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 Caracas, Viernes, 10 de febrero de 2012
 

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¿Miedo a quién?

Julio de 1999

aaranguibel
Alberto Aranguibel
Mediando los principios de los noventa (o los finales de la bonanza, como quiera Ud. verlo), nos tocó, como al promedio de la clase media de este país, hacer lo que quizás termine quedando como nuestra última entrada al imponente estacionamiento del Magic Kingdom, en las afueras de Orlando, Florida. Para quien lo haya conocido (¿y quién no?), convendrá en que es éste, sin lugar a dudas, uno de los rituales más sobrecogedores por el que venezolano alguno podrá pasar, por lo menos una vez en su vida. Desde la incontenible aceleración de pulso que sobreviene apenas se divisan los primeros letreros de indicación (sobre los cuales van apareciendo progresivamente unas inconfundibles y gigantescas motas negras que terminan por ser los dedos y las orejas de Mickey), hasta el sistemático y casi incomprensible orden de distribución de los carros en el estacionamiento, todo es una sensación de grandeza, de pulcritud, y de desarrollo infinito que emocionaría hasta al mismísimo Fidel Castro, lágrima de por medio inclusive. No es Nueva York, donde también ha ido ese promedio de venezolanos, entre los cuales me incluyo por supuesto.. Al desenfado y libertinaje cosmopolita de la gran manzana, le falta (o al menos no se le nota tanto) ese no sé qué de presión que se siente en Orlando a cada paso a medida que su característico enjambre de guías, monitores, letreros, altavoces, señales electrónicas, patrullas, policías, etc., te van recordando que tienes que caminar por la línea, que no puedes pasarte de la raya, que tienes que esperar tu turno, que no subas la velocidad, que no discutas, que te van a poner una multa, que... ¡vas preso!

Es la manera cruda y hasta violenta (además del racismo) en que se nos hace tangible el desarrollo de la potencia más avanzada del planeta. Es el festín de masoquismo que nos infligimos, en verdad más que a gusto, a cambio del glamour que comprende el haber estado más allá de Margarita. Pero, por el cual pagamos por ver sólo unos días. Ese martirio, ese sambenito a cuestas, esa maldición perpetua, no se la cala ningún venezolano cuerdo, por muy banquero fugado que sea, por más de quince días seguidos.

Ahí está Orlando. El banquero, digo. ¿Por qué crees tú que Orlando Castro se empeñó tanto en ser extraditado a Venezuela? Él sabe cómo es aquí. Él vio lo de Pérez. ¿Tú sabes lo que cuesta meter preso a un presidente? Sin embargo; ahí está Pérez, tranquilo y sin nervios. ¿Qué son dos años de cárcel para quien lo tiene todo? Que tiene tanta fama que no necesita real y que encima vive en un país donde se puede hacer lo que a uno se le venga en gana y no pasa nada. Y si pasa, no pasa de un buen arreglo económico y sanseacabó. Ya tú vas a ver cómo al señor Orlando, en menos de lo que canta un gallo, le sale una absolución del tribunal no sé cuánto y al día siguiente te lo encuentras bebiendo y festejando a más no poder en los mejores restaurantes del este de Caracas y hasta del mismísimo Nueva York, como si nada.

Eso es lo que nos gusta a los venezolanos. Para eso hemos sido entrenados durante cuarenta años a través de los cuales la democracia se ha abrogado atribuciones que rayan con la ilicitud, pero que el populismo más desenfadado nos ha hecho ver como inalienables conquistas democráticas. Un ejercicio permanente de ineficiencia y de corrupción a todo nivel, que nos ha dejado la inaudita y extraña sensación de que el orden que existe en los países más desarrollados, son deformaciones de la ley que limitan las libertades individuales. Libertad individual entendida, por supuesto, como el derecho a «pararme donde me dé mi real gana», «poner la música al volumen que me dé la gana y a la hora que me dé la gana», «decir lo que me dé la gana» y «manejar todo lo borracho que me dé la gana» aunque en ello «me lleve por delante a quien me dé la gana». Y «si hay algún problema me lo dices, para llamar a mi compadre allá en el CEN, o a mi tío el General».

Fue lo que pensé cuando vi aquel día en el estacionamiento del Magic Kingdom, un lujoso carro con placas del estado de Nebraska romper olímpica y vergonzosamente la hilera de carros que se iban estacionando ordenadamente, porque, obviamente, no querría caminar el trayecto de regreso desde el lejano final de la fila habiendo tanto puesto libre al comienzo de la misma, como seguramente pensó. En ese momento, mi primera reflexión fue: «O sea, que no son tan correctos ni tan cultos los gringos como a uno se lo pintan; aquí también hay sus inconscientes y atravesados». Claro, en mi primera reacción la idea que se me venía a la cabeza era la de la óptica eminentemente reivindicacionista, y en ningún momento la de la observancia de lo correcto y de lo procedente. Para nada habría yo tenido una palabra de prudente consejo para aquel individuo. Igual le habría pasado a cualquiera que, como yo, hubiese sido educado en esta escuela del desaguisado ético que nos ha correspondido por obra y gracia del Pacto de Punto Fijo.

Es la deformación que hoy hace pensar que Chávez encarna en sí mismo un reino de terror y de tiranía por el hecho de promover cosas como un proceso constituyente libre de manipulaciones partidistas, de afirmar que quien no pague impuesto va preso o que quien no trabaje no cobra, en fin: por proponer que las cosas se hagan como deben hacerse. No es a Chávez a quien se le tiene miedo; es a que de repente pueda haber una ley de tránsito eficiente y rígida, que no sucumba ante la vulgar y tan criolla matraca, pero que obligue a cargar el cinturón puesto; a que se obligue a pagar los trimestres del carro, a que no se pueda pasar mercancía contrabandeada por el aeropuerto; a que de pronto funcione el correo y no haya que pagar el dineral que se llevan las empresas de encomiendas a punta de la ineficiencia de Ipostel; a que se acabe el negocio de la DIEX, mantenido a costa del sudor, la indignidad y el cansancio de los venezolanos y se inicie la modernización de esa dependencia; a que se acabe con la estafa de los registros, prefecturas y demás dependencias oficiales que de manera impúdica cobran un impuesto adicional al establecido, mediante la figura de la «habilitación», que no es más que pasarles una enorme cantidad de dinero por lo que ya les paga el Estado para que hagan su trabajo rápida y eficientemente; a que metan preso a cuanto autobusero borracho quiera poner en peligro la vida de los pasajeros; a los que ofrecen villas y castillas en las promociones de chapas de refrescos, de desodorantes, de duchas vaginales, etc., y que después nadie gana; a los que se roban las medicinas de los hospitales y el dinero del vaso de leche escolar, el medio pasaje estudiantil, la beca alimentaria, el papel sellado, el dinero del seguro social, en fin; miedo a que se cercene la gloriosa libertad democrática de «hacer lo que nos venga en gana».

Lo que pasa es que el desastre es tan grande que grande debe ser la cantidad de gente que se ha beneficiado de esa situación. Tanto que con toda seguridad uno de ellos era el tipo de aquel estacionamiento en Orlando, a quien, cuando le pasé por un lado, le oí gritar dentro del lujoso carro un inconfundible y democrático: «¡Pásame mi arepa, que esa vaina es mía!».


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