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Recordando el acuerdo nacional Diciembre de 2000 Desde finales de los años ochenta, invariablemente oímos decir a los notables de los círculos políticos, empresariales y hasta eclesiásticos, que lo que nos hacía falta para progresar como país era lo que entonces, y con muy poco velada hipocresía, era descrito como «un gran acuerdo nacional». Se invocaba con ello a una suerte de gran cruzada entre todos los venezolanos para, en la supuesta unión de esfuerzos y a una sola voz, etc., garantizar el logro de un hipotético proyecto de país, pleno de bienestar y prosperidad. Era el ideario ficticio e insustancial de la democracia de entonces. El sentido correcto de un régimen donde debía imperar un «adecuado» equilibrio entre los «factores de decisión nacional». Pero, en definitiva, un mea culpa estentóreo al cual jugar sin mayores riesgos de inestabilidad avizorable para el status quo al que tantas bondades se le debían. Ciertamente, para ellos, eso nunca debió haber sido el triunfo de las mayorías sobre las minúsculas cúpulas del poder. ¡Jamás! Debió ser el producto de la justa aspiración de un pueblo abandonado a su suerte o la urgente reivindicación de la sindéresis frente a esa profunda distorsión histórica que nos llevó a aceptar como auténtica aquella noción según la cual solo unos pocos tendrían derecho a disfrutar de las riquezas y por ende de una muy buena calidad de vida. ¡Jamás! La impostergable necesidad de restituirle al modelo democrático su carácter primigenio, al entregar a las mayorías el derecho a conducir el destino de su país y de sus instituciones de acuerdo a sus soberanos y legítimos intereses ó a su particular visión del porvenir. Obviamente, según podemos constatar hoy en su discurso, para ellos debió ser inaceptable que la democracia fuese de alguna manera el régimen al cual aspirasen las sociedades modernas y avanzadas como el mayor logro político de la civilización humana si ello era en virtud de tan insubordinadas y atrevidas aspiraciones de las mayorías. Se constata porque ahora, cuando esa mayoría de venezolanos, abandonados durante tanto tiempo a su miserable suerte, se ha puesto de acuerdo para decidir un rumbo y darle al país un proyecto que considera pertinente según sus propias necesidades; cuando esa mayoría, en medio de una tan profunda crisis económica, se siente por fin tomada en cuenta por un régimen que le pide reiterada y democráticamente su opinión y participación en las decisiones nacionales que habrán de determinar su futura calidad de vida; cuando por fin las minorías no afectas al gobierno de turno no son solo reconocidas sino respetadas, como Primero Justicia, Proyecto Venezuela, etc., esas mismas voces de antaño apelan a la descalificación y al infundio acusando al gobierno de totalitario y de manipulador de elecciones, argumentando incluso, en el tono más académico del cinismo socialcristiano, que «la mayoría no necesariamente tiene la razón» y cosas por el estilo. ¿No es el triunfo de una aplastante mayoría en más de siete elecciones seguidas un «gran acuerdo nacional»? ¿De qué hablaban entonces cuando hacían referencia a ese gran acuerdo? Hablar ahora de totalitarismo para referirse a la aspiración de transformación que hoy impulsa la mayoría del país, es, además de ridículo, un absurdo que, por incongruente y sin sentido, sólo refuerza entre la gente el recuerdo y el convencimiento de todo cuanto se le mintió y se le traicionó tan impunemente en aquel tiempo.
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