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 Caracas, Jueves, 09 de febrero de 2012
 

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La superautopista de la información

Informe para ciegos

El Nacional, sábado 16 de octubre de 1999

Usted llega al suburbio que llaman Santos Lugares, entra en la pequeña villa de jardín agreste y veredas con mosaicos ajedrezados y la sala biblioteca donde siempre hay una luz, como de crepúsculo y allí mismo está Ernesto Sábato. Ya no usa lentes oscuros. Bajo la frente amplia como una pampa cambian de expresión unos ojos a veces irónicos, a veces chispeantes, a veces desleídos.

Edmundo González nos presenta, nos fotografía, se despide. Pablo Peñaranda le entrega al escritor el diploma y la medalla del doctorado honoris causa de la Universidad Central de Venezuela. Nos habían puesto en guardia contra un Sábato depresivo, silencioso. Encontramos un viejecito travieso, que considera sus 88 años otra diablura. Así, cuando Pablo lo invita a recibir el grado en persona y le pregunta si necesitaría viajar acompañado con alguien:

—Con un empleado de pompas fúnebres.

—¿Cómo podríamos enterarnos de su decisión?

Sábado rompe a reír:

—Por de pronto, lean en los diarios las necrologías.

Recuerda perfectamente su anterior viaje a Venezuela y a Colombia. Sobre Bogotá los atrapó una tormenta, que angustió a un compañero de viaje:

—No es que yo sea cobarde; tengo otros defectos. Entonces le dije: ¡Pero cómo se va a caer el avión si nos acompaña el señor ministro!

La conversación salta de ocurrencia en ocurrencia:

—Cuando se puso de moda el kafkismo, dije: Hay que inventar un tónico contra la Kafka.

En el dormitorio monacal corea la risa una calavera. Sábato se queja: Se han propuesto que yo termine el milenio. Otros dirán: ¡por fin murió este tipo!

Le comento el absoluto orden del severo estudio donde escribe en máquina manual y duerme en camita de monje. Es que soy muy nervioso, se excusa. No tolero el desorden.

Me detengo ante la fotografía de una mujer de belleza hiriente.

—Matilde —me comenta—. Yo fui muy loco. Nos fugamos muy jóvenes, y nos perseguían porque éramos menores de edad. Tuvimos muchos hijos. Tenía una letra maravillosa... es una de las pocas cosas que van quedando...

De repente, dice una de las frases más hermosas que he oído sobre una mujer:

—Yo tuve un Dios aparte.

Una pequeña fotografía de un joven, con una guirnalda:

—Mi hijo Jorge Federico. Murió en un accidente de auto. Era tan modesto, que me daba rabia. Ser modesto es lindo, le decía, pero vos exagerás..

La mirada se le apaga un instante, y añade: Se está muriendo gente que no debió morirse nunca...

Cambian la luz y la conversación. Hablamos de «Nunca más», el informe que coordinó sobre los 30 mil desaparecidos que costó el ajuste económico a la Argentina.

—Argentina fue una nación importante cuando yo era un muchacho... ahora es una cosa de nada... Había que ver lo que sufríamos... venían las madres... lloraban... gritaban... yo tuve amenazas de todo tipo... que me iban a matar a los hijos... que me iban a torturar a mis nietos... Tantas amenazas he tenido en mi vida... A mí lo que me protegió fue la opinión pública...

Hablamos de los millares de mártires que costó el ajuste económico chileno. Le cuento cómo vi abrir en Caracas las fosas comunes de las víctimas del paquete económico que causó el 27 de febrero. Le comento sobre la descripción que nos hizo el padre Farinelli en la Sociedad Argentina de Escritores sobre las villas miserias bonaerenses. Conversamos sobre el millón de niños que según la Unicef muere de hambre cada año por causa de la deuda. Le hablo de mis temores sobre un ajuste final que borre del planeta a ochenta por ciento de la población «desechable» que no forma parte de los países hegemónicos. Sábato asiente y calla, meditabundo.

Pienso en los tratados contra la doble tributación, las leyes de protección de las inversiones, los acuerdos de sometimiento de las naciones a tribunales extranjeros: la culminación de estas masacres genocidas mediante la entrega de la soberanía y la esclavitud jurídica de los sobrevivientes.

Pedro Pablo menciona a Vargas Llosa. Sábato sentencia:

—Es una cosa muy fea. Del comunismo de salón al neoliberalismo acomodado...

En el taller de pintura la luz cenital cae sobre lienzos oscuros, con personajes acorralados hacia los rincones. Sábato prefiere hablar de plástica más que de literatura. Cerca del caballete, una foto con Borges. Juntos en el recuerdo, tras zaherirse tan inútilmente. Nos despedimos.

En la biblioteca sonríe una cabeza de muertito mexicana, ojos y dientes chispeantes con las flores de la eterna resurrección.


Luis Britto García en La BitBlioteca
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