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Cuando la pena de muerte entierra algunas verdades Carmen Cecilia Lara No sin exagerar podríamos decir que el mismo cinismo y espectacularidad que vimos por parte de las cámaras de televisión y en general del mundo mediático norteamericano al momento de realizarse la ejecución de Timothy MacVeigh, es el mismo cinismo que acompañó a este joven héroe de la Guerra del Golfo para justificar la "ejecución" de 168 almas en Oklahoma City. Vale la pena recordar, con motivo de la primera ejecución federal después de 38 años en Estados Unidos, que, apenas 10 años antes de la citada fecha, el sistema judicial de esa nación se vio envuelto en uno de los mayores escándalos políticos del inicio de la guerra fría y del auge macartista, al ejecutar en la silla eléctrica a una joven pareja de luchadores políticos, acusados de espionaje atómico, los esposos Julius y Ether Rosenberg, dejando huérfanos a dos hijos de 3 y 7 años. En Estados Unidos, país que se erige en juez de los derechos humanos en el globo terráqueo, había, sólo para el año 1996, mas de millón y medio de personas presas, y de ellos 3.000 esperaban que se les aplicara la pena capital. Robert Meeropol, presidente de la Fundación Rosenberg para Niños y el mas pequeño de los hijos de estos chivos expiatorios del naciente mundo bipolar, participó en un amplio movimiento contra el incremento de personas en prisión y sentenciadas a muerte ese año, bandera que gana cada día mas adeptos en esa nación. Hace sólo tres años una joven blanca norteamericana, hija de padre alcohólico y ella drogadicta, no pudo ablandar el corazón del actual Presidente de Estados Unidos siendo gobernador de Texas, aun cuando ya había pagado siete años en prisión por el asesinato, bajo los efectos de los estupefacientes, de su compañero, y se había convertido en ejemplo para sus compañeras presas y muchos jóvenes que le escribían en busca de orientación para superar su adicción. La petición de clemencia fue transmitida por los principales programas de opinión de ese país en vano, dejando viudo a un joven pastor evangélico quien hace tres años había contraído nupcias con esta valiosa mujer. Con razón el Washington Post, USA Today y el New York Times se manifestaron contrarios a la aplicación del máximo castigo a raíz de la ejecución de MacVeigh ya que afirman que la mayoría de los condenados a muerte no pueden pagar defensas millonarias ni tener sus mismas oportunidades, reconociendo tácitamente el sesgo social que existe en la justicia norteamericana. Hoy al cumplirse 48 años de haber llevado a la silla eléctrica a dos seres inocentes como los esposos Rosenberg para justificar la carrera armamentista y la guerra fría con la desaparecida Unión Soviética, el caso MacVeigh se nos presenta también oscuro, lleno de interrogantes que nos hacen dudar de nuevo sobre la justicia norteamericana al enterrar muchas verdades con los cuerpos que se condenan. Este caso, aparentemente en el polo opuesto al de los Rosenberg, por los amplios privilegios que aquel tuvo aun declarándose culpable y por las incomprensibles motivaciones que dijo tener para masacrar 168 seres inocentes, dará tela que cortar. Los Rosenberg fueron vilipendiados, presionados infructuosamente a declararse culpables, desprestigiados hasta el punto de que sus pequeños hijos, estigamatizados después de la muerte de sus padres, tuvieran que cambiar sus apellidos para poder sobrevivir. Timothy MacVeigh, en cambio, se despide ante el mundo entero con el poema Invicto como un héroe globalizado no se sabe por gracia de cuál gesto de hombría y valentía. Recordemos entonces con un bello poema escrito por Ethel Rosenberg a sus hijos el 24 de junio de 1953 titulado Si Morimos, a quienes hace casi 50 años dieron sus vidas por mantener viva y en alto su inocencia. Ustedes sabrán, mis hijos, sabrán/ porqué dejamos las canciones sin hacer/ los libros sin leer, el trabajo sin hacer /para descansar bajo la grama./ No mas lamentos mis hijos, no mas/ porque las mentiras y las calumnias fueron montadas/ las lágrimas que derramamos y el dolor que nos penetra/ para todos debera ser proclamado./La tierra sonreirá, mis hijos, sonreirá/ y el verde sobre nuestro lugar de reposo crecerá/ el crimen finalizará, el mundo se regocijará en hermandad y paz./Trabajen y construyan, mis hijos, construyan/ un monumento al amor y a la alegría/ al valor humano, a la fe que guardamos por ustedes, mis hijos, por ustedes. |
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