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Remember the Maine

El Nacional, sábado 14 de setiembre de 2001

Dos explosiones sacuden la bahía. El símbolo del poderío estadounidense estalla en llamaradas. El acorazado Maine se alza de las aguas con la proa deshecha, cae de costado, se hunde por la popa. El descomunal incendio alumbra el puerto de La Habana hasta la medianoche del 15 de febrero de 1898.

Las unidades de la flota española se agolpan para el rescate. El comandante Sigsbee, que estaba casualmente fuera del buque con todos sus oficiales, urge que «la opinión pública debe suspender todo juicio hasta conocer los detalles de lo ocurrido». Pero la Comisión de Asuntos Exteriores del Senado y la prensa de William Randolph Hearst ya tienen un culpable. El Evening Journal; el Evening Post, el Herald, el World incriminan a España. En vano alegan los ibéricos, desgastados en su contienda contra la independencia de Cuba, que nada tienen contra el Coloso del Norte. Inútilmente rechazan la intervención los patriotas cubanos, a punto de conquistar su libertad. Estados Unidos declara la guerra a la debilitada España, le hunde la flota, le arrebata como botín Puerto Rico y las Filipinas, la base de Guantánamo y la tutela de facto sobre Cuba a través de la Enmienda Platt.

Moraleja: declarándose agredido, como en el caso del Maine, o siendo agresor, como en la escaramuza de El Álamo (tras la cual arrebató más de la mitad del territorio de México) Estados Unidos siempre elige el enemigo que conviene para su política exterior, y le arranca el tributo que más codicia para afirmar su hegemonía.

En el presente caso, antes de que sus descuidados cuerpos de seguridad aporten pruebas concluyentes, Estados Unidos ya declara guerra y precisa enemigo conveniente. Como suele suceder, este es un antiguo aliado. Al igual que Saddam Hussein o Noriega, Osama bin Laden fue apoyado por la seguridad estadounidense. Según el Daily Mail de Londres, George W. Bush fundó una compañía petrolera asociado con Salem, el hermano de Laden. Al igual que Saddam y Noriega, Osama termina satanizado cuando se precisa recuperar el control de objetivos fundamentales: Kuwait, Panamá, Afganistán.

Como también suele ocurrir, el enemigo conveniente es solo excusa para el sacrificio codiciado. Las investigaciones todavía no comprueban culpables individuales. Sin embargo, Estados Unidos ya lanza un ultimátum que reclama la capitulación total de un país, de un credo, de todo el planeta.

En lo político, exige la subordinación global. «O están con nosotros, o con los terroristas» amenaza George W. Bush. Para no estar con los terroristas, los latinoamericanos debemos poner nuestros ejércitos a disposición del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca, que Estados Unidos ha violado repetidamente.

En lo táctico, Estados Unidos impetra la sumisión total de los aparatos de inteligencia de todos los países a su «Red Global contra el Terrorismo». Para ello crea una nueva agencia de seguridad, y su Departamento de Justicia envía a su Congreso un «paquete de leyes antiterroristas» que libera a sus policías del control judicial, restituye a la CIA la «licencia para matar» y la autoriza para seguir interfiriendo los correos electrónicos con fines de espionaje político, financiero o industrial.

En lo económico, Estados Unidos se arroga el derecho de embargar cualquier cuenta bancaria y fuerza la imposición global de los tratados de libre comercio que le convienen mediante acuerdos fast track que su Presidente puede celebrar sin previa consulta al Congreso.

Grave crimen es que se desate la destrucción sobre civiles indefensos. Injusticia infinita es que se invoque como excusa para instaurar la hegemonía política, militar y económica de una sola potencia sobre el Medio Oriente y el resto del planeta. La verdadera guerra es esta ofensiva de acuerdos que equivalen a tratados de rendición incondicional de los inocentes.

Por cierto, la comisión estadounidense que revisó los restos del Maine impidió el acceso de otros observadores al interior del naufragio. Los buzos españoles verificaron que no había peces muertos en la periferia, y que las planchas del casco estaban dobladas hacia fuera. Por ello dictaminaron que la explosión ocurrió dentro del buque. Igual conclusión sostuvo Alger, el técnico en explosivos del Departamento de Marina de Washington, y el teniente coronel Bucknill en la revista Engineering. Tales razones no movieron a Estados Unidos a liberar Puerto Rico, las Filipinas ni Guantánamo, ni a devolver su autonomía a Cuba, que esta debió reconquistar cruentamente en 1959.

No creo que la actual situación se parezca a la del Maine en sus causas, pero sí en sus efectos. Lloremos a las víctimas, y evitemos serlo.


Luis Britto-García en La BitBlioteca


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