Zoraida Ávila es la mujer silenciosa. Lo que no dice con su voz
lo dice con sus manos. Como las fauces de un pez que surca las
aguas, sus manos se mueven por las cuarenta y seis cuerdas de
su arpa despertando sonidos que hablan de escondidas emociones.
Alegría y melancolía, soledad y lucha, angustia y éxtasis todas
as vocea a través de su música, no con su voz.
Yo ya había escuchado el arpa frecuentemente en salones de té
de lujosos hoteles neoyorkinos, tocada para acompañar copas de
porcelana llenas de fragante té. Yo asociaba su sonido con una
actividad tan suave como libar un débil té hindú en costas distantes.
Y las mujeres que tocaban el arpa parecían siempre criaturas de
otro mundo, cabalgando el enorme instrumento como ángeles con
alas. El arpa era siempre en mi mente un concepto viajero. Ha
viajado millas míticas, sus piedras yacen en otra realidad.
Esto se veía reforzado cuando veía el enorme instrumento enrolado
en el salón del embajador de Venezuela. Como en la proa de un
antiguo barco que ha atravesado el Atlántico y por el Océano Índico,
su llegada me hace sentarme en mi silla. En lugar tan cercano
su presencia se hizo palpable como lo hizo la músico que tocaba,
de pie, dando la impresión de llevarse la persona. Pulsaba las
cuerdas como si buscara la superficie de aguas inmemoriales, provocando
oleadas cada vez más grandes, hasta convertirse en un torrente.
Cuando tocó el Joropo, me descubrí sonriendo. Jocelyn King, la embajadora, no estaba
sentada en su sofá asintiendo aprobatoria. Como un compañero de
viaje, tomó su cuatro, una pequeña guitarra de cuatro cuerdas,
y comenzó a tocar. Juntas, la diplomática y la músico evocaron
un aura que hablaba de la simbiosis de tres culturas indígena,
española y africana que conforman la textura de su tierra, Venezuela.
Cuando Cristóbal Colón zarpó de España y descubrió esa parte del Nuevo Mundo, creyendo
aún que había encontrado la India, la describió con palabras que
tienen un fluir, un movimiento, un sentido de aventura. «Porque
cruzando los límites que pasan al oeste de las Azores cien lenguas
de norte a sur... las naves comenzaron a alzarse gradualmente
hacia el cielo y allí se goza de un clima benigno... porque en
esa tierra bendita encontré la tierra y los árboles muy verdes
y hermosos, como en abril, los jardines de Valencia... y la gente
son de amable estatura... y muchos llevan piezas de oro en sus
cuellos y otros tienen perlas en sus brazos. Estas son grandes
pruebas de que este es el Paraíso Terrenal...». Colón, me cuenta
Jocelyn King, escribió esto cuando ancló en la costa este de Venezuela.
«Pensó que estaba en el Paraíso, que para él estaba en el Ganges»,
añade ella, feliz con su revelación.
Lo que Cristóbal Colón nunca encontró en 1492, lo descubrió Jocelyn
Henríquez de King en una tardía noche de invierno en 1995, cuando
viajó a Dheli como embajadora de su país en la India. Las similitudes
eran demasiado familiares, incluso temibles, «los rostros, los
movimientos, la velocidad y el tempo, las escenas con automóviles,
bicicletas, carretas, autobuses, camiones, vacas y búfalos, camellos
y elefantes, viviendo juntos sus ritmos en el caos». Dos años
después, sus parámetros de historia, y el tiempo mismo, habían
comenzado a cambiar. «Porque en la India el tiempo y la historia
están siempre contigo y vives con el pasado, el presente y el
futuro con una facilidad que abruma».
No veo ese abrumamiento en su persona, ni en su mesa magnética
fragante con comida que combina sabores de varios continentes.
Las cachapas de su tierra natal coexisten en su menú con pan árabe
y Kalli daal son lentejas suramericanas cocinadas al estilo hindú, servidas
con un oloroso arroz que es un eco del pilaf iraní. Su mesa es como su personalidad, una combinación que ella
explica que no es «indígena ni española ni europea ni africana,
sino una mezcla un ejercicio en genética que te obliga a detenerte
donde estás. Cuando vives rodeado por la búsqueda de tu propia
identidad, tu historia, el cambio y la transformación se hacen
intangibles. Y para ella se hizo tangible en la India».