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Los Aposentos de Lilíth

Ricardo Bello

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Las mujeres conversando, justo ahí donde no puede alcanzarlas ningún hombre. Y precisamente ahí tratará de penetrar él, completamente ajeno al secreto del útero, al espacio inicial, del cual fue excluido, para bien o para mal. Estamos tentado de defender la tesis contraria: para eso fue creado el hombre, para completar la gestación.

Si orgánica o psicologicamente las mujeres pertenecen a otra raza, a otra especie (feminismo dixit); si insistimos en prologar la identidad femenina, fundamentando lo que es suyo característico en una principio de orden biológico, entonces con más razón se puede decir que la instalación de Domenica es una invitación hecha para y por los hombres, ¿Cuál es el sentido de mostrar esos recovecos secretos que algunas mujeres insisten en reinvindicar?, ¿supera realmente el encanto de su conversa al diálogo entre los sexos?, ¿están los hombres menos dispuesto a conversar entre sí? ¿Pero saben ellas, las mujeres, que también los hombres tienen, desde el punto de vista psicológico, y por más machista que sean, su intimidad psicológica? A lo mejor la tienen, peligrosa y vergonzosa, pero igual de brutal en su secreto, en su necesidad de esconderse. Al menos dennos el beneficio de la duda.

Haga click para ampliarAl visitar la instalación de Agliagoro, los sexos se reconocen. Ellos observan el espacio de sus mujeres, esa replica y espejo del útero social repitiendo la historia del primer vientre. Toman nota de cuánto tiene cada uno de ellos de femenino, una condición oculta y resguardada por monstruos de indecible calibre, pero que en hombre permanece tan oculta, que ni siquiera ellos lo aceptan. Pero la pregunta sigue siendo la misma, ¿puede ese diálogo, esa conversa intrasexual u homosexual superar en intensidad al diálogo entre el primer hombre y la primera mujer, cuando descubrían sus diferencias, buscándose tárpemente, abriendo la pica, el sendero estrecho y disimulado del abrazo?.

Haga click para ampliarNacía la única bestia histórica con el don de mostrar la fabulosa realidad, desfachatada, irreal. La creación de esa figura tan delicada, que funde sus fronteras, borrando, una y otra vez, las identidadades asociadas al útero y los testículos. ¿Serán defensas, artificios temerosos producto de la paranoia ancestral del sexo que se enfrenta al otro? Hay que recobrar el espacio primigenio, esa sombra donde conviven las mujeres del mismo sexo. Para penetrar en él, primero hay que observar, como se trancan las puertas; en realidad, ellas se cierran, materializan barreras al presentir en sus hombres el descubrimiento de tanta complicidad. Ahí están ellas: sus mujeres, sus hermanas, y están solitarias. Todas piensan y conversan, de manera individual, aparentemente en paz.

La danza interior brota alrededor de un misterio, protegiéndolas. Ellas han tenido oportunidad de acercarse a ese núcleo; ellas sintieron su cuerpo crecer con el feto. Ese conocimiento diferencia drásticamente la conciencia de los géneros. La instalación de Domenica invita a los hombres para que vean lo que no deben ver, el laboratorio peligroso de las féminas bordando en torno al fuego, ese jardín barroco ?como dice la artista? donde permanecen escuchando "cuentos de otro mundo con una ciudad de cuatro santas y sin un solo dios."

Son los relatos, los textos bordados en cada sábana, que van cambiando con el paso de las horas; nunca uno igual al otro, ni siquiera en el mismo punto.

Las tejedoras quedan y moldean los trozos de su vida por venir. Guardan el equilibrio ahí donde los hombres ven dobladas sus espaldas de tanto cambio, de tanto pasaje apresurado, viviendo al límite, contemplando diariamente la mutación definitiva del propio cuerpo. Ellas aguardan el paso del vengador, y esperan sigilosas en "el pasadizo secreto, testigos de todas sus muertes" ¿Será una cárcel ese espacio riguroso, propicio para la instropección y la confesión colectiva?

La carne impone una conducta, atraviesa la conciencia con vientos rojos, de una regla inhóspita, pero invita aún, a pesar del festín de sangre, al sacrificio ajeno, Ese circo moja nuestros ojos, y nos obliga a caminar al pausado, a riesgo de ensuciar nuestras manos y pies con la grasa, con el polvo y el aceite del taller esencial, donde se compone y se recrea cada veintiocho días la conducta del primogénito.

Doménica invita al hombre, lo seduce, lo agarra de la mano y lo obliga a probar el plato común donde se alimentan sus hermanas. Es un honor que se le hace, pero al pasar, debe tener cuidado, le trancarán la puerta de salida, como castigo por haberse atrevido a descubrir la casa escondida. El conocía otras habitaciones similares, pero no puede decirlo. La invitación fue hecha para intentar olvidar el largo verano que los castiga con ardores de insolencia, con la piedra atragantada del guayabo que no deja respirar. Ella debe correr el riesgo; atreverse, como La Malinche, a traicionar su pueblo, acoplándose al Dios extraño que entra con miedo, con educación, con la cortesía infinita que necesitan para hablarse las dos especies.

El lodo inicial corrompe todas las líneas, salta la olla y devora el espacio. Un mar de sangre amenaza con recubrir todo, con sepultar la extraña paciencia que guió los pasos de esa pareja. Un brutal desencanto que sólo tapa sus defectos, que sólo suaviza la ruptura anunciando que sí tenía que llegar, que tarde o temprano empezaría la distancia. El mar de lodo, el mar de sangre. La cura arranca con la nostalgia, ella es su fin, su destino, su salvagurada, su única posibilidad de sobrevivencia.

Ese afán del recuerdo por reencontrar el lazo delicado que cruzó las barreras de tanta historia, de tanto condicionamiento, superado por un sueño, por un suspiro, por un vahído. "Nunca, escribe Almodovar, somos tan auténticos como cuando nos acercamos a lo que siempre soñamos ser." Sin sueño, sin anhelos imposibles, sin auténticas payasadas de valor, bravuconadas ridículas, alteraciones del pulso al iniciarse la carrera, desafiando las predicciones, contra todos los cálculos y posibilidades, surge de nuevo el encuentro, vulnerando la seguridad apenas recobrada. Cierran los ojos al verse tal cual son, auténticos y desnudos, en la única postura posible, el coito sin fin que atraviesa el tiempo como un sermón, como un discurso filosófico, obligando a repensar todo lo aprendido.

Amores de lejos, amores de pendejo, Como dos adolescentes que no conocen el dicho e insisten en prolongar la agonía del deseo, aunque sepan que no tienen posibilidad alguna de encontrarse o dormir abrazados porque los padres los aguardan antes de las diez, continúan en su empeño. La espera ha sido larga. Cada una de las mujeres del círculo, relata la historia de esa descomunal paciencia que ha destrozado cuerpos, protegiéndose de lo que tenía muy poco chance de ocurrir, al menos según los reglamentos de esa estricta comunidad.

El beso confunde, sorprende, llega de improviso, sin anunciarse. Amores de lejos, con países de por medio, reinados, latifundios, haciendas y tierras de nadie, salpicando la comunicación con el ruido de la nada. La imagen central de Domenica es la de una comunidad, cerrada, pero sólida, espesa con la contextura de un cuerpo relleno, femenino. La mujer se asoma a la puerta y ve bajando al hombre que habrá de sorprender, El salto al otro es demasiado fuerte, es la religión del peligro, la atracción por la muerte, la caída estrepitosa, amortiguada por la piel nueva. Ia serenidad de la nueva piel quebranta el aliento", escribe la artista en las aristas de su ropa: el eco de un pensamiento que no se detiene, las telas de sus cuartos, las vestimentas de su razón, teñidas en sangre cada mes y por eso limpias, colgadas alrededor de la sala en una escenografía fantasmagórica.

La instalación Ecce Mulier es una obra severamente narrativa. El dolor de la ausencia predomina en sus historias, Las mujeres solas, encerradas en sí mismas, quieren abrir sus puertas, incapaces de permanecer por más tiempo en ese prisión antinatural. Hace falta una mujer para reconocer una bruja en otra. El hombre es impotente ante tal descubrimiento: retrocede y huye despavorido. El viento sopla frio en la casa de Lilith.

 

 

 

 

 

 

 

 


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