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II Capitulo de El Complejo de el dinero
El dinero no es algo real

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El dinero ha existido y circulado bajo las más diversas formas y desde un tiempo casi inmemorial. Oro, plata, cobre, bronce, piedras, cauris, conchas de moluscos, animales, pieles, tabaco, arroz o ladrillos de té, han servido en algún momento como moneda. Babilonia conoció la letra de cambio. Hay registros de cartas de crédito emitidas por los sacerdotes babilonios que debían ser aceptadas y pagadas por las filiales del templo o por un templo deudor. Una de las cartas de crédito más antiguas es una obligación de unos 2.300 años A.C. escrita en caracteres cuneiformes certificando una entrega al templo de Uruk. Heródoto menciona a los lidios como el primer pueblo que inventó la acuñación de monedas a finales del siglo VIII A.C., probablemente durante el reinado de Giges. "Los lidios... fueron los primeros, que sepamos, que acuñaron moneda de oro y plata, y los primeros que tuvieron comercio al menudeo" (1). Eran piezas de electro, una aleación encontrada en estado natural en los ríos de Lidia. Atenas se convirtió, posteriormente, en el eje monetario de la Grecia antigua y el mundo mediterráneo. Pero todavía en la Grecia Heléníca la moneda era considerada un genuino objeto de cambio con un valor equivalente al de los productos negociados. Se desconocía los medios fiduciarios. En China la acuñación de monedas se desarrolló en el siglo VII A.C. y hay quienes afirman que ya circulaban desde el siglo XII A.C. Las letras de cambio se utilizaron desde el siglo IX D.C y a partir el siglo XII se generalizó el uso de papel moneda. Cuando Marco Polo visitó la ciudad de Cambalu, en China, quedó sorprendido por la circulación de papel moneda impreso con bloques de madera. Los incrédulos europeos no podían creer que el Gran Kan hiciera gastar hojas de papel por dinero.

... del Gran Kan podéis decir que él posee en verdad el secreto de los alquimistas, puesto que sus artes le permiten producir dinero... La acuñación de este papel moneda se hace con tanta solemnidad y ceremonia como si fuera de oro o de plata, y lo legalizan para que tenga valor ... Y por ello os puedo decir que el Gran Kan maneja tesoros más fabulosos que cualquier otro soberano de los que reinan en el universo (2).

A pesar de antiguos experimentos con el papel moneda, muchos de los cuales terminaron en catástrofe, como en Persia en el siglo XIII o el de la Banque Royale de John Law en Francia del siglo XVIII, no fue hasta el siglo XIX que el billete comenzó a emplearse de manera universal y duradera.

En los Estados Unidos de Norteamérica la primera emisión de papel moneda fue en la colonia de Massachusetts en 1690. El uso difundido del billete y su generalización como unidad de valor y medio de intercambio en el siglo pasado produjo un acalorado debate que llevó a la opinión pública norteamericana a discutir sobre el problema de la simbolización .

El enfrentamiento entre los "hombres del papel moneda" y los "escarabajos de oro" no sólo se refería a si el papel era un símbolo engañoso o apropiado, sino que penetró en complejidades de asombrosa actualidad, como el rol deformante que puede tener un símbolo insustancial sobre la economía real y su capacidad para tergiversar la relación natural entre las cosas y sus referentes simbólicos. Caricaturas norteamericanas de la época muestran un bebé malencarado recibiendo bonos de leche en lugar de leche, o un diablo, identificado como "el dinero ideal", apoyado sobre un barril con la inscripción: "Jabón-Suave. Por un Acto del Congreso esto es Dinero". La multiplicación espontánea de comentarios y escritos irónicos sirvieron para animar y ampliar el debate, como el relato sobre un hombre que salió a comprar mercancías y al pagar por ellas de manera imaginaria (con billetes) las recibió en forma de ilusión poética. Si ya para 1875 el uso generalizado del papel moneda había silenciado a sus oponentes y catalogado sus argumentos como un anacronismo y una incapacidad para entender la modernidad y la dinámica económica, la visión del dinero como fantasma, como apariencia o sombra, se nos presenta hoy como una perspectiva que hace posible otro tipo de reflexión.

Una anécdota, cuya autoría he olvidado, puede servirnos para entender la fantasía monetaria: Un ejecutivo en viaje de negocios llega temprano a un pequeño hotel donde habitualmente se aloja. Junto a la planilla de registro entrega como depósito un billete de cien dólares. Mientras el huésped se dirige a su habitación, aparece en la recepción un plomero cobrando la reparación que en días pasados había realizado en el piso 6. El Sr. Jones, dueño del hotel, se excusa explicándole que le es imposible cancelarle la factura total ya que debido al mal tiempo no ha recibido turistas. Sin embargo, puede darle un abono de $100 como pago a cuenta y, entregándole el billete que no había llegado a depositar en caja, promete pagarle el saldo la semana entrante. El plomero, padre de muchos hijos, fue inmediatamente a la pulpería y gastó $ 100 en víveres y útiles escolares. El pulpero, quien por primera vez festejaba su aniversario de bodas, le pidió a su ayudante que asumiera momentáneamente el mando del negocio porque estaría ausente media hora. Tomando el billete en sus manos caminó hasta la joyería donde compró un anillo de oro por el valor de $100 como regalo para su esposa. El joyero había contenido durante largo tiempo su deseo de acostarse con una joven prostituta de gran belleza e inmenso poder de seducción. Como en los últimos tiempos le había ido muy bien en el negocio y ya había adquirido todo el material necesario para los nuevos engastes, el joyero pensó que bien podía permitirse ese placer. La oven prostituta cobró por sus rápidos servicios $ 100, pero en ese mismo instante entró intempestivamente su novio, un talentoso y prometedor pintor acosado por la penuria económica de su vida bohemia, quien le pidió prestado $ 100 para afrontar sus deudas. Resulta que el Sr. Jones era un amante del arte y ayudaba a los nuevos artistas suministrándoles cuarto y comida durante largas temporadas en el hotel que podían cancelar con cuadros o cómodas cuotas fraccionadas. Como el joven pintor deseaba amortizar la cuantiosa deuda pero necesitaba sus cuadros para una posible exposición, se trasladó al hotel y le entregó a su dueño el billete de cien dólares. Mientras esta historia de vidas paralelas se desarrollaba, el viajero decidió telefonear a un viejo amigo desde la habitación del hotel. El amigo, entusiasmado por el reencuentro, le manifestó que era el colmo que no hubiese tenido la confianza de llegar directamente a su casa y que tomaría como un insulto si no abandonaba inmediatamente el hotel y ocupaba el cuarto de huéspedes en su casa. El viajero descendió a la recepción y le explicó al dueño del hotel lo sucedido: "lo siento mucho, pero no me quedo con la habitación. He recibido una invitación que no puedo rechazar para hospedarme en casa de un amigo". Como se trataba de un cliente formal y cumplido, el Sr. Jones le expresó sin dilación que no tenía por qué preocuparse y que podía desalojar la habitación sin costo alguno, devolviéndole la señal de $100 que había recibido. Tomó así el billete que acababa de recibir del pintor y se lo entregó al viajero, quien volvió a colocarlo exactamente en el mismo sitio de su billetera de donde había salido apenas algunas horas antes.

Conocemos que la teoría monetaria incluye en sus ecuaciones matemáticas la velocidad de circulación como una variable importante en la determinación del valor del dinero. Y a pesar de que nuestra anécdota trata precisamente de eso, la vertiginosa velocidad con que el billete regresó a su dueño original, la extrema sencillez de su mensaje, su rudimentaria y elemental imagen de la transacción económica, plantea un interrogante básico: ¿qué es realmente el dinero? Sabemos que es algo cuyo intercambio tiene que ver con la satisfacción de las necesidades y aspiraciones humanas. Es algo cuya presencia o ausencia tiene efectos tangibles sobre la realidad. Sin embargo, si nos detenemos en el final de la anécdota, parece una enseñanza oriental sobre la ilusión del movimiento, sobre las transformaciones por las que creímos pasar cuando siempre habíamos estado en el mismo sitio. Sí, el billete era algo real, pero al mismo tiempo una simple excusa en el vacío, un fantasma, una transparencia sin forma remitiendo al espacio metafórico de la imaginación.

El sociólogo alemán Georg Simmel (3) ha hecho énfasis en este punto, argumentando que la aparición y uso difundido del dinero fue el acontecimiento cardinal en la promoción del pensamiento abstracto del ser humano. Al interponerse entre el hombre y las cosas, al liberarlo de los vínculos inmediatos con los objetos, el dinero hizo posible una existencia humana abstracta. Como el medio pecuniario evitaba el contacto directo con las cosas, fungiendo como espacio intermedio entre el sujeto y el objeto, el hombre pudo segregar su personalidad de la realidad exterior, lo cual hizo posible el desarrollo de su mundo interior. La ruptura de la relación inmediata con los objetos facilitó el surgimiento del ser subjetivo y abstracto. Algo similar argumentó Carlos Marx, aunque con intenciones contrarias, al señalar que el papel moneda dívorciaba el nombre de lo que representa. Esta disociación entre el signo y la substancia era equivalente a una trascendencia idealista o a la aniquilación conceptual de la mercancía. La satisfacción de las necesidades humanas corren siempre el riesgo de la decepción, dada la disonancia que existe entre el deseo y los objetos que pueden satisfacerlo. Habría que tener una familiaridad demasiado íntima con todas las facetas de los objetos para que sus cualidades no lleguen a defraudarnos. El dinero, como algo totalmente desprovisto de cualidad, no oculta sorpresas que llevan al desencanto.

La generalización del uso de los valores fiduciarios y del crédito financiero hizo posible las grandes transformaciones materiales de los tiempos modernos. Sin embargo, una cosa es cuando la crematística impulsa el funcionamiento de la economía natural y otra cuando la abstracción financiera sustituye la realidad. La diferencia entre una economía financiera y una economía real apunta al mismo problema. De alguna manera, dicha distinción nos dice que la economía financiera no es del todo real. Es un reflejo de sombras. Muchos de los problemas económicos sufridos por los países en desarrollo desde los años setenta resultan de la crisis financiera de esa época, caracterizada por una sobreexpansión de la oferta de créditos en los mercados internacionales. Se produjo una multiplicación de medios y de instrumentos financieros que se emanciparon de las regulaciones monetarias de las naciones. El sector bancario creció desmesuradamente sin que esa hipertrofia se viera acompañada de una mayor eficiencia en la canalización de los ahorros hacia la producción reproductiva. Hoy en día el distanciamiento entre las finanzas y la producción de bienes y servicios para satisfacer las necesidades humanas se hace más grande y peligrosa. Los magos financieros se han convertido en amos de un sistema económico cuyo funcionamiento se va haciendo cada vez más invisible para el resto de la sociedad. Lejos está la época en que la creatividad empresarial, la tecnología, la capacidad de la mano de obra o la disponibilidad de los insumos materiales, eran aspectos relevantes para la realización de algún proyecto. Todos ellos han sido relegados a un segundo plano. El costo del financiamiento es el factor decisivo y de mayor peso en la determinación del éxito del proyecto. La desconfianza ha ganado el ánimo de las personas ligadas al sector productivo al comparar sus logros con la afluencia de quienes especulando con la paridad de las divisas, la cotización de títulos de deuda y multitud de medios intangibles, ganan en cuestión de horas sumas infinitamente superiores a lo producido por una industria a lo largo de los años después de haber invertido en la construcción de una planta y la instalación de maquinarias, de haber lidiado con agotadoras trabas, permisología, problemas sindicales, contratos colectivos, disponibilidad de materia prima y organización de medios de distribución y comercialización. El sobre dimensionamiento de la esfera financiera ha ido devorando la economía real. Lo intangible ha dominado lo concreto. Se Las ambigüedades que surgen del comercio entre la realidad virtual y la factual aparecen corno problemas inasibles de la economía contemporánea. El declive progresivo del valor de los bienes tangibles, la multiplicación de los instrumentos financieros y el asombroso aumento de la liquidez monetaria ¡al, han llevado al predominio de un a economía de a nivel mundial intangibles. El distanciamiento entre papel asentada en bienes el mercado financiero de bonos, la economía productiva y incrementado acciones o todo tipo de valores bursátiles, ha sido por el vertiginoso avance tecnológico de la informática y las . La existencia de un mercado que es capaz de comunicaciones que con la moderna generar sumas impensables de dinero instantánea tecnología digital Puede ser movilizada de manera a cualquier parte del mundo ha llevado a tales niveles de como concepto está perdiendo todo abstracción que el dinero pulsa una tecla y repentinasignificado- Alguien en New York America Latina para mente trillones de dólares desaparecen de Amé o. En reaparecer corno por arte de magia en el sudeste Asiática el pasado, la invención de la letra de cambio, la difusión de la moneda fiduciaria y escritural, Y el uso amplio del crédito, causaron tal impacto sobre las bases materiales de la economía que abonaron el camino para el surgimiento del capitalismo Y la revolución industrial. Un intangible corno la confianza, reformulada como crédito, podía con el tiempo materializarse en productos tangibles que cambiarían totalmente los significados de las transacciones de las necesidades humanas. Las postrimerías del siglo XX nos han llevado a una frontera donde se hace casi imposible descubrir el límite entre lo material y lo virtual.

La desvinculación entre la economía real y la financiera se hace evidente durante las crisis bancarias. Después del colapso e intervención del Banco Latino en Caracas, en enero de 1994, las otras instituciones financieras que cayeron posteriormente en las sucesivas olas de la crisis del sistema bancario venezolano intensificaron las centrífugas financieras rotando el dinero a gran velocidad de una institución a otra para engrosar sus balances. Era una de las múltiples maniobras para disimular su situación de iliquidez e insolvencia. Una vez caídos, los interventores encontraron huecos millonarios en todos los bancos. El dinero simplemente no estaba ahí. No existía. Meses antes todos asumian que ese dinero existía y era algo real. Servía para comprar torres de oficinas en el Rosal, para adquirir obras de arte o hasta para llevar a conferencistas invitados a establecer contacto con la cultura inmemorial de los Yanomamis. Con la tercera y cuarta ola del descalabro financiero, el gobierno acudió al mecanismo de migrar depósitos de los bancos intervenidos hacia los bancos que ya habían sido estatificados. Como los auxilios del Fondo de Garantía y Protección de los Depósitos Bancarios (Fogade) también habían desaparecido, lo que hizo el gobierno fue trasladar depósitos inexistentes, fórmulas vacías cuya única realidad era el registro contable en un computador. Así el Banco Latino, el Consolidado y el Venezuela recibieron un pasivo de depósitos inexistentes avalados por una simple carta de Fogade la cual a su vez mantenía un pasivo de miles de millones de Bolívares con el Banco Central de Venezuela, el cual también a su vez había emitido dinero sin ninguna contrapartida en el incremento de la base monetaria real o la capacidad productiva del país.

Cuando un país se endeuda para financiar su proceso de desarrollo no es difícil encontrar el vínculo entre la economía real y la financiera. Tarde o temprano la moneda escritural tendrá su contraparte en fuerza eléctrica o en vigas de acero. Pero cuando años después esa deuda se refinancia, se titulariza y decenas de jóvenes se convierten repentinamente en magnates ocupando cargos en un banco de inversión o creando fondos mutuales para especular con deuda, dicha vinculación se nos hace más y más difusa. Cuando un inversor de Singapur coloca en un fondo que compra participaciones en bonos de unos títulos de deuda que resumen otros títulos de un crédito que hace muchos años sirvió para producir en Suramérica toneladas de sal que ya fue consumida y gastada, la utilidad generada por dicha inversión de capital ¿está produciendo nueva riqueza o crecimiento real de la base material de la sociedad?

Mientras el gobierno de los Estados Unidos de Norteamérica abría una línea de crédito de 20.000 millones de dólares para auxiliar a México en 1995, un joven inglés de 27 años, Nick Leeson, movilizó con el teclado de un terminal de computadora la modesta suma de 27.000 millones de dólares, una jugada especulativa en el mercado de valores asiático que llevó a la quiebra del Barings, un banco con 232 años de tradición. George Soros se hizo mundialemente conocido como el individuo que hizo caer el Banco de Inglaterra. En una sola semana, en septiembre de 1992, Soros invirtió a través de los fondos que él manejaba unos 10 mil millones de dólares jugando a la devaluación de la libra esterlina. Inmediatamente fue seguido de otros especuladores privados. El Banco de Inglaterra intentó resistir el ataque pero tuvo que ceder devaluando la libra, saliéndose del sistema monetario europeo. El Quantum Fund de Soros ganó unos dos mil millones de dólares en esa especulación. Existen muchos otros audaces especuladores, magos de los instrumentos financieros que pueden hacer arder las bolsas y las monedas en cuestión de horas. Es un mundo cuasi filosófico de espirales especulativas y abstracciones financieras. La posibilidad de que especuladores individuales anónimos puedan inflar en forma fantasmagórica unos valores cuyo repentino colapso es capaz de llevar a la quiebra a grandes corporaciones o estados nacionales, señalan la posibilidad del colapso del significado del dinero, producto del vacío financiero.

Los economistas sostienen que el dinero, a pesar de ser una cosa con nulo valor intrínseco, aun cuando carece de valor por sí mismo, es algo que contiene la promesa de un reintegro, de ser cambiado por otro algo considerado útil o deseable. Es una descomposición de la permuta primitiva donde quien entrega un bien, en vez de recibir otro a cambio, adquiere un poder adquisitivo generalizado que al extender el mercado en el tiempo funciona como depósito de una capacidad potencial. Una solución al problema de la doble coincidencia de deseos que presenta la permuta. El hombre actúa en un medio social al cual aporta su actividad y esfuerzo. El dinero es el signo de un crédito contra la sociedad a través del cual el actor social, convertido en acreedor del mercado, puede reclamar el justiprecio de su aporte mediante una contrapartida de mercaderías y servicios y con la cual la sociedad deudora lo compensa o reinvindica. De hecho, desde el punto de vista económico, el valor del dinero consiste en la suma de bienes y servicios producidos por una nación, en la relación de la cantidad de dinero ofertado, y su velocidad de circulación, con la oferta de servicios y cosas susceptibles de ser adquiridos.

El fenómeno económico del dinero conforma, sin duda, una compleja e imbricada red con la que lidia la teoría y política monetaria. Y aunque el dinero pueda entenderse como un instrumento tangible cuyo comportamiento y funciones se rigen por principios estudiados por la ciencia económica, la experiencia donde el dinero riencia individual nos muestra una faceta aparece como algo difuso cuyo valor no tiene ninguna relación con algo específico. Desde esta perspectiva, la definición del dinero como un símbolo del derecho que tiene un individuo a reinvindicar en el mercado el equivalente de sus aportes a la sociedad se convierte en un axioma ilusorio por contraste con la realidad. Como evidencia para refutar ese y similares conceptos basta pensar en el nivel de remuneración de un científico brillante que trabajando afanosamente en su laboratorio desde la madrugada hasta el anochecer no logra en años lo que un inversor bien dateado obtiene con una sola llamada desde su teléfono celular, sentado al borde de la piscina en su casa de vacaciones en Moustique u otra exclusiva isla del mar Caribe.

Un ingeniero industrial con un ideal y un exacerbado gusto por el trabajo y por su profesión logra construir y desarrollar, en 30 años de esfuerzo continuo, una industria manufacturera de alta tecnología. A pesar de ser una empresa rentable, el propietario, cansado de los problemas sindicales, las trabas y los cambios en la política económica del gobierno, decide venderla en 600 millones de Bolivares. Al enterarse, un joven inversionista, quien en lugar de cultivar una profesión habla preferido disfrutar de los placeres mundanos que le ofrecía el yate de su padre en el mar Mediterráneo, solicita y obtiene, a través de sus contactos de alto nivel, un crédito bancario para adquirir la empresa. La industria cuenta con tres divisiones o departamentos claramente definidos y bastante autónomos. El nuevo dueño, sin intención de dedicarle su vida a la nueva adquisición industrial, decide redimensionar y fracturarla empresa convirtiendo cada una de las tres divisiones en tres compañías separadas e independientes. Contrata un prestigioso bufete de abogados mercantiles que en el transcurso de un año obtiene todos los permisos de la Comisión Nacional de Valores para convertir la principal de las tres compañías en una sociedad de capital abierto autorizada para negociar sus acciones en el mercado de capitales. Oferta la totalidad de sus acciones colocándolas por un valor de 550 millones de Bolívares. Ante el éxito de la oferta pública en un mercado financiero expansivo y ayudado por su habilidad para vincular las relaciones sociales personales con el mundo de los negocios, el joven inversor capta el interés de un grupo industrial alemán al cual vende la segunda compañía en 400 millones de Bolívares. Paralelamente, al conocer el interés expansionista de los dueños de otra empresa del ramo que es su principal competencia, el audaz inversionista decide sacrificar la marca negociando con sus competidores el cierre definitivo de la industria a cambio de que ellos adquieran las instalaciones, maquinarias y el resto de los activos de la empresa en 300 millones de Bolívares. Aunque el valor real de los activos no llega a los 200 millones, la captación del sector del mercado que quedaría vacío, aunado a la rápida expansión que haría posible el uso de la capacidad instalada de la industria, compensa suficientemente el sobreprecio y hace viable la negociación. Una visión totalmente diferente del mundo del dinero y los negocios, y la audacia del joven inversionista, hizo posible que una vez cancelado el crédito inicial, él obtuviera en sólo un año de trabajo una suma de dinero similar y una rentabilidad muy superior a la obtenida por el ingeniero industrial después de 30 años de esfuerzo y dedicación.

Presenciamos pocas operaciones mercantiles tan exitosas como la que acabamos de narrar. Como cualquier realidad humana, el mundo del dinero es complejo y azaroso; recorre un camino sinuoso repleto de escollo! y sorpresas. Pero, por más utópico que nuestro ejemplo parezca, él surge como esquema sencillo de operaciones similares realizadas por un multi millonario texano llamado James Ling. El lucro sin inversión y sin esfuerzo es un clásico en la historia del dinero. En 1899 William Rockefeller y otros socios compraron la Anaconda Copper Company en 39 millones de dólares. Pagaron con un cheque sobre el National City Bank, el cual sería cobrado posteriormente por acuerdo entre las partes. Rockefeller y sus socios constituyeron una compañía con 75 millones de dólares de capital traspasándole la propiedad de las minas de Anaconda. Con garantía de dichas acciones el National City Bank les otorgó un préstamo por $ 39 millones que les permitió cubrir el cheque. Luego vendieron las acciones en oferta pública a valor nominal, es decir $75 millones, con lo cual obtuvieron una utilidad cercana a los 36 millones de dólares, todo en tiempo record y sin haber invertido absolutamente nada. En los mercados financieros abundan los casos donde fortunas colosales han surgido jugando a la fusión de grandes corporaciones o donde hábiles especuladores se han adueñado de empresas para fragmentarlas o abrirlas al mercado de valores. Lo que queremos resaltar es que en el mundo financiero existe una tremenda discrepancia entre el esfuerzo, el logro y la recompensa. No hay vínculo entre la causa y el efecto. ¿Por qué una organización industrial coherente, integrada y completa vale menos que sus partes separadas? Y al igual que la capacidad para hacer dinero se explica mejor por la magia que por conceptos científicos o el conocimiento profesional, la atribución de un valor monetario y el dinero mismo como unidad de valor rehuyen lo literal y las casillas de la razón.

En la práctica económica de la Grecia antigua se hacía la distinción entre ousia phanera o sustancia visible para referirse a las propiedades reales, las mercancías y los bienes inmobiliarios, y ousia aphanés o sustancia invisible para denominar el dinero y los valores monetarios. También en el mundo de los negocios modernos conviene distinguir entre la actividad económica en sí, la economía real donde se produce y se intercambia bienes y servicios, y donde el dinero funciona como medio cambio, instrumento de pago, unidad de cuenta o acumulador de valor; y la economía financiera donde el dinero, al ser la materia prima con que se trabaja día a día, pierde el sentido de la realidad habitual para convertirse en otra cosa. La economía financiera, es cierto, tiene efectos tangibles y profundos sobre la economía real. Pero quien posee o manipula magnitudes asombrosas de un dinero irrepresentable y abstracto que jamás pasa por sus manos, y cuya vinculación con la esfera material aparece apenas en la lejanía disimulada por numerosos velos y niveles, no puede tener la misma visión que un asalariado que recibe un cheque dos veces al mes. Esta exacerbación de la abstracción de] dinero y de su nulo valor intrínseco pone al descubierto su más íntima cualidad, es decir su irrealidad.

La acentuación de esta cualidad de irrealidad del dinero en la economía contemporánea se ha convertido en la espada de Damocles del sistema económico mundial. En el ya lejano año de 1986 las transacciones de cambio internacional alcanzaron la suma de 87 trillones de dólares, 23 veces el producto territorial bruto de los Estados Unidos de Norteamérica y varias veces el producto del mundo entero 4. De ese movimiento mundial de monedas, de los 87 trillones de dólares, solamente el 10% correspondió a las operaciones comerciales e intercambio internacional de productos. El resto consistió en transferencias electrónicas de dinero alrededor del planeta. Hoy en día las proporciones y cifras representan un asomo al vértigo. Se calcula que en 1994 las transacciones diarias en los mercados mundiales de cambio superaban ampliamente el millón de millones de dólares. Ese mismo año, los 1. 100 millones de dólares de] Fondo Montgomery de Mercados Emergentes estaban colocados fuertemente en valores mexicanos 5. Cuando la co-gerente del fondo, Josephine Jiménez, escuchó los sermones apasionados de un párroco local de Chiapas pensó que la cuerda emocional que tocaba el sermón indicaba que era el momento de soltar las posiciones mexicanas. En pocos minutos cientos de millones de dólares de un solo fondo privado migraron de América Central al Asia como preámbulo de lo que sería el colapso del mercado de valores y la abrupta devaluación del peso durante la presidencia de Ernesto Zedillo. Pero el Montgomery no es precisamente el fondo más grande del mundo. El Fidelity Investments, el Vanguard Group y el Capital Research & Management, manejan entre los tres más de 500 mil millones de dólares. Los gobiernos ya no pueden ignorar la nueva y poderosa fuerza que representa el capital privado y el llamado "hot money", dinero caliente, un inmenso e incontrolable capital anónimo que entra y sale de los países con la velocidad de la luz movido por intuiciones e interpretaciones subjetivas.

Hasta hace pocas décadas el sistema económico mundial dependía de la economía productiva. Era un sistema de cosas tangibles donde la unión de materias primas, tecnología, capital y trabajo, desembocaba en productos manufacturados. La industria era la fuerza impulsora del sistema y el movimiento internacional de divisas dependía del comercio e intercambio de productos entre las naciones. Los vertiginosos adelantos técnológicos en electrónica, computación y telecomunicaciones, unidos a la interdependencia e integración de las diversas economías nacionales, llevaron a la globalización de la economía e introdujeron un nuevo orden en la realidad. En esta economía global, una extensa red de computadoras, satélites y cables de fibra óptica, ha permitido que, en cuestión de segundos, cantidades gigantescas de dinero sean continuamente trasladadas de un país a otro. En los últimos años, la magnitud alcanzada por las transferencias internacionales de divisas supera la dimensión de cualquier economía nacional. La escala del flujo mundial de dinero es tan grande, tan insignificante la proporción individual de cada país, que los bancos centrales y gobiernos de las naciones más poderosas han perdido su capacidad para influir y manejar el sistema económico, el cual ha quedado fuera de control. Sin tiempo para asimilar la multiplicación de novedosos y sofisticados instrumentos financieros y sin capacidad para detectar el rápido flujo de capitales, es imposible predecir el margen de flotación de una divisa y su impacto sobre la economía doméstica. Que el sistema económico mundial haya quedado fuera de control, o que nadie se capaz de entender verdaderamente esta nueva dimensión del dinero electrónico desplazándose a altas velocidades y en grandes cantidades alrededor del globo a través de computadoras y satélites, son sin duda problemas importantes. No se trata solamente de que la rapidez de movimiento del dinero digital (y no la capacidad productiva de un país) se haya convertido en el árbitro del sistema económico mundial, o que el desarrollo de los medios electrónicos de comunicación le haya dado un vuelco de 360 grados a nuestra concepción de la economía, sino que el dinero mismo se ha convertido en un dato electrónico, en bits de información almacenados en la memoria de una computadora o proyectados al espacio en una frecuencia de onda que sólo entiende un particular satélite. Parece mentira que la vida real de hombres y mujeres dependa de un fenómeno tan abstracto y difuso que nadie entienda. La moneda digital es la más depurada manifestación de la irrealidad del dinero, pero una irrealidad que, surgiendo del reino imaginativo de lo psíquico, produce efectos muy concretos y tangibles sobre la realidad perceptible.

1) HERÓDOTO. Los nueve libros de la historia. Libro Primero. Clío. 94. Clásicos Jackson, Vol, XXII. W.M. Jackson Inc., Buenos Aires, 1949. Pág. 40.

2) POLO, Marco. Los viajes de Marco Polo. Ediciones Peuser, Buenos Aires,1947. Cap. XXIV. Págs. 188-190.

3) SIMMEL, Georg. The Philosophy of Money. Routledge, Londres, 1978.

4) BRAND, Stewart. The media lab. Penguin Books. Massachusetts, 1988.

5) Global Investing. Business Week, September 11, 1995.

Fuente: Libro "El Complejo de el Dinero", Axel Capriles, 2da Edición, Ediciones BXEL, página 24.

 

 

 


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