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Sección: Bitblioteca
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Ingobernabilidad
Así como cada sistema político y social deja en Venezuela instrumentos de gobernabilidad, también engendra rémoras nefastas que lo destruyen y cuya perduración amenaza con aniquilar, no solo los regímenes sucesivos, sino la propia existencia de la República. Maravillosa fue la herencia de igualitarismo, antiautoritarismo y solidaridad grupal que recibimos de nuestros antepasados indígenas. La contrapesa la anarquía tribal que, salvo en contados casos como el de los caribes, impidió coordinar la defensa contra la Conquista y que aún hoy nos tienta a no mirar más allá de nuestra pequeña parroquia, nuestra mínima aldea, nuestra exigua secta, nuestro ínfimo clan. La Colonia instauró la unidad religiosa y la comunicabilidad lingüística. En su testamento nos legó también la pretensión de los sacerdotes de convertirse en gobernantes, el nefasto sentimiento oligárquico de una minoría que se cree con derecho a todo y no reconoce a los demás nada, el desprecio de esa minoría hacia las mayorías de pardos, negros e indígenas, y el servilismo de algunos integrantes de las castas discriminadas que siguen sumisamente a las mismas oligarquías que las expolian y menosprecian. La Independencia nos lega el sentimiento de nacionalidad y el republicanismo. Pero la República oligárquica deja asimismo en cada caudillo la tentación de confundirse con un rey y de asimilar la nación a su feudo, así como la convicción de que basta con un cambio de nombres para prolongar indefinidamente la injusticia de la sociedad de castas, eternizar la esclavitud y negar el voto y la participación política a las inmensas mayorías indigentes. También carga sobre las generaciones futuras una deuda pública casi impagable. Heredamos del Gran Partido Liberal Amarillo la educación y el Estado laicos, el reconocimiento del poder de la prensa como instrumento político, el respeto principista hacia la alternabilidad, la participación política de las mayorías y la instrucción pública, gratuita y obligatoria. Pero bajo el nombre de Federación nos legaron un proyecto de atomización y secesión de la República, así como un irresponsable incremento de la deuda externa que atrajo la intervención extranjera. Dejan las dictaduras andinas el Estado centralizado, el Ejército nacional, la economía fundada en el ingreso petrolero, la resistencia hacia el cobro compulsivo de la deuda externa y el pago de esta. La postdata perezjimenista añade la política de concreto armado como primitivo medio de redistribución económica. Pero legan también la doctrina positivista, que con ribetes pseudocientíficos perpetúa la ideología racista y antipopular de la Colonia; la incapacidad de crear una economía alternativa al modelo petrolero, la sumisión servil hacia las potencias compradoras de hidrocarburos, la tendencia a regalar esa riqueza exonerando a las empresas extranjeras de gran parte de sus impuestos. Asimismo perfilan las autocracias un modelo de despotismo personal que se reproduce luego incesantemente y bajo todo tipo de ropajes en partidos, cogollos, instituciones y familias. Mezquino sería negar que las cuadro décadas de bipartidismo nos legan una enorme apertura educativa, un incremento en la redistribución en salud y seguridad social, la nacionalización de la industria petrolera, la OPEP y el principio del respeto al voto. Insincero sería omitir que también legan una cultura de la corrupción y la represión, enajenan la soberanía mediante la deuda pública, y destruyen su propia obra con el fraude electoral sistemático y el inicio de la privatización de industrias básicas, educación, salud y seguridad social, al tiempo que reducen sus organizaciones partidistas y sindicales a mero instrumento de los gremios patronales venezolanos y extranjeros. Gracias a los instrumentos de gobernabilidad que supo crear perduró cada sistema, y pereció bajo las fuerzas disociativas que engendró y no pudo controlar. Quien desee aniquilar un movimiento político o un país, no tiene más que alentar o dejar de combatir las herencias de ingobernabilidad que nos legan los regímenes precedentes. Una herramienta posibilita a cada nuevo sistema crear lo positivo y controlar lo destructivo: la participación.
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