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El chavista de Hamelin

Alberto Aranguibel

22 de enero de 2001

Documentos del debate político en Venezuela

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Alberto Aranguibel
Por aquel lugar pasaba un caudaloso río donde, al intentar cruzarlo para seguir al flautista, todos los ratones perecieron ahogados.

El Flautista de Hamelin

Una de las primeras y más grandes marchas que registra la historia es probablemente la que llevó a cabo hace muchísimo tiempo aquella inmensa multitud de ratones que tan dócilmente siguió al flautista que los oligarcas del país de Hamelin, a espaldas de los incautos ratones por supuesto, contrataron para liquidarlos.

Por cien monedas de oro, según cuenta la leyenda, el peculiar encantador de ratones se comprometía con los oligarcas a aplicar lo que para entonces era un método de inusual liderazgo de marchas públicas, que consistía en conducir a toda su audiencia, aquella que le seguía de manera leal y sumisa con deleite y en auténtico respeto al sublime arte que el impostor presentaba como una hermosa propuesta para regocijo de sus escuchas, a un horroroso e inclemente exterminio en masa. Algo así como regalar a las puertas de la Estación Capitolio poemas escritos con tinta a base de Ántrax.

Tal como se ha establecido en consenso de casi todas las academias humanísticas de occidente, y muchas del Medio Oriente y más allá, lo importante no es el origen ni la naturaleza del artificio utilizado por el siniestro personaje para defenestrar masivamente a su público, sino la perfección de la impudicia con la que operaba y la jactancia con la que se imponía sobre las más elementales normas de conservación de las estirpes. Y ni se digan los reglamentos de derechos de aquellos indefensos animalitos.

Todavía hoy, entrado ya el siglo veintiuno y en plena era de la informática de séptima generación, los más avezados científicos sociales se preguntan cómo se las ingeniaba el estrambótico flautista para reincidir en la matanza de incautos sin que nadie pudiese oponerle fuerza superior a su seductora destreza. Es más que conocida la espantosa anécdota que relata cómo este señor, molesto con los oligarcas de Hamelin que (en franca avaricia, como suelen ser ellos) se negaron a pagarle las cien monedas luego de haberlos librado de su estorbo, decidió, en venganza, ponerse a tocar su instrumento y llevarse tras de sí, igual de encantados, a todos los niños de la comarca para «despacharlos» tan inmisericordemente como a la gran marcha de los ratoncitos. Un verdadero experto del holocausto, el tipo. Con la diferencia de que este particular líder a quien eliminaba era a sus seguidores. Por eso pasa a la historia, porque como flautista parece que no llegaba ni a la esquina.

Se dice, y en esto hay evidencias documentales de mucho peso, que a la misma escuelita a la que asistió este flautista en la ciudad de Hamelin para moldear su al parecer innato talento, acudieron los organizadores de las marchas que se están haciendo a cada rato en Caracas.

Una primera evidencia es que, al igual que en aquel legendario país, estos señores siempre tocan la misma musiquita. Otra, definitivamente reveladora, es que los organizadores de nuestras marchas siempre desaparecen exactamente donde la cosa empieza a ponerse peluda. Todas las marchas, sin excepción, siendo supuestamente las más apetecibles de la historia desde el punto de vista del oratorio político, terminan en un llegadero impreciso y desconcertante, donde la inquietud del desamparo de liderazgo hace revolotear a los marchantes en una suerte de encierro de San Fermín, en el preciso momento en que los toros se percatan de su inocente imbecilidad y se resignan impotentes a la estocada fatal. A partir de los primeros cuarenta y cinco minutos de embarque de oradores, los asistentes empiezan a padecer, casi simultáneamente y con la misma miradera nerviosa para todas partes, el síndrome de ¿de donde será que va a empezar la plomazón aquí?, sin que jamás se presente el tan esperado líder de la marcha ni el sitio de la elemental tarima.

La similitud del método los pone en evidencia; alguna junta tuvieron de chiquitos con el flautista aquel.

¿Por qué, si no es así, el empeño de llevar a la gente a un matadero? ¿Por qué, si es verdad que los organizadores no han preparado todo para que el final de la marcha sea un matadero, nunca hay un cierre de acto, como es la usanza universal y más indiscutiblemente necesaria de todo evento político?

¿Por qué mientras los marchistas están pasando la penuria de la orfandad de liderazgo al final de las tortuosas caminatas a que los obligan, los organizadores siempre están cómodamente sentados en los aireacondicionados estudios de televisión del país sacándole provecho particular y mezquino al esfuerzo de esa pobre gente?

¿No es un evento ridículo, por lo menos desde el punto de vista organizacional, que las marchas terminen dando tumbos sin son ni ton por autopistas y aeródromos de la ciudad, porque jamás hay líder que concluya el evento que organiza la llamada clase dirigente de esa irresponsabilidad con la ciudadanía?

O no saben organizar la marcha, de lo que se desprende inevitablemente que su intención de sacar al presidente para gobernar ellos es por lo menos una propuesta descabellada e inmoral, o en el fondo reconocen que el líder verdadero es Chávez, con lo cual colocan a la gente en la incomoda posición de estar marchando a favor de la persona que supuestamente repudian.

No sería nada raro que estos organizadores de marchas (expertos en el sinuoso arte de la política) sean unos chavistas solapados que lo que busquen sea elevar su poder de negociación para terminar llegando a arreglos de pacificación por debajo de cuerda, como suele hacerse en las mejores familias de políticos. Igualito engañaba el flautista a los ratones aquellos. No hay sino que acordarse de la igualmente legendaria figura del hombre del maletín, tan entrañable en nuestro país, que cada cierto tiempo se presentaba para ofertar al mejor postor su voto en el congreso. No nos olvidemos que este es el mismo país donde un tipo llamado Alfaro era el que aparecía jugando dominó con el que supuestamente era su peor enemigo y sin ningún pudor iba y le salvaba el pellejo en el congreso. El país donde un señor llamado Piñerúa metía preso a un Alcalde de su propio partido por un asunto de unas aceras y era el único que lo exculpaba apenas dos años después en la botada del partido.

Porque, si no es un matadero a donde están llevando a la gente para luego dejarla sola, y si los organizadores esos no son chavistas disfrazados de libertarios, explícame tú, pero explícamelo bien… ¿Por qué todas las marchas lo que buscan siempre es llegar hasta donde está Chávez? Porque, hasta donde yo sé, ni Miraflores es «guarimba», que uno la toca y se libera así nada más, ni lo que estamos jugando es La Eres.


Alberto Aranguibel en La BitBlioteca



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