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Herido por el rayo y en su mitad podrido
El Samán de Güere, historia de un deicidio

Harry Almela

Deslumbró a Humboldt y a Goering;
bajo su bóveda se levantaron
campamentos y descansó el Libertador;
fue monumento natural venerado
y respetado. Hoy el símbolo se
invoca sólo en la praxis demagógica
de un pueblo con memoria desidiosa
De la sonora cúpula, apenas si la fama
le resta, como sombra de abrileños verdores,
pasto de las carcomas, elemento de llama.

 

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El Samán de Güere, su rancia simbología, es uno de los bienes patrimoniales más maltratados por nuestra democracia. Quizá sus antecedentes militares (reales y creados) sean sus actuales y más insistentes enemigos. Se cuenta que, a su sombra, descansó Bolívar alguna tarde previa a la batalla de Carabobo. Siglos antes, según el nacionalismo perezjimenista, los caciques Guaicaipuro y Maracaya (otro invento de nuestra historia) dirimieron bajo esa sombra sus diferencias.

La selva de Güere también era la gracia de un vasto territorio entre las poblaciones de Turmero y Maracay. Por lo intrincado de sus tremedales en el verano, fue territorio propicio para escondite de rufianes y forajidos en el transcurso de todo el pasado siglo, el más famoso de ellos, Santos Zárate, es uno de los ejes centrales de la obra epónima de Eduardo Blanco, reputada por algunos como la primera novela venezolana.

Pero no es ésta la primera referencia acerca del sitio y de su árbol. Ya Humboldt, en los primeros meses del año 1800, anotó en su cartera lo siguiente:

"Al salir del pueblo de Turmero, a una legua de distancia, se descubre un objeto que se presenta en el horizonte como un terremontero redondeado, como un tumulto cubierto de vegetación. No es una colina ni un grupo de árboles muy juntos, sino un solo árbol, el famoso Samán de Güere, conocido en toda la provincia por la enorme extensión de sus ramas, que forman una copa hemisfériea de 576 pies de circunferencia. El Samán es una vistosa especie de Mimosa, cuyos brazos tortuosos se dividen por bifurcación. Su follaje tenue y delicado se destacaba agradablemente sobre el azul del cielo. Largo tiempo nos detuvimos debajo de esta bóveda vegetal. El tronco del Samán de Güere que se encuentra sobre el camino mismo de Turmero a Maracay, sólo tiene 60 pies de alto y 9 de diámetro; pero su verdadera belleza consiste en la forma general de su cima. Los brazos se despliegan como un vasto parasol y se inclinan todos hacia el suelo, del que quedan uniformemente separados de 12 a 15 pies. La periferia del ramaje o de la copa es tan regular, que trazando diferentes diámetros hallé que tenían de 192 a 186 pies. Uno de los lados del árbol estaba por entero despojado de sus hojas a causa de la sequía y en otros quedaban a un mismo tiempo hojas y flores. Cubren los brazos y desgarran su corteza Tillandsias, Loranteas, Pitahayas, y otras plantas parásitas. Los habitantes de estos valles, y sobre todo los indios, tienen veneración por el Samán de Güere, al que parecen haber hallado los primeros conquistadores poco más o menos en el mismo estado en que hoy lo vimos... El aspecto de los árboles vetustos es en cierto modo imponente y majestuoso; así es que la violación de estos monumentos de la naturaleza se castiga severamente en los países que carecen de los monumentos de arte"'.

El científico alemán Christian Antön Goering, al describir la variada flora de Venezuela, también destaca la presencia del árbol:

"El 'Samán de Güere', que está situado no lejos del Lago de Valencia y fue descrito por Alejandro de Humboldt como el árbol más grande de Venezuela, tiene una copa tan inmensa que hasta mil hombres pueden pararse bajo su sombra. Sin embargo, últimamente las ramas recargadas de plantas parásitas se le pudren y se caen cada vez con mayor frecuencia, así que la próxima generación apenas podrá admirar los restos de este gigante. Más de un viajero ha descansado bajo su sombra, y más de una tropa de los partidos que aquí se hacen la guerra con frecuencia, ha montado allí su campamento".

Hacia fines de abril de 1857, el húngaro Pal Rösti visita los valles de Aragua. Tiene el orgullo de ser el primero en registrar fotográficamente la imponente imagen del samán. Cabe señalar que el autor, al momento de la escritura de su libro Memorias de un viaje porAmérica, debió haber leído con atención la obra de su admirado Alejandro de Humboldt, a juzgar por las similitudes:

"Los samanes son generalmente árboles opulentos y llaman la atención por su hermosa y redondeada copa; sus ramas son tortuosas como las del roble, su follaje es del¡ cado. El gigantesco samán tiene una fronda magnífica y su copa -hermosa y redondeada- tiene 576 pies de circunferencia. Su tronco -proporcionalmente- no es muy grueso (9 pies de diámetro) y esto aumenta todavía más la hermosura del árbol, así como también el que entre sus opulentas ramas y delicadas hojas verdes anidan especies de Tillandsias, Loranteas, Pitahayas y otras parásitas, con sus flores de vistosos colores y sus diversos follajes que -ora descendiendo, ora entrelazándose- forman un jardín sobre el honorable y secular gigante. El árbol tiene una gran fama y es muy respetado en toda Venezuela, lo cuidan con esmero y el pueblo tiene veneración por él. Parece que ya los primeros conquistadores españoles que se establecieron aquí, lo hallaron en el mismo estado actual".

Esta lectura del libro de Humboldt, la agradece Rösti en el párrafo que sigue:

"El 1ero de noviembre de 1858 tuve la gran suerte de poder entregarle personalmente -a modo de homenajea Alejandro de Humboldt, lamentablemente ya desaparecido, la copia de mi mencionada colección (se refiere a la célebre fotografía). Para mi gran contento el glorioso anciano reconoció al instante el gran samán, que en su juventud -hacía ya casi medio siglo- vio y describió, tan viva fue la impresión que causó en el alma del entonces joven viajero el hermoso árbol, tan admirablemente fiel la memoria del famoso hombre-que ya estaba tan cerca de la tumba- y tan mínimo el cambio experimentado por el árbol gigante en cincuenta años".

Decadencia de un símbolo

Cuentan que Gómez, en su pasión nacionalista, rindió su militar homenaje al viejo árbol, resguardando su entorno con cañones de fusiles de bayoneta calada. Aún se observan a la vera del antiguo camino, desafiantes testigos de una época remota, cuando los símbolos de la identidad eran importantes. Ahora, no. Los periodistas extranjeros, cuando la Cumbre de Presidentes en 1997, la llamaban Isla Margarita y no Isla de Margarita al estado Nueva Esparta. En cuanto al Samán de Güere, lo que antes era un símbolo para la reverencia, ahora es pasto para los publicistas. El logotipo del actual gobierno regional consiste en un samán color verde y naranja, colores que hablan por sí mismos de ciertas irreverencias políticas. Samán de Aragua es el nombre, además, de la máxima condecoración que otorga el Ejecutivo regional.

Cuando adolescente, iba yo de lunes a viernes a Maracay, desde Turmero. Las duras razones del cuarto año de bachillerato eran las causas del viaje. De pasajero en el autobús, me entretenía la cúpula de los árboles que custodiaban la cinta negra del camino. Más allá de El Mácaro, se alzaba, imponente aún, el viejo samán llamado de Güere, voz de raigambre cumanagota, que quiere decir tanto como jabillo. Ahora allí sólo hay malezas, malezas, como dice Ramón Palomares. De la exuberante mimosa cantada por Medina, tan admirada por Humboldt, Rösti y Goering, sólo queda la conformación del nombre de un barrio cercano, el Samán Tarazonero, cuyas deficiencias urbanísticas, que atienden más a la demagogia que a las necesidades humanas y naturales, han devenido en el progresivo derrumbamiento de sus casas. Pero el Samán (así, en mayúsculas) continúa allí, herido por el rayo y en su mitad podrido, como le gustaría decir al poeta Antonio Machado, aguardando otro milagro de la primavera.

Fuente: Revista Imagen, La cultura confrontada, Año 31. Número 2. Conac


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