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Cazando al dictador camuflado Julio de 1999
Un nivel tal de ridiculez pseudoanalítica, que lamentablemente, más allá del ámbito del periodismo, se ha extendido al parecer a lo largo del último poquito de clase media que todavía hay en el país, y que se queda sólo en el regodeo del comentario frívolo y pueril de aquello que mejor pueda aparecer como un sensacional descubrimiento en cada frase que se le escrute al presidente, es sólo revelador de la desolación intelectual que impera hoy en Venezuela. Es evidente que esta irresponsable actitud no persigue promover correctivos de ninguna naturaleza o salvaguardar institución alguna. Si así fuese, la misma estaría medianamente estructurada en términos de planteamiento teórico o de propuesta de oposición o fundamentado análisis periodístico, y no en los de la prédica chismográfica que se ha desatado sin que pueda saberse en qué momento ni quién decretó la temporada de tal cacería ni para lograr qué. ¿Qué es lo que vamos a hacer si empeñados en analizar la manera de mover sus manos o su tono de voz comprobamos por fin que el tipo es un dictador? ¿Nos ganamos el premio del demócrata errante? O ¿cómo es la cosa?: ¿lo vamos a tumbar? O.K. Y... ¿entonces?, ¿después que hacemos? Como corolario de esta escasa y hasta peligrosa actitud que persigue privilegiar la vaciedad discursiva (lo cual hemos comentado ya en anteriores artículos), traigo a colación lo del inconfundible «salasromerista» que escondiéndose en un seudónimo extraído de legendarios personajes de Miguel Otero Silva, difundió hace poco, y en ese mismo sentido, un panfleto en Internet dirigido a un numeroso grupo de muy representativos periodistas, empresarios y profesionales del país, en el cual desglosa minuciosamente el ya tan manido artículo de Umberto Eco, donde el reaccionario escritor describía hace algunos años lo que según él vendría a ser el neofascismo europeo, argumentando con cada frase los signos del dictador escondido (algo así como: «los neofascistas alzan la voz cuando se dirigen al público» dice, por ejemplo, Eco, y el embaucador anónimo descubre: «Ahí está; Chávez alza la voz cuando se dirige al público», y así sucesivamente). Si Eco lo dice, eso no tiene discusión. Muy al estilito de Nelson. Una actitud que, además de bochornosa y lamentable, recuerda aquella vieja y preclara sentencia popular que advierte sobre lo estúpido de «andar buscándole las cinco patas al gato». Sesuda como la sociedad norteamericana, por ejemplo, a la que no le importa cuántos muchachitos maten a cuántos otros, pero sí el estar pendiente de que su presidente no se baje la bragueta trabajando, o que no se le llegue a ocurrir eliminar o apenas controlar la venta de armas, porque entonces estaría incurriendo en atentados contra las más fundamentales libertades públicas y las instituciones democráticas, sin importar tampoco cuánto haya este pobre tipo recuperado la economía de ese país. En esa terca manía de «los sin argumentos», de buscarle la caída a la gente por el lado que no es, uno ve que Chávez dice reiteradamente que quiere ser presidente por diez o hasta catorce años y nadie se escandaliza tanto como cuando supuestamente cita mal o fuera de contexto a un determinado autor del siglo dieciséis, con lo cual el periodismo político venezolano hace un análisis retorcido durante por lo menos dos semanas sobre los visos de inconstitucionalidad e inclinación tirana del presidente. Es la distorsión de lo que debe ser la vigilancia de la actuación pública llevada a una instancia de infamia delirante. Es como que si ahí, en el germen dictatorial verdadero, reconocido abierta y públicamente por el propio indiciado, no hubiese esa suerte de encanto noticioso que se le ha venido dando al chisme barato y generalmente infundado y que eso, el chisme, fuera lo único importante. El chisme, en sí mismo, es el argumento, pero disfrazado de noticia o de simple artículo de opinión. Sin compartir, por supuesto, la acomodaticia justificación de Teodoro a su tan polémico titular de El Mundo, quien después de haber despotricado toda su vida contra el periodismo sensacionalista y manipulador, termina, después de viejo, apoyando un indiscutible tubazo periodístico no en un oportuno e inteligente titular, sino en una destemplada y balurda expresión de rabia, muy suya por lo demás, uno debe, sin embargo, estar de acuerdo con el fondo del asunto en ese caso, que no es otro que el ejercicio de la denuncia fundamentada y argumentada (papel en mano) contra el presidente o contra cualquier funcionario público. Eso no sólo es lo correcto o, más allá, lo indispensable en una sociedad moderna orientada a vigilar el comportamiento de sus funcionarios como signo inequívoco de su naturaleza democrática, sino que es lo que permite constatar el nivel, la irrefutabilidad y la contundencia intelectual del analista. En eso, en la madurez y propiedad del debate que escenifiquen sus actores (políticos, profesionales y ciudadanos en general), estriba la verdadera y consistente evolución de un sistema democrático que procure, auténticamente, el bienestar y la igualdad de oportunidades para su gente. No es que se esté en contra de la libertad de expresión, como seguramente van a refutar en forma airada los eventuales politólogos y analistas trasnochados que todavía puedan cometer el desafuero de leernos. Uno lo que pide es que se utilicen los medios de una manera objetiva e inteligente, no en beneficio de un determinado gobierno (en nuestro caso, ésta ha sido una prédica pública desde hace muchos años) o para asumir una actitud complaciente, sino en función y en respeto al sentido común de quienes como simples ciudadanos recibimos el mensaje que a través de ellos se nos transmite y que aspiramos a que sean las referencias de formación para los más pequeños. En lo personal, prefiero que no me sigan advirtiendo acerca del tirano con el signo revelador y fastidioso de las frasecitas barrocas del presidente a cada rato o del desclasado gesto suyo de tomar café en las ruedas de prensa. Que me lo muestren cuando lo tengan de verdad. Que me llamen y me anoto. Pero que no me vengan con el insulso y hasta ofensivo argumento de que si cae la inflación al nivel más bajo en diez años obedece a que la gente no está comprando, después de habernos calado a todos los políticos y economistas de este país vociferando durante más de quince años que había que, tan siquiera, detener la inflación como requisito indefectible para la recuperación económica, sin que ninguno lo lograra; o que si el petróleo subió de precio no fue porque por fin se aplicó una política de recortes de producción bien orientada, sino porque hay una guerra en Kosovo (o una insensatez como esa); o que si las aduanas están por fin recogiendo dinero es porque la empresa privada repentinamente se ha vuelto consciente; o que si nivelamos en dos meses las reservas internacionales fue por la gracia de Dios, etc., etc., sólo para seguir pendientes de las veces que el presidente pronuncia las palabras «guerra», «batalla» o «batazo». ¿Hasta cuándo vamos a seguir jugando al detective de medio pelo tratando de descubrir al dictador y dejando pasar la oportunidad de ayudar a componer al país?
Alberto Aranguibel B., especialista en imagen corporativa y política, es reconocido como creador de un modelo de planificación estratégica de imagen y campañas políticas sin precedentes en el ámbito latinoamericano. En Venezuela ha asesorado y dirigido desde hace más de quince años campañas para importantes partidos y dirigentes políticos a nivel nacional y regional. Actualmente dicta conferencias en esta materia y es colaborador de opinión en Venezuela Analítica, diarios El Nacional , Últimas Noticias y la revista Calidad Empresarial. Preside las empresas Optimisa C.A., centro profesional para la optimización de imagen y gestión pública, y Promociones Diagonal C.A. de servicios publicitarios integrales. |
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