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He aquí un libro para ser mirado. Mejor aún: para disfrutar mirando al cine desde adentro. Rafael Salvatore nos invita a atravesar la pantalla, a aproximarnos a ese lado humano, cotidiano, imperfecto que late bajo los reflectores y las gruesas capas de maquillaje. Durante sus años como foto fija de numerosas producciones venezolanas y extranjeras ha hecho carne las palabras del maestro Kurosawa: «No apartar nunca los ojos» logrando con estas imágenes algo que resulta decididamente subversivo y transgresor: hacer visible lo que las películas no nos muestran; desmitificar el cine a partir de sus propias entrañas.
Estos elementos, sumados a la calidad estética y la capacidad expresiva de cada imagen aleja este registro del frío y estereotipado esquema de making off fotográfico. Su objetivo no es describirnos cómo se hizo una película, sino convertirnos en espectadores de nuevas historias, descubrir -en las sombras- otros «héroes». La admiración por ese hecho colectivo que es el cine recorre cada una de las páginas de este necesario reconocimiento a la cinematografía venezolana y a la gente que la hace posible. Fijaciones que una foto fija nos brinda la oportunidad de disfrutar un acto de voyeurismo compartido. Sus fotografías son una invitación entusiasta a participar en la complicidad de una mirada provocadora, no exenta de ternura, que traspasa el umbral de las apariencias para estar más cerca de la vida. Alexandra Cariani
Pero una de las venas fundamentales y más permanentes de su sensibilidad es, por decirlo así, de naturaleza surrealista. Tiene mucho que ver con el famoso paraguas y la famosa máquina de coser. Con los encuentros insólitos, con el humor negro, con el gusto por el barroco grotesco y ácido, con el desquiciamiento del buen sentido. Lo que sucede es que Salvatore, a diferencia de tanto deslumbramiento facilón de fotos intervenidas o posadas -que no son sino ingeniosidades prefabricadas-, encuentra sus momentos climáticos y alucinadores en las cosas mismas, en el vasto mundo que es tan vasto como para ser arsenal de metáforas, hipérboles, metonimias, desconciertos, heridas hondas, vocerío amenazador, señales líricas, travesuras y otros eventos que vale la pena almacenar para la memoria, para que no se los lleve el viento, el tiempo. Para no decir realismo mágico, expresión muy contaminada y controversial, diría lo que dice Augusto Monterroso de estas proposiciones: «Lograr con la imaginación la apariencia de la realidad y con la realidad la apariencia de la imaginación». Y si usted viese la de cosas que ha ido encontrando Salvatore en muchos años de pesquisas en los lugares a veces más corrientes y molientes, como un mercado del oriente del país, ratificaría que las locuras del mundo, las bendijas por las cuales asoma la sinrazón, los tropezones del magma vital y los precarios ordenamientos humanos son de verdad abrumadores. A mi siempre me ha sorprendido que el mundo del cine no haya sido más visitado por la fotografía. Lo ha sido y por señores tan ilustres como Cartier-Bresson o Joseph Koudela, pero no tanto. Me temo que es un pleito de familia, -¿son relaciones paterno-filiales, fraternales, o el parentesco es un poco más lejano?-, de esas rencillas bastante frecuentes y muchas veces innecesarias y efímeras. Digo esto por que me parece que el cine es un gran tema fotográfico. Y en la medida en que en un set de filmación se cruzan varios planos de realidad, desde los actores vestidos a la usanza del dieciocho hasta el sonidista que ingiere su coca-cola con camisa rockera, pasando por la complicadísima maleza tecnológica, bastante propicia a esa búsqueda de lo insólito objetivo a que hemos hecho referencia. Estoy seguro que ya vendrán tiempos más cordiales para la familia.
Por supuesto que las fotografías de Salvatore se ubican en otro lugar, que no han sido hechas para promover un carajo. Es el testimonio de ese acto hermoso de creación colectiva que es una filmación. Donde como en todos los actos humanos, creativos y colectivos hay de todo: exaltación, fatiga, belleza, rutinas, otra vez belleza, muchas trabas necesarias... Salvatore trabaja ese profuso universo con una mirada amorosa, que no quiere decir candorosa y encuentra lo que hay detrás del mito de la sala oscura y la pantalla avasallante, pero no para destruirlo sino para enriquecerlo, haciéndolo más claro, más con los pies en la tierra, más humanamente entrañable. Pero sobre todo logra explayar a través de él esa su certera mirada para el instante que revela, que ríe, que saca de quicio, que agrega capas de significaciones al misterio filmado -nunca quiso poner en este libro explicaciones de algunas fotos enigmáticas, no quiso hacerse didáctico-, que abre detrás del film un espacio que es propiamente fotográfico, en que la familia se complementa y enriquece. Un bellísimo homenaje al cine venezolano centenario, el hacérnoslo más cercano y cálido, mostrando esa trastienda de sus desvelos y afanes, de sus caídas y sus venturas. Habría que agradecérselo. Fernando Rodríguez
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