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Talión

El cochino, hacia un nuevo paradigma

Earle Herrera

El Nacional, martes 9 de enero de 2001

Documentos del debate político en Venezuela

Mientras la oposición no supere su zoofilia crónica, la suerte de Hugo Chávez seguirá en ascenso. El 2000 cerró en la Asamblea Nacional con un cochino, maquillado en un programa de televisión, previa desinfección en un local del Sambil. De haberlo llevado al augusto recinto alguien del MVR o PPT, todavía los opinadores estuvieran hablando de civilización contra barbarie, cochinadas y otras porquerías. Pero como el marrano acto fue montado por los pulquérrimos lechones de PJ, las chicas del 33 se desahogaron en suspiros por «Napoleón», que así bautizaron al chancho, y aún aplauden lo que llamaron «la travesura de los muchachos». De todas formas —decía Sartre— no se duerme impunemente con cochino, así se le llame «puerquito».

Salga de piara, chiquero o barrial, la imaginación se mide por sus actos. Hasta ahora, la de los opositores del chavismo se ha limitado a y ha venido descendiendo escandalosamente en la escala zoológica. No hay que recurrir a la teoría de los símbolos del buen Todorov (el asunto es más bien freudiano) para entender la declinación de una fauna política. Bastarían, en este caso, las fábulas con cochinos y otras especies que nos legara Aquiles Nazoa, con amor y humor. Empezaron —¿lo recuerdan?— con un pobre penco cuyo nombre —Frijolito— ya auguraba su destino. Sendos revolcones en dos elecciones lo retiraron con más tristeza que brío. Al final, ya hasta me caía simpático el maltratado cuadrúpedo.

Encasquillados los sesos, contrataron a unos «creativos» tan avícolas que propusieron de símbolo una gallina. La sacaron en marchas, casi la matan contra la pared de la Fiscalía, la zarandearon en la Corte y la fijaron con pegaloca a una mesa para que hiciera aquella cuña agropecuaria de la que ni el coprotagonista quiere acordarse. Hasta ese momento la oposición lustrada (no ilustrada) aplaudía a la clueca. Al no darle resultado, provocó su decapitación (era lo que buscaban con el puerco) y con mediática hipocresía armó un cacareo de almas atribuladas. Todavía se oye aquel cloqueo madre televisado.

Hoy ponen de turno al bate a un puerco, signo y emblema de la nueva oposición. La curva imaginativa se disparó, o mejor, se embarriló: de caballo a gallina y de gallina a puerco, o sea, de caballeriza a corral y de corral, cuesta escribirlo, a chiquero. Nadie sabe qué vendrá después del marrano «Napoleón». Aunque algunos se ofendieron, a mí más bien me divirtió el asunto, no tanto por el cerdo, sino por la cara de los que lo llevaban: en unos, de delicado asco que los hacía agarrar al chancho con la punta de los dedos; en otros, de pánico, no fuera el estresado cochinito a morderlos. Recordé el poema «Conversación con un cochino», de Aquiles (página 71 de Humor y amor).

Dicen que la fortuna premia a los audaces. Y si el audaz cuenta con una oposición cuyos actos más memorables lo simbolizan un equino, un ave de corral y un paquidermo doméstico, ese premio se multiplica sin cesar. Estos opositores requieren, con suma importancia, de nuevos paradigmas, como se dice. Pretender derrotar a Hugo Chávez transmutándose en caballo, gallina y ahora —los más jóvenes— en puerco, es un esfuerzo ciertamente patético, pero que no garantiza mucho.

Les urge buscar ideas más allá de establos, corrales y porquerizas. Es probable que la elocuencia de Cicerón o la oratoria de Castelar no sincronicen con la moda, pero sustituirlas por relinchos, cacareos y gruñidos no llena el vacío. Claro, tampoco se puede pedir peras al olmo; la imaginación —lo dijo Mallarmé— no es algo que se adquiera a cuenta de oreja de cochino.

PS: La única vez que el IESA iba a acertar en sus pronósticos macroeconómicos, expulsó al economista que los hizo. No tienen cura.


Ibsen Martínez, La cámara no parpadea



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