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Dinero y la mediocridad: La tranacción de las satisfacciones humanas
Axel Capriles

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Hace algún tiempo, al finalizar un día poco singular, relleno de cobranzas, contabilidad y flujos financieros, me dirigí a la casa de mis padres. El tráfico aún pesado y un hilo de luna creciente sobre el Avila disimulaban las nueve de la noche. Repetitivo y poseso, incapaz de desligarme de la rutina cotidiana, yo quería todavía discutir un proyecto inmobiliario y analizar un cronograma de pagos.

El recibimiento fue parco, por no decir silencioso. Mi esposa, también de visita, había llevado una película francesa sobre la novela de Edrnundo Rostand, Cyrano de Bergerac, con Gerard Depardieu. El video dominaba el salón y toda la biblioteca. En segundos, por no decir de inmediato, la elocuencia poética de Cyrano sepultó con vergüenza mi perorata económica. También yo quedé capturado por el video.

Si por un lado, la exaltación lírica del amor imposible por Roxana sonaba como romanticismo anacrónico, ingenua ficción a distancia insalvable de la vida real, por el otro lado, la intensidad dramática de la pasión, su riqueza poética e imaginativa, derivó en una especie de nostalgia.

En el fondo, idealizaba aquellos seres que han dramatizado el sentido de sus vidas bajo un arrollador compromiso emocional. Reflejo repentino, toma fugaz de consciencia del empobrecimiento de mi universo de sensaciones y significados como consecuencia de mi concentración en el mundo del dinero y los negocios.

Quedé afectado durante algunos días. Entre una y otra transacción mercantil, entre un negocio y el otro, interfería una pérdida de contacto que me llevaba lejos, algo que hacía de mis actos una mímica encubridora, eco de algo distante. No tiene nada de extraño que el cine mueva las emociones latentes del expectador moderno, un efecto moderado si lo comparamos con el impacto emocional del espectáculo de la tragedia griega, el desgarro del público ateniense ante una pieza de Eurípides durante el festival de Dionisios en la Grecia antigua. Pero el hecho de que mi reacción anímica se prolongara más de un día y que ella coincidiera sincrónicamente con el estado emocional de muchos conocidos y amigos, golpeados por una prolongada estanflación y una de las crisis más agudas de las finanzas venezolanas en las últimas décadas, me hizo reflexionar nuevamente sobre las conexiones entre los intereses económicos y la búsqueda de plenitud o sentido en la vida.

Desde la superficie de la vida cotidiana no nos detenemos a preguntamos ¿por qué tantas personas con capacidad de elección escogen el comercio, las actividades mercantiles, las profesiones lucrativas y el trabajo remunerado como camino prioritario en sus vidas? Vista históricamente, la generación e riqueza material como derrotero existencial de la gran mayoría de la población es un fenómeno de la modernidad. En la antigüedad mediterránea el honor y la gloria guerrera fueron motivos dominantes, como lo fueron la exaltación espiritual y el amor cortés en el medioevo o la fama en el Renacimiento. El Homo oeconomicus como tipología general y abundante es de aparición reciente en la historia de la civilización. ¿Por qué hay, en la actualidad, tan pocos estudiantes en las escuelas de teología, arte o literatura, mientras que las de administración, ingeniería y derecho se encuentran abarrotadas con miles de estudiantes esperando cupo? El señuelo publicitario de un conocido instituto superior de estudios administrativos afirma que el camino de todo profesional exitoso termina en la gerencia. Es decir, la aspiración o meta final de todo profesional es supuestamente dejar de ejercer su profesión para dedicarse ala administración y la gerencia empresarial. Al ahondaren las complejidades monetarias de casos individuales, la pregunta no se reduce solamente al ¿por qué un experimentado arquitecto profesional abandona poco a poco el diseño, delegándolo en jóvenes recién graduados, para dedicar su tiempo a la gerencia financiera de una empresa de inversiones inmobiliadas? sino, ¿por qué escogió, en primer lugar, la arquitectura en vez de la escultura que había sido su vocación original? ¿Cómo repercute el compromiso profesional entre la vocación y el dinero sobre el significado personal de la existencia? Hay casos particulares donde este tipo de negociaciones y comprornisos toma el cariz dramático de un infeliz argumento vital. ¿Hasta dónde el sentido de adaptación práctica, la supervivencia económica y el deseo de holgura material, lleva al elocuente adolescente con pasión por la poesía a estudiar comunicación social? y ¿en qué momento descubre, no sólo que no escribió sino que se le pasó la vida sin duende como gerente medio del departamento de publicidad y relaciones públicas de una gran corporación financiera? El sacrificio vocacional es fácil exlicarlo cuando la supervivencia y la subsistencia están de por medio. Pero la sensación de haber perdido el rumbo de sus vidas en algún punto de su historia individual es tan frecuente en personas con una situación económica holgada, que tienen, y siempre tuvieron, la supervivencia y el bienestar material asegurados, que nos vemos obligados a ahondar en los móviles del conflicto vocacional. En mi praxis analítica he observado numerosos casos de hombres y mujeres de altos ingresos y elevado nivel educativo, donde el desvío en el camino se atribuye a coyunturas y consideraciones de índole económica no necesariamente acordes con su situación financiera real. El motivo dominante fue el miedo, el temor al riesgo y al fracaso.

Las complejidades afectivas del dinero remiten inevitablemente al problema de la felicidad y la búsqueda de plenitud en la vida. Los interrogantes sobre el significado de la existencia forman parte del proceso de individuación o de autorrealización de cualquier persona. Sería ingenuo pretender ofrecer una respuesta a tan obscuro e irresoluble problema, pero cualquiera que sea la óptica con que se mire, el proceso de individuación implica el desarrollo de una actitud para encarar los conflictos y las crisis vitales que todos atravesamos. Es un esfuerzo consistente que lleva a la confrontación con los deseos y las pulsiones inconscientes. Es un camino difícil que no todo el mundo escoge. La mayoría de las personas tienden a seguirla línea de menor resistencia y evitan enfrentar conscientemente los problemas centrales de la existencia. Hay una tendencia natural a evadir el conflicto. Para el hombre moderno, las actividades lucrativas y el dinero se constituyeron en instrumento con que el burgués podía acallar los miedos y temores más sonoros de la vida, el producto cultural más depurado para alejar la lobreguez del abismo en que se sumergiría si se dejara llevar por la vivencia extrema de los otros impulsos y pasiones escondidos dentro de si. Y "llamo burgués", citando una bella frase atribuida a León-Paul Fargue, "a todo aquel que renuncia a sí mismo, al combate y al amor, en aras de su seguridad. Llamo burgués a todo aquel que coloca cualquier cosa por encima del sentimiento"1. Esta definición del burgués en función de la distancia y represión de las emociones abre una novedosa óptica para nuestras reflexiones. La imagen de una clase burguesa evoca inmediatamente la dinámica económica del sistema capitalista. Todos conocemos la estrecha interconexión entre el paulatino derrumbe del sistema feudal, el crecimiento de las ciudades, el modo de vida burgués, el desarrollo del capitalismo, las revoluciones industriales, la expansión de la economía monetaria y el uso generalizado de los valores fiduciarios. Gran parte del edificio de la teoría marxista descansa sobre el análisis del cambio en la naturaleza del dinero durante ese lapso de la historia de occidente marcado por el surgimiento de la burguesía y el modo de producción capitalista. Pero señalar el miedo a las emociones como prelación psicológica que subsume y aclara la raíz arquetipal de los procesos socio-históricos se nos hace un dato lo suficientemente importante para detenernos en él.

1 FARGUE, León-Paul . Citado por Laureano Vallenilla Lanz, Fuerzas Vivas. Editorial Vaher, Madrid, 1962. Pág. 5.

La obra de Karl Marx2 fue un aporte substancial para entender la transformación del concepto del dinero desde su uso práctico y restringido como medio de intercambio, como lubricante para facilitar el trueque de mercancías en el mercado, hasta su conversión en un ente autónomo y en un dispositivo primario indispensable para poner en marcha la totalidad de la maquinaria económica. Su concepto del fetichismo de la mercancía y el dinero impulsó a millones de seres, durante varias generaciones, a reflexionar sobre el asombroso poder de un ente abstracto que, materializando nuestras atribuciones de valor y apropiándose de las cualidades de lo que originalmente representaba, se convirtió en un factor de alienación de nosotros mismos. Un consumo que no tenía lugar por sí mismo sino por la reflexión de categorías sociales de las cuales se había apropiado el objeto incorporando sus cualidades. Marx fue, sin duda, un visionario, pero su análisis se concentró en el fenómeno social sin ahondar en las prelaciones y antecedentes de la dinámica psicológica que desembocó en el fetichismo monetario. ¿Cuál fue el proceso mental que hizo posible la sorprendente transformación del más mortal de los pecados capitales, la codicia, en una conducta honorable? ¿Cómo pudieron el amor por el dinero y la denigrante dedicación a las actividades bancarias y financieras convertirse en actos honrosos y dinamos fundamentales de la sociedad moderna? Tales interrogantes llevaron a Albert Hirschman 3 a buscar en el pensamiento filosófico de los siglos XVII y XVIII los eslabones concatenantes de la nueva actitud económica.

A partir del Renacimiento, junto a la exigencia de un enfoque más realista y positivo del arte de gobernar y de la ciencia política, surge la fuerte convicción de que tanto los preceptos morales y las exhortaciones religiosas como la coerción y la represión punitiva de la autoridad eran incapaces para controlar suficientemente el poder explosivo de las pasiones que habitan en el ser humano y, por ende, no era conveniente confiar en ellas como medíos para lograr un ordenamiento social estable y duradero. Con una visión sombría de la naturaleza humana, donde las pasiones aparecían como fuerzas telúricas indomables por la razón, como elementos destructivos y peligrosos para el orden y bienestar de la sociedad, los pensadores de los siglos XVII y XVIII, tras un dilatado debate intelectual, convergieron en la idea de que la única forma de controlar el poder desvastador de las pasiones era compensar unas con otras. Ante la evidencia de que no bastaba la represión y el discurso moralizante para domeñar el mundo emocional, surgió el principio de la pasión compensadora, del equilibrio social a través del enfrentamiento de los apetitos instintivos.

2 MARX, Karl. El capital. Fondo de Cultura Económica, México, 1977.

3 HIRSCFIMAN, Albert 0. Las pasiones y los intereses. Argumentos políticos en favor del capitalismo antes de su triunfo. Fondo de Cultura Económica. México, 1978.

La proposición No. VII de Spinoza en su Etica, "un afecto no puede ser reprimido ni suprimido sino por medio de otro afecto contrario, y más fuerte que el que ha de ser reprimido", o la proposición N" XIV, "el conocimiento verdadero del bien y el mal no puede reprimir ningún afecto en la medida en que ese conocimiento es verdadero, sino sólo en la medida en que es considerado él mismo como un afecto 4, pueden entenderse como el modelo depurado de una mecánica de nivelación de fuerzas o gradientes energéticos utilizando, preferiblemente, las pasiones más inocuas para contrarrestar las más dañinas. Según Hirschinan, el principio de la pasión compensadora es un hilo conductor con resonancias en el pensamiento europeo desde Spinoza, Hume, Holhach y Helvecio hasta Montesquieu, Sir James Steuart o Adani Smith. La idea de la pasión compensadora desembocó en el concepto del %nterés" como domador de las pasiones. Cuando a finales del siglo XVI se popularizó el uso del término, su significado no estaba centrado en el bienestar material y económico. Se utilizaba, más bien, para designar de forma general una visión clara y realista, una actitud calculadora y comedida, libre de pasiones impredecibles o de impulsos momentáneos y volátiles, que permitía a los hombres y a los Estados orientarse con sensatez. Probablemente, dado el uso paralelo del mismo término con un significado económico anterior por asociación con el crédito y el préstamo de dinero, la palabra terminó por designar en forma restringida el bienestar material y la ventaja económica. Así, el dinero se incorporó a una visión del mundo ordenada y metódica en la que la prudencia y la moderación predominarían sobre las pasiones salvajes. Con el desarrollo del término interés y su vinculación con el área económica, un conjunto de pasiones que hasta esa época habían sido despreciadas como codicia, avaricia o amor por el lucro, empezaron a postularse como convenientes para enfrentar y frenar otras pasiones consideradas más perjudiciales y malignas como el ansia de poder, la necesidad de fama y gloria o el deseo sexual.

La transparencia y la posibilidad de predecir el curso de las acciones humanas regidas por el interés hicieron de él una virtud social. Frente al comportamiento caprichoso, volcánico y errático de las pasiones, el interés implicaba la búsqueda moderada de nuestras metas de forma metódica, constante y previsible. Para reforzar la identidad entre los dos términos comentados, el amor al dinero empezó a ser considerado como el vicio más constante, uniforme y manejable, en comparación con otras pasiones más irregulares, impacientes e incontrolables como el amor, la venganza o el afán de gloria. Pronto entró en circulación la noción de la afección interesada o el amor al dinero como la más inocente, inocua y benigna, de todas las pasiones. No quedaba ya sino un paso para llegar a la proposición de Adam Smith 5 de que cada quien persiguiendo su propio interés privado aumenta el bienestar colectivo. Como señala Hirshman:

4 SPINOZA, Baruch de. Etica demostrada segun el orden geométrico. Editorial Orbis, S.A., Barcelona, 1984. Págs. 255 y 261.

5 SMITH, Adam. Investigación de la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones. Ediciones Orbis, S.A. , Barcelona, 1983, 2 tomos.

"es probable que la imagen del comerciante como un hombre doux, pacífico, inofensivo, haya cobrado alguna fuerza por comparación con los ejércitos saqueadores y los piratas asesinos de la época. Pero en Francia, más aún que en Inglaterra, es posible que también haya tenido que ver con la manera como la gente veía a los diferentes grupos sociales: cualquiera que no perteneciese a la nobleza no podría, por definición, compartir las virtudes heroicas ni las pasiones violentas. Después de todo, tal persona sólo podía perseguir intereses y no la gloria, y todos sabían que esta actividad era inevitablemente doux en comparación con los pasatiempos apasionados y hazaflas salvajes de la aristocracia"6.

Vemos aquí la asociación histórica de la vida rutinaria y desapasionada con la burguesía y a través de ésta con el dinero. Basta leer cualquier obra sobre la historia europea para darnos cuenta del por qué estas ideas lucían tan atractivas. La ambición de poder de una Catalina de Médecis, la locura religiosa o la impetuosa sexualidad de los últimos reyes franceses de la dinastía de los Valois, aportan suficientes imágenes del terror que podía representar para el hombre común vivir en un mundo sujeto al vaivén de las pasiones de la nobleza, una vida cotidiana saturada de guerras, incestos, violaciones y crímenes producto de la delirante ambición de supremacía y poder o de la lujuria de la clase aristocrática. Se anhelaba el surgimiento de un mundo dominado por pasiones tranquilas, de una sociedad formada por hombres sin pasiones, regidos por la razón, el interés y el sentido común. Ese fue, supuestamente, el logro de la moral burguesa.

Adam Smith pensaba que el aumento de la fortuna era la mejor forma de mejorar la condición propia y que de todas las ocupaciones a las que el ser humano se había dedicado a lo

largo de la historia, la religión, la guerra o la política, el oficio de ganar dinero era el menos dañino socialmente. El mismo argumento aparece en el pensamiento de los economistas neoliberales modernos y los defensores de la economía de mercado. En el concepto de racionalidad económica está implícita la creencia de que la codicia y la acumulación de riquezas dan salida inocente a las energías pulsionales del ser humano, la confianza en que le doux commerce es la pasión compensadora más benigna, la ocupación más inocua sin la cual el mundo colapsaría en el caos creado por las otras pasiones desbordantes. El logro consiste, supuestamente, en que un hombre concentrado en la labor concreta de ganar dinero, por más alienante, mezquina, ridícula o de mal gusto que ella pueda ser, es preferible a un hombre llevado por las pasiones salvajes de la lujuria, el éxtasis dionisíaco, la ambición de poder o el deseo desmedido de gloria y fama. Además, un hombre monotemático y unidimensional, dedicado a una ocupación material exclusiva, es mucho más predecible y fácil de conformar al orden social establecido. Hasta en palabras del mismo Keynes,

"...ciertas inclinaciones humanas peligrosas pueden orientarse por cauces comparativamente inofensivos con la existencia de oportunidades para hacer dinero y tener riqueza privada, que, de no ser posible satisfacerse de este modo, pueden encontrar un desahogo en la crueldad, en temeraria ambición de poder y autoridad y otras formas de engrandecimiento personal. Es preferible que un hombre tiranice su saldo en el banco que a sus conciudadanos..." 7

6 HIRSCHMAN, Albert 0. Las pasiones y los intereses. Fondo de Cultura

Económica. México, 1978. Pág. 69.

7 KEYNES, John Maynard. Teoría general de la ocupación, el interés dinero. Fondo de Cultura Económica. México, 1976. Pág. 329.

Esta imagen del horribre controlado y desapasionado es la que nos interesa y preocupa. Se trata de una nueva tipología que implantando la predecibilidad y la constancia sobre la sorpresa condiciona el dominio de] Yo sobre el alma. Citando nuevamente a Hirschman,

"en efecto, en cuanto el capitalisirno triunfó y la pasión parecía restringida y quizá aun extinguida en la Europa tranquila, Pacífica y comercial de] período siguiente al Congreso de Viena, el mundo pareció de pronto vacío, chato y aburrido, y quedaba listo el escenario para la crítica romántica del burgués como algo increíblemente empobrecido en relación con épocas anteriores: el mundo nuevo parecía carecer de nobleza, grandeza, misterio y, sobre todo, pasión"8.

Este escenario del mundo burgués no es exactamente el mismo de la aurea mediocritas de los romanos como creación de una actitud sintética y un balance intermedio entre los Opuestos. Es, más bien, la simple incorporación a la media, el temor a comprometerse con Posiciones extremas alejadas del centro de la curva de Gauss. La mediocridad burguesa consiste, precisamente, en la tendencia cautelosa a tomar posiciones moderadas no comprometidas, a buscar la seguridad en lugar de asumir riesgos peligrosos, a permanecer dentro del área central de la curva de distribución de tendencias, a mantenemos con ponderación y sensatez alejados de las posiciones polares. Es la negación de la pasión, del pathos como algo atípico que mueve el alma.

El orden social resultante de la Propagación del modo de vida burgués en el siglo XX fue el flanco de ataque de la prosa satírica de Sinclair Lewis sobre la mediocridad de la clase media y la estrechez de sus aspiraciones materialistas. El mérito de la obra de este escritor norteamericano, hoy en día prácticamente olvidado, no se extingue en las controversias públicas producidas por la virulencia de su crítica a la pobreza imaginativa de una sociedad limitada que mide el progreso exclusivamente en función de la ganancia personal, o en su magistral descripción del insípido y desvaído horizonte de la vida confortable y segura del hombre de negocios de la clase media alta norteamericana. El valor fundamental de la obra de Lewis, cuyas novelas más importantes, Main Street y Babbitt, fueron publicadas en 1920 y 1922 respectivamente, consiste en haber sido capaz de ver la opacidad y el vacío de las convenciones y aspiraciones sociales de su tiempo en medio del furor colectivo de una época de optimismo marcada por una prosperidad material sin precedentes y la fe en el progreso continuo. La crisis bursátil de 1929 puso fin al entusiasmo maníaco de los años veinte. La adjudicación del Premio Nóbel de Literatura de 1930 a Sinclair Lewis fue sin duda producto del nuevo horizonte mental impuesto por la depresión econónmica de los años subsiguientes, un reconocimiento al cuestionamiento sobre el valor de los logros de una sociedad que mide el progreso en función de la ganancia personal y en términos materiales.

Las actitudes que hicieron de la codicia la pasión más dócil y tranquila responden sólo a un aspecto de la psicología monetaria. El dinero también contiene elementos herméticos y mercuriales de gran movilidad y riqueza psicológica. La producción de riqueza es, a la vez, el medio y el hito en la búsqueda de sentido en la vida de los hombres de negocios. El largo camino lleno de retos, obstáculos, esfuerzos, fracasos y éxitos mercantiles, constituye, para el homo oeconomicus, el paralelo terreno de su recorrido existencial. En la conquista de un nuevo mercado, en el riesgo de una atrevida especulación financiera, hay tanta emoción que difícilmente podemos hablar de un

8 HIRSCHMAN, Albert 0. Las Pasiones y los injereses. Fondo de Cultura Económica, México, 1978. pág. 136.

mundo chato y desapasionado. El acto de creación y expansión de un conglomerado industrial transnacional puede ser tan significativo y valioso como el de la composición musical, la investigación científica o la introspección mística. Si nos parece artificial y forzado separar el proceso de individuación de un artista plástico del acto creativo y de su producción artística, tampoco podemos desligar la autorrealización del hombre de negocios de sus logros empresariales. La vida de los tycons y de los grandes visionarios y magos financieros en nada se compagina con nuestra descripción anterior de la mediocridad asociada al dinero. Es un mundo de aventuras. Pero este rango de experiencia corresponde a una minoría.

El perfil psicológico de la gran mayoría burguesa se encuentra mejor representado en la figura de George F. Babbitt9, protagonista de la principal novela de Lewis, que en los magnates excepcionales pero reales. George Babbitt representa el hombre de negocios promedio de la clase media alta norteamericana, cuya vida convencional y los éxitos económicos de su actividad inmobiliaria le han permitido un nivel de vida aparentemente satisfactorio. Lewis describe en forma patética las preocupaciones banales que logran temporalmente acallar la sensación de aburrimiento de un estilo de vida vacío. En una de las escenas del libro, habiendo finalmente logrado que un constructor millonario y su esposa acepten una invitación a cenar, Babbitt se siente derrotado por el desánimo y la languidez que se cernía sobre los invitados, quienes evidentemente aburridos se van muy temprano. Para colmo de males, los aristocráticos McKelveys nunca llegan a retribuir la invitación de los Babbitt a pesar de que durante las semanas siguientes ofrecen numerosas cenas. En un ciclo de aspiraciones sociales regidas por el nivel del bolsillo y el triunfo económico, los Babbitt se comportan de la misma forma aceptando a regañadientes una invitación de Overbrook, un viejo amigo fracasado en los negocios, y repitiendo el ritual de la llegada tarde y salida temprano como señal de desprecio. En medio de una existencia trivial decoradapor los más novedosos artículos de producción masiva, repleta de conversaciones y ocupaciones intrascendentes, donde la adquisición de un automóvil de último modelo o la pertenencia a un club social representan las mayores preocupaciones, Babbitt comienza a percibir dentro de sí un vago sentimiento de insatisfacción que lo impulsa a llevar un estilo de vida que amenaza con destruir todo por lo cual había anteriormente luchado. Confuso y solitario, sin encontrar solaz en su matrimonio y en sus actividades habituales, Babbitt se adentra tímidamente en un mundo desconocido donde el flirt amoroso con una inquilina, el contacto con la bohemia y la adopción de ideas laborales poco convencionales sirven para expresar su rebelión personal en contra de la rutina de su vida ordinaria y el vacío de sus aspiraciones económicas. Su confrontación con el orden social es, sin embargo, tardía y de muy corta duración. Sintiéndose alienado y marginado por sus congéneres y amigos, paralizado por el temor a las consecuencias prácticas de su nueva vida, Babbitt se deja llevar por la poderosa fuerza conservadora que lo incorpora de nuevo al redil y a la sórdida monotonía de su vida habitual.

9 LEWlS, Sinclair. Babbitt. Editorial Mateu, Barcelona, 1961.

George F. Babbitt no es una simple caricatura para satirizar una época. Es la expresión de una esfera de la experiencia humana donde el temor al fracaso y la aversión al riesgo llevan al camino de la seguridad económica y al refugio de las aspiraciones materiales convencionales. El personaje encontróeco en la nostalgia de muchas personas que por inconsistencia o temor se alejaron de sus ideales juveniles Y optaron por una vida burguesa bien acomodada. Destacarse y descollar en muchos medios profesionales es sumamente difícil mundo artístico, por ejemplo, son muy pocos los que en la cima y pueden obtener de su profesión un medio de vida digno, adaptado a sus necesidades. Sólo el éxito da viabilidad económica a las ocupaciones humanísticas, pero ello exige condiciones poco frecuentes. Quienes no poseen el talento y la habilidad requeridos para llegar a la fama quedan generalmente confinados a un modo de vida que si bien espiritualmente puede ser muy satisfactorio materialmente es sumamente limitado. En el mundo de las actividades mercantiles y comerciales es factible obtener un mediano éxito que, sin requerir destrezas excepcionales, puede proporcionar un nivel confortable de riqueza así como sensación de logro. Pero la adaptación al medio de la burguesia monetaria exige un hombre consistente, metódico, calculador y ponderado, en franca oposición al tipo humano de la ficción romántica.

Para Aristóteles, cuyo pensamiento signa la ética occidental capitalista, el hombre pleno no es el apasionado y excéntrico sino el metódico. La excelencia no es una cualidad sino una acción de repetición permanente. La acción grande era la perfecta, perfecta no porque lo fuese in nuce, sino por tratar de hacerla perfecta mediante el esfuerzo metódico y constante. Sin embargo, el propio Aristóteles, con toda su racionalidad, no fue totalmente inmune al virus romántico de valorar la entrega total a un ideal. Así lo expresa una curiosa frase que pareciera contradecir su pensamiento: "Quien se sienta impregnado de la propia estimación preferirá vivir brevemente en el más alto goce que una larga existencia en indolente reposo; preferirá vivir un año sólo por un fin noble, que una larga vida por nada; preferirá cumplir una sola acción grande y magnífica, a una serie de pequeñeces insignificantes"10.

Estamos frente a una dicotomía arquetipal. Por ello se ha exaltado reiteradamente la incompatibilidad de la posesión de bienes con el ideal de heroismo, la imposibilidad de compaginar la acumulación de riquezas con una existencia resteada con la lucha y la muerte por alcanzar la gloria y cuyo significado se resuelve en la ejecución de un sólo acto sublime para la posteridad. Al hombre contemporáneo, inserto inevitablemente en un círculo de tiza económico, le corresponde descubrir las formas que integren el lado sublime del dinero.

10 ARISTóTELES. Citado sin referencia en Jaeger, Werner. Paideia, Los ideales de la cultura griega. Fondo de Cultura Económica, Madrid

Págs. 28-29. 10

 

 

 

 

 

 


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