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Caracas, Buenos Aires, Jerusalén. Ejércitos + caudillo + pueblo

Norberto Ceresole

Caracas, marzo de 2001

Norberto Ceresole
Hugo Chávez en La BitBlioteca

El Holocausto en La BitBlioteca

Índice

Introducción

Capítulo 1. La entropía de la revolución bolivariana
Ejércitos, caudillo, pueblo
Sobre la fuerza armada nacional
Fuerza armada y partidos en Venezuela
El «holocausto argentino» (según Israel)
Pensamiento estratégico y producción para la defensa
Brasil
Los mariscales de la derrota
La revolución ¿ha comenzado?
El striptease de la inteligencia
Hipótesis de conflicto y guerra ideológica
Cuestiones de revolución y de contrarrevolución en
América Meridional
Geopolítica y revolución
La nueva clase
Entre Jimmy Carter y Frantz Fanon: ¿es el chavismo una versión levemente «militarizada de la vieja socialdemocracia?
Anexo documental: Entrevistas

Capítulo 2. Guerra y sociedad (ejércitos y pueblo) Argentina, 1982
Incapacidad militar y crisis social
Lineamientos estratégicos y conducción táctica (1982)
La batalla de Malvinas y las líneas de fractura de la política mundial
1914: La primera batalla de las Malvinas
La indefensión en el Atlántico Sur
Las fuerzas armadas en la etapa del desengaño democrático
La derrota
La indefensión
La barbarie tecnológica y la indefensión nacional
Política militar y escenarios de futuro
Estrategias económicas y estrategias militares
Control del espacio y producción de poder
La ocupación del espacio improductivo
Una nueva organización espacial y demográfica
Componentes de la matriz de producción de poder
Historias de la patria e historias de la prepatria: el culto a la
«guerra de la independencia» o el pasado como construcción política
El Mito fundador

Capítulo 3. Palestina: la única víctima del Holocausto
El Estado de Israel es el Dios de Israel
Historia profana de Israel
Judaísmo y sionismo
De Versalles a Nuremberg
Primera intifada
El gran negocio del holocausto
El revisionismo histórico
Síntesis y conclusiones
Epílogo

Introducción

Este es un libro escrito sobre todo para lectores interesados en el proceso venezolano, que vive una situación extremadamente crítica. Es por ello que posiblemente deba comenzar por señalar un hecho básico que informa a mi visión de esa problemática: cualquiera sea la evolución futura de la revolución chavista, queda excluida la hipótesis de un retorno al sistema político anterior, excepto que se trabaje con el objetivo de producir una catastrófica guerra civil. A pesar de todo hay o hubo una revolución.

El primero de estos ensayos, Entropía de la revolución bolivariana fue redactado en base a unos veinte artículos publicados por mí en la prensa venezolana durante el año 2000. Una parte de este trabajo, en consecuencia, lleva todavía las huellas inmodificables del estilo periodístico. Lleva asimismo dos reportajes como anexo documental. Naturalmente este trabajo es la continuación (ratificación o, en algunas cuestiones, rectificación) de mi libro anterior Caudillo, Ejército, Pueblo y, posiblemente, en ese sentido represente el punto culminante de mi interés por Venezuela y el fenómeno chavista. En definitiva, y hasta este momento, el chavismo fue mucho ruido para tan pocas nueces. Sin embargo produjo un corte en la historia contemporánea de Venezuela, una fractura con la profundidad suficiente para definir, a partir de ella, un antes y un después. Pero esa fractura no fue nunca un impacto geopolítico regional.

El segundo de los ensayos Guerra y sociedad, está íntimamente relacionado con los fenómenos de convergencia cívico-militares; expresa una visión muy particular, aplicada además sobre un caso muy concreto, referida a las conexiones que se deben consolidar entre los ejércitos y el pueblo, para que una nación periférica, como decía Heidegger, deje de ser pura inercia colonizada y pase a formar parte de la Historia. Sobre las cuestiones que trata este ensayo hemos hablado mucho con el comandante Chávez entre 1994 y 1995: tal vez en ese punto radique su verdadero interés político, para los lectores venezolanos, al menos.

El tercer ensayo tiene que ver con un factor siempre presente en nuestros países de la América Meridional: el factor judío, representado, entre otros actores, por la pérfida acción encubierta de los servicios de inteligencia del Estado de Israel. Curiosamente no existe ningún ciudadano «progresista», ni en nuestra América ni en el mundo occidental, que no exprese un amor profundo, casi místico, por ese Estado criminal. El Estado de Israel combatió a todas la guerrillas y proveyó de armamentos y asesores a todas las dictaduras militares de la región. Sin embargo «la izquierda» sigue glorificando a ese Estado, seguramente por una cuestión patológica explicable sólo a nivel genético, pero en todo caso insuperable e incurable.

Capítulo 1. La entropía de la revolución venezolana

La crisis ideológica y la parálisis y desintegración operativa que afecta a la nomenklatura quintarrepublicana es la versión tropical del mismo viejo delirio que siempre calentó los sesos de los «iluminados», en todo tiempo y lugar: confundir con la realidad lo que sólo está escrito en un papel. Es cierto que el texto de la nueva Constitución otorga libertades extraordinarias a los ciudadanos de Venezuela, pero en la vida real se le sigue prohibiendo a la inmensa mayoría de la población el derecho más simple, que es el derecho a una vida económicamente digna.

Discursos delirantes hablan hasta la saciedad del «poder popular» y de la «democracia directa», pero se le niega al pueblo un simple y sustancial aumento salarial, que es el inicio y la base insoslayable de cualquier proyecto mínimo de justicia social. Estamos en el núcleo de todos los proyectos izquierdistas, que cuando se transforman en gobierno, en cualquier parte del mundo, constituyen la negación de cualquier práctica económica distribucionista. Todos los regímenes de izquierda que nacieron y murieron en el siglo XX prefirieron trabajar con mano de obra esclava o semi-esclava; en todo caso con proletariados con bajísima capacidad económica.

En oposición a esos regímenes surgieron las distintas formas de «fascismos» y de populismos. El denominador común de todos esos «fascismos» y populismos fue su voluntad distribucionista que, históricamente, a lo largo de todo el siglo, estuvo en franca y clara oposición al concentracionismo económico (en el «Estado» y en la nomenklatura) de las distintas formas a través de las cuales el marxismo-leninismo accedió al poder. No hubo ningún gobierno «de izquierda» que, para lograr la tan anhelada «acumulación original», no haya acudido, en primer lugar, a la superexplotación del proletariado y del «bajo pueblo» en general.

Venezuela sigue por el mismo camino «progresista». Pero negándolo en los discursos a cada momento, lo que lleva a un verdadero delirium tremens, que me recuerda las discusiones que hace treinta años manteníamos con un grupo de amigos (los entonces llamados «albaneses») del Partido Comunista Italiano. Allí se trataban hasta en sus detalles más insignificantes las características que deberían poseer los «nuevos hombres» que construiría el «verdadero socialismo» de Enver Hoxa. Pero nunca se resolvieron los «pequeños detalles» de la vida: con el tiempo el régimen cayó y aún no se había siquiera diseñado el alcantarillado y no había luz eléctrica fuera de algunas manzanas del centro de Tirana.

Hoy Venezuela está afectada, en esencia, por la misma parálisis, por un tipo similar de demencia política: el síndrome albanés. La nueva clase gobernante carece en absoluto de capacidad para traducir en hechos puntuales y concretos, económicos y sociales, dentro de la misma comunidad venezolana, aunque sea sólo una parte de los confusos lineamientos estratégicos que expone el Presidente.

La ruptura entre el discurso y la práctica económica, social y política se produce por dos motivos básicos: por la confusión intrínseca de la estrategia que expone el presidente (declamar objetivos sin señalar nunca los medios para realizarlos), y por la ridícula pretensión de alcanzarlos a través de una burocracia (nueva clase) no sólo anclada en presupuestos ideológicas del siglo XIX. El problema es que esa burocracia «democrática» es sobre todo leal al sistema que dice combatir. Asimismo la ruptura entre la estrategia (exterior) y las acciones económico-sociales internas es total y absoluta. Lo que significa que estamos en el camino seguro hacia la catástrofe.

La pretensión de realizar una revolución social interna —construir el tan cacareado «poder popular» o «democracia directa»— dentro de un marco de economía de mercado sería aceptable si estamos pensando en un Capitalismo de Estado, o un Capitalismo Nacional, que es una concepción transideológica que originariamente emerge de tres conceptos básicos de la Alemania guillermina-bismarckiana, ya olvidados por las Academias Neoprogresistas: Economía de Guerra, Planificación y Movilización Nacional.

Son estos conceptos (que deben ser rescatados y revalorizados) los que nos llevan a expresar una verdad tan simple y elemental que casi avergüenza tener que recordarla: no puede existir ninguna forma de participación política del «pueblo» sin una dignificación económica previa de los trabajadores (vía «salariazo», en primer lugar), ni una organización productiva mínima de los marginales, entendida como paso previo a su integración completa en una economía de pleno empleo.

La nomenklatura quintarrepublicana pretende realizar su «revolución» sin justicia social no sólo en un marco de «libre mercado» (lo que ya sería la cuadratura del círculo), sino sobre todo manteniendo el ajuste y la apertura económica dura y pura. «Ajuste» y «Apertura»: he aquí las dos variables hegemónicas a las que se considera «conditio sine qua non» para el mantenimiento del «status quo» con Washington. Después de casi dos años de revolución no se pueden elevar sustancialmente los salarios de los trabajadores, ni organizar económicamente a las masas de desocupados a partir de sueldos mínimos asegurados por el sector público, porque la política económica es de ajuste y apertura (es decir de transferencias de ingresos hacia la cúpula de la pirámide social y, desde allí, hacia el exterior del sistema). En ningún momento la conducción económica ha intentado siquiera alterar parcialmente las reglas impuestas por la dogmática liberal y por las instrucciones del Fondo Monetario Internacional. Esto encaja muy bien con la Weltanschauung izquierdista de la nomenklatura. Estamos simplemente en el puente que siempre unió al capitalismo con el socialismo real y la socialdemocracia.

Esta estrategia lleva a las Fuerzas Armadas a una actividad puramente asistencialista y coloca al estamento militar en una posición extremadamente débil e insostenible en el mediano plazo. Para mantener un discurso falsamente populista se utiliza a las Fuerzas Armadas en tareas de «asistencia social», pero no de organización productiva de la mano de obra expulsada del sistema. El asistencialismo militar reemplaza, entonces, a la justicia social.

En estas condiciones hablar de «poder popular» o «democracia participativa» es algo más grave que expresar una mentira disfrazada de verdad: este puro teatro que representa una revolución sin justicia básica (que es la justicia salarial) nos coloca dentro de las más estrictas tradiciones de la política económica marxista-leninista. En todos los casos, sin excepción, el «socialismo» trató de construir un sistema económico a partir de la superexplotación y de la esclavización de los trabajadores y de los marginales. Y siempre es lo mismo, en la ex URSS, en la República Española, en el Chile masónico de Salvador Allende, en Cuba, en Albania o en la democratísima República de Weimar. El primer derecho que pierden los trabajadores y los «pobres» es el más básico y fundamental: el derecho a percibir un salario «sustancialmente digno».

La clave entonces para entender a Venezuela consiste en asumir el hecho de que por el momento no existe (como inicialmente se pudo haber supuesto) ninguna diferenciación ideológica entre los dos niveles o escalones de decisiones instalados en el gobierno.

El escalón estratégico es el que está determinado por el ámbito de decisiones que emergen de la figura del Caudillo propiamente dicha, tal como yo la he definido en un libro anterior, con su correspondiente nivel de legitimidad (legitimidad carismática). El escalón táctico, o formal, es el determinado, en cambio, por el ámbito de competencia del sistema político que emerge como factor derivado o subsidiario de la legitimidad carismática, tal como ello será analizado más adelante. Todo ese sistema político subsidiario o derivado no tiene ningún tipo de legitimidad. Por el contrario, vino cargado de un fuerte parasitarismo ideológico que actuó como causa principal en el proceso entrópico que ya ha afectado a la totalidad del proceso.

No hay contradicciones entre ambos niveles en la exacta medida en que el escalón táctico, o formal, fue y sigue siendo el ejecutor del proyecto estratégico central.

La existencia de estos dos escalones o niveles de gobierno es lo que explica, entre otras cosas, las permanentes contradicciones que surgieron entre las declaraciones de destacados miembros de la periferia (del gobierno), y algunas acciones prácticas que en pasado asumió el Caudillo. Ésas anteriores contradicciones formales son ya cosa del pasado. En la actualidad parece haberse diluido la frontera que separaba a dos niveles decisionales distintos en Venezuela. En todo caso ella no era un fenómeno derivado de la existencia de dos ideologías diferentes (una central y otra periférica) dentro del mismo proceso.

En estos momentos yo he llegado a disponer de una visión muy amplia sobre la magnitud y la envergadura del bloque de fuerzas que adversan mis propuestas políticas e ideológicas. El está no sólo en Venezuela sino en el progresismo (lobby judío) de la Costa Este de los Estados Unidos. No hay que olvidar que quien legitima simbólicamente el proceso democrático venezolano es Jimmy Carter (quien en su momento fue el primer presidente norteamericano en viajar a Israel): esto quiere decir que el «progresismo» internacional intentó y logró, al menos provisoriamente, cooptar a Chávez. Esta es la raíz del problema de mi «expulsión» provisoria de la política Venezolana y de todos los agravios que he recibido en ese país.

Desde hace algún tiempo los analistas y los políticos (entre ellos el ex vicepresidente del país y el jefe de la DISIP, nada menos) popularizaron el concepto «ceresolismo» (y en cierto período se refirieron a él con cierta maníaca insistencia), al que definen como un corpus de ideas «antidemocráticas» que, sin embargo, para muchos otros ciudadanos de la República bolivariana, sirve o sirvió de sostén de los movimientos estratégicos del Presidente. Ya existen, incluso, algunos «ceresólogos» importantes y otros muchos aficionados. Y como no podía ser de otra manera se han publicado al día de hoy más de 1.000 artículos sobre esta cuestión, tanto en la prensa venezolana como en la extranjera.

En verdad el «ceresolismo» es presentado como el núcleo ideológico duro de un proyecto estratégico que supuestamente manejó, en algún momento del pasado, directa y personalmente, el presidente-Caudillo. Yo admito que lo que hoy en Venezuela se llama «ceresolismo» es ya una nueva realidad en la cultura política de ese país, y tema de interés creciente en universidades de la América Septentrional y en grupos de especialistas europeos. Y ello es así porque constituye una total transgresión con todo el pensamiento político anterior de y en la región. Incluso es una contradicción con la versión actual del chavismo, por lo menos con la que exhibe la nomenklatura quintarrepublicana.

El «ceresolismo» tiene relevancia porque es lo opuesto a todas las formas anteriores de pensamiento político en un país dependiente, pero de fuertes tradiciones socialdemócratas, como es el caso específico de Venezuela. Y porque, además, es un «sistema de pensamiento», es decir, un conjunto de conceptos ordenados y jerarquizados, donde cada una de ellos está orgánicamente conectado al conjunto. Tiene además conexiones profundas con importantes movimientos de ideas —tanto en Europa como en los Estados Unidos— que son vistas por los «establecidos» como desestabilizantes o desestabilizadoras.

En ese sentido el chavismo no es una ideología emergente del «ceresolismo»; ya que este último es un aspecto específico y puntual de un vasto movimiento revisionista internacional, que no acepta el actual universo político y cultural (del cual «la izquierda» es parte orgánica y constituyente), construido artificialmente a partir de la última posguerra mundial.

Desde un principio el «ceresolismo» causó una enorme irritación «todo azimut». La izquierda lo definió como fascista, mientras el establishment lo satanizó como «antisemita» (curiosa definición negativa de una persona que es amigo del pueblo árabe, cuna y crisol por excelencia de la raza y de la principal lengua semita); por su parte, importantes miembros del gobierno lo declararon inexistente. El espectáculo lo dieron, sobre todo, algunos raquíticos intelectuales orgánicos a la «idea del progreso», y a las gratificantes becas y codiciados empleos que ofrece el «mundo occidental» a los «pensadores» políticamente correctos [1].

Ante un hecho inesperado que se iba consumando con bastante rapidez, de la irritación se pasó a cierta perplejidad y, en la actualidad, a la aceptación más o menos resignada de que el mal ya está instalado, y para colmo funcionando, según algunos «ceresólogos», a través nada menos que del mismísimo Caudillo (lo cual es cada vez menos cierto, evidentemente).

Esta última etapa eclosionó con el viaje del Presidente a los países miembros de la OPEP y, sobre todo, posteriormente, con las declaraciones del comandante Chávez en distintas capitales de la América Meridional, donde reafirmó conceptos «ceresolianos» duros y puros. Simplemente volvió a enfatizar la idea de la necesidad de lograr la unidad militar en la América Meridional, como concepción filosófica y desde una perspectiva del desarrollo económico. El 31 de agosto de 2000, el enviado especial a Brasilia de «El Universal» reprodujo las expresiones del Presidente en los siguientes términos: «(Según Chávez)... la cooperación militar no puede quedar fuera del ámbito de la cooperación (en el ámbito de la América Meridional)... adujo que por objetivos geopolíticos y geoestratégicos de la región, es imperioso contar con un tejido avanzado en el ámbito castrense, que además se adapte a las nacientes realidades y a las necesidades de la población...».

Estábamos en el buen camino: «Todas las falsas integraciones están en crisis. Tal vez haya llegado el momento de ensayar la única integración posible: la bolivariana. Ella implica poner en marcha pueblos y ejércitos... y pensar en definitiva , en un gobierno para toda América Meridional». Esta es una cita de mi libro Caudillo, ejército, pueblo: la Venezuela del Comandante Chávez, que se publicó primero en Madrid (editorial Al-Ándalus), en febrero de 2000, luego en Beirut (en árabe, para todo el mundo Árabe), más tarde en Caracas (en papel impreso, reproduciendo la edición española) y electrónicamente, en Venezuela Analítica; y finalmente en Miami, en una editora virtual (www.e-libro.net).

A partir de ese momento se sucedieron acontecimientos políticos de tal magnitud que señalan la conveniencia de producir una profunda redefinición teórica del proceso venezolano. Dada la confusión antes señalada se hace necesario sistematizar el conjunto de ideas (políticas, historiográficas, geopolíticas, filosóficas y estratégicas) que conforman el llamado «ceresolismo» en Venezuela y, ya, en otros países de la región. En esa dirección será necesario leer el siguiente trabajo, que apunta a rescatar la Revolución en tanto transgresión, sin ningún compromiso ideológico con ninguna de las formas que ha adoptado el pensamiento, en especial el llamado «revolucionario», en un pasado ya definitivamente muerto.

Sabiendo que el «mal ejemplo» ya cunde por toda la América Meridional, sólo acudiremos a la Historia como fuente insustituible de conocimiento, pero nunca buscando paralelismos imposibles, o pretendiendo rescatar modelos ya inexistentes y, por lo tanto, irreproducibles. Nunca el pasado, excepto como grandeza (real o simplemente deseada), volverá a ser presente. «Una revolución completa de nuestro ser es una necesidad de la historia, supuesto que somos historia». Martin Heidegger, Lógica, 1934.

Ejércitos, caudillo, pueblo. sobre la Fuerza Armada Nacional

Cuando sostengo que los Ejércitos, de tierra, mar y aire, constituyen el escenario insustituible de una trascendental batalla política en Venezuela, quiero decir que sólo existen dos opciones para los cuadros de esas Fuerzas: o incorporarse activamente al proyecto estratégico que emerge del principio de legitimidad carismática, o desaparecer institucionalmente.

En otras palabras. No existen dos proyectos militares. Existe uno solo, porque el otro está orientado a la destrucción de las Fuerzas Armadas, tal como ya ha ocurrido en la mayoría de los países «democratizados» y «liberalizados» de la América Meridional. Es esa experiencia la que nos señala que la eliminación de las instituciones militares es el prólogo para el ingreso al patio trasero de la globalidad. Es el sello inequívoco de la colonización en estos tiempos de «igualamiento» forzado, en el que los hombres se transforman en «chips», y las patrias en mercados. Al día de hoy sigo pensando como el gran filósofo alemán: «Sé por la experiencia y la historia humanas que todo lo esencial y grande sólo ha podido surgir cuando el hombre tenía una patria y estaba arraigado a una tradición» (Martin Heidegger, Der Spiegel, 28 de marzo de 1967).

Esto significa que la búsqueda de la Fuerza Armada como escenario o campo de una confrontación política no es algo que dependa de la voluntad de los actores, no es en absoluto una arbitrariedad ni mucho menos un capricho. La fuerza armada es, por el contrario, el marco estratégico dentro del cual se resolverá el destino de Venezuela. Para simplificar al extremo esta cuestión, sin desvirtuar los términos en la que está planteada, es lícito afirmar que sin fuerza armada, no habrá destino para Venezuela, porque es sabido que las versiones pos-modernas de la «democracia» exigen, todas ellas, la desaparición de esas Fuerzas, como paso previo a la desaparición de las naciones.

No existen dos proyectos militares. Sólo a partir de la legitimidad carismática es posible elaborar una concepción estratégica dentro de la cual la institucionalidad militar asume una importancia hegemónica en estos tiempos de eliminación de fronteras, de exclusiones y de brutales empobrecimientos materiales y espirituales.

En un principio el proyecto fue caudillo, pjército, pueblo. Pero durante los últimos dos años prevaleció la entropía, dado que el proceso revolucionario, interferido por la nomenklatura política, no logró manifestarse a través de avances concretos ni en el plano de la dignidad social ni en el de la independencia estratégica nacional. Por lo tanto, la vigencia de la fórmula exige una modificación importante. Es necesario modificar el orden de los factores porque el concepto Caudillo, en definitiva, vino viciado con arrastres partidocráticos y con aberrantes parasitarismos ideológicos. El «partido» que se coló detrás del Caudillo no aporta nada significativo para la gobernabilidad de Venezuela (ellos son sólo «cuatro gatos»); la ideología que pretende sustentar el proyecto del nomenklator es profundamente contrarevolucionaria: el marxismo-leninismo. No es posible lograr la gobernabilidad del país ni con ese partido ni con esas ideas. Sino más bien todo lo contrario.

Después de la decepción causada por esta primera etapa del chavismo, los Ejércitos deben asumir una responsabilidad política y estratégica aún mayor. La fórmula sería entonces: Ejércitos, Caudillo, Pueblo.

Se trata de que los cuadros militares comprendan a fondo esta situación. Un retorno a la vieja «democracia» no sólo es imposible. Sería además la materialización de un destino horroroso: como ya a ocurrido en toda la América Meridional; una parte de los oficiales se convertirán más o menos en buhoneros, y la otra en Legión Extranjera Policial especializada en controlar disturbios internacionales. Ambas, dentro y fuera de una patria que por entonces ya será inexistente.

Por lo tanto, el campo de batalla intra-militar no es una opción libremente elegida, sino una cuestión de supervivencia nacional. La continuidad de la fórmula Caudillo, Ejército, Pueblo no puede ser sino Ejércitos, Caudillo, Pueblo. Sólo ella podrá mantener e incrementar la cohesión institucional de las Fuerzas (porque esa cohesión es vitalmente necesaria y la única alternativa al horror de la guerra civil).

Es imposible un retorno al status quo ante. Efectivamente, en el extremo opuesto, la opción que plantea la «democracia» marginal —geopolíticamente subsidiaria— es el camino inexorable de la guerra civil. Será un democracia necesariamente fraccional y faccional. Que sobre todo necesitará romper la cohesión institucional de las Fuerzas para llevar a una minoría dentro de ella a ser la Gendarmería de lo políticamente correcto. Este es el núcleo de la violencia que oferta el retorno a una Venezuela pre-chavista. Nada nuevo: ya ha ocurrido muchas veces en nuestra América Meridional. Siempre se bombardea «preventivamente» a los pueblos en nombre de una «libertad» que, para ellos, nunca llega.

La «democracia» de la guerra civil es de nuevo tipo; lejos de los presupuestos del Enciclopedismo, ya no importa cuántos votos tenga un líder. Lo que importa es saber si esos votos llevan el ADN «democrático», según han definido este concepto los herederos de los vencedores de Segunda Guerra Mundial. En Europa la doctrina se aplicó y se aplica en casos extremadamente distintos, como la Serbia de Milosevic y la Austria de Haider; por ello, tal vez, Vladimir Putin exhorta al pueblo ruso a agruparse en torno a sus fuerzas armadas, con moral de victoria y rearmadas. Sólo con las fuerzas ubicadas en ese plano de decisiones estratégicas se podrá pensar en explotar las líneas de fractura de la política mundial.

Entendida como elemento hegemónico de un nuevo principio de legitimidad carismática, la fuerza se convertirá en el eje de un vasto proceso de desarrollo económico, tecnológico y social (seleccionando tecnologías en áreas hasta ahora prohibidas —¿Rusia?— y construyendo industrias militares propias, por ejemplo); y en el núcleo de una geopolítica en primer lugar regional, orientada a producir honor, poder y bienestar para nuestros pueblos de nuestra Patria Grande. Es decir, aquello de lo que carecen los excluidos, los fracturados y los marginales.

La polarización política que plantea la restauración democrática es el inicio de un camino que, si no se lo bloquea a tiempo, desembocará inexorablemente en una catastrófica guerra civil en Venezuela. Lo que hoy está actuando en este país, por encima de todas las coyunturas, es el viejo principio clausewitziano de la «ascensión a los extremos».

Porque el objetivo real tras las imágenes no es ofertar una alternativa «democrática» al «caudillismo populista», sino eliminar radicalmente esta última realidad, cuanto antes, por medios políticos, si fuese posible; eliminarla antes de que se convierta en un hecho estratégico definitivo y definitivamente desestabilizador de la América Meridional.

Naturalmente la eliminación política —indolora— del principio caudillista, que está en la naturaleza e informa a la revolución venezolana, es por definición una empresa imposible: y ello se sabe con certeza en Washington. En definitiva el cambio de régimen sólo se podrá realizar por la vía de la fractura militar, es decir, de la guerra civil. Ese conocimiento exacto está en el núcleo del crimen que se piensa cometer.

A esta estrategia del enemigo le debe corresponder una contraestrategia nacional y popular, aún inexistente. La fórmula de la victoria política y militar es tremendamente simple: solidificar la ecuación ejércitos + caudillo + pueblo. No hay ningún otro camino para ahorrar sangre venezolana. Y en la mejor opción, para demostrar que la cuota de sacrificio que deberá poner el enemigo sobre el campo de batalla será de una magnitud tan horrorosa y contundente, que resulte suficiente su sola imagen o mención para limitar su estrategia, paralizar sus movimientos y anular sus intenciones.

Fuerza Armada y partidos en Venezuela

Espíritu militar versus corrupción política

  1. España. En pleno año 2000 en España se ha realizado el clásico desfile militar «de la victoria» en la ciudad de Barcelona. Todas las autoridades «autonómicas» de Cataluña se declararon contrarias al desfile. Barcelona ya es, de hecho, una ciudad extranjera, y los (ex)ejércitos españoles son tratados como ajenos y hostiles a la nación catalana. En vano el ministro de Defensa (de España) trató de explicar que los ejércitos (de tierra, mar y aire) no pertenecen ya a España sino que son multinacionales: están bajo mando multinacional y se encuentran dedicados a «tareas humanitarias», tales como el bombardeo a Belgrado y la desmembración de los Balcanes. Sólo bajo esta cobertura los ejércitos «españoles», que ahora son intercambiables dentro de la OTAN (como los «chips» de un circuito electrónico), podrán desfilar, por última vez, en Barcelona. Así, confinados en un rincón de Barcelona, sin material pesado y como de puntillas. Así se celebró el desfile de las Fuerzas Armadas... Pero ¿son éstos los Ejércitos de España, o es una ONG con escopetas?... Viven los Ejércitos un estado de contradicción abierta, flagrante esquizoide: con unas Ordenanzas que siguen aludiendo a los viejos valores, pero con unos fines, asignados por la Ley, que no tienen ya nada que ver con aquellos valores, ni con el destino histórico de España, sino con la defensa del desorden establecido y del lamentable entramado político que es el régimen.
  2. Argentina. La restauración democrática en la Argentina tuvo un objetivo prioritario: «desmilitarizar a la sociedad». Ello era urgente porque el «mundo occidental» no quería más sustos como el de Malvinas (una clásica guerra justa, además de necesaria). Como cobertura de la desmilitarización se inventa el mito del «holocausto sureño», que pretende eliminar el análisis objetivo de la realidad: que allí hubo una guerra civil desatada por el bando «progresista», activamente apoyado por la Inteligencia cubana (pero no por la soviética), que hubo bajas en ambos bandos, y que al final ambos perdieron. Pero el objetivo se cumple. Se destruyó la industria militar y los desarrollos tecnológicos nacionales (en especial los nucleares y los misilísticos) que eran los verdaderos enemigos del mundo global en la región. Naturalmente la indefensión militar es la otra cara de la llamada «explosión de la pobreza»: hoy 1 de cada 3 argentinos vegetan por debajo del nivel de subsistencia. Pero eso sí, en «democracia».
  3. India, China, Irán, Paquistán, Turquía, representan más de la mitad de la población mundial. Todos países muy distintos entre sí pero con un denominador común: sin su estructura militar y sin su capacidad militar en el campo científico-técnico-industrial hubiesen carecido de viabilidad nacional y hoy ya no existirían. Como no existen, nacionalmente hablando, por motivos distintos y bajo distintas circunstancias, ni España ni Argentina.
  4. Afortunadamente Rusia pudo zafar del horroroso destino que le había preparado la globalización. Justo a tiempo logró trazar una frontera militar: si el Cáucaso sufría el mismo destino que los Balcanes, la desaparición histórica de Rusia era un hecho seguro. Rusia podrá sobrevivir gracias a su Ejército (o «espíritu militar»), a su tecnología militar y a su competitiva industria militar. Es el clásico modelo de una nación cuya sociedad se re-organiza a partir de su «virtud militar», y sólo gracias a ella sobrevive.

No es nada nuevo que las naciones desaparecen a partir de la flaqueza de su espíritu militar. Yo sostengo que ese espíritu y esa virtud hoy existen en Venezuela, y que la sobrevivencia de este país, en las actuales circunstancias, depende decisivamente de su mantenimiento e incremento. Ellos, sin ser inmaculados, representan valores superiores comparados con la pura y dura corrupción política, que en esta parte del mundo no es coyuntural sino estructural, o cultural.

Por otra parte, la dimensión continental en la que se inscribe la revolución venezolana, hace técnicamente factible y económicamente viable el desarrollo de proyectos militares regionales en el campo científico, técnico e industrial. Desde un comienzo, libera la posibilidad de adquirir armamentos y equipos sin ningún tipo de limitación, y a cambio de contraprestaciones que contribuirán a independizar el espacio geopolítico de la América Meridional.

El problema del desarrollo de la industria militar no es solamente un problema político o de soberanía nacional; también debe ser encarado como una cuestión que se vincula al desarrollo económico. La industria militar nacional dentro de un contexto regional hará necesario re-establecer y consolidar una relación eficaz y positiva entre los sectores civil y militar de la sociedad. La relación Pueblo-Ejército también pasa por el grado de desarrollo del complejo industrial y científico de la Nación. Esto es así porque el desarrollo de ese complejo no puede separarse de sus implicancias industriales y defensivas; él debe constituir uno de los elementos centrales de un gran proyecto nacional movilizador de voluntades colectivas. Un grado elevado de desarrollo científico/industrial impulsará una fuerte ligazón entre grupos técnicos equivalentes, es decir entre profesionales de los sectores militar y civil de la sociedad, planteando la posibilidad de estructurar nuevos y múltiples canales de acercamiento entre ambos grupos. La franja profesional de los ejércitos será tanto mayor cuanto mayor sea su capacidad para manipular tecnologías complejas; además, será mayor cuanto mayor sea su inserción industrial en el conjunto del sistema económico.

El «holocausto argentino» (los fundamentos del proceso de «desmilitarización», según Israel)

Ya hemos dicho que como cobertura de la desmilitarización se inventa el «holocausto argentino», que pretende eliminar el análisis objetivo de la realidad reemplazándolo por un Mito. Se empleó la misma exitosa tecnología ya utilizada en la construcción del Mito de la «culpabilidad alemana» que tuvo por objetivo principal ocultar una de las más grandes salvajadas de las tantas cometidas en el siglo XX: la expulsión a sangre y fuego, desde 1947, de 1 millón de palestinos de sus tierras y de sus hogares (no es éste el lugar para hacer referencia a las brutales expulsiones demográficas de la posguerra centroeuropea ni a las masacres de civiles alemanes luego de finalizado el conflicto [entre 9 y 12 millones de muertos, según cálculos recientes]).

La realidad pura y simple es la siguiente. En la Argentina había un régimen social y político injusto y opresivo. Como en todos los países del mundo. Pero a diferencia del mundo llamado tercero, en aquella época, sólo 1 de cada 10 argentinos estaban por debajo del nivel de pobreza. Cada tanto algún niño se moría de hambre en alguna remota provincia. Tomando como bandera casos tan lamentables como singulares el bando «progresista» toma la decisión de desatar una guerra civil. Esa decisión de la guerrilla fue activamente apoyada por la Inteligencia cubana (pero no por la soviética). Luego allí hubo bajas en ambos bandos, y al final ambos perdieron.

Los militares establecidos cumplieron fielmente el rol asignado por la estrategia norteamericana durante la guerra fría: eliminar al «agresor comunista». Sin duda alguna cometieron «excesos» en la represión de una agresión previa. Pero lo peor es que fueron cómplices —algunos involuntarios— de un proceso que terminó aniquilándolos a ellos mismos. La «economía de mercado», que introducen a la fuerza, destruye, casi en primer lugar, a la industria militar y a los desarrollos tecnológicos nacionales (en especial los nucleares y los misilísticos) que eran los verdaderos enemigos del mundo global en la región. Al final lo que comienza como represión militar deviene en indefensión nacional, que es la otra cara de la llamada «explosión de la pobreza»: hoy 1 de cada 3 argentinos vegetan por debajo del nivel de subsistencia. Pero eso sí, en «democracia». Muchos niños y adultos mueren de hambre todos los días aún en las zonas «ricas» del país.

Desde el punto de vista de los intereses argentinos la de Malvinas fue una guerra de legítima defensa y, contra lo que vulgarmente se cree, era además una guerra ganable para la Argentina; pero fue conducida con cobardía estratégica dentro de los marcos del mundo bipolar de la época. Desde su comienzo, y durante su transcurso, numerosos voces democráticas se alzaron en defensa del imperialismo británico. Algunos sostuvieron que las fragatas británicas tenían por objeto «restaurar la democracia» en la Argentina. Lo cual, al final, fue rigurosa y desgraciadamente cierto.

En la actualidad muchos de esos traidores de entonces elaboraron una versión específica del «holocausto argentino» (oficialmente unas 11.000 víctimas en total, contando los muertos de ambos bandos). Según ellos, la dictadura militar tuvo por objeto realizar «... la mayor matanza de judíos y la mayor persecución antisemita registrada desde la segunda guerra mundial» («Entregaron a Garzón pruebas de la persecución a judíos», en Clarín Digital, 20 de abril de 1999). «El rabino Daniel Goldman... explicó que aunque los judíos eran sólo el uno por ciento de la población argentina, representaron el 12 o 13 por ciento de los torturados, asesinados o desaparecidos» (Clarín, op. cit.). «El episodio genocida antisemita de la Argentina no contiene elementos sustancialmente diferentes de los que en otras dimensiones y ámbitos emergen en los programas zarista y estalinista y en la Alemania hitleriana» («Informe presentado al juez español Baltasar Garzón»).

Si estas informaciones que aportan las organizaciones judías son ciertas, y muy probablemente sean ciertas, significa que los judíos tenían una extraordinaria representación (¿Cómo denominarla?: ¿Étnica?, ¿Racial? ¿Religiosa?) en las organizaciones armadas irregulares: la «guerrilla» en la Argentina de aquellos años era predominantemente judía, según inobjetables fuentes judías del presente. Estaban representados por un porcentaje en todo caso muy por encima de su representación social global, que nunca excedió el 2% de la población («1296 judíos fueron asesinados, lo que supone un 12,43 por ciento del total de las víctimas...»).

Este dato oficial de las organizaciones judías (esta altísima participación de judíos en los grupos «guerrilleros») puede y debe ser interpretado, también, en el sentido de que existe una muy alta probabilidad de que la desestabilización terrorista (y los consiguientes enormes daños y muertes que tanto ella como la posterior represión militar ocasionaron) haya sido obra, sobre todo, de una conspiración finalmente orientada a anular la capacidad de control del Estado nacional sobre el territorio y la sociedad argentina, en beneficio de otro Estado y de grupos étnicos no argentinos.

¿Sabía esto Fidel Castro cuando de los 60 a los 70 organiza la agresión y ordena crear un «Vietnam gigante» en toda la región?: «En el único lugar donde no intentamos promover la revolución fue en México. En el resto, sin excepción, lo intentamos» (Fidel Castro, «Discurso ante la Asociación de Economistas de América Latina y el Caribe», el 3 de julio de 1998. Fuente: Clarín Digital, 4 de junio de 1998). Más de cien mil muchachos americanos fueron víctimas del delirio guevarista conducido por el aparato castrista de inteligencia, y otros, como el Departamento de América del Comité Central del Partido Comunista Cubano.

Pensamiento estratégico y producción para la defensa

La Defensa Nacional está íntimamente relacionada con problemas de política exterior, es decir, con situaciones de naturaleza estratégica; con cuestiones económicas (economía de la defensa), de doctrina militar y con la política interior pero, sobre todo, la concepción de la defensa se relaciona con un proyecto de país. ¿Cómo podría ser posible, por ejemplo, construir una industria militar con cierta capacidad tecnológica propia (compartida con otros actores dentro de la Región Geopolítica de la América Meridional), si dicha industria sigue atenazada por una doctrina militar que es transferida desde el exterior tanto al país como a la región?

Un país que produce determinada tecnología tiende a autonomizarse en el campo de las relaciones internacionales. Ello es inaceptable para la potencia hegemónica. En consecuencia, la relación que existe entre pensamiento estratégico e industria de la defensa es profunda e íntima.

El problema del desarrollo de la industria militar no es solamente un problema político o de soberanía nacional; sobre todo debe ser encarado como una cuestión que se vincula al desarrollo económico. El perfil productivo es por lo tanto un elemento que también incide en la reforma institucional de las fuerzas armadas.

Las relaciones existentes entre pensamiento estratégico, doctrina militar e industria de la defensa, son directas e inmediatas. Esto quiere decir que sin un pensamiento estratégico capaz de colocarnos en el marco de las relaciones internacionales con el máximo de libertad y de autonomía nacional, no es posible construir una industria militar, una industria de la defensa moderna, entendida como un enorme tractor del resto del sector industrial.

El desarrollo científico, tecnológico e industrial, debe estar orientado en primer término a cubrir las necesidades internas de la defensa; no obstante, si solamente se limitara a cubrir estas necesidades sería un enorme fracaso económico. Por lo tanto esa industria sólo podrá existir dentro de un entorno donde se verifique un incremento sustancial de los intercambios industriales dentro (y fuera) de la región geopolítica. No puede haber una disociación entre el concepto de soberanía y el de desarrollo económico porque, de esa manera, no estaríamos hablando de la soberanía sino de una crisis económica que afecta y limita a la soberanía. Soberanía es lo contrario a dependencia. Dependencia es incapacidad de ejercer poder. El que depende no tiene poder.

Queremos que la región a la que pertenecemos —la América Meridional ya definida por los ejércitos de Bolívar— adquiera poder para dejar de ser dependiente y para que tenga la posibilidad de ejercer una acción a nivel de política internacional. Por ello el origen de la re-industrialización venezolana en América Meridional podría estar también en la creación de industrias militares. Estas industrias serán parte de un «capitalismo de Estado» que nacerá para reemplazar la pereza histórica de un empresariado industrialmente indolente. Advertiremos que ese proceso de estructuración será en definitiva una alianza entre la Fuerza Armada y nuevos grupos empresariales, en función de determinados proyectos específicos definidos por el poder político.

La industria militar nacional dentro de un contexto regional hará necesario re-establecer y consolidar una relación eficaz y positiva, en base a un proyecto de crecimiento, entre los sectores civil y militar de la sociedad. La relación Pueblo-Ejército también pasa por el grado de desarrollo del complejo industrial y científico de la Nación. Esto es así porque el desarrollo de ese complejo no puede separarse de sus implicancias industriales y defensivas; él debe constituir uno de los elementos centrales de un gran proyecto nacional movilizador de voluntades colectivas.

BRASIL. De Tierra del Fuego a Caracas: elementos para una estrategia de cooperación entre las áreas Venezuela/Caribe/Pacífico/Cuenca del Plata) (escrito en Caracas en 1994, excepto los primeros párrafos)

Los acuerdos recientemente logrados con Brasil son, obviamente, de una importancia extraordinaria. Responden a una idea que comenzamos a elaborar con el Presidente en Buenos Aires, a mediados de 1994. Luego, en el mes de abril de 1995, yo fui invitado por mis amigos brasileños (en su mayoría oficiales superiores del ejército e investigadores de los principales centros de estudios geopolíticos) a pronunciar una conferencia en la Secretaría de Asuntos Estratégicos, ante un extenso pero sobre todo muy cualificado auditorio. Fue allí, en ese específico y concreto lugar de Brasilia, donde la élite gubernamental brasileña escuchó hablar, por primera vez, de un tal comandante Chávez. Todos los asistentes a esa conferencia —funcionarios brasileños de alto nivel, oficiales militares y personal diplomático extranjero— pensaron que yo estaba un poco loco cuando mencioné el nombre y presenté el perfil del llamado comandante Chávez, diciendo que él sería el futuro presidente de Venezuela. Todos los asistentes menos uno. El entonces embajador en Brasilia y actual embajador de Venezuela en Washington, con la rapidez de un rayo, envió un fax a la Casa Amarilla de Caracas, en donde informaba que en esa conferencia yo había insultado al presidente Caldera. Esa gruesa mentira y esa pequeña alcahuetería contribuyó a mi expulsión de Venezuela en junio de 1995, y a la anulación de un programado viaje a Brasil, en ese mismo mes y año, del hoy presidente Chávez.

La idea básica central era y es impulsar a Venezuela hacia el Sur (demográfica, económica y militarmente), sobre todo para disminuir sus vulnerabilidades localizadas en la costa caribeña (el «Mediterráneo [Norte]Americano»); pero sin dejarse atrapar por los tentáculos de la «geopolítica brasileña». La maniobra, por lo tanto, exigía y exige un doble movimiento: de cooperación con el Brasil y, al mismo tiempo, de integración geopolítica con la América Andina de la Cuenca del Pacífico Meridional. Asimismo exigía (y exige) que la Argentina movilizara sus energías también hacia el área del Pacífico Meridional, por la vía del Alto Perú (hoy Bolivia, la más austral de las unidades geopolíticas del espacio estratégico bolivariano) y del Perú, siguiendo aproximadamente los viejos caminos incaicos.

Uno de los desafíos intelectuales más importantes que hoy debemos afrontar tanto los suramericanos como los caribeños es cómo expresar en términos del siglo XXI los elementos centrales de la estrategia continental/integrativa expuesta y practicada por los Libertadores desde los comienzos del siglo XIX.

La mayoría de los discursos «latinoamericanistas» no pueden hoy evadirse de cierta carga folclórica que en definitiva oscurece el núcleo estratégico del pensamiento continentalista del siglo XIX, que tenía por objeto encontrar un centro de gravedad a partir del cual se pudieran generar condiciones destinadas a establecer un equilibrio de poder en el Hemisferio Occidental, un balance estratégico armónico entre las dos grandes masas continentales de ese hemisferio: la septentrional (América del Norte) y la Meridional (América del Sur).

Nosotros trataremos de exponer un pensamiento «latinoamericano» tratando de evadirnos del plano ideológico y meramente exhortativo. Trataremos de mantenernos en el campo geoestratégico, en términos de espacio, buscando proyecciones hacia el siglo XXI, en términos de tiempo. Para ello comenzamos por señalar que una de las condiciones para producir ese equilibrio entre dos continentes dentro de un mismo hemisferio consiste en lograr un canal efectivo de relacionamiento económico y geopolítico entre el Caribe y el extremo Sur de la masa continental de América del Sur.

Lograr un nuevo equilibrio de poder en el Hemisferio Occidental significa fracturar dos viejos conceptos: el Caribe (y América Central) entendido como «frontera imperial» (receptor pasivo de los efectos de las luchas de poder entre Estados europeos —siglos XV/XIX); y el del Caribe entendido como «Mediteráneo Americano», vigente por lo menos a partir de la guerra hispano/norteamericana.

La posibilidad de consolidar un espacio único entre el Caribe y América del Sur significaría producir una alteración geoestratégica de extraordinaria magnitud en el Hemisferio Occidental, en circunstancias regionales y globales que presentan, por primera vez, algunos signos favorables a ese proceso.

A nivel global, existe una multiplicación efectiva de polos de poder: ya no es posible percibir al sistema internacional como girando en torno a un único polo de poder, como se insinuó durante los primeros tiempos de la posbipolaridad.

En el plano regional comienzan a registrarse los primeros síntomas en la superación de las viejas fracturas geopolíticas que históricamente dividieron al continente sudamericano en tres zonas de movimiento totalmente distintas y distantes unas de otras. La zona de movimiento caribeña de América del Sur (Ecuador, Colombia y Venezuela), el enorme espacio brasileño, y la región andino/platense (Perú, Bolivia, Chile, Paraguay, Uruguay y Argentina).

Cada una de esa zonas de movimiento o regiones geopolíticas vivieron hasta hace muy poco tiempo de espaldas unas con otras. El caribe sudamericano mirando hacia el norte, Brasil mirándose a sí mismo y, en el extremo sur, Argentina, pretendiéndose Europea y, por ello, fingiendo ser absolutamente distinta a todos los demás.

Hace muy pocos años que Brasil comienza a manifestar una «conciencia sudamericana», y ello tuvo mucho que ver con los problemas de frontera que eclosionaron en su región amazónica. Ahora muchos pensadores brasileños perciben que Brasil puede jugar un rol significativo en el establecimiento de vínculos entre el Mercosur y el Caribe, principalmente a través de Venezuela. El profesor Helio Jaguaribe elaboró el Proyecto Alvorada, que hace de Venezuela un polo insustituible para unificar el continente desde la Patagonia hasta el Caribe.

La fusión, en un mismo espacio geopolítico, del continente Suramericano con el Caribe es la única alternativa que permitiría neutralizar cualquier tipo de influencia negativa ajena a ese espacio, especialmente en el caso altamente probable de que ésta provenga del propio Hemisferio Occidental.

Al día de hoy no existe ningún impedimento técnico que impida lograr que esa interconexión (entre un espacio insular -Caribe- y otro continental —América del Sur) se establezca a través de un poderoso canal de movimiento de mercancías, servicios y personas objetivado en una gran hidrovía que suelde verticalmente las tres grandes cuencas hídricas del continente: la del Orinoco, la del Amazonas y la del Plata.

Cuando ese gran canal de movimiento de hombres y de riquezas funcione a plenitud y bidireccionalmente, la Cuenca del Caribe podrá verle la cara a la Cuenca del Plata. Y ambas configurarán los extremos de un vasto espacio continental, marítimo e insular con capacidad propia para incidir fuertemente en los asuntos del mundo.

El «Mediterráneo Americano»

Los problemas de inviabilidad nacional que han sufrido y sufren la totalidad de los países de la Cuenca del Caribe están todos inexorablemente relacionados con el proceso de atracción y de hegemonía que sobre toda esa Cuenca ejerció su ribera septentrional, es decir, los EUA.

Si esta afirmación es válida también lo será la inversa: los procesos de viabilidad nacional en esa vasta región sólo serán posibles cuando exista un nuevo polo referencial —de naturaleza no hegemónica sino cooperativa e integrativa— actuando sobre su ribera meridional. Pero para que ello ocurra deberá existir el canal de acción a través del cual la masa continental de América del Sur pueda volcar recursos, hombres y servicios sobre esa ribera meridional de la Cuenca del Caribe y, viceversa, cuando la totalidad de esa Cuenca pueda relacionarse con un vasto espacio económico que tradicionalmente ha vivido ajena y a espaldas de ella.

Una de las causas principales de que el Caribe y América Central se hayan convertido en «Mediterráneo Americano» —esto es, en «patio trasero» del ecumene norte/americano- fue la imposibilidad de transitar esa enorme frontera física representada por la «olla amazónica». Hasta hace muy poco tiempo, la vastedad e intransitabilidad del espacio amazónico impidió la vinculación física entre el Sur y el Norte y entre el Pacífico y el Atlántico del Continente Suramericano.

La nueva actividad de Brasil dentro de ese enorme vacío disgregador, cuya última acción se objetivó en el Plan Calha Norte, está comenzando a alterar una situación que subalternizaba globalmente a la totalidad de la América del Sur y del Caribe.

Entre ambos espacios de un mismo continente sólo existió un elemento físico vinculante: el espinazo andino. Pero fue sobre la ribera del Pacífico, en Guayaquil, donde se produjo —en el siglo XIX— un nada casual desencuentro entre dos movimientos militares «liberadores»: el del Norte y el del Sur.

En el Oriente, el vacío amazónico impidió la interconexión entre los espacios del Norte y los del Sur de la América del Sur, y condenó al Caribe y a la América Central a girar inexorablemente, como elemento subsidiario, en una órbita alrededor del «Sol» del poder económico y demográfico de la América del Norte.

Como parte del mismo movimiento centrífugo los dos extremos de lo que genéricamente se ha llamado América Latina, Argentina y México, fueron expulsados uno hacia un decadente y ficticio exilio europeo, y el otro hacia una «integración» sin retorno con el ecumene económico de la América del Norte.

En la masa continental de la América del Sur el vacío amazónico operó como frontera inexpugnable e intransitable entre los dos extremos de una misma masa continental, condenando a ambos a una situación de dependencia creciente. Existió un «Mediterráneo Americano» (es decir, un «patio trasero» de un ecumene septentrional) porque existió un vacío amazónico. Y en este punto la analogía con el viejo Mediterráneo euro/afro/asiático, y la lucha secular entre su ribera septentrional y su ribera meridional se hace insoslayable.

Es ese enorme desierto que se extiende desde el Sahara Atlántico hasta el centro de Asia, hasta las mismas puertas de Beijín quien que posibilitó —al igual que Amazonas en la masa continental sudamericana— la enorme influencia que sobre el Mediterráneo Euro/afro/asiático tuvo la aparentemente lejana región Noratlántica. Porque es en definitiva el Atlántico Norte y no el Sur de Europa quien «coloniza» la ribera meridional del «Mediterráneo Antiguo». Si hubiese existido un vía de comunicación eficaz entre el Sur de Africa (en momentos en que ese Continente estaba aún pletórico de riqueza demográfica), las vastas masas continentales del Asia Central y la ribera Meridional del Mediterráneo Antiguo, muy distinta hubiese sido la historia de Europa.

Mientras la Cuenca del Caribe continúe siendo un ámbito de seguridad regional de la América Septentrional no existirá ninguna posibilidad de construir un balance de poder en el Hemisferio Occidental, es decir, no habrá ninguna posibilidad de expandir el techo autonómico para los Estados del Caribe, de América Central y de América del Sur. El futuro eje de cooperación entre ellos pasa inexorablemente por la construcción de un canal físico de intercomunicación, a través del cual se pueda edificar un espacio geopolítico entendido como área común de movimiento, desde la insularidad caribeña hasta las frías tierras patagónicas.

La «suramericanización» de Brasil

Es un hecho extremadamente reciente —comienzos de la década de los 90— la inserción creciente del Brasil en la dinámica continental sudamericana. Hasta ese momento las relaciones del espacio brasileño con el resto del continente se daban a través de lo que se ha dado en llamar la «geopolítica brasileña», que incluía pocos elementos de cooperación pero muchos canales de absorción de poder.

Grandes proyectos regionales, como el sistema de carreteras amazónicas, las grandes obras hidroeléctricas en la zona de la Cuenca del Plata, los Tratados regionales, y un largo etcétera de relacionamientos entre Brasil y el resto de Suramérica, colocan al espacio brasileño mucho más en contacto con el espacio continental de la América del Sur.

No es que Brasil renuncie a una autopercepción geopolítica que tradicionalmente lo ha impulsado a actuar como una potencia regional con intereses globales. Lo que sucede es que esa proyección global ha tropezado con grandes dificultades y tiende a imponerse una política de cooperación regional más activa. Incluso muchos analistas brasileños han planteado en los últimos tiempos que esa proyección global es imposible si previamente no se consolida un sistema de cooperación regional.

Como elemento preparatorio de este novísimo proceso de «sudamericanización» del Brasil habría que señalar las nuevas percepciones que en distintos centros de estudios de ese país emergen en relación al Caribe hacia mediados de los años 80. El elemento catalizador de este acercamiento entre Brasil y la Cuenca del Caribe estuvo focalizado en la reanudación de relaciones diplomáticas entre Brasília y La Habana.

Inicialmente Brasilia inicia su acercamiento con la Cuenca del Caribe a través de medios de comunicación puramente marítimos. Durante casi una década, desde mediados de los 80 hasta nuestros días, no es cuestionada la existencia de esa Cuenca en tanto «Mediterráneo Americano». Es decir, no se la percibe, aún, como espacio de poder con capacidad para potenciar globalmente a la masa continental sudamericana.

Sólo el desarrollo creciente de esa experiencia llamada Mercosur logra impulsar la idea, aún no plenamente diseñada, de que un eventual Merconorte es asimismo posible en el continente Sudamericano. Pero para que ambos mercados actúen como elementos de poder en una estrategia de balance de fuerzas en el Hemisferio Occidental, debe existir —entre otras cosas— una conexión física entre ellos. Pero una interconexión que asegure un intercambio fluido de bienes con un máximo de economía entre ambos mercados no puede ser sino una conexión terrestre, específicamente una hidrovía con capacidad para conectar las tres grandes Cuencas fluviales del continente Sudamericano.

Cuando se analizan las relaciones entre Brasil y Venezuela, por ejemplo, surgen con toda nitidez no sólo los obstáculos existentes, sino también sus orígenes y aún las soluciones disponibles.

Las relaciones diplomáticas entre ambos Estados se remontan a 1853, mientras que las fronteras fueron definidas ya en 1859. Pero la primera visita de un presidente brasileño a Caracas ocurre recién en 1977. En 124 años de relacionamiento formal ninguno de los dos gobierno había sentido la necesidad de establecer contactos al más alto nivel ni de profundizar ese relacionamiento. La situación es tanto más llamativa cuanto que entre ambos Estados existe una frontera común de 2.200 kilómetros de extensión.

Sin duda alguna el vacío amazónica había ejercido, en toda su plenitud y extensión, toda su fuerza disociativa. Había actuado en la misma dirección geopolítica que el desierto afro/asiático, favoreciendo netamente la acción imperial del extremo Norte sobre los espacios meridionales.

Respecto de las relaciones entre Argentina y Venezuela observamos con estupor que en las estadísticas oficiales del comercio exterior argentino, el intercambio entre ambos Estados ni siquiera es señalado. Tanto en lo que respecta a las exportaciones como a las importaciones argentinas, Venezuela queda oculta, dentro del grupo de países de la ALADI, bajo el rótulo de «otras». Es lógico, durante los seis primeros meses de 1994, Argentina exportó a Venezuela alrededor de 100 millones de dólares, e importó de ese país, durante el mismo período, sólo 25 millones (en ese lapso el intercambio total de Argentina con la ALADI fue de 10.000 millones de dólares, aproximadamente).

Pareciera ser que el fantasma de Guayaquil sigue vigente entre ambos extremos geográficos del continente, y que intereses muy concretos se benefician ampliamente de ello.

Hacia un espacio geopolítico común.

En el mundo contemporáneo los espacios económicos deben concordar con los espacios geopolíticos. La economía es un poderoso factor que altera, querámoslo o no, situaciones de poder.

Dentro de esta amplia concepción estratégica deberemos reactualizar el viejo proyecto de interconexión entre las Cuencas del Caribe y del Plata, comprendiéndolo, asimismo, como una forma concreta de expresión de un nuevo nacionalismo continental.

En rigor de verdad no se trata sino de actualizar y de impulsar una vieja idea. Desde fines del siglo pasado existieron sugerencias como las de William Chandless (Resumo do itinerario da descida do Tapojos en octubro do 1854, Río de Janeiro, 1854). En Venezuela, se destacan los trabajos de Chaffaujón, quien fue uno de los primeros en estudiar el recorrido y las condiciones de navegabilidad e interconexión entre el Orinoco y el Amazonas.

Uno de los más grandes geógrafos de Venezuela, don Alfredo Jahn, presentó a la Sociedad Geográfica de Berlín su notable memoria: Contribuciones a la hidrografía del Orinoco y del Río Negro (Caracas, 1909). Esa monografía causó gran suceso en los medios científicos alemanes pues fue nada menos que Humboldt uno de los pioneros de los estudios hidráulicos sobre el Orinoco (Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente).

En el mismo año en que se celebró la Conferencia Regional de los Países del Plata (1941), la revista del Centro de Ingeniería de Venezuela publicó un trabajo de don Pedro Ezequiel Rojas (Memoria sobre la navegación fluvial entre Venezuela y Brasil, Caracas, 1941), que asimismo fue presentado ante el I Congreso Venezolano de Ingeniería.

En el otro extremo del continente el magno proyecto emerge oficialmente en la sesión correspondiente al 22 de setiembre de 1948, en la Cámara de Diputados de la República Argentina. Esta resuelve dirigirse al Poder Ejecutivo de ese país instándolo a comenzar los estudios para realizar una «gran canal» con capacidad para interconectar y aprovechar los ríos navegables de las cuencas del Plata, Amazonas y Orinoco: «Se trata de habilitar una nueva gran vía para el tránsito de hombres y de mercaderías multiplicando los vínculos humanos y abriendo las perspectivas de nuevos centros de consumo y de transformación de materias primas».

El tema ya había sido señalado por la Conferencia Regional de los Países del Plata (Montevideo, 1941), por el III Congreso Argentino de Ingeniería (CAI, julio de 1942) y por la V Convención de la Unión Sudamericana de Asociaciones de Ingenieros (USAI, marzo de 1947). Respecto al gran canal sudamericano intercuencas, la USAI sostuvo que: «Los grandes sistemas hidrográficos que en Suramérica tienen extraordinaria importancia ya constituyen valiosísimas arterias de comunicación» (en el ya mencionado CAI, de julio de 1942, fueron presentados incluso mapas con perfiles longitudinales aproximados sobre casi 7000 kilómetros de rutas fluviales practicables entre las cuencas del Amazona y del Plata).

Luego fueron necesarias muchas décadas de decadencia y de destrucción intelectual para que los habitantes de nuestros países olvidaran el único proyecto capaz de transformar un latinoamericanismo abstracto, que sirvió de cobertura para intereses la mayoría de las veces no muy bien definidos. Por la nueva situación internacional, por la insurgencia de nuevas formas de nacionalismos y también por el nuevo rol que asume Brasil en el continente, hoy estamos en condiciones de rescatar una poderosa herramienta de lucha con proyecciones estratégicas compatibles con la vigencia de un universo científico y tecnológico, que será posible habitar sólo en condiciones de dignidad nacional.

Los mariscales de la derrota

En su ocaso, Napoleón definió a sus generales más importantes, a aquellos que se lo debían todo pero que ahora platicaban amablemente con el enemigo, como los «mariscales de la derrota». Casi todos ellos ya estaban satisfechos: tenían poder, dinero, ascenso social y el perdón misericordioso del sistema establecido, al cual ya estaban integrados. En definitiva, y desde su particular punto de vista, ya no había ningún motivo para continuar al lado del Emperador.

Salvando las distancias, esos «mariscales de la derrota», en Venezuela, son los ilustres miembros de la Nueva Clase. Lo que este «club» ha logrado hasta ahora es casi un milagro, pero al revés. Ha conseguido lo más difícil: perder aceleradamente poder en el momento del ascenso. En algo más de dos años ha transformado una espectacular victoria (la de diciembre de 1998) en una probable patética derrota, que es esta interminable carrera de obstáculos que no se sabe cómo, cuándo y dónde va a terminar. Y todo para recién empezar a gobernar.

Las incertidumbres sobre el futuro de Venezuela se incrementan de forma exponencial: el propio impulso inercial del proceso político ha sido sustancialmente frenado. Un verdadero regalo para los enemigos de la revolución.

La incapacidad, el oportunismo y las indecencias operativas de la Nueva Clase es el origen inconfundible de toda una serie de «pequeñas derrotas», cuya suma puede conducir al conjunto del proceso al punto de no retorno de la entropía política. Hicieron exactamente lo contraindicado: perder tiempo, enfriar el sistema, desprenderse, en suma, de lo único que ya no se puede recuperar. Exige siempre un nuevo sacrificio popular: un plus casi salvaje de esperanza hambrienta y sedienta, a cambio, siempre, de nada.

Esta maravilla de la «falsa astucia» se fundamentó en una auténtica superstición: ofertar una imagen «democrática» a nivel internacional. Es por ello probablemente cierto lo que dijo alguien que acaba de salir de su tumba, también gracias a la «astucia» de la Nueva Clase: «Chávez sabe que AD lo ha derrotado internacionalmente» (Timoteo Zambrano a EUD, el 080500).

La Nueva Clase —esta reencarnación subdesarrollada y miserable de los mariscales traidores— pretenden convencernos que es mejor mostrar nuestro cuello al verdugo, porque a todo lo que aspiran es a obtener su perdón. En estas circunstancias, hemos llegado a un punto impensable, a partir del cual todo se puede aún perder.

La Revolución ¿ha comenzado?

Entre el desfile militar del último 5 de julio de 2000, y las declaraciones del ministro de la Defensa realizadas el 10 del mismo mes, transcurrieron cinco días muy importantes de la historia contemporánea de Venezuela.

En esencia, durante esos cinco días ha quedado «oficializado», pero sobre todo consolidado, el modelo político dentro del cual se realizará en el futuro la revolución nacional venezolana. Lo expresó con todas las letras, y al más alto nivel institucional, el general Hurtado: «Los cambios que se están sucediendo en el país son, por supuesto, violentos, y si bajo esta premisa esto se conceptúa como cambios revolucionarios, la FAN está de acuerdo con éstos» (Fuente: El Universal Digital). A la velocidad del rayo se pasó de un «discurso simbólico» (desfile) a un «símbolo de discurso» (Hurtado).

Todas las estúpidas discusiones están cerradas: el alto mando de la FAN se ha constituido en la punta de lanza de la revolución nacional venezolana, y en el puente insoslayable de su continentalización. Su consecuencia más importante ha quedo expuesta ante el mundo: no será necesaria la existencia de un «partido único», al viejo estilo corrupto del marxismo-leninismo, excepto para tareas menores (subalternas) de pura administración política.

Se habían sucedido acontecimientos en Venezuela que urgían la conveniencia de producir una profunda reconducción del proceso. A partir de allí surge este grupo de generales jóvenes, sin ningún tipo de ataduras ni de dependencias con la Nueva Clase; él puede romper una inercia destructiva que amenaza con apoderarse de Venezuela. Sólo ellos, esos generales convertidos en cúpula militar, pueden aportarle al presidente Chávez (sí, al irreemplazable Caudillo de la Revolución) nuevas claves para lograr la continuidad y profundización del proceso revolucionario. Pero ya sabiendo que el «mal ejemplo» cunde por toda la América Meridional.

Por supuesto que me declaro «culpable» de haber sido el principal (y por qué no decirlo: el único) impulsor del «modelo chavista» fuera de las fronteras de Venezuela. Ningún pseudo intelectual «revolucionario» venezolano hizo lo que yo hice (siempre como repudiado sureño y con total independencia del gobierno): escribir, editar y distribuir un libro clarificador sobre Venezuela en Europa, América y el Mundo Árabe. Pero al mismo tiempo sufro por la enorme soledad en que me encuentro: la inteligentsia venezolana ha desertado desde un comienzo; se mostró y aún se muestra incapaz de pensar sistemáticamente y con independencia de los dogmas académicos heredados. No puede romper los moldes de su formación liberal-iluminista: no comprende en absoluto los principales acontecimientos del mundo actual. Por lo tanto el presidente Chávez no sólo carece de pensadores «orgánicos»: salvo excepciones muy honrosas, está rodeado asimismo de oportunistas e incompetentes.

Es por ello que me interesa que mi pensamiento quede desligado, con la mayor claridad posible, tanto del provocador izquierdismo infantil procubano, como de cualquier otra forma de «modernismo» socialdemócrata neo o post capitalista. En los años difíciles se lo dije mil veces al entonces comandante Chávez, por los peligrosos caminos de Venezuela, que recorríamos solos, asediados por la DISIP del Mossad: tú eres mucho más importante que Fidel Castro; tú serás el «hombre del destino» y no él, que ya malgastó su «fortuna» política, enviando a la muerte —a cambio de algo peor que nada— a varias generaciones de muchachos americanos.

El striptease de la inteligencia

«Virtud pública y vicios privados —creo mucho en eso».

De Eliézer Otaiza a El Nacional, el 10042000

El domingo 16 de julio de 2000, en un artículo de opinión publicado en El Nacional por el Director General de la Disip, Eliézer Otaiza, el lector puede descubrir hechos sorprendentes, pero sobre todo inquietantes.

En primer lugar lo más importante. El gobierno revolucionario no tiene enemigos. «.... Las verdaderas amenazas del siglo XXI (son) el crimen que nos está matando en las calles, el narcotráfico o la desaparición de los ecosistemas...» . El lector imagina una organización de Inteligencia y Seguridad integrado por policías de barrio, expertos en Narco, y valientes militantes ecologistas. Exactamente como lo quiere el Departamento de Estado de los EUA (y otros «servicios» occidentales). Una de dos, o bien la que lidera el presidente Chávez sería la primera revolución de la historia universal que no desarrollara ningún reactivo, ninguna fuerza que le adverse, o bien el presidente Chávez nos está mintiendo a todos, y aquí no hay ninguna revolución.

Descartado el «enemigo interno» (de la Revolución), debemos fundirnos en la globalización. Lo central es, entonces: «...integrarnos inteligentemente al proceso de globalización.»

Para el joven capitán Otaiza estamos en plena globalización (¡vaya noticia!), por lo tanto los esfuerzos del Sistema Nacional de Inteligencia deben estar orientados a adaptar a Venezuela a ese principio universal hegemónico. Como la globalización es la forma que ha adoptado en la actualidad el Imperium Mundis, de lo que se trataría, en definitiva, es de eliminar de raíz cualquier proceso revolucionario nacional, porque por definición todo proceso revolucionario es una alteración (local) del sistema global, una irregularidad, un «accidente». La revolución nacional es, entonces, el enemigo: ella nos llevará al «ostracismo» ya que una Venezuela revolucionaria, es decir, irregular y contestataria, sería «...ignorada en los procesos de integración» que lleva adelante la globalización (en beneficio permanente de los pueblos que la soportan, como todo el mundo sabe).

Ningún contrarrevolucionario (en el sentido exacto que el presidente Chávez le da a esta expresión) se ha expresado, hasta ahora, con tanta claridad. La Disip, (que yo bien conozco desde dentro), esa oscura cueva de «soplones» y de «represores» (tales las palabras exactas empleadas por el propio Otaiza en referencia a sus hombres), debe aprender modales y comportamientos de la CIA norteamericana: «Si el lector pudiera visitar la CIA, lo primero que notaría es que ninguno de los miles de empleados está armado. Cosa contraria ocurre si visita la Disip o la DIM. Donde decenas de miles de hombres están armados y entrenados en las artes de la <guerra fría>, ansiosos a la espera de que surja el <enemigo interno>«. ¿En ese entrenamiento tuvo algo que ver, tal vez, el Mossad o el Shin Beth israelíes?

El ex stripper de los «vicios privados» pretende separar el concepto de «seguridad» de la noción de «defensa», en un momento en que una guerra terrible, ya internacionalizada por los muchachos que andan sin armas dentro de su oficina, ha sido declarada en la misma frontera occidental de Venezuela. Como para Otaiza la globalidad es «un mar de felicidad», la guerra civil colombiana no tendrá ninguna repercusión en el interior de Venezuela; como si se desarrollara en otro planeta: «Si subordináramos nuevamente la seguridad (interior, civil) al Consejo de Defensa, estaríamos incurriendo en una trampa conceptual, porque si definimos la defensa como un todo que engloba a la seguridad... lo que estaríamos admitiendo es que lo militar prevalecerá sobre la estructura civil y no viceversa».

Se ha recorrido un largo camino, de la nada hacia la nada, entre el descerebrado Urdaneta y el globalizante Otaiza... Ahora, en el otro extremo del desvarío, Otaiza quiere convertir el sistema de seguridad e inteligencia de un país, afectado por una grave e inédita crisis, y por múltiples amenazas internas y externas, en una ONG defensora de los «derechos humanos» (en el sentido que ese concepto tiene en el Imperium: «derecho a la injerencia»). ¿Demasiada mala suerte o carencia de un marco integrado por claras definiciones ideológicas pero sobre todo estratégicas? (La estrategia, el problema es la indefinición de la estrategia).

Al final del artículo del jefe de la Inteligencia aparece mi humilde persona, como el adversario declarado de la seguridad en democracia en este mundo ideal y feliz: «...Norberto Ceresole no ha aportado otra cosa que no sean ideas retrógradas e inviables en este contexto del nuevo siglo y de un mundo globalizado». Por supuesto. Ya que Otaiza pretende «civilizar» la seguridad justo en el momento en que es más necesario que nunca una concepción integral de la defensa (militar y civil, táctica y estratégica). Justo en el momento en que es más necesario que nunca la existencia de una vinculación orgánica y hasta jerárquica entre ambos conceptos: entre la defensa, que es lo general, y la seguridad, que es lo particular.

Con jefes de Inteligencia como éste, en verdad, Chávez no necesita tener enemigos. Su permanencia en el cargo sería la manera más económica de resolver mágicamente el problema (el de los enemigos). El Presidente debería patentarlo.

Hipótesis de conflicto y guerra ideológica

La planificación e instrumentalización de la Defensa de Venezuela, hoy, no sólo debe incluir el concepto de seguridad interior (con la consiguiente revalorización de un cuerpo excepcionalmente importante como la DISIP), sino también el factor tiempo: las amenazas que se ciernen sobre Venezuela se realizarán en plazos mucho más próximos que lejanos.

Tres son las Hipótesis de Conflicto que amenazan hoy la viabilidad de la Nación y de la Revolución Venezolana. Dos son de naturaleza estrictamente militar, y la tercera ideológica y político-militar.

  1. Agresiones militares en la frontera occidental (decisión norteamericana de rearmar al ejército colombiano, que no debe ser identificado automáticamente con el «enemigo» por excelencia de Venezuela);
  2. Agresiones militares en la frontera oriental (militarización norteamericana del Esequibo);
  3. Agresiones contra-revolucionarias internas.

Respecto de las dos agresiones exteriores, lo que se está observando es la materialización de un movimiento de pinzas sobre el territorio de Venezuela. No hay nada nuevo en cuanto a la concepción: la novedad es que la amenaza ya se está realizando en forma conjunta, simultánea y veloz. El riesgo es máximo si consideramos que el agresor (apoyado en una realidad inmodificable: la estructura geográfica del Mare Nostrum caribeño), puede cerrarle a Venezuela todas las vías marítimas, negándole el uso de las aguas abiertas del Océano Atlántico.

Respecto de las dos primeras Hipótesis, dos acciones deben ser impulsadas de inmediato.

Una acción geopolítica que representa continuar la marcha hacia el sur, la búsqueda del sur, es decir, el dominio venezolano sobre los grandes espacios terrestres y fluviales venezolanos, que constituyen la retaguardia estratégica de Venezuela y de su Revolución Nacional Bolivariana (serán el Ejército y la Guardia Nacional los responsables directos de esta operación). Y una acción estrictamente militar-operativa, que debe arrancar de un máximo potenciamiento de la capacidad militar física de la fuerza armada impulsando la incorporación de sistemas de armas eficaces, adecuadas al Teatro, y de última generación (en la adecuación al Teatro de esos sistemas de armas, la participación venezolana, a nivel científico e industrial, podría ser muy intensa). La marcha hacia el sur será el primer paso concreto hacia la continentalización de la revolución bolivariana.

Esa potenciación de los sistemas de armas deberá ser prioritaria en todo el amplio espectro de la guerra aero-naval, de superficie y submarina (sobre todo submarina). Será la Marina Militar —en cooperación estrecha con la Fuerza Aérea— quien tendrá la responsabilidad de evitar la asfixia marítima de Venezuela en el Mare Nostrum Norteamericano: el Caribe. Debemos dar gracias a Dios que en estos momentos existe una fuerte tendencia hacia la apolaridad en el sistema internacional, lo que posibilita que países como Venezuela puedan buscar proveedores en espacios anteriormente vedados, como Rusia (y otras potencias que ya disponen de excelentes tecnologías defensivas). Reiteramos la urgencia de disponer al más breve plazo posible de una fuerza de defensa submarina con una amplia capacidad de acción (aunque no necesariamente de naves con un extenso radio de acción), único medio de mantener expeditos los pasos entre el Caribe y el Atlántico. Esta fuerza submarina deberá operar en estrecha coordinación con aeronaves de superioridad aérea, pero con base terrestre.

La tercera Hipótesis de Conflicto nos coloca en un Teatro de Operaciones totalmente distinto. Es la Hipótesis de Conflicto interior. Lo importante es asumirla como componente de un sistema orgánico de amenazas materializadas a través de tres Hipótesis de Conflicto, indisociables una de las otras. En este Teatro Interior de Operaciones sobresale un factor que es la guerra ideológica contra-contrarrevolucionaria. La contrarrevolución no es solamente la Oligarquía Globalizante, sino también sus socios de la izquierda (armada o civilizada, bolchevique o socialdemócrata, castrista o simplemente «progresista», todos hijos de una misma teología y de un mismo padre Mesiánico), que buscan infiltrarse en el proceso revolucionario nacional, auténticamente endógeno, para pervertirlo y anularlo.

Esta guerra ideológica necesita un cuerpo político-militar a través del cual ella se pueda desarrollar con eficacia. Ese cuerpo será el producto, primero de la revalorización, y luego de la reconducción, y no de la destrucción de la DISIP, que está mucho más allá de ser sólo una organización de «soplones» y «torturadores», como alguien dijo recientemente. Pero como el factor militar es el elemento determinante de las tres Hipótesis, y su confluencia ineludible, a él le debe corresponder la conducción del conjunto.

Cuestiones de revolución y de contrarrevolución en América meridional

El triunfo era tan previsible que no podía sino despertar el insaciable apetito de los depredadores. Todo estuvo perfectamente calculado. Cuando en el minuto final de la campaña electoral, Fidel Castro (desde La Habana) llamó por teléfono al presidente Chávez, se reprodujo una clásica imagen (un ejemplo de manual) entre manipulador y manipulado. Fidel le informa al mundo: «Allí está mi muchacho, es el mejor, es invencible. Ya ven, no estoy solo. Mi capacidad de supervivencia se ha incrementado». Chávez no le dice nada ni al mundo ni a su país. Increíblemente, en el cenit de su victoria personal, parece aceptar el rol pasivo asignado por el manipulador: ser el mejor alumno del viejo zorro, que se presenta urbi et orbi como el ganador de las elecciones venezolanas. Como el verdadero poder detrás del trono.

Fidel gana, Hugo pierde. Se entiende y hasta se acepta la jugarreta de Fidel. No se comprende en absoluto la inocencia (para decirlo con toda suavidad y cautela) del Caudillo venezolano. Cuando Chávez se puso al teléfono lo único que le quedaba por hacer, después, era pagar la factura de un tenebroso y oscuro proceso, que es el de Cuba reintegrándose a la globalidad. Esta imagen, la de Fidel asumiendo la paternidad de la Revolución Venezolana, ha quedado grabada en toda la prensa internacional; es la imagen de un padre orgulloso de la invencibilidad de su hijito. Sin embargo, y porque existe una historia que todos conocemos muy bien, ella hiere profundamente la sensibilidad y el orgullo del pueblo y de la fuerza armada venezolana, en la misma medida que alimenta el izquierdismo pueril y atrasado (pero eso sí, «democrático») de algunos partidos del Polo Patriótico y de algunos altos funcionarios del gobierno, que hoy son lo que son sólo gracias al Caudillo y al Ejército venezolanos.

No olvidemos que los comunistas, los autores de los más horrendos genocidios de la historia de la humanidad, son recordados ahora, en la Europa poshistórica, como antiguos «luchadores por la libertad». Se han borrado las fronteras entre el marxismo (leninista o democrático) y la «civilización global», en este falso «fin de historia».

Yo sigo pensando que la Revolución Bolivariana será cabeza de león o no será nada. Porque en el otro extremo de las «jineteras» cubanas, en ese mismo plano de indignidad y corrupción, están las masas hambreadas de la Argentina democratizada a palos, un modelo típico de «cola de ratón». El último Censo oficial publicado en noviembre de 2000 en Buenos Aires indica que un treinta por ciento de la población económicamente activa (30%, que significan unos 4.100.000 habitantes) es muy pobre, está por debajo del nivel de subsistencia y se encuentra desocupada y completamente desasistida. En términos relacionales, la catástrofe social argentina es hoy el doble de grave que la crisis social venezolana. Mucho más si consideramos que la tasa media histórica de desocupación en la Argentina fue de sólo el 3%.

La «democracia de mercado» conduce a la catástrofe social, al igual que el «socialismo» sometido a los dictados de la gran banca de la Costa Este de los EUA. (y, antes, a las mafias de Moscú, siempre protegidas por sus vínculos con Wall Street). Son los socialdemócratas del chavismo los que aspiran a convertir a Venezuela en la «cola del león»: de un león sarnoso, desdentado y al borde de la muerte. Otra forma de traición, diferente a la de la dirigencia argentina (menemista o antimenemista) sólo en las formas.

La esperanza que ha despertado Chávez en toda la América Meridional radica precisamente en que es un fenómeno que nace diferenciado, más aún, con capacidad de diferenciarse y con voluntad para dignificar a pueblos y naciones oprimidas, preservando siempre intacta la capacidad de defensa (o potencial militar). Entendida siempre en su proyección continental, la revolución venezolana no sólo es nacional (es decir, única) en su génesis, sino además nacionalista en sus objetivos. No pertenece ni puede pertenecer a ninguna de las familias ideológicas que hoy integran los sistemas sinárquicos globales hegemónicos: sean éstos logias de «derechos humanos», indigenistas profesionales, fascistas nostálgicos orgánicos a los servicios de inteligencia occidentales, marxistas-leninistas con sed de venganza, socialdemócratas de mercado o sionistas defensores de la política de exterminación del Estado (cada vez más judío) de Israel.

Todos esos grupos, más algunos otros, pertenecen a la misma tradición teológica: son los arrogantes de este mundo, los que sólo sobreviven como depredadores de los pueblos. Ellos serán los enemigos en las próximas batallas.

Geopolítica y revolución

En dos programas de radio de gran audiencia («Punto de vista», emitidos durante un total de cuatro horas (4 horas), los días 5 y 19 de agosto, por Radio Intercontinental de Madrid) un grupo de periodistas españoles me acosó con punzantes preguntas sobre Venezuela. En base a las grabaciones de ambos programas intentaré sintetizar al máximo (brutalmente) esas cuatro horas dedicadas a Venezuela.

Después de la relegitimación del Presidente, el principal problema de la política interior de Venezuela (y el principal enemigo de la revolución bolivariana) es la creciente influencia, en distintos niveles de gobierno, de un grupo socialdemócrata de amplio espectro. Esa «izquierda progresista» (que va desde los cubanófilos al MAS, pasando por los adecos recauchutados, hasta los profesionales de los «derechos humanos» y del «indigenismo»), se quiere apropiar del proceso, presentándolo ante el mundo como propio. Dentro del partido comunista español ya se han echado las bases para viabilizar esta operación. Es curioso porque esas personas, en toda Europa, hasta hace pocas semanas, se referían al presidente Chávez como «ese golpista».

El avance de esta tendencia hace prever importantes conflictos ideológicos dentro y fuera del gobierno, porque la socialdemocratización de la revolución es la perversión de la revolución, ya que implica automáticamente su desnacionalización: el vaciamiento de sus contenidos más profundos.

Visto desde este ángulo, el problema de la participación militar en la conducción estratégica de la revolución bolivariana no es una cuestión ni secundaria ni naïf. Constituye el núcleo del debate ideológico y, por lo tanto, la piedra de toque del rumbo futuro de la revolución. En sentido inverso tampoco carece de sentido la «cuestión cubana»: cuanto más próximos se encuentren ambos modelos, mayor será la influencia de la socialglobalización sobre Venezuela.

De tal manera, hoy, la revolución bolivariana se debate entre dos opciones excluyentes: la socialglobalista y la nacionalcontinentalista o bolivariana, propiamente dicha. Al igual que otras tantas veces en la historia del mundo, revolución y contrarrevolución coexisten, provisoriamente, dentro de un mismo proceso político.

Fuera de este debate, la política venezolana ha adquirido una dualidad esquizofrénica. Esto quiere decir que se ha escindido en dos partes irreconciliables una con la otra. Mientras la política doméstica se mantiene a nivel de gallinero, el Caudillo accede a la condición de líder internacional, en su doble función de Presidente de Venezuela y de la OPEP, con un poder en el mundo ya equiparable, como mínimo, al de cualquier jefe de Estado europeo.

La «clase política» venezolana ni se ha enterado de esta reencarnación del Caudillo. Pretende lo imposible: hacerle creer al mundo que ella, que no es nada ni nadie, puede existir sin Chávez. Pero mientras que con un solo gesto del Caudillo el barril del petróleo ha superado los 32 dólares, los «padres municipales de la patria», los socialglobalistas, sólo están preocupados por ocupar la mayor cantidad de cargos (municipales) posibles.

Hasta hace pocas horas esa «ala izquierda» del gobierno bolivariano estaba muerta en América y en el mundo. Ahora, por ejemplo, está muy preocupada en des-geopolitizar el reciente viaje del Presidente a países miembros de la OPEP. Pero el enemigo auténtico no se deja engañar. Sabe que lo que está en juego es muy importante: la creación de un vector geopolítico a partir de la OPEP representa una gran alternativa de resistencia al mundo unipolar, o global.

Si a ese vector geopolítico se le suma la posibilidad de comenzar a continentalizar la revolución en la América Meridional, revalorizando la capacidad política de las fuerzas armadas, humilladas y destruidas por la globalización, estaremos en presencia de una poderosa realidad estratégica vitalmente transformadora. Es precisamente contra ella donde hoy apuntan las armas de la izquierda liberal-progresista, que fue siempre la otra cara de la moneda del poder imperial: en el siglo XIX británico y en el XX norteamericano.

La nueva clase

Periodista: —Norberto Ceresole dijo, en un artículo reciente, que a raíz de las últimas declaraciones del ministro de la Defensa y de Chávez se consolida la idea de que el Presidente está pensando en una democracia en la que participan él (Chávez), el pueblo y los militares como organización intermedia.

Isaías Rodríguez, Vicepresidente de Venezuela: —Esa tesis la viene esbozando Ceresole desde la época en que fue asesor de Juan Velasco Alvarado. El cree en una concepción neofacista, en la que los partidos no tienen participación alguna. Incluso con una concepción antisemítica, que le da un carácter religioso a su propuesta. No participamos ni de la concepción neofacista y antisemítica, ni mucho menos de la desaparición de los partidos. Es indispensable que los partidos en una democracia canalicen la relación entre los ciudadanos y el Estado. Pero deben ser otros partidos. Creo que deben aparecer nuevos actores en la democracia venezolana. Individuales y colectivos. Incluso, nosotros mismos, que formamos parte de este proceso, debemos darle paso a esos nuevos actores. Nosotros, con toda la buena fe, de alguna manera tenemos contaminación con todo lo que ha sido esta democracia que queremos sustituir.

Periodista: —¿El hecho de que un ministro de la Defensa y un alto oficial como el general Manuel Rosendo expresen su adhesión al proyecto revolucionario del Presidente, no nos acerca a la tesis de Ceresole?

Isaías Rodríguez: —No lo entiendo así. Hay una lectura a las palabras de Rosendo que forma parte de la coyuntura electoral. Es necesaria la participación de todos los ciudadanos en la construcción de la nueva República. No puede ser obra de un estamento especial. Para mí, las palabras de Rosendo son el compromiso con el cambio que el país necesita. No es el compromiso con un proyecto determinado.

El Nacional, viernes 28 de julio de 2000

«... se desarrolla la tesis ceresoliana del caudillo militar que gobierna directamente con las masas sin la intermediación de los partidos... En cuanto al ceresolianismo no es más que una de las tantas maneras de descalificar la propuesta de Chávez, destinada a rescatar el protagonismo popular en la construcción de una democracia verdadera».

Isaías Rodríguez, «Los paradigmas del nuevo tiempo», El Universal, 8 de agosto de 2000.

Entre el principio caudillista de legitimidad, y las viejas pero intactas estructuras mentales, políticas e institucionales, se está instalando en Venezuela una Nueva Clase dirigente. Esa Nueva Clase tiene una ideología y además pretende adquirir una autoconciencia. Su ideología está dentro de los parámetros clásicos de la historia política de Venezuela, cuya evolución es en esencia una historia socialdemócrata de amplio espectro. Yo no veo rupturas ideológicas importantes entre la Nueva Clase y anteriores formaciones burocráticas progresistas y democráticas. En cuanto a la adquisición de una conciencia de sí, estamos presenciando en la actualidad la elaboración de un nuevo principio de autolegitimidad, ubicado en las antípodas del principio caudillista de legitimidad (al menos tal como yo lo he elaborado en mis trabajos).

La primera operación de toda Nueva Clase fue siempre esa: encontrar un principio para autolegitimarse y legitimarse. En tiempos del «socialismo real» esta era una operación relativamente sencilla. La teoría leninista ofrecía todas las herramientas necesarias para emprender la faena, a partir del corpus teológico historia-proletariado-partido.

Pero en el caso venezolano esto ahora se complica, porque si mis análisis son ciertos, en los últimos tiempos aparece la figura de un Caudillo, que es la persona a la que el pueblo ordena dirigir.

«La orden que emite el pueblo de Venezuela ... es clara y terminante. Una persona física y no una idea abstracta o un «partido» genérico» fue delegada por ese pueblo para ejercer un poder. La orden popular que definió ese poder físico y personal incluyó, por supuesto, la necesidad de transformar integralmente el país y de reubicar a Venezuela, de una manera distinta, en el sistema internacional» (Norberto Ceresole, «Caudillo, Ejército, Pueblo», pg.29, Al-ándalus, Madrid, febrero de 2000).

Por lo tanto esta nueva clase, en el mejor de los casos, tendrá una legitimidad secundaria, o derivada de la legitimidad principal que es la que emerge de la relación Caudillo-Pueblo. Lo que representa un «handicap» fatal, una debilidad de origen irreversible, al menos mientras funcione la legitimidad que ofrece el principio caudillista. Yo no conozco ningún sistema político que haya podido funcionar a partir de una legitimidad derivada. De allí la urgencia que tiene la Nueva Clase para encontrar, pronto, una legitimidad original.

Para ello se echa mano a uno de los tantos mitos racionalistas que, en conjunto, han provocado un enorme daño a todo lo largo del siglo XX: en este caso, el Mito de la democracia directa. En términos estrictos, la nueva clase es el partido de la democracia directa. Cuanto más directa sea la democracia —dice el Mito— menos necesaria será la presencia del Caudillo. Cuanto más democracia directa, menos «atraso» político. Porque nunca debemos olvidar el dogma fundacional de la sociología occidental: el caudillismo es una forma «primitiva», «asiática», de representación política. Lo opuesto al caudillismo es la democracia: la tradición contra la modernidad. Y si la democracia es directa, mucho mejor, porque esa sería la forma utópica final del «socialismo democrático», que es otra contradicción insoluble.

En tanto Mito, el de la democracia directa es hijo legítimo de otros peores, todos ellos elaborados entre los siglos XVIII y XIX, como por ejemplo el roussoniano del hombre naturalmente bueno, o el positivista de la razón versus el irracionalismo, o el capitalista de la conquista de la naturaleza, o el freudiano de un consciente «bueno» enfrentado a un inconsciente al que hay que reprimir, o el marxista-leninista de las bondades innatas y las virtudes extremas y eternas de la raza obrera (blanca-europea), y un largo etcétera de sangrientos fracasos.

La Nueva Clase tiene su Mito pero también tiene su lógica. En tanto partido de la democracia directa es absolutamente incompatible con el principio de la legitimación caudillista. Como todo grupo diferenciado y autodiferenciado buscará su expansión, incrementando al máximo posible su poder (la autoadjudicación de sueldos generosísimos por los neodiputados es sólo una parte de este proceso de «autoconciencia»).

En este punto, y para utilizar un lenguaje menos abstracto, permítaseme reproducir un párrafo de un artículo mío anterior: «... el principal problema de la política interior de Venezuela (y el principal enemigo de la revolución bolivariana) es la creciente influencia, en distintos niveles de gobierno, de un grupo socialdemócrata de amplio espectro. Esa «izquierda progresista» (que va desde los cubanófilos al MAS, pasando por los adecos recauchutados hasta los profesionales de los «derechos humanos» y del «indigenismo»), se quiere apropiar del proceso, presentándolo ante el mundo como propio... El avance de esta tendencia hace prever importantes conflictos ideológicos dentro y fuera del gobierno, porque la socialdemocratización de la revolución es la perversión de la revolución, ya que implica automáticamente su desnacionalización: el vaciamiento de sus contenidos más profundos» (Norberto Ceresole, «Geopolítica y revolución», en Venezuela Analítica, 25 a agosto de 2000).

La Nueva Clase ostentará su modernidad y fingirá que aspira a darle el poder «al pueblo» quitándoselo al Caudillo; pretendiendo no advertir que el Caudillo (esa legitimidad «reaccionaria» e «irracional») es la verdadera representación democrática-concreta de un pueblo-concreto (porque por él fue creada). Pero ese pueblo-concreto no es necesariamente «democrático»: para él esa palabra —adjetivada o no— resume décadas (toda una vida) de humillación nacional y de pobreza social.

La Nueva Clase exigirá la «devolución del poder». Un «retorno» del poder al «pueblo». Para ello buscará la ruptura.

«El pueblo de Venezuela generó un caudillo. El núcleo del poder actual es precisamente esa relación establecida entre líder y masa. Esta naturaleza única y diferencial del proceso venezolano no puede ser ni tergiversada ni mal interpretada. Se trata de un pueblo que le dio una orden a un jefe, a un caudillo, a un líder militar. Él está obligado a cumplir con esa orden que le dio ese pueblo. Por lo tanto aquí lo único que nos debe importar es el mantenimiento de esa relación pueblo-líder. Ella está en el núcleo del poder instaurado. Es la esencia del modelo que ustedes han creado. Si ella se mantiene, el proceso continuará su camino; si ella se rompe el proceso degenerará y se anulará una de las experiencias más importantes de las últimas décadas. Esa es la relación que hay que defender sobre todas las cosas. Por lo tanto será necesario oponerse con toda energía a cualquier intento que pretenda «democratizar» el poder. «Democratizar» el poder tiene hoy un significado claro y unívoco en Venezuela: quiere decir «licuar» el poder, quiere decir «gasificar» el poder, quiere decir anular el poder... Así y todo tiene que haber un proceso de «devolución» del poder. Ello fue parte del mandato que recibió el líder. Pero esa «devolución» del poder no debe significar una disminución o eliminación del poder de uno de los polos de la ecuación (el Caudillo), de ese polo que hemos llamado líder. Esto quiere decir que no puede haber poder popular sin la existencia permanente de un liderazgo fuerte. Por lo tanto no es correcto usar la palabra «devolución». Tendremos que pensar más bien en el reforzamiento mutuo de un poder que sólo existe cuando se comparte: cuando ambos polos, el líder y la masa, comparten un mismo poder. Porque la desaparición del líder dejaría a la masa en estado de absoluta indefensión. No hay un sólo ejemplo en la historia del mundo, desde los orígenes hasta nuestros días, que nos demuestre que las cosas hayan sido de otra manera» (Norberto Ceresole, «Caudillo, etc...», op. cit, pgs. 58-65).

En el límite la Nueva Clase intentará fracturar una relación positiva (la existente entre un pueblo concreto y un Caudillo de carne y hueso, y la única posible para asegurar el «progreso» de una comunidad en términos prácticos), en nombre de un Mito aberrante: el de un pueblo bueno —es decir abstracto o genérico— con plena e innata capacidad para gobernarse así mismo. Es la delirante versión postmoderna, elaborada por el marxismo, y no só