Roberto Hernández Montoya, Director
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Golpe de estado
Lunes, 22 de enero de 2001
La rebelión popular de 1958, que termina por derrocar al régimen del dictador Marcos Pérez Jiménez, estaba signada por el alto contenido político de la lucha que libraba el país en aquel momento. Por razones políticas eran apresados, torturados y asesinados miles de venezolanos a lo largo y ancho del país y eso, de por sí, caracterizaba el sentido de una sangrienta batalla por la libertad y la democracia. Ello hizo aparecer como verdaderos héroes a los líderes políticos que figuraron en aquella escena de la vida nacional. En virtud de esa condición, asumieron las riendas de un país que en su momento necesitaba resolver un problema de tipo fundamentalmente político. Pero, la preocupación sobre quiénes, entre ellos mismos, estaban en verdad capacitados para la gerencia pública no fue un asunto ni de mediana importancia y por el contrario, como lo demostró su terca actitud a partir de aquel momento, era definitivamente irrelevante.
Más acá, en el alzamiento militar de 1989 que provocó la salida de Carlos Andrés Pérez del poder, la razón fundamental era que se intentaba derrocar a un régimen cuya dirección estaba orientada a profundizar las desigualdades sociales y la miseria que irresponsablemente se había dejado progresar en el país. Seguía, como lo evidenció la larga cadena de bochornosos acontecimientos políticos que se produjo luego de su estrepitosa destitución, asumiéndose que el tema político era lo único que debía atenderse en el país, sin importar el derrumbamiento económico en el que veníamos cayendo por causa de esa tan substancial y prolongada desviación. El país hacía muchos años había dejado atrás la emergencia de tipo político y había entrado en un tiempo de apremiantes necesidades económicas que eran postergadas inmisericordemente por la sola necesidad de satisfacción del caudillismo y de la partidocracia. Era el tiempo en que los ministros y los dirigentes de partido, sin siquiera sexto grado de educación primaria muchos de ellos, se daban el lujo de dirigir la economía y las instituciones públicas a su buen saber y entender, apoyados exclusivamente en la capacidad de imitar la retórica betancuriana que les hacía líderes, con lo cual se explica, sin necesidad de mayores ejercicios teóricos, por qué un país tan rico en recursos naturales y en posibilidades de crecimiento llegó a caer en un desastre económico de tan aberrantes y desproporcionadas dimensiones.
Hoy, ante una realidad completamente distinta, en la cual la sorprendente recuperación económica venezolana comienza a ser denominada en los más importantes escenarios económicos del mundo como «el milagro latinoamericano»; cuando apenas en dos años el gobierno nacional ha logrado, con base en decisiones estratégicas precisas y muy bien fundamentadas, sin apelar a «paquetes» de ninguna naturaleza, hacer salir al país del profundo abismo en que se encontraba y permitir que mediante un concienzudo y eficiente proceso de modernización y saneamiento de instituciones claves, la economía venezolana apunte hacia una de las más consistentes evoluciones que haya experimentado jamás, preocupa, sin embargo, la persistencia de voces agoreras que siguen empeñadas en orientar el análisis de este particular e histórico proceso exclusivamente hacia el tema político.
Continuar advirtiendo a cada rato sobre la dictadura posible y sobre una ficticia cubanización del país, es hoy un verdadero atentado contra la única fórmula de verdadera recuperación económica que hemos podido avizorar en los últimos veinte años. Es un irracional y absurdo Golpe de Estado contra el país y su gente.
Alberto Aranguibel en La BitBlioteca
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