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 Caracas, Jueves, 24 de mayo de 2012
 

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La carta abierta

De Obras incompletas, Caracas: Monte Ávila, 1969

Lucía y Aníbal Nazoa en el 30º aniversario de la publicación de las Obras incompletas (foto El Nacional)

Venezuela es, por así decirlo, la «tierra clásica» de la Carta Abierta, también conocida como Remitido. Los políticos, los artistas, los hombres de negocios, todos acostumbran arreglar o profundizar sus diferencias a través de cartas abiertas publicadas en los periódicos de mayor circulación. Es tal nuestra afición a insultarnos y defendernos en esta forma, que la prosperidad económica de un diario se puede medir por el volumen de cartas abiertas o «remitidos» que se le confían para su publicación.

Aun en las peores épocas, el renglón publicidad mantiene un ritmo respiratorio sano y potente, gracias al oxígeno que le suministran los «remitentes».

Si usted, apreciado lector, aspira a hacerse escritor, antes que la novela o el cuento, le conviene estudiar a fondo la Carta Abierta. Porque no pasará mucho tiempo sin que usted se vea obligado a escribir una, por cualquier motivo. Es el uso del país: un artista o un literato a quien no se le otorga el Premio en un concurso, en vez de asimilar la lección y ponerse a trabajar duro a ver si se lo puede ganar en la próxima oportunidad, responde al veredicto con una carta pública acusando al Jurado de las peores aberraciones; no importa si el artista conocía tales aberraciones desde mucho antes de enviar su obra al concurso, el todo es «sacar» la Carta. Un político, cuando se dispone a hacer alguna barrabasada, ya tiene escrita la carta abierta que le servirá para aplastar a quien ose denunciarlo. Un comerciante acosado por sus acreedores o interesado en sofocar a la competencia, antes de recurrir al incendio intencional u otra medida extrema, intentará «agotar las posibilidades» mediante una buena carta abierta. Y así sucesivamente, para no mencionar a los inocentes que aún creen en la «vergüenza pública» y responden a un atropello con un remitido.

Independientemente de sus temas y motivaciones, existen diversos tipos de carta abierta: la insultante, la lacrimosa, la delatora, la irónica, la explicativa, la amenazante, etc. Y como rarísimo espécimen, la elogiosa. El tipo ideal es aquel que participa de todas las modalidades, como la que ofrecemos a continuación:

Carta abierta de Artemidoro Pacheco al Dr. Sulpicio Martínez Grifo

Caracas, 31 de agosto de 1968.

Mi querido Sulpicio:

No creo necesario extenderme demasiado sobre la vieja y sólida amistad que nos une, tanto a nosotros como a nuestras familias.

Como hombres públicos que somos, toda Venezuela sabe de los largos años que pasamos combatiendo juntos por la dignidad y la felicidad de la Patria, de las alegrías y las amarguras que hemos compartido ya en el suelo nativo, ya en las frías regiones del exilio. No me parece ni elegante ni justo mencionar ahora los favores que nos debemos mutuamente. ¿Vale acaso la pena, por ejemplo, traer a colación los doce mil bolívares que una vez te presté para salvarte de la cárcel en circunstancias que sólo tú y yo conocemos? ¿Será preciso recordar la oportunidad en que tú generosamente te prestaste para servirme de testigo falso en el juicio de divorcio que puso fin a mi calvario, cobrándome tan sólo dos mil bolívares, que yo te pagué gustoso y feliz? ¿Habrá lugar para mencionar los esfuerzos que yo hice para casar a mi hija Margot con tu hijo Sulpicito, salvando así de la bancarrota a tu honorable familia? Me niego a tales remembranzas. Para mí, baste decir que nosotros siempre hemos sido uno, y por eso he leído con profunda tristeza e indignación tus declaraciones a la prensa en relación con la venta de los terrenos en el Plan de los Nísperos. Con los ojos arrasados en lágrimas, he visto cómo tú, mi amigo y compañero de toda una vida, me acusas de haber comprado por cuarenta y cinco mil bolívares unos terrenos que en realidad valían más de SEIS MILLONES, valiéndome de la complicidad de algunos funcionarios y de un italiano que sólo existe en tu mente desquiciada. Para tu información, tengo a tu disposición los documentos relativos a la venta de esos terrenos, cuyos linderos no son los que tú maliciosa y suciamente señalas, sino los siguientes, al tenor del deslinde realizado por el Juzgado Cuadragésimo Séptimo de Primera Instancia en lo Servil y Terrenal de la Quincuagésima Octava Circunscripción.

«Por el Norte, desde la mata de mango situada en el ángulo Sureste de la finca «La Mona», siguiendo el curso de la quebrada de LOS TOCONES, hasta la casa abandonada de la Hacienda «Polvo Seco»; por el Sur, la barranca que separa el Valle de la serranía de Los Pericos; por el Este, desde el Pozo del Indio siguiendo la cerca de los Marcano hasta el molino del fundo «Panchón», y por el Oeste, desde el Cerro del Caramelo hasta el Zanjón de Las Perdices».

¿Dónde está, pues, la supuesta demarcación falsa de los terrenos que tú me atribuyes? Créeme, mi admirado Sulpicio, que a no ser por nuestra vieja amistad y por tus ejecutorias de gran poeta, jurisconsulto y hombre de empresa, yo diría que tú eres el estafador más asqueroso y el peor de todos los calumniadores y chantajistas que he tenido la desgracia de conocer. Pero la amistad obliga, así que me limito a señalarte el hecho de que en mi poder reposan muchos testimonios sobre tus fechorías en la región, la última de las cuales pensabas perpetrar contra mí.

Afortunadamente, yo también tengo otros amigos tan entrañables como tú; ellos me advirtieron a tiempo y aquí estoy, limpio de toda culpa respondiendo a tus infundios. Yo no tengo la culpa si tú fracasaste cuando le mandaste a dar las puñaladas al Prefecto de San Pepito, como tampoco la tengo si perdiste los doscientos sacos de maíz y los OCHENTA MIL BOLÍVARES en ladrillos que repartiste para ganar las elecciones. Yo fui el primero en lamentar tu fracaso en aquella oportunidad, aunque ahora estemos ubicados en tiendas políticas adversas, porque los hombres como tú son los llamados a llevar a la patria por derroteros de justicia y prosperidad, aunque a veces caigan en debilidades como la de robarse todas las existencias de grasas y lubricantes de una dependencia oficial para venderlas en la hermana República de Colombia. Errare humanum est, digo yo, y sigo creyendo en tus virtudes de empresario y hombre público.

Así soy yo, y ése es mi concepto de la amistad y de la armonía. Pese a tu actitud traidora: pese a que te has comportado como un reptil asqueroso, y a que tus sucias maniobras te exhiben como un delincuente común merecedor de las más graves sanciones, no pienso proceder contra ti con todo el peso de la razón que me asiste. Por el contrario, te ofrezco mi mano de amigo y te invito a olvidar este bochornoso asunto en beneficio de nuestras hasta ahora excelentes relaciones. No era mi intención herirte, pero la necesidad de velar por la limpieza de mi nombre me obliga a hacer esta aclaratoria ante la comunidad, y aprovecho la oportunidad para invitar a todos los interesados a revisar los documentos correspondientes si quieren comprobar la honestidad de mi vida pública y privada, y la rectitud de mis procederes en materia de negocios. Me despido, apreciado Sulpicio, suplicándote que recapacites en tu actitud que estoy seguro ha sido dictada por la precipitación y la ofuscación política, y vengas a conversar con este viejo amigo, siempre dispuesto a arreglar las cosas por las vías del entendimiento.

Un abrazo,

Artemidoro Pacheco
C. I. 10203040506070


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