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Coronado el bolero como obra de arte Chuchito Sanoja Caracas, viernes 22 de noviembre de 2002 Del 7 al 9 de noviembre de 2002, durante la conferencia convocada por la Smithsonian Institution de Washington D.C., fue acuñado para siempre el valor histórico del bolero, quien no contento con transitar un largo y dilatado camino de éxitos, ahora es coronado como Obra de Arte. Acuciosos investigadores y panelistas del mundo entero (incluyendo inexplicablemente, desde el punto de vista emocional, al Reino Unido) presentaron ponencias que generaron interesantes discusiones, establecieron nuevas fechas de su nacimiento y hasta hicieron brincar de su silla a Olga Guillot, en reclamo de su primer e histórico lugar en el movimiento «filin» de Cuba. Es importante reseñar que el punto de vista cubano de «hoy» no estuvo presente. Eso quiere decir que no escuchamos la opinión de voces autorizadas como la de José María Vitier, Marta Valdés, Frank Fernández, Chucho Valdés, Alexis Díaz-Pimienta, Efraín Amador, Waldo Leyva, Omara Portuondo, César Portillo de la Luz, entre otros, ni el resto de los artistas que tanto éxito causaron al proyecto norteamericano Buena Vista Social Club. La cuidadosa investigación de Francisco Ojeda, propuso como fecha de nacimiento del bolero, los segundos 50 años del siglo XIX, contrastando con el título del libro Cien años de boleros del colombiano Jaime Rico Salazar. Esperando haber interpretado bien la teoría de Ojeda, el «cinquillo», perfectamente dibujado en el danzón y presente en los primeros trovadores cubanos (Sindo Garay, entre otros), apareció como primer patrón rítmico del bolero, aparentemente heredado de Francia vía Haití, tocando tierra en Cuba, Yucatán y, según referencias oídas por quien esto escribe, el sur de los Estados Unidos (oír el Rag Time). Los que deseaban una descripción específica de «¿qué es un bolero?», debieron conformarse con la conclusión de Ojeda: «Es un aire». Por cierto, inteligente, conciliador y bellísimo término. Mención especial merece la ponencia literaria del Doctor Fernando Valerio-Holguín de la República Dominicana, con referencias vitales a Alejo Carpentier y Cabrera Infante, las cuales, como antojo propio, teorizamos que justifican la existencia de Juan Luis Guerra. Frank Figueroa concentró en frasco pequeño los Leitmotiven de los más famosos boleros, sus introducciones: «Todos dicen que es mentira que te quiero...», demostrando que en tan corto espacio, todo está dicho. Siendo yo hijo de un bolero (papá pianista y mamá cantante...), me atrevo a decir que es imposible tratar de ordenar la historia, la fecha de nacimiento o la nacionalidad del bolero, pues la razón que lo creó fue la ilusión, el despecho, la mentira, la verdad, la pasión, los celos, la traición, el abandono, el reencuentro y hasta la amenaza de muerte. A diferencia del talento unido al orden, ejercido y practicado por Cole Porter, George Gershwin, Jerome Kern o Michel Legrand, por solo mencionar unos pocos, la mayoría de los compositores, autores e intérpretes del bolero han creado sus mejores obras sobre dos herramientas básicas: el amor y el desorden. En muy pocos casos existe la partitura original o ediciones autorizadas, lo cual ha provocado «interpretaciones» con notas y/o palabras que el autor nunca escribió. Y, como me sucedió en 1993 personalmente con César Portillo de la Luz, le oí cantar un «Contigo en la distancia» tal y como él lo creó, muy diferente a como lo venimos oyendo desde los años cincuenta. Recientemente, grabando el extraordinario bolero «No te importe saber» con el Maestro Jesús Soto, encontramos libros con tres letras diferentes, por lo cual me vi obligado a llamar telefónicamente a su autor, el Maestro de origen cubano René Touzet, para que nos diera luces sobre su texto original. Volviendo a la conferencia del Smithsonian, debo decir que de nuestro repertorio, dos piezas venezolanas movieron el piso de la audiencia: «Esta casa» de Aldemaro Romero y «Déjame» de Conny Méndez. Esto me obligó a aclarar que la razón por la cual Venezuela no aparece en la escena mundial del bolero de una forma relevante, obedece a que para la época de los cuarenta y cincuenta, no existía en nuestro país un desarrollo importante de la industria del cine ni del disco, herramientas que catapultaron y fijaron para siempre el talento de los cubanos, los mexicanos, los argentinos, etc. Sin embargo, la creación bolerística venezolana, apenas grabada y poco registrada, ocupa un aquilatado lugar, aunque no aparezca en la «foto». Al final de la presentación de Olga Guillot, una espontánea apareció en el sobrio escenario del Auditorium Baird del National Museum of Natural History de Washington D.C. Su dominio no solo es el de una cantante. Es la de un músico completo. Nos hace recordar a un Tony Bennett, una Leny Andrade o un Chet Baker. Claro, no solo es hija de Olga Guillot, sino también de René Touzet. Es muy conocida y famosa. Se llama Olga María Touzet. Pero no quiere cantar. A ella le quiero decir que nosotros los músicos no merecemos tal castigo. Finalmente, una Washington inspirada en la arquitectura de París, la Ciudad Luz; una Washington mal entendida por la implicación política inducida por los medios; sumado a la gentileza de sus habitantes, al friíto ideal cuando hay abrigo y vino, al otoño con todo el dégradé conocido por el ojo humano y a estos boleros que me duelen tanto como aquel que dice «...quedó el espacio de tu figura...» («Imágenes», del maestro Frank Domínguez), han marcado una vivencia que tardará una eternidad en borrarse de mi memoria, y que como toda experiencia, cada vez que trate de narrarla, como aquí lo he intentado, se diluirá, como en el jazz, satisfaciendo así mis más intimas convicciones. |
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