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Filósofo de vocación y Político de profesión

El Emperador Marco Aurelio

José Carlos Corbatta
corbatta@sinectis.com.ar

Abril de 2000

Cuando se recomienda la lectura y se llega a través de la misma a la interpretación de «El Príncipe» de Nicolás Maquiavelo, nos adentramos en el universo del arte de lo posible en todas sus facetas.

Esta lectura generalmente obliga a los políticos a trazar un plan o estrategia frente a la acción política. El Príncipe ha merecido comentarios hasta del mismísimo Napoleón Bonaparte, quien nos hace conocer en su versión, sus pareceres y comentarios de sus experiencias recogidas, en oportunidad de seguir o de apartarse de las enseñanzas del «Padre del Nacionalismo Moderno».

Es evidente que Maquiavelo en catorce años (desde 1498 hasta 1512), atesoró las observaciones directas de la cosa pública y diagnosticó una faceta de la Italia contemporánea y trazó la base del estudio de «la política» como arte, teoría, práctica y forma de gobierno. En fin, de manera concordante con la letra de Namer en Maquiavelo o los orígenes de la Sociología del Conocimiento (Barcelona. Península, 1980, p. 18 y 19) y Marcos Sanz Agüero en El Príncipe (M. E. Editores, S. L. 1995, p. 15) sostenemos: «... la reflexión maquiaveliana más que simple sociología o politología se inscribiría en el ámbito de la praxiología. No es sólo, pues, el intento de teorizar sobre la naturaleza del Estado ni de la sociedad en que se sustenta sino de atribuir una teoría susceptible de vertirse en una técnica y, desde ella, corregir u orientar el curso mismo de los acontecimientos históricos».

América no escapa a estas concepciones. Así el Gral. Juan D. Perón en Conducción Política (Secretaría Política de la Presidencia de la Nación. Rep. Argentina. 1974, p. 12 y ss.) señala: « ... Por otra parte, la conducción, en el campo político, es toda una técnica. En el mundo, en general, no se ha estudiado mayormente esta conducción, porque los hombres encargados de realizarla, en su mayoría, no apuntaron a ser grandes conductores desde muchachos. Apuntaron a todas las demás inclinaciones, más o menos convenientes para ganarse la vida o para triunfar en la vida, pero pocos se han dedicado a profundizar lo que es la conducción, pensando a los quince años que a los cincuenta ellos serían conductores. De manera que poca gente se ha dedicado a estudiar profundamente lo que es la técnica de la conducción». Seguidamente enfatiza el ideólogo de la tercera posición que: «...La conducción política es todo un arte, y ese arte está regido por principios, como todas las artes. Si no tuviera principios no sería un arte, así como una ciencia que no tiene leyes tampoco es una ciencia. La diferencia que hay entre la ciencia y el arte consiste en que la ciencia se rige por leyes, leyes que dicen que a las mismas causas obedecen los mismos efectos, y el arte se rige por principios que son comunes en su enunciación, pero que son infinitamente variables en su aplicación, y ahí está la dificultad del arte, porque el arte no presupone solamente la aplicación de las leyes, sino también la aplicación de principios en las cuales la creación representa el ochenta por ciento del fenómeno, y la creación no es producto de una teoría. La creación es producto de una inspiración que los hombres tienen o no. En esa técnica de la conducción es indudable que existen factores ponderables y factores imponderables». También el estadista dedicaba un párrafo especial para la Revolución Francesa y los Enciclopedistas y conforme el mencionado texto doctrinario (p. 66) decía: «La Revolución Francesa fue preparada meticulosa y maravillosamente durante cuarenta años por los enciclopedistas. Cuando se produjo la Revolución observamos que las «enciclopedias» no previeron un Danton ni un Marat que les cambió todos los papeles. Vale decir que no hay una continuidad segura entre el proyecto y la realización. Vale decir que no hay seguridad en el método ideal. En cambio, los acontecimientos suelen ser mucho más sabios. ¿Por qué? Porque quien no se aferra a viejas ideas, que no hacen un «canon» del cual no se puede apartar, tiene una libertad de acción superior que le permite, teniendo buena intención y suficiente capacidad para resolver cada problema, ir ejecutando en forma empírica. Detrás ya vendrán quienes recojan la experiencia y la cristalicen en una doctrina que después se entregará como ejemplo a las generaciones venideras».

Hasta esta instancia, no existe comentario alguno sobre Marco Aurelio (121-180). El motivo fue ofrecer (si se me permite así decirlo), un panorama especial sobre la manera de concebir la política en tiempos muy distantes entre sí, pero a la postre reales.

El Emperador Marco Aurelio, tradujo su virtuosa conducta humana, su filosofía de gobierno, su sentir político, su incomparable (e inigualable hasta el presente) grandeza conductora y su doctrina que entregará como ejemplo a las generaciones venideras, en una suerte de apuntes personales, las Meditaciones, escritas a lo largo de sus últimos años de paso por esta Tierra.

Cuando Herodiano señala que fue el único de los emperadores que dio fe de su filosofía no con palabras ni con afirmaciones teóricas de sus creencias, sino con su carácter digno y su virtuosa conducta, debemos inferir que se trataba de un práctico del amor a la sabiduría y que ella fue puesta al servicio de Roma. ¿No es esta una conducta a imitar por su ejemplaridad? ¿No es esta la sinceridad que se requiere para honrar los cargos que el Pueblo confía a sus representantes?. Bueno, no nos asustemos y sigamos con este Emperador que fue primero embajador del grupo primario es decir de su familia y vaya si no se siente agradecido a las bondades recibidas en épocas de su educación. Así sus Meditaciones, se inician con un vivo recuerdo en primer lugar de M. Anio Vero (abuelo por parte del padre) de quien rescata el buen carácter y la serenidad; en segundo término alude a su padre (con quien comparte pocos años de vida) pero señala la fama de su hombría y discreción; seguidamente evoca a su madre y por último agradece a L. Catilio Severo el haber hecho gastos para su educación que siempre obtuvo de maestros particulares de prestigio reconocido. También admiró a su padre por adopción T. Aurelio Antonino y Antonino Pío. Tenemos a un profundo agradecido a la familia de nacimiento y la de adopción. No es de esperar menos, se sabe que quien no respeta a su familia poco puede respetar a los demás. Cumplió el mandamiento de honrar a su padre y a su madre y a los mayores. Él agradecido de todos Ellos y todos por Él.

Se ha escrito con letras de sangre en la historia y frente al nefasto crimen de Dorrego que «No hay lugar para los hombres de corazón». Una referencia en la Historia Augusta cuenta de sus sentimientos, cuando en oportunidad de fallecer su preceptor, se permite romper en llanto en presencia de incomprensibles, entonces Antonino ofuscado responde a las críticas de aquellos diciendo «Dejadle ser humano: que ni la filosofía ni el trono son fronteras para el afecto». Este recuerdo aflorará en las Meditaciones (Marco Aurelio. Editorial Planeta DeAgostini. Madrid. España. 1995, en I.11 p. 51), y deja escrita su pluma al referirse a su Amigo M. Cornelio Frontón: «el haberme detenido a pensar cómo es la envidia, la astucia y la hipocresía propia del tirano, y que, en general, los que entre nosotros son llamados «eupátridas», son, en cierto modo, incapaces de afecto. ¿Qué le diría Maquiavelo a «el príncipe»? Conviene confrontar estas apreciaciones Ver: El Príncipe (por: Marcos Sanz Agüero M. E. Editores, S. L. Madrid. 1995, p. 117) Capítulo XVII «De la crueldad y de la clemencia y de si vale más ser amado que temido».

El Emperador de Roma fue así un esclavo de su palabra. Paralelamente el Gral. Juan D. Perón en Conducción Política (Secretaría Política de la Presidencia de la Nación. Rep. Argentina. 1974, p. 176 señala el peligro de la falta de congruencia: « Hay hombres naturalmente incongruentes, en la concepción de las cosas ... Porque de eso de que todos tenemos un poco... algunos tienen mucho, otros menos. Pero todos, todos tenemos un poco. Entonces, hay siempre un cierto grado de incongruencia en cada hombre. Un hombre hace una apreciación, y la va desarrollando. Y usted dice: bueno, entonces este hombre va a disponer que se haga tal cosa. Pero no: indica todo lo contrario. Es decir, que su apreciación es diametralmente opuesta a la conclusión o a la resolución, o a lo que él quiere. Hay hombres a quienes, destruir lo que dicen, es necesario dejarlos hablar; nada más. Dejarlos hablar: ellos solos se destruyen. Eso es la falta de congruencia en sus principios. Bien: a esa falta de congruencia lleva la falta de unidad en la concepción. La conducción no se aparta de las leyes naturales de la vida, porque es una actividad de la vida. Quien crea que la conducción no es la vida, se equivoca. La conducción es la vida en acción, es la vida misma, es la vida propia y la vida de los demás. Eso es la conducción. Por eso, quien se dedica a la conducción debe ser profundamente humanista. Se conducen hombres y se conducen pueblos: las demás cosas las conduce Dios. Eso es algo sobre lo que hay que estar bien en claro».

Conocer al hombre antes que dirigirlo era un fino sentido que el Emperador Romano agudizó desde su juventud. Conforme expresa en Meditaciones (Marco Aurelio. Editorial Planeta DeAgostini. Madrid España. 1995, en I.14 p. 52): «... De «mi hermano» Severo: el amor a la familia, a la verdad y a la justicia; el haber conocido, gracias a él, a Traseas, Helvidio, Catón, Dión, Bruto; el haber concebido la idea de una constitución basada en la igualdad ante la ley, regida por la equidad y la libertad de expresión igual para todos, y de una realeza que honra y respeta, por encima de todo, la libertad de los súbditos. De él también: la uniformidad y constante aplicación al servicio de la filosofía; la beneficencia y generosidad constante; el optimismo y la confianza en la amistad de los amigos; ningún disimulo para con los que merecían su censura; el no requerir que sus amigos conjeturaran qué quería o qué no quería, pues estaba claro».

Es gratificante la visión apocalíptica (que quita el velo, deja a la luz o corre el manto), que propugna Marco Aurelio. Desentrañar el éxito de su Imperio (para ver como se origina el fracaso posterior a su gestión), nos permite comprender a la política y a los mentores de los gobiernos actuales.

En «Historia de la Filosofía» (Traducción y notas Dr. Juan C. Zuretti. Colección «Balmes» N° 3 Segunda Edición. Editorial Difusión, S. A. Buenos Aires) el Prof. Jacinto Trédici nos alerta de un hecho poco prudente a los fines de la inexistencia del hombre perfecto. En el punto 51, p. 76 y sgte., nos dice: «ESTOICISMO. SÉNECA, EPICTETO, MARCO AURELIO. - La filosofía estoica tuvo en Roma tres representantes ilustres. L. Anneo Séneca, nacido en Córdoba (España) en los primeros años de la era cristiana y muerto en el año 65 d. de C. Maestro, ministro y luego víctima de Nerón, si no logra justificarse por la debilidad con la que asistió como ministro a todas las infamias de ese emperador, escribió, en cambio, obras de buena filosofía moral, que merecieron un recuerdo respetuoso también de los filósofos cristianos de la Edad Media ("Séneca moral", le dice Dante, inf., c. IV). Más que tratados completos, Séneca compuso libros de argumentos particulares (Quoestiones naturales, De providencia, De ira, De clemencia, De beneficiis, De tranquillitate animi, De brevitate vitae, De vita beata, De consotatione y otros). En ellos, a pesar de un matiz de escepticismo, defiende la providencia de Dios y la inmortalidad del alma, y expone los preceptos de la filosofía estoica, suavizando, como ya lo hiciera Cicerón, su severidad excesiva. Otro ilustre filósofo estoico fue Epicteto, nacido en Hierópolis, ciudad de la Frigia, pero establecido en Roma, esclavo de un liberto de Nerón. No escribió libro alguno; pero su doctrina, un conjunto de buenas máximas morales, fundadas en un rígido concepto del deber y de la abnegación, fue recogida por un discípulo del mismo, en una obra intitulada Manual o Enchiridion. Finalmente, otro notable cultivador de la filosofía estoica fue el emperador Marco Aurelio (m. en el año 180), que dejó una colección de máximas titulada A si mismo: Pensamientos.»

En la nota a la p. 77 del texto mencionado publica: «Se habló de relaciones entre Séneca y el apóstol S. PABLO y existe una correspondencia epistolar que lleva su nombre, que cita S. Jerónimo (De viribius illustribus, 12), sin pronunciarse, sin embargo, sobre su autenticidad. Pero ya Baronio la declaró apócrifa, y actualmente todos la consideran como tal. Esto no excluye, empero, que entre ambos no haya podido haber relaciones verbales.

Acerca de la similitud de la moral de Epicteto con la moral cristiana, recordaremos un prudente juicio de Jules Simón (Diccionario de las ciencias filosóficas, palabra: Epicteto): «Se ha dicho que el Manual de Epicteto era digno de un cristiano. No, ésa no es moral cristiana. Esta religión del deber, ese desprecio del dolor, esa vida casta y reservada, la meditación de la muerte que Epicteto recomienda... todo nos hace pensar en el Cristianismo; pero, ¿cómo puede decirse que esa moral es cristiana, cuando excluye la caridad? ». Más cerca de la benevolencia cristiana, aun cuando no alcance todavía su perfección, está la moral de Marco Aurelio. Es bueno, sin embargo, recordar que Marco Aurelio manchó su fama con una violenta persecución contra los Cristianos. Y el emperador filósofo no supo apreciar siquiera la nobleza de alma y el coraje de los mártires, calificando a su constancia de ostentación. Ver: Allard « Las persecuciones y el número de los mártires».

Muy recomendable es la interpretación de las Meditaciones como filosofía de vida y doctrina de pensamiento. De ellas, por gracia de la obra escrita las siguientes:

«Al despuntar la aurora, hazte estas consideraciones previas: me encontraré con un indiscreto, un ingrato, un insolente, un mentiroso, un envidioso, un insociable. Todo eso les acontece por ignorancia de los bienes y de los males. Pero yo, que he observado que la naturaleza del bien es lo bello, y que la del mal es lo vergonzoso, y que la naturaleza del pecador mismo es pariente de la mía, porque participa, no de la misma sangre o de la misma semilla, sino de la inteligencia y de una porción de la divinidad, no puedo recibir daño de ninguno de ellos, pues ninguno me cubrirá de vergüenza; ni puedo enfadarme con mi pariente ni odiarle. Pues hemos nacido para colaborar, al igual que los pies, las manos, los párpados, las hileras de dientes, superiores e inferiores. Obrar, pues, como adversarios los unos de los otros es contrario a la naturaleza. Y es actuar como adversario el hecho de manifestar indignación y repulsa». Meditaciones (Marco Aurelio. Editorial Planeta DeAgostini. Madrid. España. 1995, en II. 1 p. 59).

«El alma del hombre se afrenta, sobre todo, cuando, en lo que de ella depende, se convierte en pústula y en algo parecido a una excrecencia del mundo. Porque enojarse con algún suceso de los que se presentan es una separación de la naturaleza, en cuya parcela se albergan las naturalezas de cada uno de los restantes seres. En segundo lugar, se afrenta también, cuando siente aversión a cualquier persona o se comporta hostilmente con intención de dañarla, como es el caso de las naturalezas de los que montan en cólera. En tercer lugar, se afrenta, cuando sucumbe al placer o al pesar. En cuarto lugar, cuando es hipócrita y hace o dice algo con ficción o contra la verdad. En quinto lugar, cuando se desentiende de una actividad o impulso que le es propio, sin perseguir ningún objetivo, sino que al azar e inconsecuentemente se aplica a cualquier tarea, siendo así que, incluso las más insignificantes actividades deberían llevarse a cabo referidas a un fin. Y el fin de los seres racionales es obedecer la razón y la ley de la ciudad y constitución más venerable». Meditaciones (Marco Aurelio. Editorial Planeta DeAgostini. Madrid. España. 1995, en II. 16 p. 65 y 66).

«Ni actúes contra tu voluntad, ni de manera insociable, ni sin reflexión, ni arrastrado en sentidos opuestos. Con la afectación del léxico no trates de decorar tu pensamiento. Ni seas extremadamente locuaz, ni polifacético. Más aún, sea el dios que en ti reside protector y gula de un hombre venerable, ciudadano, romano y jefe que a sí mismo se ha asignado su puesto, cual sería un hombre que aguarda la llamada para dejar la vida, bien desprovisto de ataduras, sin tener necesidad de juramento ni tampoco de persona alguna en calidad de testigo. Habite en ti la serenidad, la ausencia de necesidad de ayuda externa y de la tranquilidad que procuran otros. Conviene, por consiguiente, mantenerse recto, no enderezado». Meditaciones (Marco Aurelio. Editorial Planeta DeAgostini. Madrid. España. 1995, en III. 5 p. 73).

«Si en el transcurso de la vida humana encuentras un bien superior a la justicia, a la verdad, a la moderación, a la valentía y en suma, a tu inteligencia que se basta a sí misma, en aquellas cosas en las que te facilita actuar de acuerdo con la recta razón, y de acuerdo con el destino en las cosas repartidas sin elección previa; si percibes, digo, un bien de más valía que ese, vuélvete hacia él con toda el alma y disfruta del bien supremo que descubras. Pero si nada mejor aparece que la propia divinidad que en ti habita, que ha sometido a su dominio los instintos particulares. que vigila las ideas y que, como decía Sócrates, se ha desprendido de las pasiones sensuales, que se ha sometido a la autoridad de los dioses y que preferentemente se preocupa de los hombres; si encuentras todo lo demás más pequeño y vil, no cedas terreno a ninguna otra cosa, porque una vez arrastrado e inclinado hacia ella, ya no serás capaz de estimar preferentemente y de continuo aquel bien que te es propio y te pertenece. Porque no es licito oponer al bien de la razón y de la convivencia otro bien de distinto género, como, por ejemplo, el elogio de la muchedumbre, cargos públicos, riqueza o disfrute de placeres. Todas esas cosas, aunque parezcan momentáneamente armonizar con nuestra naturaleza, de pronto se imponen y nos desvían. Por tanto, reitero, elige sencilla y libremente lo mejor y persevera en ello. <Pero lo mejor es lo conveniente>. Si lo es para ti, en tanto que ser racional, obsérvalo. Pero si lo es para la parte animal, manifiéstalo y conserva tu juicio sin orgullo. Trata sólo de hacer tu examen de un modo seguro». Meditaciones (Marco Aurelio. Editorial Planeta DeAgostini. Madrid. España. 1995, en III. 6 p. 74).

«¿Qué es la maldad? Es lo que has visto muchas veces. Y a propósito de todo lo que acontece, ten presente que eso es lo que has visto muchas veces. En suma, de arriba abajo, encontrarás las mismas cosas, de las que están llenas las historias, las antiguas, las medias y las contemporáneas. de las cuales están llenas ahora las ciudades y las Casas. Nada nuevo: todo es habitual y efímero». Meditaciones (Marco Aurelio. Editorial Planeta DeAgostini. Madrid. España. 1995, en VII. 1 p. 129).

«El que comete injusticias es impío. Pues dado que la naturaleza del conjunto universal ha constituido los seres racionales para ayudarse los unos a los otros, de suerte que se favoreciesen unos a los otros, según su mérito, sin que en ningún caso se perjudicasen, el que transgrede esta voluntad comete, evidentemente, una impiedad contra la más excelsa de las divinidades. También el que miente es impío con la misma divinidad. Pues la naturaleza del conjunto universal es naturaleza de las cosas que son, y éstas están vinculadas con todas las cosas existentes. Más todavía, esta divinidad recibe el nombre de Verdad y es la causa primera de todas las verdades. En consecuencia, el hombre que miente voluntariamente es impío, en cuanto que al engañar comete injusticia. También es impío el que miente involuntariamente, en cuanto está en discordancia con la naturaleza del conjunto universal y en cuanto es indisciplinado al enfrentarse con la naturaleza del mundo. Porque combate a ésta el que se comporta de modo contrario a la verdad, a pesar suyo. Pues había obtenido de la naturaleza recursos, que desatendió, y ahora no es capaz de discernir lo falso de lo verdadero. Y ciertamente es impío también el que persigue los placeres como si de bienes se tratara, y, en cambio, evita las fatigas como si fueran males. Porque es inevitable que el hombre tal recrimine reiteradamente a la naturaleza común en la convicción de que ésta hace una distribución no acorde con los méritos, dado que muchas veces los malos viven entre placeres y poseen aquellos medios que se los proporcionan, mientras que los buenos caen en el pesar y en aquello que lo origina. Más aún, el que teme los pesares temerá algún día algo de lo que acontecerá en el mundo, y eso es ya impiedad. Y el que persigue los placeres no se abstendrá de cometer injusticias; y eso sí que es claramente impiedad. Conviene también, en relación con las cosas en que la naturaleza común es indiferente (pues no habría creado ambas cosas, si no hubiese sido indiferente respecto a las dos) que respecto a éstas los que quieren seguir la naturaleza se comporten indiferentemente viviendo de acuerdo con ella. Por consiguiente, está claro que comete una impiedad todo el que no permanece indiferente respecto al pesar y al placer, a la fama y a la infamia, cosas que usa indistintamente la naturaleza del conjunto universal. Y afirmo que la naturaleza común usa indistintamente estas cosas en vez de acontecer éstas por mero azar según la sucesión de lo que acontece; y sobrevienen debido a un primer impulso de la Providencia, según la cual, desde un principio, emprendió esta organización actual del mundo mediante la combinación de ciertas razones de las cosas futuras y señalando las potencias generatrices de las sustancias, las transformaciones y sucesiones de esta índole». Meditaciones (Marco Aurelio. Editorial Planeta DeAgostini. Madrid. España. 1995, en IX. 1 p. 161 y 162).

«Todos los objetivos que deseas alcanzar en tu progreso puedes ya tenerlos si no te los regateas a ti mismo y por recelos. Es decir: caso de que abandones todo el pasado, confíes a la providencia el porvenir y endereces el presente hacia la piedad y la justicia exclusivamente. Hacia la piedad, para que ames el destino que te ha sido asignado, pues la naturaleza te lo deparaba y tú eras el destinatario de esto. Hacia la justicia, a fin de que libremente y sin artilugios digas la verdad y hagas las cosas conforme a la ley y de acuerdo con su valor. No te obstaculice ni la maldad ajena, ni su opinión, ni su palabra, ni tampoco la sensación de la carne que recubre tu cuerpo. Pues eso incumbirá al cuerpo paciente. Si, pues, en el momento en que llegues a la salida, dejas todo lo demás y honras exclusivamente a tu guía interior y a la divinidad ubicada en ti; si temes no el poner fin un día a tu vida, sino el hecho de no haber empezado nunca a vivir conforme a la naturaleza, serás un hombre digno del mundo que te engendró y dejarás de ser un extraño a tu patria y dejarás también de admirar como cosas inesperadas los sucesos cotidianos, y de estar pendiente de esto y de aquello». Meditaciones (Marco Aurelio. Editorial Planeta DeAgostini. Madrid. España. 1995, en XII. 1 p. 207).

«¡Buen hombre, fuiste ciudadano en esta gran ciudad! ¿Qué te importa, si fueron cinco o tres años? Porque lo que es conforme a las leyes, es igual para todos y cada uno. ¿Por qué pues, va a ser terrible que te destierre de la ciudad, no un tirano, ni un juez injusto, sino la naturaleza que te introdujo? Es algo así como si el estratego que contrató a un comediante, lo despidiera de la escena. Mas no he representado los cinco actos, sino sólo tres. Bien has dicho. Pero en la vida los tres actos son un drama completo. Porque fija el término aquel que un día fue responsable de tu composición, y ahora lo es de tu disolución. Tú eres irresponsable en ambos casos. Vete, pues, con ánimo propicio, porque el que te libera también te es propicio», Meditaciones (Marco Aurelio. Editorial Planeta DeAgostini. Madrid. España. 1995, en XII. 36 p. 216).

Es una verdadera pena no difundir la fecunda lectura de la vida y obra del Emperador que perduró, nada más ni nada menos que veinte años conduciendo el Imperio Romano, a tal punto que con él culminó la denominada «Edad de Oro del Imperio». Los motivos de la decadencia en parte se deben a su desaparición y con ella, un estilo de vida desplegado sobre escalas de valores muy superiores, muy claros y respetuosos de la constante y perpetua voluntad de darle a cada uno lo suyo al decir de Ulpiano, es decir de la justicia.

La oportunidad que brinda Venezuela Analítica de llegar muy lejos, ello gracias a las virtudes de la organización y al avance de la comunicaciones actuales, me permite por obra de la bibliografía adjunta presentar a un Emperador distinto y a un modelo que aún con errores humanos, llevo a su Tierra a la cúspide del disfrute del bien común.

Bibliografía

«El Príncipe» de Nicolás Maquiavelo por: Marcos Sanz Agüero M. E. Editores, S. L. 1995.

«Conducción Política» por: Gral. Juan D. Perón. Secretaría Política de la Presidencia de la Nación. Rep. Argentina. 1974

«Meditaciones» de Marco Aurelio. Editorial Planeta DeAgostini. Madrid. España. 1995.

«Historia de la Filosofía» por el Prof. Jacinto Trédici. Traducción y notas Dr. Juan C. Zuretti. Colección «Balmes» N° 3 Segunda Edición. Editorial Difusión, S. A. Buenos Aires. Rep. Argentina. 1946..



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