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Las contracciones al y del

Alexis Márquez Rodríguez

El Nacional, 11 de marzo de 2001

Un acucioso lector consulta sobre del uso de las contracciones «al» y «del». Dice que él y otros compañeros de trabajo tienen que redactar informes y otros textos, y quieren saber si el uso de dichas contracciones es obligatorio, o si, por lo contrario, pueden emplear libremente las expresiones «a el» y «de el». No es la primera vez que se me hace esta consulta, y varios lectores me han hecho la observación de que cada día es más frecuente, sobre todo entre locutores de radio y televisión, que se empleen estas últimas formas, y se prescinda de las contracciones. También por escrito he observado ese uso en forma creciente, y hasta da la impresión de que quienes la emplean no conocen la existencia de las contracciones.

Comienzo por decir que en materia de lenguaje no hay nada «obligatorio». Existen, sí, normas de uso, que, cuando pertenecen a lo que se conoce como lenguaje culto o educado, es necesario respetar y fortalecer, no tanto porque sean «correctas» —término éste que, como he dicho muchas veces en esta columna, me produce alergia—, sino, más bien, porque de ese modo contribuimos a conservar la unidad del idioma, lo que en nuestro caso es particularmente necesario porque el Castellano es la lengua nacional de una multiplicidad de pueblos, separados a veces por grandes distancias geográficas, y si en ellos cada quien va a hablar y escribir la lengua común como le dé su gana, acabaremos por tener un idioma fragmentado, tal como ocurrió con el Latín, cuyos hablantes no supieron, o no pudieron, mantener su unidad al sucumbir el Imperio Romano, por lo que ese idioma, tan poderoso durante muchos siglos, terminó por desaparecer como lengua viva, aun cuando perdura prolongado en los ocho o diez llamados idiomas romances.

Claro que esto plantea otro problema, cómo saber cuándo una norma pertenece al llamado «lenguaje culto» o «educado», para estar conscientes de que debemos acatarla o rechazarla. Pero éste es un problema de otra índole, una cuestión vinculada a la educación que no puedo tratar en esta oportunidad, en que me propongo hablar específicamente de las contracciones. Sin necesidad de retractarme de la afirmación de que en el lenguaje no hay nada «obligatorio», debo decir categóricamente que las contracciones «al» y «del» son rasgos morfosintácticos del Castellano cuyo uso todo el mundo debe acatar y fortalecer. Es una especie de institución lingüística de larga tradición, hasta el punto de haberse constituido en algo así como una tendencia natural de los hispanohablantes. En el caso de «al», se trata de fundir la preposición «a» y el artículo definido masculino singular, «el», de modo que la vocal «e» de este último desaparece fonéticamente, aunque desde el punto de vista semántico se la sobreentienda: «a + el» = «al».

«Del» es un caso un poco diferente, porque aquí lo que ocurre es que se funden dos vocales iguales en una sola: «de + el» = «del». Hay que tomar en cuenta que, cuando las formas «al» y «del» se aplican a un nombre propio del cual el artículo forme parte no se hace la contracción: «Voy a El Tocuyo», «Vengo de El Tocuyo». En estos casos es aconsejable que en la lengua oral se marque la inexistencia de la contracción. Sin embargo, es muy común que al hablar se incurra, aun sin proponérselo, en la fusión: «Vengo del Tocuyo», «Voy al Tocuyo». Incluso así, en la lengua escrita debe marcarse inequívocamente la separación de los dos elementos.

Esto último se facilita cuando el nombre propio, junto con el artículo, es claro y preciso, a diferencia de los nombres ambiguos, en que se pueden presentar dudas y situaciones equívocas: «Viajamos al amparo de la noche, y llegamos a El Amparo al amanecer». No obstante, es muy fuerte la tendencia a hacer la contracción en la lengua oral: «Voy al Tocuyo», «Vengo del Tocuyo». Pero hay que insistir en la conveniencia de que al hablar se establezcan las distinciones, y en todo caso que en la lengua escrita no haya dudas ni vacilaciones al respecto.

Por supuesto, es fundamental saber muy bien si el artículo forma parte del nombre propio. Por no tener esto claro es muy común la vacilación en ciertos casos, como es el del Libertador. Con frecuencia se duda sobre si debe decirse «A El Libertador», «de El Libertador», o «al Libertador», «del Libertador». Los cronistas e historiadores han determinado inequívocamente que el título que se le otorgó a Simón Bolívar en 1813, en la venerable iglesia de San Francisco, en Caracas, fue el de «Libertador», y no «El Libertador». Por lo tanto, en todas aquellas frases en que las preposiciones «a» y «de» seguidas del artículo «el» precedan a dicho título debe marcarse la contracción, oralmente y por escrito: «al Libertador», «del Libertador».

Algo parecido ocurre con algunos nombres propios geográficos. Aunque comúnmente decimos el Brasil, el Perú, el artículo no forma parte de esos nombres, por lo que en esos casos debe hacerse la contracción: «del Brasil», «al Brasil», «del Perú», «al Perú». En cambio, «el» sí pertenece al nombre en los casos de El Callao, El Paso (localidad en la frontera entre México y Estados Unidos), El Silencio (barriada urbana caraqueña), etc.

Tampoco el artículo es parte del nombre propio geográfico en casos como «el Orinoco», «el Apure», «el Chimborazo», «el Popocatépelt», etc. Éstas son formas elípticas en las que, por ser muy conocidos, se suprime el término geográfico: «el río Orinoco», «el río Apure», «el pico Chimborazo», «el pico Aconcagua», «el volcán Popocatépelt». Por tanto, en todos esos casos se debe usar la contracción.

«Al» y «del» no son las únicas contracciones del Castellano. De hecho existe una tendencia a hacer contracciones en nuestra habla cotidiana. Es común, por ejemplo, decir oralmente «desdelpuente», como si fuera una sola frase, o «desemodo», «desamanera», etc. En el Castellano medieval eran corrientes «dese», «deste», «della», «daqueste», «daquella», «dalguna», «dotro», etc, algunas de las cuales aún aparecen en el DRAE.


Alexis Márquez en La BitBlioteca



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