Ana Maria Olalde |
Principae
Tahio
Rivero
Ciertamente son diversas las vías de acceso al arte.
Ese tránsito se explica como el preámbulo en el que, de acuerdo a las aptitudes individuales y a la insistente búsqueda de revelaciones, se materializa el hecho artístico. Para Ana María Olalde se trata de conjugar el rigor del que hacer plástico y la erupción del instante creativo. En ese proceso, la diversidad de actividades que ha realizado, conforman un universo de enriquecedoras experiencias que le permiten abordar holgadamente la creación artística.
Ana María Olalde se inició con la abstracción a través de las matemáticas: idioma total, componente de todas las cosas, concreción de una realidad invisible. Más tarde, como contrapunto, se instala en un pequeño pueblo mexicano para trabajar el torno de maderas duras.
| De esa permanencia surgieron varias exposiciones de piezas utilitarias y escultóricas. No es difícil establecer, dentro de la trayectoria de la artista, una relación inversamente proporcional entre la razón simbólica de las matemáticas y la sensualidad " faber" del tacto con maderas exóticas y mas recientemente entre el silencio de las imágenes casi pétreas y fuerte carga simbólica que ellas evocan. En nuestra Principiae Ana María Olalde trabaja tres familias o unidades de diversos contenidos simbólicos. Principiae informa de verdades genéricas, de axiomas que aluden al origen de todas las cosas |
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Así como en las matemáticas, el principio es también el fin o más bien existe el infinito donde se anulan los conceptos anteriores. Como en el anillo de Moebius, expresión tridimensional de infinito. En su conjunto Principiae se adhiere a un minimalísmo expresivo, por así decirlo, un minimalismo despojado del recurso geométrico y mas bien contenido de una geometría arcaica, primigenia luego simbólica, minimalismo éste, entendido en su acepción de arte llevado al "minimun". Principiae identifica específicamente dos grupos de obras: el primero describe una construcción sígnica, una suerte de matriz para imágenes estampadas o cilindros-sellos. El segundo también de características constructivas, remite a la mesa de adoración o dolmen, representado a través de proyecciones ortogonales planas y de escasas variaciones cromáticas. Esta figura simboliza lo femenino, la fertilidad. |
Ab initia corresponde a la imagen sólida, la unidad monolítica, al menhir de evidente filiación masculina, así como también la estaca de sacrificio o eje del mundo. En Ab initia, forma y materia se alteran en un juego de combinaciones y permutaciones. La columna sin fin, de clara influencia Brancusiana, esta compuesta por cuatro cuadrados de 40 x 40 cm., distribuidos uno encima del otro y atravesados por una línea en perspectiva dirigida al infinito. La columna opera como eslabón de este conjunto pictórico y escultórico.
| De igual manera, el ritmo seriado y la variación progresiva del color reitera y profundiza las figuras representadas. La estabilidad de la cuadrícula y la ortogonalidad de estas figuras proporcionan un sentido de equilibrio y ordenamiento a los grupos de trabajos. En la muestra de Ana María Olalde como en un libro secreto de tradición alquimista, subyace una lectura simbólica. Ver y volver a ver, para descubrir los signos de una realidad oculta y para recordar al pensamiento otra realidad del arte y la existencia humana. |
Hito y mapas
Jesús Tenreiro Degwitz
Ana Maria:
Estas experiencias de pintura y
escultura que muestran carácter firme e indoblegable, deseo de expandir fronteras,
disposición a explorar lo desconocido y aceptarlo nos conduce al Eros activo en lo que
Ana María hace con el mundo y para el mundo de las percepciones con sus manos. No hay
postura a priori ni se aspira a resultados predecibles. Pinta o talla como una necesidad
(de sus manos) y en consecuencia estas pinturas y estas tallas buscan una vía de
conexión con el inconsciente colectivo, la fuente primordial de lo creativo, en el cual
todos participamos desde lo profundo de nuestro ser humano, animal, vegetal, y mineral.
Desde el "mono con plumaje azul" al mapa de una realidad imaginal y hasta el
hito o los hitos de signos siempre presentes, impenetrables y arcaicos,
"cartografiados" mediante una retícula espacial organizadora, evidente o
subyacente en alguno de los hitos percibimos un recorrido visual y táctil de evocaciones
y emociones.
| Y el color: mitigado o explosivo alterado o yuxtapuesto positivo y negativo en los dípticos destinados para estar en compañía el uno del otro y sin embargo abiertos a la ruptura y al alejamiento. El trayecto recorrido hasta las "cartografiados" de ahora, es un inicio de movimiento hacia fronteras desconocidas. Es el inicio de una síntesis en la cual ambos niveles se conjuntarán. Síntesis posible de lo orgánico-figurativo y lo abstracto expresivo. De nuevo llegamos a una encrucijada: ¿Qué está resurgiendo en el mundo del arte a partir de lo aborigen? Hay conexiones misteriosas con el arte de los comienzos primordiales. El presente eterno de los comienzos del arte entendido no como un fenómeno evolutivo que entra en la historia en un cierto momento, sino como el captar, el valor de los comienzos y su formidable presencia en el hacer expresivo del aquí y del ahora. Eso es poesía. |
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Codice |
Tienen los vascos una imagen particularmente querida. La cuelgan de su cuello en collares, la esculpen en piedra para los portales de sus casas de habitación, acompaña al escudo familiar. Esta imagen cuyo nombre significa cuatro cabezas -"lauburu" en euskera- es como un trébol de cuatro hojas, muy esquemático. Posee el misterio propio de las figuras arcaicas, poderosamente simbólicas.
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Emblema a medio camino entre la abstracción y la representación figurativa, tiene el encanto insondable de la naturaleza puesto que simboliza la rotación del otrora divino sol; además para los antiguos encarnaba los cuatro elementos principales: agua, tierra, fuego, aire, lo que la emparenta por azar, seguramente- con las civilizaciones precolombinas del Nuevo Mundo.
Es el Euskera pueblo arraigado en sus tradiciones. Unas tradiciones que en el presente evocan lo bárbaro, lo antiguo, lo misterioso y profundamente mágico. De este país del norte de España es la donostiarra Ana María Olalde (San Sebastián, capital de la Provincia de Guipúzcoa). Ella mantiene como todo vasco que se precia- un sentido orgulloso de lo propio, de lo vernáculo.
Quiso el destino que la artista calara en territorio otrora prehispánico: cuatro años haciendo escultura en San Cristóbal de las Casas en Chiapas, México; otro tanto tiempo de serena contemplación de las culturas azteca y maya y, por última aventura de la artista cautivada, un viaje a la chilena Isla de Pascua, cuna de cultura Rapa-nui, aquella que esculpió sin mezquindad enormes "atlantes" que tanto misterio y tanta atracción generan.
Esta convicción por las figuras arcaicas supone para la artista, por una parte, un descubrimiento de cierta "voz interior" que la conecta con su origen, y por otra , la certeza de que este origen tiene una sintonía con otros modelos de lo primario, modelos que la motivan a repetir incansablemente, tautológicamente, un grupo de formas puras derivadas de lo simbólico y lo primitivo: dólmenes, menhires, pórticos de piedra. Registra una suerte de runas que desincorpora de sus contenidos culturales para universalizarlos en sus esculturas y pinturas.
Al mismo tiempo que disfruta del espacio poético del lienzo y la piedra, Ana María Olalde se enfrenta al razonamiento pragmático de las matemáticas. Este tránsito desde lo sensible hacia lo racional se evidencia en la ordenación tanto formal como temática de sus trabajos: organiza su serie de "Mapas" y "Murales", a partir de ciertos esquemas que recuerdan ejes verticales y horizontales del más puro origen cartesiano para, posteriormente, ubicar "arbitrariamente" sus imágenes más queridas. En los "Mapas", por ejemplo, referencias sutiles invocan detalles de muros de piedra labrada en antiguos templos solares, y al mismo tiempo, rememoran el ordenamiento de las antiguas ciudades aztecas, con sus largos ejes urbanos orientados según las divinidades luna y sol.
En sus "Piedras", el oficio de la artista discurre por un proceso riguroso de trabajo que se desentiende de ciertos sistemas artísticos contemporáneos en los cuales algunas labores quedan a cargo de otras manos.Olalde se enfrenta a lo manual como una artesana, esculpe sus símbolos a la manera de los primitivos.
Su obra "Mural tercero" reúne signos propios de la artista en una combinación, posiblemente matemática, de pares y nones, positivos y negativos. Sirva este mural como prefacio a sus "Piedras, las cuales divinizar aquellas figuras que, en el espacio pictórico, son claves de un códice cifrado, profundo e individual, pero al mismo tiempo en paradójica comunión colectiva, como el "lauburu", como los "Atlantes" de Rapa-nui.
El arte
del cemento Caribe
Eduardo
Planchart Licea
Ana María Olalde (1949) ha desarrollado en su propuesta plástica una tensión creativa entre la síntesis geométrica y lo simbólico. No será sino hasta 1994 cuando inicie su indagación en las cualidades escultóricas del cemento, a través de una serie de piezas de pequeño formato. En ellas emplea las técnicas constructivas tradicionales de este material, como el encofrado en madera, para crear bloques rectangulares y columnas que talla con cincel para luego lijarlas. En esta línea investigativa crea la obra Paisaje árido con chivos, de 1998, donde el cemento adquiere diversos tratamientos cromáticos y formales.