no me creo mi rol. Soy un impostor que repite la escena de un mito y cobra por ello un sueldo que le permite ir viviendo, y punto. Eso es todo cuanto he aprendido desde que caí en cuenta de que uno sólo representa un papel. Y que ese papel que representamos, sea el que sea, es un laberinto. Tal vez eso sea todo lo que hay que aprender.. y me tomó miles de años. Lo otro, lo que llamamos "Información", se lo pregunto a Ariadna, por ejemplo, que es una sabihonda. 0 voy al médico para que me dé un diagnóstico. Pero esas son certezas y el conocimiento, el conocimiento de uno mismo, es otra cosa. Algo que nos inquieta y nos hace cuidadosos, atentos, como los guardianes. Algo que nos hace dudar, diferir, retardar. Algo que, de repente, tras un largo olvido, nos parece que está a punto de . . . a punto ... y ahí es cuando nos desmembra, nos parte en trozos, miembro a miembro, nos saca los ojos y nos hace sentir inútiles, estériles, infortunados, miserables, vanos, necios, desgraciados. Entonces, llegados a ese estado de dulce desaliento, se escucha el canto lejano y penetrante de una cigarra. Y es que ha llegado el tiempo de ponemos a trabajar un instrumento que transmute en miel del deseo el desasosiego de haber entrevisto lo que somos. En mis tiempos a eso se le llamaba amor. Ahora, hoy mismo, me es igual cómo se le llame: sé que se trata de eso, de amor y Dios me libre de meterme con ese dios. Desde entonces, me ocupo de lo que me tengo que ocupar: mi máscara de toro, mi torso engrasado, y unos bluyines negros que me quedan un poco ajustados. Y paciencia, señores, mucha paciencia para esperar y esperar y esperar a que no llegue nadie.

Porque nunca llegará nadie. No va a pasar nada. Esto siempre ha sido así, vamos, desde que estoy en ello y llevo siglos de siglos ya. La presunción de un mañana diferente nos condena a la esperanza. Y yo con la esperanza no tengo ya nada, pero nada que ver. Yo, a lo mío que es hacer de Minotauro. El asunto es aquí y ahora, sin chistar. Y que quede claro que no lo digo en plan de queja, ¿eh? Lo digo porque es mi monólogo de cada día, mi sustento. Por lo tanto, a lo de ahora: un laberinto que no es sino una soledad como otra cualquiera, un Teseo que no va a llegar nunca, una Ariadna que teje un hilo interminable y un Minotauro que espera y espera y espera y a quien cualquier otra cosa le da igual. ¿Y qué hago mientras espero? ¿Qué voy a hacer? Mi papel, qué remedio. En mi tiempo libre salgo a comprar la prensa y el pan, llevo a lavar los bluyines, me doy una vuelta e igual me como cualquier cosa donde sea. No tengo preferencias. En cuanto me empiezan a conocer, ya no vuelvo. Y luego aquí, en el teatro, dándole duro. Eso sí: pongo toda la carne en el asador y me tomo la cosa muy en serio. Aquí estoy para esperar y eso lo hago a conciencia, con brío incluso. A veces, cuando el peso del tiempo se hace insoportable, me doy un repaso mental a toda la Historia Universal de cabo a rabo o por trozos, depende de mi ánimo. Me puede dar por el Caos de Hesíodo y los viajes al Nilo de Tales, como por las conquistas del Genghis Kahn. Porque por aquí ya han desfilado todos los protagonistas de la historia, agotados de ser lo que han sido. He visto a Homero recorrer el Mar de Creta en una barquita cubierta de hiedra y hojas de parra, y a Pitágoras persiguiendo cachorros por la calle al reconocer en sus ladridos las voces de amigos suyos que habían muerto en las guerras contra los bárbaros, decía él. He visto a Sócrates rodeado de jóvenes extáticos, danzando posesos como bacantes de sólo haberle escuchado hablar, y a Aristóteles recogiendo conchas marinas por las playas de Lesbos, donde se pasaba las tardes estudiando el batir de las olas. A Cristo le vi arrastrar su pesada cruz camino del lugar de las calaveras. Y escuché las primeras herejías, esas que se dijeron mientras los clavos le atravesaban la carne. A mi lado los memoriones del Corán transcribieron las palabras del Profeta sobre omóplatos de camello. Vi a Chuang Tzu transformarse en mariposa y el rostro demudado del Buda cuando al salir de su palacio le mostraron aun hombre que acababa de morir. ¡Todo ello me es tan familiar! Me he repasado la historia muchas veces, con la ventaja de tenerla vista con estos Ojos, no leída a través de los ojos de otro. Pues bien: eso hago cuando siento el vértigo de los siglos. De resto, me siento a ser testigo presencial de lo que Heráclito repetía ensimismado: que el tiempo pasa y que sus sombras son siempre otras.

 

EL PROBLEMA, el verdadero problema de los hombres, es que ya nada les asombra. A mí tampoco: pero me adapto a mi trabajo. Y es bastante. Me quedo tranquilito en mi manicomio. Porque este teatro, este laberinto de soledad, es un manicomio. Un manicomio de un sólo loco. Teseo y Ariadna viven del cuento de su "normalidad". Son unos imbéciles. Yo también lo soy, pero yo, al menos, lo sé. En cambio Teseo es un romántico. Se la pasa rumiando en los rincones, reviviendo escenas que nunca tuvieron lugar, anhelando épocas pretéritas que fueron idénticas a las actuales, pero que él recuerda diferentes. Teseo es un vividor de historietas. Luego va y dice que no le encuentra sentido a la vida. ¡Claro! Porque se da cuenta de que la vida que hace no tiene nada que ver con el montaje que lleva en la cabeza. Para colmo, no llega hasta aquí ni con el hilo de Ariadna. Vamos, que a veces me he asomado a través de algún boquete en la muralla y lo he visto desconcertado, volviendo sobre sus pasos, alzando los brazos al cielo... implorando la aparición de una señal que lo conduzca hasta la salida. Pero el cielo se cubre de nubes de bronce sobre su cabeza. ¡Le es indiferente al cosmos! ¡Pobre Teseo! Luego está la Ariadna. Vaya una tía más zorra. Se pasa el día urdiendo tramas para que el inepto me alcance. El laberinto es inexpugnable, y ella lo sabe. Son milenios de espera que hablan por sí solos. Milenios. Sin embargo, ella no cesa de planificar para el día después, para lo que vendrá cuando me atrape Teseo. Aunque lo niegue. Pero a mí no se me engaña tan fácilmente. Ariadna es una niña aún. Aunque pasen los siglos, ella sigue cautiva de su niñez. Nada la llena, nada la colma: sólo lo imposible, lo que ocurrirá cuando ... lo que pasará una vez que ... Llegado el fin, cumplido el lapso de esta espera, se abrirán los cielos y se levantarán todos los muertos y serán juzgados y unos irán al Paraíso y otros al infierno, y ella tendrá a su Teseo blandiendo borracho de triunfo la sangrante cabeza del Minotauro. ¡Qué patuque tiene en la cabeza! Todo para sentirse libre. Ése es su sueño ... ¡Ah!, y se me olvidaba lo más importante de todo: ser feliz. ¡Feliz! Entonces comenzará la verdadera vida. Aquella que de tanto soñarla se le han cubierto las piernas de ampollas verdosas. Lo peor de todo es que, en el fondo, es mentira que quiera ser libre. Se aferra a su insatisfacción y a la monotonía de su existencia pues le aterra pensar en lo desconocido. Dígame el día que oyó decir que nos iban a rescindir el contrato. Que esto se acababa. Pues la muy tonta ha pasado noches en vela de sólo pensar que la iban a echar a la calle. " ¡Pero cómo se va a acabar esto, si es un mito!", le grité desde aquí. Los mitos siempre son ... un mito es un presente que lleva milenios siendo presente. Otra cosa es que se haya estancado. Pues mira, no sé.... es la época que nos ha tocado vivir. Ya había ocurrido una que otra vez. Pero Ariadna es la personificación del pánico a la nada, a lo que no es, a lo fantasmagórico. A pesar de mi franqueza, soy a sus ojos una amenaza más real que ella para sí misma. Y resulta que yo no soy, sino que parezco. Recuerdo que en tiempos de la Revolución Francesa, me quité la máscara, corriendo el riesgo de quedarme sin trabajo, y se lo dije todo: "No seas gafa, chica, ¿no te das cuenta de que soy un actor? ¿No ves que el Minotauro se reduce a una máscara, un torso engrasado y unos bluyines que se han encogido de tanto lavarlos?" Pero ella interpretó mi gesto como una estratagema para hacer el laberinto más secreto e inaccesible aún. Me hizo jurar que no le haría lo mismo a Teseo "porque él es débil y puede perder la razón si le dices lo que me has dicho a mí." Pues bien. Hice el juramento. No volveré a decir nada. Que cada palo aguante su vela. Me quito la máscara para que me vea, y ella sigue viendo al Minotauro. La realidad se reduce a sus "sensaciones", a sus "impresiones", sus "opiniones". ¡Porque Ariadna tiene opiniones para todo! Y, por supuesto, a sus desmesuradas expectativas. A eso lo llama real. Los hechos se los salta a la torera. Con un apasionamiento muy grande, eso sí, con mucha vehemencia. Esa es Ariadna para ustedes, señoras y señores. Ariadna la mosquita muerta. La que no sale de su casa. Y no porque no quiera, sino porque no puede. Ese es su papel, y tiene firmado contrato igual que yo. Sólo que ella se lo ha terminado por creer y está loca por pisar la calle, por salir aunque sea una noche de copas por ahí y quedarse bailando hasta la madrugada. Loquita está por soltarse el moño. En cambio, a mí me da igual.

 

ARIADNA

 

NO TENGO NADA CLARO. No tengo claro ni siquiera si seguiré siendo Ariadna. El Minotauro me ha hecho perder hasta esa elemental certeza. Dice que sólo somos actores. Él. Teseo y yo. De sólo pensarlo me da náuseas. ¡Cómo va a ser posible que yo sea una actriz! Dice que actuamos un mito. Algo que se repite y, se repite y se repite sin que nada lo toque, nada lo altere, nada lo transforme. Que vivimos como envueltos en un sutil receptáculo de imaginación pura. Que alguien nos imagina. Pero, ¿quién? ¿Quiénes? "Pueblosenteros". Cientos de miles de millones de mortales nos han mantenido suspendidos en la imaginación. Según el Minotauro, existen otros mitos y él los ha visto a todos desde su centro inexpugnable. Cuando me lo dijo no le creí. Pensé que era otra de las suyas. Una coartada, pensé: "Algo trama y necesita una coartada". Pero me quedó la duda. Un temorcito que no me dejaba dormir. Soñaba con mitos sangrientos. Siempre había soñado con el Minotauro, con Teseo, con mi hilo. con el laberinto ... pero empecé a soñar con las sombras indefinidas de otros personajes. Uno de ellos era el de una princesa a la que un vestido envenenado le consumía el cuerpo. Fue una pesadilla terrible. Comencé a considerar más seriamente la posibilidad de la existencia de otros mitos, otros mitos fuera del nuestro. Mitos enteramente distintos al laberinto en que nos encontramos los tres aquí, pero relacionados entre sí. La idea de la existencia de una serie de mitos comunicados en cadena basta el principio de los siglos me parecía atroz. Aún no la acepto del todo: termino pensando que es un invento del Minotauro, una audaz artimaña de su parte para confundirnos y escapar de Teseo. Sin embargo, de ser así... de haber otros mitos, otros habitantes de mitos, entonces tendría que reconocer que yo., Ariadna, soy un personaje más de un mito cualquiera. Y no Ariadna, ¡Ariadna!, la única, la Sola, la Paciente, la Ariadna de toda la vida. La que espera a que un día todo cambie, cuando Teseo le muestre la negra cabeza ensangrentada del Minotauro, y pueda salir de aquí, salir de este laberinto para siempre, y comenzar a vivir, a vivir la nueva vida, la vida verdadera, esa que nos ha sido prometida si le damos caza al Minotauro. Y esa vida que tanto ansío, ese anhelo por la vida que llevaré cuando ya no esté atrapada en un mito, es mi vida de Ariadna.

 

¡ Ariadna y Teseo, juntos al fin! Pero eso sí: cuento con seguir siendo la que soy, la que soy en el mito. De lo contrario, me resultaría incomprensible la vida. Porque si muerto el Minotauro y liberados del laberinto, vamos a dejar de ser quienes somos, ¿quiénes seremos? 0, mejor dicho, si estamos actuando lo que somos, ¿qué cosa somos en realidad? ¿Quién diablos soy yo si no soy Ariadna? No quiero ni pensarlo. Y luego, queda otro punto por dilucidar. Si estamos, como de hecho parece cada vez más probable, simplemente actuando un mito, un mito que está siendo subsidiado por la imaginación de los hombres, cuando dejemos el mito para empezar a vivir nuestra propia vida, ¿quién nos imaginará para que podamos seguir siendo Ariadna y Teseo? ¿Ariadna y Teseo viviendo su propia vida, con sus pasiones, sus temores, sus alegrías? La imaginación es como una línea de crédito en un banco. Si nos la cortan, vamos a tener que ponernos Teseo y yo a imaginarnos a nosotros mismos. Nos veremos las caras, nuestras verdaderas caras. Si el Minotauro dice la verdad, una vez fuera del mito dejaremos de ser quienes hemos sido para ser quienes somos en realidad. Pero para mi no hay, no puede haber ya otra realidad que la del mito. ¿Cómo nos las arreglaremos para seguir siendo Ariadna y Teseo sin ser Ariadna y Teseo? ¿Cómo haremos para mantener viva la ilusión de un final, cuando nos liberaremos de todo? Llevo mucho tiempo esperando a que Teseo me libere, llevo siglos esperando por mi libertad. Quiero ser la absoluta dueña de mis actos: hacer, por fin, lo que me dé la real gana, sin que nadie se meta en mis asuntos. Estoy harta de que todo sea como dice el Minotauro. Estoy harta y amargada de hilar e hilar para que nunca pase nada. Son miles de años, miles de miles de años, millones de años sin que nada pase de verdad. Y no es posible que después de tanto sacrificio, resulte que esto no sea más que un cuento, un cuento ridiculísimo, además. Porque eso de que yo esté aquí eternamente hilando el hilo con el que Teseo estará eternamente buscando a un Minotauro que va a estar eternamente "un pasito más allá" de su perseguidor.. eso es de una ridiculez supina. Y sin embargo, heme aquí, incapacitada para hacer otra cosa, paralizada por completo, alelada. Y ya no aguanto más. El Minotauro me dice que son frivolidades, pero quiero salir a bailar por ahí hasta las mil y una, quiero que alguien me mire con ojos de embeleso y me quiera raptar para sí, y me arrebate, y me enamore y me transporte a todos mis sueños irrealizados... y que ese alguien, ese desconocido, sea, por supuesto, Teseo. Mi detestado Teseo. El hombre que me arruinó la vida, que me engaña una y otra vez, que me promete la redención salir del laberinto, salir del laberinto para siempre y ser rica, muy rica, con limousines enormes, con todas las casas que quiera regadas por el mundo, con trajes y carteras y zapatos y todos los accesorios de Chanel. Ese hombre maldito no da pie con bola. No se entera ni de lo que está pasando en el laberinto. Sin embargo, su imbecilidad me mantiene intacta, me mantiene Ariadna, me permite seguir siendo inconmensurable, siempre a punto de ser redimida.

 

ES DURO ACEPTARLO, pero tal vez sea cierto lo que dice el Minotauro. Tal vez tan sólo seamos actores. Sin embargo, los actores lo tienen mucho más fácil que nosotros. El problema no es sólo tener o no línea de crédito para imaginarnos otra vida, sino tener o no cuerpo con que vivirla. Me explico. La actriz que hace, digamos, de Fedra, deja su "ser" de Fedra en el camerino una vez que se quita el maquillaje. Entonces se marcha a su casa a ser "fulana de tal", con su cuerpo de "fulana de tal". Toma prestado de Fedra el ser, y le presta a Fedra su cuerpo de actriz para poderle transmitir las emociones de Fedra a la audiencia. El ser de Fedra es la locura de Fedra, y el cuerpo de la actriz es el magma de emociones que esa locura agita. Y es a través del cuerpo de la actriz, que el fuego de las emociones de Fedra incendia la sala. Pero como decía antes, acabada la función, caído el telón y escuchados los aplausos, la actriz le devuelve el ser a Fedra, y Fedra le devuelve el cuerpo a la actriz. Para nosotros, sin embargo, la cosa es mucho más compleja y más dura si es que el Minotauro tiene razón y sólo estamos actuando un mito. Porque el ser de Ariadna es mi ser y el cuerpo de Ariadna es mi cuerpo, el único que tengo, y si dejo de ser Ariadna e intento ser otra, llevaré siempre conmigo el cuerpo de Ariadna quemándome las entrañas. El problema para nosotros no se reduce simplemente a dejar de ser, como para Hamlet. Nuestro problema es cómo dejar de ser el personaje que actuamos y recuperar nuestro propio cuerpo, nuestro cuerpo de actor. Y eso ya no es posible. Ser Ariadna en el mito es ser el cuerpo de Ariadna. Y, ¿qué se hizo mi cuerpo, mi cuerpo verdadero, mi cuerpo de niña alegre y despreocupada? Que me olvide de él, me dijo un día el Minotauro. Que aquí, en el mito, el cuerpo no es de carne y hueso, es otra cosa, más bien como una energía de la imaginación. ¡Eso es casi como decirle a uno que es una imagen, una apariencia, un fantasma! Pues si ya no puedo recuperar mi fresco cuerpo rosadito, el que tengo en las fotos de mis quince años, no quiero tener cuerpo alguno. ¿No ven que este cuerpo no es mío, que no tiene nada que ver con la que fui? Yo quiero seguir siendo Ariadna pero sin el cuerpo de Ariadna, ese cuerpo que se retuerce en la cama durante el insomnio atormentado por una cantidad de deseos insatisfechos. No puedo más con un cuerpo que no he reconocido nunca como mío, nunca; que no me gusta, que desprecio, que está demasiado cargado de recuerdos, de sensaciones, de ansiedad. Un cuerpo que aún siente los besos que nunca me dieron, los abrazos a los que no me entregué, las noches que aguardé, inmóvil y perfumada en la cama, hasta la madrugada, a que no llegara nadie. No aguanto más la ansiedad de Ariadna, pero no estoy dispuesta tampoco a dejar de ser Ariadna. Entonces, comprenderán ustedes que el actor, el simple actor, lo tiene mucho, pero que mucho más fácil que nosotros porque él no está condenado a cargar a cuestas con el cuerpo del personaje que representa. En cambio, si me quitan mi estatus de Ariadna, si me convierten en una actriz cualquiera que vive en Caurimare, aún tendría que cargar con este cuerpo. Liberada del ser, ¿quién me liberará del cuerpo? ¿Quién, virgencita de Lourdes, me protegerá de mis propias emociones que, fatalmente, son las del personaje que represento? Le he implorado a las potencias divinas que me dejen ser Ariadna pero sin el cuerpo de Ariadna, para no tener que sentir ni los recuerdos, ni los padecimientos, ni tampoco los placeres de Ariadna y que me dejen ser en paz, ser sin cuerpo, ser como un anhelo flotante, una fantasía autista, ser lo que soy sin tener que sentir lo que soy. ¡Dioses del Olimpo, escuchad el lamento de Ariadna! ¡Suprimid el sentimiento, borrad de la faz de los mitos todos los órganos del cuerpo: ojos, oídos, lengua, piel, vísceras, pulmones, hígado, riñones, estómago, intestinos.! ¡Cortad el hilo que nos une a los humanos! ¡Arrancadnos el cuerpo, por piedad, arrancadnos este cuerpo sin carne que nos agobia y nos tortura y no nos deja vivir! ¡Despojadnos de vida eterna, si queréis! ¡Dejadnos sólo con vida temporal, pero sin cuerpo: condenadnos al tiempo, pero sin un cuerpo que lo registre! ¡Dejad que mi ser salte las paredes de su laberinto de órganos asquerosos e incorruptos y alcance su libertad, y me libere al fin de toda atadura, y pueda seguir siendo Ariadna, la Única, la Sola, la Paciente, la Ariadna de toda la vida!

 

TESEO

 

LO QUE NO TENGO para nada claro es cómo vamos a llegar a fin de mes. No me puedo explicar en qué se nos fueron los reales. No sé ni con qué vamos a cubrir el pago mínimo de las tarjetas. Malditas tarjetas, han sido la desgracia de esta casa. Nos quedan treinta y seis mil bolívares en la cuenta de ahorros y tengo tres giros del carro vencidos. ¡Qué se hace hoy en día con treinta y seis mil bolívares, Dios mío! Me voy a servir otro whiskey para ver si me inspiro. ¡Qué desastre! Voy a tener que decírselo a Ariadna. Tenemos que hacer algo, inventar algo. Lamentablemente, la situación del país no hace más que empeorar. Si por lo menos subiera el precio del barril. Una guerra mundial, que haga subir los precios. A lo mejor entonces saldríamos adelante. Estoy seguro de que si volviera la bonanza, Ariadna pasaría más tiempo en casa conmigo, y se dejaría de soñar tanto. Ahora la ha cogido por la mitología griega. Yo la he apoyado, porque sé que ella tiene que encontrar su propio camino. "Cuentacon tu marido, mi amor, y ¡avanti Bersaglieri che la batagglia é nostra!" Así he sido siempre con ella. Cuando le dio por el budismo y el yoga, repetía el namiojoreinjekio con ella; cuando conoció a los Hare Krishria de Bello Monte, tocaba las panderetas a su lado por el bulevard de Sabana Grande; cuando vino el Gurú indio de Califórnia, hice una cola de cuatro horas en el Poliedro para conseguir entradas; fui con ella a la India y al Nepal ocho veces a ver a Sai Baba; cuando le dio por la autoestima y las pirámides fosforescentes, la acompañé a una pila de conferencias; cuando consultaba a los brujos, me dejé hacer varios ensalmes; es decir, la apoyé siempre en todas sus locuras. Pero nada la contuvo. Allá en la casa está todo ese perolero que quedó tras cansarse de sus aficiones, como cuando los muchachos se cansan de sus juguetes y no los vuelven a usar. Lo que sí me preocupó un poco fue cuando nos quedamos encerrados en un ascensor durante un cuarto de hora y tomó la decisión, allí mismo, de dedicarse a tiempo completo al pensamiento. Y entonces se le metió en la cabeza que estábamos en un laberinto, que ella era Ariadna y yo Teseo. No me ha vuelto a llamar por mi nombre desde entonces, y todos los días me reclama no haber cazado al Minotauro. Yo no soy ningún bruto, y aunque no tengo sus facultades intelectuales, sé muy bien quién es el Minotauro y lo que ella me quiere decir con eso del laberinto. Me paso buena parte del día en su busca, pero no es nada fácil atraparlo. Para empezar, el laberinto en que (supuestamente) nos encontramos es la casa del Minotauro. Y uno conoce su casa, pero no la casa de otro. ¡Qué problemón cuando se vive en la casa de otro y esa casa resulta ser el laberinto de uno mismo! Se me hace agotador entender lo que necesito hacer para atrapar al Minotauro, pero Ariadna dice que si lo hago nos liberaremos del laberinto y podremos ser felices y vivir nuestra propia vida. Y yo le he creído. Le tengo que creer, pues, si no creo en Ariadna, si pierdo mi fe en ella, ¿qué será de mí? Al menos junto a ella tengo una misión que cumplir, y ello le da sentido a mi vida. Aunque sea vanidosa y cruel conmigo, aunque me desprecie y pase semanas enteras sin dirigirme la mirada, no puedo dejarla porque tendría que pensar, pensar en lo que voy a hacer con mi vida, y no puedo con eso. Soy práctico. Sirvo para hacer cosas. Prefiero que sea ella la que piense. Este asunto del laberinto, dentro de todo, tiene más consistencia que sus anteriores pasatiempos. Al menos me lo puedo imaginar mejor: hay un laberinto, en el centro de ese laberinto está el Minotauro, que es un monstruo horrendo y malévolo, está Teseo, el héroe, que soy yo y que debo cazar al Minotauro y está ella, Ariadna, mi Ariadna querida, que hila un hilo que yo debo llevar conmigo para que pueda encontrar mi camino de regreso a través del laberinto tras haber acabado con el Minotauro. Entonces llegará la liberación, el éxtasis, la vida prometida, una vida de tarjetas de crédito ilimitadas que se pagan solas. Hay un detalle, claro está, que he observado en el mito tal y como lo estamos viviendo, y es que Ariadna se encuentra tejiendo el hilo dentro del laberinto. 0 sea, que estamos los dos dentro del laberinto, y el Minotauro anda por ahí. Si yo lograra cazarlo y cortarle la cabeza podré llegar hasta Ariadna porque tengo el hilo. Pero, (,y entonces? ¿Cómo vamos a encontrar la salida si la que tejió el hilo es ella y no se dio cuenta de que empezó a tejerlo dentro del laberinto? Sé que ella piensa que soy un poco tontolento, dice ella‑pero me parece que no se ha dado cuenta de que ha debido empezar a tejer el hilo antes de entrar al laberinto, para que pudiéramos salir de él después. Por supuesto, de esto no pienso decirle ni una palabra. Es capaz de dejarme por imbécil, y con toda razón. Además, a lo mejor así lo veo yo que no soy tan intelectual y ella ha pensado las cosas de otra manera y tiene un plan muy sofisticado. Quién sabe. Pero a mí se me hace que del laberinto no salimos ni con la cabeza del Minotauro. Por eso es, en parte, por lo que no me aplico tanto en mi cacería. Me sirvo un güisquicito en la mañana, me calzo las sandalias y me las amarro hasta la rodilla y salgo a dar unas vueltas por ahí. Me llevo la espada y el casco, que tiene penacho y todo y el escudo. Pero trato de mirar para otro lado cada vez que oigo un ruidito. No voy a negar que no me hace ninguna gracia encontrarme con el Minotauro. El tipo como que mide más de dos metros. Afortunadamente, las paredes del laberinto miden tres. Por consiguiente, yo doy mi paseo, de vez en cuando atravieso de golpe los arbustos con mi espada y pego un suave gritico que más bien se parece a un "¿aló?", y miro hacia arriba, miro al cielo que suele estar encapotado, y regreso por donde vine, no vaya a ser que me pierda y entonces sí es verdad que la hemos puesto. Ariadna se enfurece cada vez que regresa por la noche y me encuentra enchinchorrado haciendo mi cuadro de caballos. Se pone como una hiena. Yo me envuelvo en el chinchorro como una hallaca y me quedo inmóvil hasta que se le pasa. Entonces me levanto con mucho cuidado y le preparo un té de camomila. Eso la calma un poco. Le digo cositas, palabritas que sólo nosotros entendemos y le hago cosquillas. Nos morimos de la risa. Así pasamos un rato en paz hasta que empiezan los reproches, que son como una letanía. Que si no hice esto o aquello, que para qué hice esto o aquello, que cuándo voy a aprender a valerme por mí mismo, que no soy más que un borracho, un inútil, un imbécil, que no soy la persona de quien ella se enamoró, que no tengo nada que ver con aquel muchacho esbelto y soñador que la cautivó, que hasta me ha salido barriga y celulitis en las nalgas, que se me está cayendo el pelo y tengo mal aliento, que no me sé vestir y soy un desastre y dejo todo tirado por todas partes y me huelen mal los interiores y las medias y que está harta de vivir en un chiquero y que si no me da vergüenza ser tan puerco y que ya de nada me valdría cambiar porque no tengo remedio, y por ahí se lanza y no hay quien la pare. Yo aprovecho para lavar los platos y echar un pote entero de Baygón debajo del fregadero que es por donde entran las chiripas. Cuando está muy brava y empieza a improvisar en la letanía y me llama cosas como "despojo de despojos, fracaso de fracasos, maldición de maldiciones", y veo que le va a entrar al Apocalipsis, entonces limpio el horno (que odio hacerlo porque me marea) o, peor, saco todos los potes de los gabinetes de la cocina para fregarlos con Ajax en polvo y descongelo la nevera. En esos momentos de alto peligro, cuando Ariadna se pone incandescente y parece a punto de quemar la casa y abrasarnos en ella, yo escojo ponerme a trabajar. La ira que me provoca (porque no se vayan a creer que no me enfurece todo lo que me dice) me da por el trabajo en vez de la guerra. Y hago muchísimo. Al final quedamos los dos exhaustos y nos metemos en la cama. No he puesto la cabeza sobre la almohada, cuando escucho el primer ronquido de Ariadna, un ronquido cavernoso, como atafagado, que parece surgir de los mismos infiernos. "Estoy en la cama con un demonio", pienso. Y me quedo rendido. A la mañana siguiente cuando despierto, Ariadna ya se ha ido. Empieza un nuevo día: me sirvo mi primer güisquicito y me pongo a pulir la espada y el escudo, que tiene una gorgona tallada en el centro que se supone que no debo ver a los ojos para que no me petrifique, pero que es idéntica a Ariadna, aunque ella dice que a quien se parece es a mi mamá.

 

EL PROBLEMA BÁSICO de mi relación con Ariadna es su inconformidad y que vive en las nubes, siempre buscando lo que no se le ha perdido. Con unas expectativas descomunales. Y no se adapta. Quiere camb ¡arlo todo, revolucionarlo todo, pero no sabe qué quiere a cambio. Bueno, si uno le pregunta, dice cosas como "ser feliz", "hacer lo que me da la gana", "ser famosa", pero nunca dice cómo lo va a lograr. Lo ha probado casi todo, pero no para y está todo el día inventando nuevas historias. Menos mal que lo del Minotauro la tiene un tanto apaciguada, como resignada, casi hasta entregada a una cierta fatalidad. Ese ha sido, a mi modo de ver, el mejor invento de los griegos: la fatalidad. El destino. Yo no sé mucho de esas cosas, pero lo de las Moiras que tejen el destino de uno cuando nace, eso me parece una maravilla. Y que ni los dioses se escapan al designio de las Moiras. Si un héroe se va a morir, como Aquiles, por ejemplo, pues no lo puede salvar su madre que es una diosa. Ni siquiera Zeus. ¿,Qué fuerte, no? Él es el más bello de los griegos, el mejor guerrero, el más temible, el más valiente, y el más energúmeno, pero se tiene que morir. Tiene un talón. El talón de Aquiles. Y ese talón lo salva de pasarse la eternidad siendo el mejor guerrero, el más bello, el más temible y un perenne energúmeno. Por eso me gusta más esta nueva locura de Ariadna que las anteriores, porque sé que tengo un talón y que no voy a poder culminar mi misión, la misión que me impone el mito. Entonces hago lo que puedo, doy mis paseos, pulo mis armas, pero me vengo a la tardecita aquí a mi cuarto a tomarme mi palito. Total, ese es mi talón. No se vayan a creer que a estas alturas M partido no me conozco un poquito, al menos. Lo más probable es que estos güisquicitos "on the rocks" me terminen matando, pero bueno, esa es mi fatalidad. Por eso es que lo del destino es el mejor invento de los griegos. Ya lo dijo Heráclito (para que no digan que no soy culto), "el carácter del hombre es su destino". Ahora me llamo Teseo, pero sigo con mi mismo carácter de siempre, con mi debilidad de siempre. Para qué engañamos. Soy lo que soy: un tipo buena gente, nunca le haría daño a nadie, siento envidia por muy pocas cosas, si por mi fuera (es decir, si no fuera por Ariadna) me conformaría con mi terrenito para plantar mis hortalizas y mis matas de mango y pomagás, y mi parchita. Y viviría de eso, con un abastico para hacer unos reales. Y ya está. Pero todo se ha vuelto tan complicado y hay que tener tantas cosas y aspirar a tanto. Todo se ha vuelto tan heroico, pero de un heroísmo muy extraño, un heroísmo sin talón. Y ese es el problema de Ariadna. Vive en otro mundo, en otro país. El otro día la invité a la Plaza Venezuela a oír a un grupo de salsa y me dijo que ella no pensaba mezclar a sus hijos con esos marginales. Que si esa era la educación que yo pensaba darle a nuestros hijos. Que estaba bien loco si pensaba que ella iba a levantar a sus hijos rodeados de esa chusma. Y por ahí se fue y de ahí empató con la letanía de reproches y me puse a lavar los platos. Pobre Ariadna, me da una lástima enorme. Lo peor de todo es que nosotros somos igualitos a esas personas que ella desprecia sólo que no tenemos hijos, ni los vamos a tener porque ella ya no puede tenerlos, es demasiado mayor. Aparte de que la última vez que hicimos el amor fue en el setenta y seis. Pero ella lo ve todo de esa


manera y se rechaza a sí misma. Le dan unas depresiones brutales en las que se queda como medio muerta y empieza a delirar y habla de sus antepasados. Habla de ellos como si hubiesen sido unos condes o unos duques, cuando yo he visto los álbumes de fotografías y son gente de pueblo. Venezolanos humildes y sencillos, como era la gente antes. Habla de los viajes a Francia que hacía la familia, que se pasaba meses en grandes hoteles y luego regresaba con baúles llenos de antigüedades que se quedaban sin abrir en los sótanos de la casa del Paraíso. Pero yo sé, y me da mucha tristeza, que su familia nunca fue ni a Curazao y que jamás vivieron en el Paraíso. Entonces me doy cuenta de que Ariadna no sólo no tiene vida presente, porque no quiere verla y la niega sistemáticamente, sino que tampoco tiene vida pasada, porque la falsifica. Y el futuro es de una ambición ¡limitada. Antes teníamos muy poco y éramos ricos, ahora tenemos de todo y somos unos miserables. Menos mal, vuelvo y repito, que esto del mito del Minotauro le ha puesto al menos un escollo insalvable. Ella tiene que saber, muy en el fondo de su ser, que yo no soy Teseo y que si lo fuera, o sea, si Teseo tuviera que ser yo, en mil años no acabaría con el Minotauro pues no ha sido capaz ni siquiera de acabar con las chiripas de la cocina. Ella lo tiene que saber, estoy seguro. Pero se engaña. Y ese engaño, mezclado con la excitación que le produce hilar todo el día un hilo interminable, la contiene, le permite al menos vivir. Aunque despotrique en contra de mí, en contra del país, en contra de sus antepasados, se ha resignado a quedarse quieta. Algo en ella debe de haber caído en cuenta de que nada va a cambiar, de que las cosas son así, de que ella se ha pasado toda su vida construyéndose el laberinto en que se encuentra y del cual no hay salida posible. Esa es su fatalidad, su talón, su carácter. Esa es Ariadna, mi querida Ariadna. Y yo soy parte de su laberinto porque la quiero y el amor es así. Y por amor me pasaré lo que nos quede de vida dando vueltecitas por ahí en busca de un Minotauro que espero y confío, por nuestro propio bien, no encontrar nunca.

 

MINOTAURO II

 

COMO TODOS LOS DIAS cuando empiezan a cantar los primeros pájaros en las suaves copas de los cipreses, y el cielo es una delgada manta humeante que se deshace, ya he tomado mi asiento aquí, en el centro del laberinto. Pero esta vez tengo miedo. últimamente no logro dormir más que unas cuántas horas, y me despierto a cada rato sin reconocer dónde estoy. Quisiera pasar el día echado, pero no aguanto mucho esa postura tampoco. Es la espalda, que ya no me sostiene y se resiente, como si hubiera cargado sobre ella todo el peso del laberinto. Han terminado por consumirme estos muros que el tiempo se ha encargado de reforzar, y que han estado temblando toda la noche. A través de] boquete que se abrió en uno de ellos se ve una hilera casi infinita de minotauros que se extiende y serpentea como un riachuelo y se pierde en lontananza. Los he visto erguirse y resoplar y patear iracundos, blandiendo negras y gigantescas hachas dobles, hambrientos de la tierna carne de los sacrificios que se les deben. Minotauros que braman con la fuerza y el estrépito de mil terremotos juntos. Me acuclillo dentro de¡ boquete para disimularme en el muro y, tal vez, evadir la embestida del furor divino que ya sacude la cima de los montes más lejanos. El temblor de tierra viene anunciado por un alboroto de ruidos metálicos, de ritmos extraños que provienen de los últimos arrabales, de chirridos y de golpes de tambor. La algarabía de los sangrientos cazadores anuncia que ha llegado el momento. ¡Viene, viene como un ahogo liberador, con la fuerza de un zarpazo, el momento que pensé que no llegaría nunca porque Teseo no daría conmigo, porque Ariadna no lo dejaría! ¡Pero el momento ha llegado, lo anuncian ya los bramidos, lo anuncia el olor de la sangre que está apunto de ser vertida! ¡Qué lástima me da sentir que sería posible postergar este instante, respirar un poquito más antes de que las altas sombras de las hachas oculten el tenue cielo de la madrugada! De cuclillas, dentro de¡ boquete en el muro, no quiero cerrar los ojos para abrazar con la mirada, por última vez, la suavidad de las lejanas colinas sagradas y los tiernos cipreses, delgados como cirios, y la luna, la piadosa luna que se tiñe ahora de la sangre que brota de mi cuello cuando, volteado en seco el testuz hacia atrás, me degüellan y descuartizan. Como un eco, el golpe se repite y me desgarra el vientre para sacar las entrañas y ponerlas al fuego, y me arranca las piernas y los brazos, y hace crujir mi espalda como cruje el espinazo de un cervatillo bajo la garra del leopardo. La cabeza aún se mueve y en el aire los ojos abiertos del pelele beben las últimas imágenes amadas, y sus oídos los últimos bramidos, los balbuceantes bramidos que cobraron vida propia antes de sucumbir, mientras la sangre lo purificaba todo: el barro, las piedras, las dulces laderas de olivos y más allá, el mar dormido, y por encima de las altas cumbres la manta humeante de la mañana. Chillando y voceando resuena por el valle la salvaje algarabía, mientras la danza serpentea y se pierde en la distancia. Chillando y voceando, las estrellas enrojecidas caen como hojas en el firmamento. Sobre una vara, en el centro del laberinto, la cabeza de toro aún chorrea sangre.

 "El Último Minotauro" se estrenó en Caracas bajo la dirección de Eduardo Gil el 2 de Septiembre de 1999 En el teatro Alberto de Paz y Mateos Con el siguiente elenco:

 "Minotauro" Marcos Moreno
"Ariadna" Elba Escobar
"Teseo" Eduardo Gil
y con la participación de
Carlos Duarte al piano
 El 2 de Junio se realizó una lectura dramatizada
Con la participación de Erich Wildpret en el rol de Minotauro.

 


Este site fue diseñado por Venezuela Analítica Editores. 1999