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Del Big Bang al Big Mac

La Tercera Cultura

Carlos Calderón
calderon@telcel.net.ve
Profesor de Historia del Arte e Historia de la Ciencia en PRODISEÑO

Febrero de 1998

Hubo un tiempo en que la Ciencia prometió respuestas y garantizó calma a las siempre desesperadas y angustiosas preguntas. Sin embargo, esta promesa se vino abajo cuando las respuestas se complejizaron, la explicación científica se hizo lejana e incomprensible, y gran parte de la población tiró la toalla…Se le obligó a estudiar Física, Química y Matemáticas entre los 12 y 18 años, y tampoco. Se escribieron libros divulgativos y se produjeron videos que se vanagloriaban de no poseer fórmulas matemáticas, …y finalmente entró en escena la autoayuda, extraño cóctel de ritualismo, protopsicología, sincretismo, metempsicosis, y un toquecillo de extraterrestres, que llegó para triunfar en el fin del milenio. Las cifras no mienten, y los libreros tampoco… Pero no todo está perdido, aquí en Venezuela, mientras algunos intelectuales truenan contra el ciberespacio, desde otras latitudes los hombres de ciencia han decidido explicarnos el universo, la vida y la mente como datos culturales y no como asépticos informes científicos, y todo esto antes de que el esoterismo se convierta en fundamentalismo.

El problema

La escala de la ciencia

  1. Hubo un tiempo en que podíamos ascender desde la mera observación hasta el fenómeno tecnológico y sus fundamentos científicos sin mayores traumas, pues, a manera de ejemplo, bastaba con meter la mano en el río para sentir su fuerza e imaginar paletas de molino, granos de trigo, harina y pan…Mañana, el camino que vaya desde la liberación de la energía en la interacción fuerte hacia un mísero pan será insondable.
  2. Bastaba con posar la aguja y girar el disco para escuchar, minúscula pero reconocible, las voces talladas en el acetato…De la dualidad onda-partícula al láser del CD, y de ahí a la música, el abismo sólo lo cubre el precio del aparato.
  3. Bastaba con limpiar de vez en cuando las teclas de nuestra máquina de escribir para ganar hasta un Premio Nobel. Hoy, de la tecla al papel, se interpone toda la danza de nuestros siempre obsoletos periféricos.
  4. Pero la nostalgia no impedirá cambiar de escala.

La última escala, la maldita dupla

De todas las máquinas la que más se resiste a cambiar de escala es la mente, o si se quiere, el cerebro. Todavía hay quien quiere imaginar, como hiciera Descartes, un fantasma dentro de la máquina. Juan Nuño, en su libro Etica y cibernética lo explica de manera más clara pues a nadie le sorprende la dupla digestión/estómago, y esto porque se puede describir, calcular y prever en todo detalle las fases de la fisiología del mismo. No es un problema, no es un misterio. El estómago es una máquina, en el sentido de mecanismo biológico y bioquímico y la digestión no es más que la puesta en funcionamiento del mismo. Es más, no tiene sentido hablar por separado de ambos términos. Pero cuando llegamos a la dupla mente/cerebro aparece el problema, aparece el misterio. Y , sobre todo, se pregunta, ¿existen ambas entidades por separado? Todo pareciera indicar que las doctrinas vitalistas han sido reducidas a la nada por la biología molecular y que existe la más absoluta identidad entre estados mentales y estados físico-químicos del cerebro. Piénsese ahora, en el par mente/cerebro, o su versión mente/cuerpo, o esta otra: alma-cuerpo, como si habláramos del par respiración/pulmón o filtrado/riñón u ojo/visión y el espíritu se nos convierte en una víscera. Una vez así, podremos echárselo a los perros, y, como dijera Wilde, lo que no coman los perros lo comerán los pájaros del aire.

Conocimiento, creencia y opinión

La distancia entre estos tres términos es exactamente igual a la que recorreríamos si nos pasaran un referendo pidiendo nuestra opinión, por ejemplo, sobre la construcción de un reactor nuclear en Charallave, o sobre si se debe agregar dosis de flúor al embalse de la Mariposa…Si bien ambas propuestas se supone que nos ofrecerán algún grado de felicidad la opinión del hombre de la calle se limitaría a una primitiva posición ética: si es bueno, sí; si es malo, no. ¿Quién hace de mediador?

Las propuestas

Las cuatro opciones

El régimen de cambios en que vivimos se reduce, según James Burke, a la siguiente ecuación: más novedad = menos comprensión. El cambio tecnológico es más rápido que mi capacidad de comprenderlo y esto supone una vida, bastante alienada y ligeramente miserable. Mi interacción con el entorno, mediante prótesis técnicas que desconozco y principios científicos que se me escapan, me obligan a un asqueroso pragmatismo o, en su defecto, a un Iluminismo inalcanzable. ¿Qué podemos hacer? El pragmatismo, la actitud sólo interesada en el éxito práctico de la interacción y no en la naturaleza de la interacción, es nauseabundo. En otras palabras, mientras la electricidad llegue a mi casa yo no debo preocuparme cómo llega, ni mucho menos qué es exactamente lo que llega. Mi única preocupación es el recibo, el cuándo llega y cuándo vence. La otra, el Iluminismo, es una quimera. Tan sólo describir y comprender a cabalidad los principios que subyacen en mi simple reloj digital de pulsera es un verdadero tour de force. El cristal líquido, la piezoelectricidad, la luz polarizada, el diseño de microcircuitos, la lógica booleana, la pila alcalina, la tecnología de los polímeros, la oblea de silicio, etc., etc., capas y capas de conocimiento que me retrotraen hasta la Botella de Leyden y la piedra de Magnesia. Tamaña aventura arqueológica para un reloj desechable pareciera estar fuera de escala. Una interacción así, con un objeto de mayor complejidad ya fulminaría al grueso de la población. Volvamos a hacer la pregunta, ¿qué hacer? ¿Puedo mantener la divisa de Kepler en alto : «Averiguar por qué lo que es, ha llegado a ser», o simplemente, considero, como el editor de la obra de Copérnico, que todo esto es una Fantasía Ociosa?

Burke nos ofrece 4 opciones:

  1. Go rural. Volvamos al campo y recetémonos una dosis de sabia naturaleza.
  2. Stop it. Deténgalo aquí. Lo que hemos alcanzado es más que suficiente.
  3. Selective research only. Escojamos a un grupo de notables que decidan qué nos conviene y qué no, Luego nos organizamos y somos felices.
  4. Business as usual. Que todo siga como va, que como vaya viniendo vamos viendo.

Las dos opciones

Las opciones anteriores parecen ser inaceptables.

  • La primera se nos antoja ya demasiado tarde para realizarla. Y quienes la adoptan por lo general se llevan su teléfono celular.
  • La segunda es muy arriesgada: ¿cómo saber cuánto es suficiente? ¿Dejamos al cáncer como plaga eterna?
  • La tercera trae problemas irresolubles. ¿Quiénes son esos notables? ¿Cuál es la cuota de participación? ¿Conveniencia, para quién?
  • La cuarta nos deja en el mismo lugar: grosero pragmatismo o ingenuo iluminismo.

Ante este panorama Burke nos propone entonces dos nuevas opciones:

  1. Quédese sentado. Métase el dedo en la boca y haga lo que se le diga.
  2. Exáltese. Grite y destruya todo lo que no comprende y, si le da la gana, también lo que comprende.

Ambas soluciones no son del todo malas, e incluso la Historia las reconoce. Todavía los historiadores se preguntan cómo el modelo feudal sobrevivió tanto tiempo y, a la vez, cómo fue posible que unos bárbaros buscando hierba para sus caballos en la Ciudad Imperial, acabaran con el mundo antiguo.

Finalmente, luego de hacernos reconocer nuestra impotencia ante el régimen de cambios, Burke nos ofrece una última opción junto a un requisito previo. Llamemos a esto optimismo epistémico: primero, reconozca que Ud. es capaz de entender lo que su ánimo le plantee y, segundo: salga, lea, obtenga un grado universitario, pregunte o averigüe por su cuenta.

Si no sabe qué preguntar, pregúntese Ud. mismo: ¿Que me gustaría cambiar?

Sería un buen comienzo.

El hombre culto y el tres veces culto

Cuando nos referimos a un hombre culto, a eso que llaman un tipo culto…, por lo general hacemos referencia a alguien versado en letras (en especial los clásicos y uno que otro boom), conocedor del panorama filosófico (que no vaya más allá del existencialismo), un poco de música (sin mayores excentricidades) y una buena dosis de historia (preferiblemente contemporánea). A esto le agregamos una pasión moderada por el cine y el teatro y tenemos el perfil de un hombre culto. Si se desea, una pequeña dosis de saberes esotéricos u orientales, puede condimentar y contrastar tanta occidentalidad. Este hombre oscila con sus debidos matices, desde el muchachón humanista hasta el Individuo de Número, pasando, por supuesto, por el neoliberal intelectual de izquierda y el neoliberal intelectual de derecha.

En la otra esquina, los caminos de la razón han generado a un segundo hombre culto. El hombre de la bata blanca, el científico, el doctor, el investigador, manejador de saberes tan profundos como nuestro primer modelo. Aunque es difícil pensar en el científico como un hombre culto, eso que llaman un tipo culto…, es innegable que su dominio de las ciencias (en especial las duras) le confieren una cierta aura de sabiduría.

Sin embargo el monopolio del término «culto» ha estado en manos de los primeros, de esa llamada primera cultura. Y no nos engañemos, cuando hablamos de cultura, no imaginamos otra cosa que letras, filosofía, historia, música y, cine o teatro. Los primeros se vanaglorian de conocer de Cálculo, como diría Fernando Savater, tan sólo el cálculo renal…Y los segundos consideran a cualquier reflexión que sea indemostrable, pura charla de cafetín.

Ante este panorama, a partir de los ochenta, los científicos decidieron tomar por asalto el terreno de la primera cultura. Este desplazamiento ha generado lo que se ha dado en llamar la Tercera Cultura. Es decir la existencia de un intelectual que venido de las ciencias, y en su afán de salvar el abismo creado por la complejidad de sus estudios junto a la evidente importancia que él le otorga, ha comenzado a producir literatura, historia, filosofía e incluso música, cine y teatro. Con una «humildad» (por lo menos así lo traslucen sus escritos) este tercer hombre culto además de sus Scientific Papers está realizando la Vulgata de sus obras. Baste leer la introducción de Douglas Hofstädter en su libro Gödel, Escher y Bach cuando dice: «Este libro es una manifestación de mi religión. Espero que esta se transmita a mis lectores y que mi entusiasmo y mi reverencia hacia ella penetren el corazón y la mente de algunas personas. Es todo lo que ansío».

La idea de la Tercera Cultura ha sido expuesta por un agente literario, John Brockmann, a través de su libro homónimo de 1995 (La Tercera Cultura, Tusquets Editores, 1997), y consiste en una serie de entrevistas a aquellos científicos y otros pensadores del mundo empírico que, a través de su obra y sus escritos, están tomando el papel del tradicional intelectual, al tratar de hacernos visibles los profundos significados de nuestras vidas, redefiniendo quiénes y qué somos y dónde estamos. Argumenta Brockmann que los hombres de letras no se comunican con los científicos y, por ello, los científicos se están comunicando directamente con el público. El amplio espectro de la Tercera Cultura no se debe solo a la habilidad de estos escritores, sino a que lo que tradicionalmente se llamaba «ciencia» se ha convertido hoy en «cultura pública». Stewart Brand lo comenta de manera más descarnada cuando dice: «La ciencia es la única noticia. Cuando Ud. hojea un periódico o una revista, todos las cuestiones de interés para el hombre parecieran ser el viejo “el dijo-ella dijo”, la política y la economía es el mismo drama triste y cíclico, las modas son una patética ilusión de novedad e incluso la tecnología es predecible si se conoce la ciencia de donde procede. La naturaleza humana no cambia mucho pero la ciencia sí, alterando el mundo irreversiblemente» .

Vivimos en un mundo cuya tasa de cambio es el más grande cambio. La ciencia es la gran historia y los tópicos científicos cada vez reciben papel más prominente en periódicos y revistas del mundo: Biología molecular, inteligencia artificial, teoría del caos, procesamiento paralelo, redes neurales, el universo inflacionario, fractales, sistemas complejos adaptativos, supercuerdas, biodiversidad, nanotecnología, el genoma humano, sistemas expertos, equilibrios puntuados, autómatas celulares, lógica difusa, biosfera, la hipótesis Gaia, realidad virtual, ciberespacio, máquinas teraflop, superconductividad, efectos cuánticos y computación.

El reto está planteado, y sólo falta esperar que los hombres de letras comiencen a desempolvar sus libros de física y matemática (aunque sea de bachillerato…) para que la cultura sea definitivamente lo que es, una totalidad.

Detrás de todo esto late lo que McLuhan apuntara, no sin su habitual desparpajo y perspicacia, que al inventar la tecnología eléctrica y electrónica, hemos externalizado nuestro sistema nervioso central… Sólo hay una mente, la que compartimos. La mente se ha materializado y socializado y no podemos cambiar nuestras mentes sin cambiar el mundo. La mente como una extensión creada por el hombre, se convirtió en nuestro ámbito.

Y ya sabemos a qué nos referimos, no al espíritu, sino a aquello que produce Ciencia, ese ideal de conocimiento que García Bacca considerara el componente primordial de nuestra cultura, el oxígeno de nuestra atmósfera cultural.

Las exageraciones

El humanismo disfrazado

En el fondo detrás del despersonalizado tecnologismo y cientificismo subyace uno de los más cándidos humanismos. Todo objeto de la tecnología, desde un alfiler hasta un 747, son asumidos con la certeza de que deben estar diseñados y confeccionados por hombres que saben hacer su oficio. Es decir, finalmente, cuando el 747 despega, entregamos nuestra confianza, no a las abstractas leyes de la aerodinámica y la mecánica de fluidos, ni tampoco al mismísimo San Cristóbal, patrono de los viajeros. En el fondo confiamos en que este invento lo deben haber realizado, y lo deben estar manejando hombres, que saben muy bien lo que hacen.

Nunca como antes la humanidad había confiado tanto en sí misma.

Miguel Angel vs. el fotón

Dice Mario Bunge en su libro Intuición y Razón: «Quienes alaban las artes por ser imaginativas y desprecian las ciencias por su supuesta “aridez” no pueden haber ido más allá de la tabla de logaritmos. Es posible sostener que la investigación científica es mucho más imaginativa que el trabajo artístico…Puede afirmarse que la hipótesis del fotón de Einstein (1905), la hipótesis de Oparin acerca del origen de la vida a partir de un “caldo” primitivo (1923) o la computadora, son creaciones más ingeniosas que el David de Miguel Angel, el Hamlet de Shakespeare o la Pasión según san Mateo de Bach».

Ante tamaño reto hay que buscarle contendor. Dice Brahms: «Es para mí la Chacona de Bach un ejemplo de la más admirable e incomprensible de las piezas musicales. Sobre la base de un sistema para un pequeño instrumento, escribe Bach un mundo íntegro compuesto por los pensamientos más profundos y las más potentes emociones. Si me atreviese a imaginar que pude concebirla en mi propio interior, estoy seguro que la excitación y la impresión me enloquecerían».

O más bien busquemos una opción intermedia, Dice Hofstädter: «He procurado urdir un Eterno y Grácil Bucle con estas tres hebras: Gödel, Escher, Bach. Mi intención inicial era escribir un ensayo en cuyo centro iba a estar el Teorema de Gödel. Me lo imaginé de las dimensiones de un folleto. Pero mis ideas se expandieron como una esfera y no tardaron en toparse con Bach y con Escher. Tardé algún tiempo en comprender la necesidad de hacer explícita esta conexión en vez de dejarla funcionar sólo como fuerza motivadora personal. Pero al final me di cuenta de que Gödel, Escher y Bach no eran, para mí sino sombras proyectadas en distintas direcciones por alguna esencia sólida central. Traté de reconstruir el objeto central y lo que resultó es este libro».

Otra opción puede ser el estilo de Louis de Broglie. Formado en el mundo del arte y la filosofía medieval, realizó un giro hacia la física de su tiempo (primera década del siglo XX) para proponer la tesis que para algunos es la más revolucionaria de todas: la naturaleza ondulatoria de la materia. Luego de que Planck y Einstein demostraran que las ondas electromagnéticas poseían una naturaleza corpuscular, Broglie en un alarde estético de simetría, y con todo el aparataje matemático necesario, propone en su tesis de grado que ¡los corpúsculos poseen una naturaleza ondulatoria! Sólo alguien ligado al mundo de la especulación pura podía enarbolar esa tesis. Para el momento fue rechazada y luego de varios años tardaron para verificarla y concederle su retrasado Nobel. Actualmente todo el desarrollo de la mecánica cuántica, incluyendo la naturaleza última de la materia y la energía, giran en torno a esta bella idea nacida como de una necesidad plástica.

Otra opción, ligeramente crítica y paranoica

Dice Dalí en un alarde de misticismo nuclear: «Durante el período surrealista he deseado crear la iconografía del mundo interior, el mundo de lo maravilloso, de mi padre Freud; lo he logrado. En la actualidad, el mundo exterior –el de la física– ha trascendido al de la psicología. Mi padre hoy es el doctor Heisenberg.

Con los pi-mesones y los más gelatinosos e indeterminados neutrinos deseo pintar la belleza de los ángeles y de la realidad. También quisiera lograrlo muy pronto. Si los físicos producen antimateria, les está permitido a los pintores, ya especialistas en ángeles, pintarla».

La última opción

Simplemente acéptelo. La tercera cultura no es «tercera», es «la» Cultura. Pues cultura es tanto El Quijote de La Mancha como… el ciclo de las manchas solares, la Ecuación de Schrödinger y… la lista de Schindler, el neodarwinismo y el neoliberalismo, los fractales y las fracciones parlamentarias, el top quark y la top model, el Big Bang y el Big Mac.


Roberto Hernández Montoya, El nuevo Renacimiento



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