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Ese maravilloso y próspero mundo de las drogas

Alberto Aranguibel
diagonal@cantv.net

Mayo de 2000

aaranguibel
Alberto Aranguibel
A Ramón J. Velásquez puede reclamársele de todo menos que no tenga una visión clara del país. Puede reprochársele, andino como es, su insensato y atípico desapego al poder. El no haber sabido capitalizar su extraordinaria sabiduría, como algunos otros intelectuales de menor nivel, en beneficio de los suyos o, como muchos menos, de su propio país. Incluso, que no haya tenido el temple suficiente para meter en cintura a uno que otro de sus hijos. Pero jamás que no sea un venezolano dotado del más amplio y consistente talento para examinar con propiedad y objetividad insuperables la historia venezolana de los últimos cinco siglos. Entre otras razones, porque él estuvo presente en los acontecimientos más relevantes de la política criolla de buena parte de esa historia, participando o interactuando directamente con los actores principales de acontecimientos que en momentos determinados definieron el rumbo que hoy tiene nuestro país.

Pero, nadie lo ha escuchado. No tiene el don privilegiado del liderazgo popular. No mueve la pasión de las masas enardecidas que se van detrás del primer mequetrefe carismático que aparezca en pantalla, o en el simple afiche de latón que desde siempre embaucó al país en tiempos de elecciones. Por eso su arribo al poder (además de efímero) fue sólo posible como resultado de aquella escatológica «elección» de segundo grado que montó el Congreso Nacional, una vez que propiciara la caída del depuesto Pérez..

Hoy tampoco lo oyen. Certeramente ha diagnosticado que uno de los perores males que hemos tenido los venezolanos, ha sido la persistente falta de memoria para revisar nuestro pasado y extraer de él aquellas lecciones que nos resulten útiles en la construcción de un mejor porvenir, y eso no sirve de nada. «Por eso siempre repetimos los mismos errores», dice Velásquez. Y nadie le hace caso. Empecinados como hemos estado siempre en la exaltación de próceres exclusivamente mediante eventos funerarios, estamos esperando que muera para hacerle «los más merecidos homenajes» y para dedicarnos, cuando quizás ya no haga ni falta, a revisar su esclarecido pensamiento en insoportables jornadas intelectuales de once de la mañana en El Ateneo.

Obcecada con la actitud subprotocolar y desclasada del presidente Chávez, gente (en principio) muy sensata ha dejado de percibir la inédita realidad del país que le rodea, entregada ciegamente a la lucha feroz por destronar al tirano (sin dictadura), al oligofrénico del poder, al presidente del perraje, sin mediar en lo más mínimo el análisis objetivo de una situación económica tan cambiante y evolucionada como la que hoy se vive en el mundo entero, y a la cual, por supuesto, no escapa Venezuela. Hasta hace poco, por ejemplo, la gente del mundo publicitario venezolano argumentaba con asombrosa suficiencia acerca del pésimo comportamiento de esa industria en lo que va de gobierno, en virtud de las pocas cuñas de televisión que se están haciendo y del escaso nivel de pautas publicitarias que ordenan los anunciantes. Otros, fuera de ese medio, explicaban la supuesta incompetencia en materia económica del actual presidente a partir de acontecimientos como la reducción de personal en empresas transnacionales o el cierre de locales comerciales o alguna que otra planta de producción.

Eso, que para las empresas más importantes del mundo representa un salto cualitativo y cuantitativo de dimensiones incalculables, como el paso gigantesco que ha dado Honda al mudar su planta a Miami (tal como lo explica su propia campaña corporativa en la voz de Pedro Penzini Felury), o como la reducción de personal que adelanta la empresa Xerox a nivel mundial, según informa CNN, o la compra de acciones de La Electricidad de Caracas por una reconocida empresa transnacional, es sólo expresión de un proceso de globalización que lleva a esas empresas a homologar estrategias y a simplificar procesos de producción, en la búsqueda de mayores beneficios para ellos y de una superior rentabilidad en su negocio, pero que en definitiva representa un avance en la plataforma económica del país. Algo que en Venezuela los monosabios de la economía atribuyen a un simple proceso doméstico de rectificaciones calificándolo, además, como una circunstancia negativa. Es decir, así como ahora sería absurdo pretender que las empresas transnacionales, gracias a la televisión por cable (junto a la telefonía celular, las empresas en el país con mayor crecimiento en toda Latinoamérica), siguieran produciendo comerciales distintos para cada mercado o producto, tal como se hizo en otros tiempos, tampoco es dado pretender que el consumidor de ahora, habituado como está a los grandes centros de compras (mejor conocidos como «malls»), siga comprando su ropa en la tiendita del viejo sastre de la esquina. Que los anunciantes, por ser mercados que quintuplican o sextuplican el tamaño de los demás en la región, hayan decidido producir sus comerciales en México o en Argentina (tal como puede usted constatar en su canal de cable preferido) o que la gente prefiera ahora acudir a las imponentes tiendas Zara o a los muy descomunales y rentables Graffiti, es un fenómeno atribuible exclusivamente a eso que se ha dado en llamar «globalización», algo que sólo para los insensatos podría representar estancamiento o deterioro económico, sobre todo cuando el crecimiento del sector comercial es tan evidente e innegable como el de los dos últimos años, en los que el país ha incrementado la construcción de centros comerciales tres veces más que el promedio de los demás países de la región en el mismo período.

Pero la evidencia de esto no arredra a los analistas impostores. Cada vez que le solicito a alguno de ellos explicación sobre la inusual proliferación de nuevas y muy lujosas edificaciones que están construyéndose en diversos lugares del país, me dicen siempre lo mismo. Ya se regó. Sólo allá arriba, cerca de donde yo vivo, están construyéndose o se han construido en estos dos años aproximadamente veinticinco edificios y (al igual que la explicación sobre el inmenso crecimiento de centros comerciales) todo el mundo me afirma en la zona que eso es ¡obra del narcotráfico!. Así de simple.

Ahora van a votar por Arias Cárdenas. Andan buscando ganarle a Chávez. Sólo eso. Volver a cambiar de presidente para hacer el triste papel de Ecuador ante el mundo. El país y su lento, pero ¡por fin! seguro, camino a la recuperación económica no es lo importante.

Seguimos sin oír a Ramón J.


Alberto Aranguibel B., especialista en imagen corporativa y política, es reconocido como creador de un modelo de planificación estratégica de imagen y campañas políticas sin precedentes en el ámbito latinoamericano. En Venezuela ha asesorado y dirigido desde hace más de quince años campañas para importantes partidos y dirigentes políticos a nivel nacional y regional. Actualmente dicta conferencias en esta materia y es colaborador de opinión en Venezuela Analítica, diarios El Nacional , Últimas Noticias y la revista Calidad Empresarial. Preside las empresas Optimisa C.A., centro profesional para la optimización de imagen y gestión pública, y Promociones Diagonal C.A. de servicios publicitarios integrales.



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