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Sección: Bitblioteca
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En la cueva de los lobos Noviembre de 1999
El respeto que inspira, se lo ha ganado a punta de su rigidez y de su desapego a las bambalinas (lo que, en buena medida, le ha producido también el rechazo de mucha gente), y fue eso, precisamente, lo que me motivó a aceptar su propuesta para trabajar con él, en lo que terminaría siendo una breve y atropellada gestión como Ministro del Interior en el último gobierno de Pérez. Para mí, por supuesto que aquello representaba algo así como meterse en la boca del lobo, pero en ese momento valía la pena el riesgo, entre otras cosas, por las expectativas que tenía el país en ese entonces con lo que sería el desempeño suyo en ese cargo. Sin embargo, no pasó mucho tiempo sin que algunos «pequeños» acontecimientos me hicieran caer en cuenta de lo absurda que era mi presencia en aquel equivocado escenario. Uno de ellos se produjo el día en que el mismísimo Dr. Caldera, quien para aquel entonces (antes que Teodoro ó Rodríguez Amengual lo mencionaran siquiera como opción para una nueva presidencia) era todavía sólo una vaga referencia de un pasado remoto, más que superado, se tomó la molestia de llamar ¡personalmente! al despacho del M.R.I. para reclamarle al ministro la negativa con la que le habían respondido a su solicitud de viáticos para ¡seis! de sus once guardaespaldas, a quienes aspiraba llevarse para España en un viaje personal que debía hacer para recibir un doctorado. Es decir; nada que ver con un viaje oficial ni nada por el estilo que, a la larga, hubiese justificado de alguna manera tal desafuero administrativo. En ese momento don Luis y yo estábamos solos en el despacho cuando Irene, su secretaria, le anunció la llamada. Me hizo un gesto de «no-te-lo-pierdas» (igualito al de pedir «colas» lanzando el dedo pulgar hacia atrás, pero con los ojos pelados) que me obligó a prestarle mayor atención a la conversación que de inmediato se produjo. Caldera, que por aquellos días estaba tratando de resurgir desesperadamente haciendo aspavientos con denuncias que él siempre trataba de hacer aparecer como muy impactantes, había denunciado al gobierno de Carlos Andrés apenas dos meses antes de aquella llamada, calificándolo, casualmente, de «despilfarrador y de irresponsable por la cantidad de guardaespaldas de la DISIP que tenía asignada a gente que», según él, «ni siquiera eran funcionarios del gobierno, etc. etc.» Como era de esperarse, aquella denuncia formó un escándalo que puso por un buen rato en aprietos al Ministerio de Relaciones Interiores, razón por la cual yo supuse (como creo que haría cualquiera) que don Luis lo iba a agarrar en esa bajadita para restregarle la obvia inmoralidad en su cara, negándole el tan particular «servicio» que estaba solicitando. Pues, cuál no sería mi sorpresa cuando, a medida que avanzaba la conversación telefónica (que a la larga más bien sonaba al regaño de un maestro hacia su alumno más desobediente), don Luis asentía cada vez más hasta asegurarle finalmente que podría contar con los benditos viáticos. Después de aquello, colgó resignadamente el teléfono y lo único que me dijo con su proverbial risita de colmillos fue: «¿Qué le parece?»
Alberto Aranguibel B., especialista en imagen corporativa y política, es reconocido como creador de un modelo de planificación estratégica de imagen y campañas políticas sin precedentes en el ámbito latinoamericano. En Venezuela ha asesorado y dirigido desde hace más de quince años campañas para importantes partidos y dirigentes políticos a nivel nacional y regional. Actualmente dicta conferencias en esta materia y es colaborador de opinión en Venezuela Analítica, diarios El Nacional , Últimas Noticias y la revista Calidad Empresarial. Preside las empresas Optimisa C.A., centro profesional para la optimización de imagen y gestión pública, y Promociones Diagonal C.A. de servicios publicitarios integrales.
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