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Con la lengua Cruz-Diez crucificado El Nacional, domingo 1º de octubre de 2000 En la sede de Corp Banca en La Castellana hay un cartel sobre los aportes de Carlos Cruz-Diez, gran artista y gran ciudadano, a la arquitectura. Eso está muy bien. Pero en el cartel hay una leyenda, en letras grandes y vistosas, que dice: CARLOS EN LA CRUZ-DIEZ Si eso fue escrito en castellano, allí se lee: «Carlos en la cruz diez arquitectura». No hay otra lectura posible. Muchas veces me he referido al mal uso, a veces verdaderos abusos, de la lengua en la publicidad, lo que me ha concitado algunos odios, porque hay publicistas reacios a admitir sus errores, sobre todo cuando se relacionan con el referido mal uso del idioma. La publicidad tiene todo el derecho a utilizar los más diversos recursos artísticos para embellecer sus productos, en función, por supuesto, de llamar la atención del público sobre lo que se anuncia. Una publicidad que sepa utilizar esos recursos, aun en forma audaz, moderna y desenfadada, pero también inteligente y responsable, no sólo se favorece a sí misma al ofrecer anuncios de alta calidad, sino que cumple también una labor de educación del buen gusto de la gente. Pero esa libertad estética no autoriza a los publicistas a patear el idioma, como a menudo ocurre, y como puede verse en el cartel a que aquí me refiero. La lengua castellana tiene normas, que todos debemos acatar. Ello no se riñe con la libertad artística, y el nuestro, más bien, es un idioma que se presta como pocos a la creatividad publicitaria. Pero para ello hay que conocerlo muy bien, y eso no es muy común entre los publicistas y demás profesionales de la comunicación. Por cierto que en el mismo banco, del lado de las taquillas de atención al público, hay un hermoso mural también de Cruz-Diez, pero a alguien se le ocurrió la genial idea de taparlo parcialmente con unos horrendos carteles de publicidad barata, lo que no sólo revela el mal gusto de quien lo hizo y de quienes lo han permitido, sino también un evidente irrespeto por el arte y por nuestro gran artista. Sin toga ni birreteHe aquí que quienes obtuvimos el título de profesor en la Promoción Martín J. Sanabria, egresada del antiguo Instituto Pedagógico Nacional en 1950, hemos llegado al quincuagésimo aniversario de nuestra graduación. Se dice fácil, pero el camino ha sido arduo. Llegados al viejo Pedagógico en 1947 (entonces la carrera era de 3 años, y fuimos los últimos bajo ese régimen), apenas comenzado el segundo año nos sorprendió es un decir la asonada militar que, el 24 de noviembre de 1948, derrocó al gobierno de Rómulo Gallegos, apenas a 7 meses de iniciado. A decir verdad, en el primer momento fue general el sentimiento de tristeza y frustración por la figura admirada de Gallegos, pero nada más, pues el gobierno de facto encabezado por Rómulo Betancourt, entre octubre de 1945 y abril de 1947, anterior al del ilustre novelista, había sido frustrante, y la actitud del partido Acción Democrática, crecido a la sombra del poder, había sido tan sectaria y prepotente, que nadie salió en su defensa y todo el mundo aceptó el golpe resignadamente. Se puso entonces de moda la expresión «A mí no me alegra la caída del gobierno, pero me entra un fresquito». Poco después cobramos conciencia de lo que en realidad era una tragedia política, un retroceso que a poco tiempo nos condujo a una de las más crueles y corruptas dictaduras padecidas por los venezolanos, como fue la de Marcos Pérez Jiménez. En febrero de 1949, los estudiantes del Pedagógico realizamos la primera huelga contra el golpe perezjimenista. Una huelga ejemplar, pacífica, sin violencia ni acciones destempladas, que duró 26 días y concluyó cuando, conscientes de que era imposible alcanzar los objetivos propuestos el reingreso al instituto de cuatro compañeros injustamente expulsados, quienes habíamos asumido la dirección del movimiento preferimos suspender la huelga organizadamente, antes que perderla en una desbandada por agotamiento, que era la carta que jugaba el gobierno. A partir de entonces se abrió un período sumamente difícil, que culminó en su primera etapa en noviembre de 1950, recién comenzando nuestra promoción su ejercicio profesional, con el asesinato de Carlos Delgado Chalbaud, presidente de la Junta Militar de Gobierno nombrada a raíz del derrocamiento de Gallegos. Ese hecho abrió el camino para el asalto definitivo del poder por Pérez Jiménez, cumplido 2 años después, en diciembre de 1952, cuando el abyecto militar desconoció el resultado de las elecciones para la Asamblea Nacional Constituyente en que había sido barrido por el voto popular. Los hombres y mujeres de nuestra generación tuvimos que enfrentar la dura realidad con coraje, pero inermes. Fueron años de lucha y frustración, en que tuvimos que renunciar a becas para estudios de postgrado en el exterior, que entonces no existían en Venezuela, y a otros privilegios propios de la gente joven en un país de vida normal y sana. Hubo deserciones, por supuesto. Algunos de los más enconados enemigos de la dictadura en su primera hora, luego se plegaron a ella, cambiando su dignidad por viles prebendas. Pero fue una minoría ínfima. La mayoría resistimos, probamos la cárcel, unos, otros el exilio, la persecución, el desempleo. Lo que vino después es bien sabido. Caído el dictador en enero de 1958, se abrió una nueva etapa, la de los 40 años de democracia que ahora concluyen, dando paso a un nuevo período. Aun es temprano para juzgar esas 4 décadas, pero en ella nuestra promoción desempeñó su papel, me parece que con dignidad y fervor venezolano. En 1950 no pudimos recibir nuestros diplomas en acto público, por temor del gobierno a un discurso que se presentía disidente. Por eso El Nacional nos llamó la «Promoción sin toga ni birrete». Ahora vamos a desquitarnos, cuando el próximo jueves, 5 de octubre, nos reencontremos en el viejo Pedagógico de El Paraíso, a partir de las 9:00 am. Ojalá allí estuviéramos todos...
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