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 Caracas, Viernes, 10 de febrero de 2012
 

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Todas las pelotas son distintas

Aquel domingo de diciembre llegó luminoso, lleno de calor y con un cielo tan claro y despejado que dejaba ver en toda su extensión a El Ávila enorme. Fue una maravilla desayunarme temprano y gozar del perfume que tienen pegadas todas las cosas en la mañana, y leer el periódico y darme cuenta de que lo mejor que podía hacer era ir al Estadio de la Ciudad Universitaria a ver jugar a esa gloria de equipo que es los Leones del Caracas. Mucho mayor fue mi goce al ver en la prensa que el partido dominical sería contra las Águilas del Zulia; así que podría invitar a mi papá y revivir con él aquella alegría que significaba jugar con un par de guantes Tamanaco y una pelota Spalding. Recuerdo que no había nada como zumbarnos una y otra vez la esferita blanca que nos invitaba a correr y a conversar y a decirnos cosas que sonaban a preguntas importantes, a consejos, a haz esto o aquello, a no te metas con fulano, a no le digas a mengano que tal o cual cosa... No hay nada más extraordinario que recordar las conversaciones que papá y yo teníamos cuando atrapábamos flies en los campos verdes del Parque del Este. En tales diálogos mi padre se convertía en un héroe, en un sabio, en un tipo capaz de resolver todos los problemas y todos los enigmas del mundo. Curioso fue ir creciendo y ver cómo mi opinión sobre papá fue cambiando poco a poco porque quizás fui enterándome de que el viejo era un tipo común y corriente y no un héroe de dimensiones colosales. Hoy en día me gusta ir a ver beisbol con mi papá por la sencilla razón de que en el stadium él recupera su aura sobrehumana. Es buenísimo verlo emocionarse, gritar, sonreír y afirmar cosas sobre el juego. Él siempre me sorprende porque se sabe todos los vericuetos de este bonito deporte. No hay jugada que no pueda predecir. No hay detalle de esa bellísima ceremonia que se le pase o que no sepa explicar. Por todo esto, y porque el día regalaba con perfección sus dones, invité al viejo para que fuera conmigo al estadio.

El juego era a la una de la tarde. Llegamos temprano y ya las taquillas estaban repletas de gente haciendo cola para comprar su entrada. En ese pórtico maravilloso de nuestro campo de beisbol había, como siempre, toda clase de buhoneros vendiendo gorras, franelas, barajitas, llaveros y demás recuerdos que hacen que los fanáticos muestren su adhesión al Magallanes, al Caracas, a La Guaira, a las Águilas, al Pastora, a los Tigres de Aragua, a los Caribes de oriente o al Lara. Ya hacía bastante tiempo que yo tenía mi cachucha de Los Leones que exhibo siempre con orgullo. Con esa gorra me cubrí la mollera mientras hacía mi cola para comprar las entradas. Cuando logré adquirirlas, me fui con papá lentamente y buscamos la puerta que nos correspondía, y entramos a ese portento de espacio que significa el interior del estadio. No sé por qué, pero siempre que entro allí me da una sensación de vértigo ante la grandeza de concreto que se mezcla con el color de la grama, con el color del cielo, con el color de las rayas de cal, de las vallas y de los uniformes de los dos equipos. Caracas y su Ávila se ven demasiado bien desde las sillas anaranjadas que quedan entre tercera y home, justo encima del dogout de los Leones. Papá anda medio molesto porque nos sentamos allí y no del otro lado donde no pega sol y donde están sentados unos cuantos guajiros estoicos bebiendo cerveza. Yo le dije que dejara de echar vaina porque desde allí podíamos verle las manos al pitcher abridor por el Caracas que era, nada más y nada menos, que el zurdo de oro Omar Daal. Al fin nos sentamos en esa primera fila y vimos que la preferencia, las gradas y los glitchers tenían un buen lleno en el que había bulla y cerveceros, vendedores de maní, cotufas, refrescos, pizzas, pinchos, papitas, tostones, caramelos y todo. El encanto de venir al estadio es vivir la diversidad y ver que pueden existir cientos de formas de gritar que se vende cerveza, que se casan apuestas, que se expenden muñecos inflables con forma de bates y pelotas, que se odia al umpire, que se está bien siendo representado en el terreno de juego por un jugador infalible con el guante o con el madero. Ir al stadium era, es y será siempre un entrar en contacto con miles de imágenes y situaciones que no se encuentran en ninguna otra parte que no sea el campo de beisbol.

Papá me dijo que lo mejor sería comprarnos una bolsa de maní y una colita para los dos. Él tenía la teoría de que en el estadio sólo se debe tomar cerveza después que el juego se hiciera legal; es decir: en el quinto inning. Además, a partir de ese momento el duelo entre los dos equipos se hace más fuerte y más emocionante. Uno de los dos bandos a juro perderá a menos que llueva antes del quinto inning o que pase algo inesperado.

Desde el puesto que escogí el campo se veía perfecto. Allá estaba Omar Daal en la lomita. Su número reverberaba oscuro en la camisa blanca de su uniforme. También podían verse Roger Cedeño, Bob Abreu, Liu Rodríguez, Carlos Hernández, Roberto Petagine y Álex González, el flaquito que todavía tiene la responsabilidad de hacernos olvidar a los caraquistas el maravilloso guante de Omar Vizquel. Recuerdo otra vez que vine al estadio con papá a ver otro juego entre las Águilas y los Leones. En aquel juego el Caracas ganó catorce a tres. No sólo tengo en la memoria ese domingo por semejante victoria o porque haya visto jugar a Galarraga, o por ver a Vizquel cometiendo un error, o a Jesús Alfaro bateando después de viejo, o a Abreu botarla de jonrón, no. Recuerdo ese juego por todas esas maravillas y porque antes de entrar al estadio con mi papá me sentía muy mal. Resulta que el sábado anterior Julia viene y me dice así, de buenas a primeras, que está en estado. Yo le pregunté que cómo iba a ser, que cómo era posible, que si no sería un quiste o el stress. Y entonces comenzamos con el que si tú que si yo; que cuándo; que cómo; que si tú no te protegías; que yo sí me protegí; que si estás segura; que debe haber algún error; que no hay error posible porque fui al médico y me afirmó categóricamente que mi embarazo era un hecho; que qué vamos a hacer ahora; que cómo se lo digo a mi familia; que si tú me vas a dejar sola en esto; que si ahora no me vas a querer; que si el método del ritmo es un fiasco; que yo sí te quiero y no importa que vayamos a ser tres; que no puede ser; que yo no tuve la culpa; que yo no te quise joder; que tú no eres el que lo vas a tener en la barriga; que no se trata de "joderme", sino de lo irresponsables que somos; que un niño te cambia la vida; que es una vaina seria; que ya me veo entre pañales y culos cagados; que yo no aborto ni loca; que nadie te ha dicho que no lo tengas... y todas esas cosas que la gente dice cuando la vida te anuncia que te va a traer un regalito que tú no querías ni esperabas.

—¡Qué bolas! A los que los hacen en los autocines les vienen rapidísimo, pero a los que los buscan de verdad les cuesta Dios y su ayuda —dijo papá cuando alrededor del cuarto inning y bateando el bello Quintana no pude más y le dije que era casi seguro lo de mi paternidad y lo de su nueva condición de abuelo.

Al final el viejo me aconsejó que pensara muy bien lo que iba a hacer. Un carajito se hace entre dos y si se es un tipo responsable hay que pensar todo lo referente a él entre dos también. Si no se está condenado a ser un bruto, un inconsciente incapaz de asumir las consecuencias de sus propios actos. Papá me dijo que a mis veintiséis años ya eso tenía que estar muy claro, porque de otro modo se había perdido toda la educación que me dieron y todo el tiempo que se invirtió en mí. Creo que tardé un buen rato en hacerle entender al viejo que todas aquellas vainas que él me decía eran ciertas y que yo ya las tenía bien claras en mi cabeza y en mi voluntad. Mi angustia no era precisamente por asumir o no la parte que me tocaba en ese asunto. La verdad es que el consejo que yo requería de mi padre era distinto, era una pregunta sobre el amor entre Julia y yo y sobre cómo nos jodía o beneficiaba la llegada de un chamo a nuestras vidas...

Toda aquella larga plática comenzó y terminó mientras los Leones del Caracas destrozaban el pitcheo y la defensiva del equipo zuliano. No sé por qué, pero aquel juego se me hizo corto a pesar de no tener ningún tipo de tensión. Ni siquiera cuando José Castellanos la botó con dos hombres en base por las Águilas, rompiendo el cero de Dilson Torres, me sentí mal ni aterrado ni nada. Lo único que sentía era una especie de vacío en el estómago por la preocupación que estaba viviendo y porque nunca me había peleado así con Julia. Juro que no me di cuenta de cómo el Caracas arribó a su carrera número catorce. Sólo sé que en una de las tantas vueltas que di por las gradas buscando al tipo de Domino's Pizza me topé con Delio Amado León que venía agitado de afuera. Nunca supe si venía del baño o de la camioneta donde reposaban el director y varios de los tipos que controlan la unidad móvil de Venevisión. Cuando me topé con él lo vi flaco. Creo que le pregunté a modo de saludo: "¿Cómo está, don Delio Amado?" Él me contestó con su voz exageradamente modulada a lo Bob Canell: "Aquí, chico. Corriendo para que la transmisión quede buena". Y subió lo más rápido que pudo las gradas hasta llegar a su cabina y a su micrófono. En realidad me quedé un poco lelo con ese encuentro. Es muy probable que un tipo como Delio Amado León pudiese darme un buen consejo sobre el desaguisado biológico y sentimental que me aquejaba. Lo malo es que nuestra conversación fue muy rápida, y para colmo el hombre se murió a los pocos meses.

Estoy otra vez en el estadio con mi papá. La verdad es que veo el recuerdo de aquel juego como una cosa absurda. Julia no estaba en estado. Yo vivo echándole vaina y diciéndole que lo de aquella vez fue un embarazo psicológico unido a unas ganas muy arrechas de atarme a ella... ¿Qué tal? Uno preocupado y no pasaba nada en verdad. Hoy en día Julia y yo nos cuidamos más. A cada rato tengo una querella con Julita porque cada vez que se toma una pepa me lee la hojita que trae la caja de sus pastillas. Antes, cuando uno estaba chamo, lo dormían contándole cuentos y leyendas maravillosas. Ahora, siendo un tarajallo hecho y derecho, mi novia me duerme leyendo en voz alta el pequeño folleto que traen las cajas de píldoras anticonceptivas. ¡Qué bello! ¡Hay que ver cómo avanza uno en la vida! En todo caso, aquí estamos el viejo y yo esperando a que comience esa maravilla, ese deleite máximo, esa gloria que es el beisbol.


Roberto Echeto nació en Caracas en 1970. Realizó estudios de diseño en el antiguo Instituto de Diseño de la Fundación Neumann y se graduó en Letras en la Universidad Católica Andrés Bello en 1995. Actualmente es Editor de Publicaciones en el Banco del Libro; además produce y escribe Macho y no mucho y el Último round, dos programas de radio que se transmiten diariamente desde la emisora 92.9 fm. En 1997 el sello editorial Ballgrub publicó Cuentos Líquidos, su primer libro de relatos. Ese mismo año co-produjo y co-dirigió Corte de pelo, otro programa de humor transmitido por 92.9 todos los domingos a las 12 del mediodía.


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