//2 level Horizontal Tab Menu- by JavaScript Kit (www.javascriptkit.com), This notice must stay intact for usage, Visit JavaScript Kit at http://www.javascriptkit.com/ for full source code
|
|
|
|
|
Sección: Bitblioteca
ENVIAR A UN AMIGO | ENVIAR AL DIRECTOR | ENVIAR AL EDITOR Juan Antonio Pérez Bonalde: persistencia de la soledad Enrique Plata Ramírez Madrid, 2000 En torno de la novela se han escrito muchas cosas. Desde sus orígenes en cuanto a género, hasta el tratamiento del tema o su narratividad propiamente. Carlos García Gual nos plantea sus orígenes con la aparición de obras como Queresa y Calírroe, de Caritón Afrodisias, de fines del siglo I, e igualmente la Vida de Alejandro de Macedonia, atribuida a Calístenes, de comienzos del siglo III. El interés por novelar la historia, como podemos apreciar, no es nada reciente. En Latinoamérica el tema tampoco es novedoso, aunque debemos deslindar el tratamiento de la historia, en cuanto discurso de hechos pasados, presente rigurosa y cronológicamente en muchos de nuestros narradores del romanticismo, del costumbrismo y del criollismo, por sólo citar algunas nociones literarias; del discurso que fabula la historia, que la ficcionaliza, que presenta los hechos como pudieron ser y no como tal fueron. Desde esta última perspectiva encontramos autores como Miguel Ángel Asturias, Alejo Carpentier, Arturo Uslar Pietri, Augusto Roa Bastos, Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa, y Francisco Herrera Luque, y tantos otros cuya lista sería innumerable y tediosa. Seymour Menton, en un estudio que realiza en torno a la novela histórica, nos habla de una reproducción mimética de un determinado momento de la historia, en donde se hace difícil reconocer la verdad histórica, debido a la ficcioanalización de la misma. Otro estudioso, Fernando Ainsa se detiene en la caracterización de la nueva novela , destacando sus rasgos más apropiados: la presencia de un discurso histórico-crítico, el cuestionamiento de la legitimidad histórica y la textualidad del discurso histórico en cuento a referente, desde una intertextualidad, con el pastiche, la parodia, lo grotesco, etc., logrando el autor que el discurso cobre una intensa vigencia actual. Lo anterior sirve de marco de presentación para acercarnos a la novela Una línea indecisa, del escritor venezolano Ricardo Gil Otaiza (Mérida, 1961). Una vez concluida su lectura nos quedan interrogantes: ¿Dónde termina la ficción y dónde comienza la historia, o a la inversa ¿Dónde comienza la historia y comienza la ficción? Las fronteras entre lo histórico y lo ficcional se funden hasta desaparecer y desde ese ámbito difuso que surge se cuenta la vida del más grande de los poetas venezolanos del siglo XIX: Juan Antonio Pérez Bonalde. La obra está muy bien contada desde la visión de una de las hermanas del poeta, identificada como Elodia Carolina, la hermana favorita presuntamente fallecida en el mar Caribe durante un naufragio del barco que la llevaba hasta Nueva York para encontrarse con el poeta. Decimos presuntamente, y el juego de la historia y de la ficción comienza, pues el autor nos hace ver que la muchacha se salvó de aquel naufragio y lo hizo para contar la vida de los Pérez Bonalde, en especial la del poeta. El asma que sufría fue la atenuante para que el capitán del barco la dejara en reposo en Puerto Rico, y una vez repuesta continuar el viaje hasta Nueva York y encontrarse con el poeta que recuerda la tragedia: «Creí que no te vería más, Elodia Carolina. Al conocer la noticia del naufragio del barco en el que viajabas sentí que mi alma retornaba a la oscuridad de su origen» (p.4). La ficción aborda entonces el espacio histórico del poeta para recuperar un origen, un momento: la vida toda de Juan Antonio Pérez Bonalde, y se logra en ese gran discurrir de la vieja dama quintañona, en ese gran monólogo que es toda la novela, en donde historia y ficción se asumen como portal del entrada a una realidad, vista desde los ojos fantasmáticos de la mujer, que hacia los años cincuenta del siglo XX habita en la más profunda de las soledades, en una casa que no le pertenece, con la aparente y escasa compañía de una criada negra que al final la abandona o que en realidad no existe, al ser sólo un fantasma como ella misma. La obra se abre desde una rica panoplia expresiva que nos va llevando con parsimonia al doloroso discurrir vital del poeta, hacia su eterna soledad y frustración que lo llevan a escribir las mejores poesías del romanticismo venezolano e hispanoamericano y asomar características del modernismo que vendrá posteriormente. La soledad de Elodia Carolina, narradora de la obra, se asume como la propia soledad del poeta; la voz narrativa se desplaza de una al otro, a través de recuerdos que engarzan momentos del pasado, algunos felices, los más trágicos, o a través de las cartas que el poeta le enviara a su hermana, en una confesión amorosa, casi incestuosa, en donde se manifiesta dolor y esa perenne presencia de la soledad que lo va aniquilando. Por momentos se vive una superposición de planos, desde la mirada del poeta para describir Nueva York o Europa o Venezuela o cualquier otro país latinoamericano, o desde la mirada de la narradora, que nos sitúa alternamente en le Venezuela del siglo XIX, con sus avatares políticos y en la Venezuela en que aún vive, decantada, en medio de la dictadura perezjimenista, a la que intenta en algún momento acercarse para recobrar lo que alguna vez perteneciera a su familia. Esto viene a configurar una especie de mundo dialógico, para aproximarnos a Bajtin, al proyectar distintas interpretaciones de los sucesos, distintos modos de ver en torno a la vida de Juan Antonio Pérez Bonalde. En este tejer y escribir, leitmotiv al que recurre la narradora para contarnos el desarrollo de su escritura, la ficción se apropia de la vida del poeta y la fabula a su antojo, como ella cree pudo ser, no como lo fue. El tejer y escribir nos hablará, en una intensa intertextualidad manifiesta desde las cartas del poeta, fechadas desde 1871, de personajes que en alguna forma, para bien o para mal, indicaron un cambio, un rumbo distinto a la vida venezolana en todos sus órdenes, así por ejemplo se nos habla de los Monagas, José Antonio Páez, Antonio Guzmán Blanco, el llamado «Ilustre Americano» , el escritor Rufino Blanco Fombona, el presidente Andrade, Gómez, Pérez Jiménez, y por su puesto los Pérez Bonalde, y de otros autores como Stendhal o Balzac o Dumas... Quizás la tensión narrativa se centre en las pulsiones amorosas del poeta, pero no en cualquier amor, sino ese amor incestuoso, corporal que siente por su hermana, y que en la obra se ve correspondido. Ambos se descubren en cuanto hombre y mujer al revelarse sus secretos íntimos y sus deseos sexuales. Estas pulsiones llevarán a Elodia Carolina a sostenerse por encima de su edad, de su pasión nunca correspondida, de su fantasmagoría cabalgada entre dos siglos para rescatar, en cuanto memoria familiar, la vida del poeta dejando entonces la presencia de la eternidad, y lo hará desde su tejer y escribir aunque por momentos desfallezca, crea morir de hambre o de sed, cuando ya Teodolinda, la negra criada, no aparezca a velar por ella, cuando descubra que la vida no es más que una gran burla: «No me reconozco. Elodia Carolina no es más que un fantasma de la noche que ha regresado para cumplir con una vieja promesa, (...) La vida no existe, es una fanfarria burlesca y atractiva;» (p.31). Aquí se nos sitúa a la mujer, es el fantasma de un tiempo pasado, de algo que fue y que anda intentado el rescate de algo. En esa panoplia discursiva que mencionáramos con anterioridad, notamos la presencia del la heteroglosia en cuanto multiplicidad de discursos, el del poeta, el de Elodia, y el de alguna voz que se cuela para justificar un hecho o un momento, un voz narrativa más oculta, que en algún instante la tildará de loca, o que le anuncia que el dictador no las recibirá. La textualidad igualmente, se abre en un inmenso abanico, desde el cual se cuela la ficción, las cartas fechadas entre 1871 y 1888, dejan ver esa ficcionalidad; la novela es un cúmulo de detalles, una circularidad histórica familiar: Elodia Carolina que ha muerto antes, ha quedado para enterrar a los suyos, a los parientes que viajaron a Alemania, a los padres y a las hermanas que van muriendo lentamente, a la sobrina Flor, hija del poeta, al poeta mismo, desterrado y olvidado, al novio que murió en el altar picado por un alacrán, la hermano casi cura, a todos los Pérez Bonalde. La figura del hombre se engrandece desde la hermosa visión de la mujer que soñado para él, no la persistencia abrumadora de la soledad, sino el camino de la gloria y del éxito aún más allá de la muerte, es decir, que le ha labrado desde la recuperación de la memoria familiar un lugar en la eternidad, en la memoria de los hombres, de los venezolanos. Por ello escribe: Yo sigo hurgando entre mis pertenencias, sigo contando las cosas por miedo a perderlas, y el riesgo de desaparecer por siempre sin huella alguna. No me perdonaría haber sido la última de los Pérez Bonalde, a quien corresponde develar las sombras, dejar la labor inconclusa, abandonada en el hastío de las horas siempre iguales y tediosas. ¡Eso nunca! Hasta que mis manos temblorosas y plagadas de flores de la muerte tengan fuerzas, escribiré y escribiré, daré lógico orden a lo papeles de la familia y los llevaré hasta alguna cada editorial para que los distribuya bajo la hermosa forma de libro. (p. 83). Luego vendrá el enfrentamiento con los duendes, contra los seres silentes que vienen en su busca, desde la muerte. El tiempo se ha cumplido y ella deberá retornar con los suyos. Es ese espacio y ese momento final en que se halla fuera de sí, en que no encuentra su imagen, está la casa mas no ella. Atrás quedó todo, incluso el manuscrito en que ha contado la vida de su familia, la vida del más grande de los poetas venezolanos del siglo XIX. Volvemos entonces a las grandes interrogantes: ¿qué se nos ha contado? ¿la inmensa soledad y el trágico destino del poeta Juan Antonio Pérez Bonalde? ¿O de la hermana, Elodia Carolina, y su intento imposible por contarnos las vivencias del poeta, en la medida en que nos va mostrando su fantasmagoría, su abrumadora soledad, sus pulsiones, su llanto, su dolor? ¿Acaso nos ha contado un momento de la larga historia venezolana, esbozado entre 1859 y 1953, es decir, todo un siglo difuminado en las páginas que remiten siempre al poeta? El ámbito de la historia surge aquí desde la ficción, y esto es lo importante, el autor ha sabido ficcioanalizar los distintos momentos que consideró pertinentes, para por medio de cartas y recuerdos, devolvernos la trágica y solitaria figura de un poeta que marcó rumbos en la literatura latinoamericana. Quizás la obra no cuente la verdad de la vida del poeta, eso no es lo interesante, mas si es significativo que el autor cuente una verdad, su verdad de los hechos, y su verdad está plasmada dentro de los límites de la ficción.
Juan Antonio Pérez Bonalde, Vuelta a la Patria
|
Buscador Bitblioteca
|
|
| ||||||||||||||||||||
|
Copyright © 1996 - 2011 por
Analítica Consulting 1996. Reservados todos los derechos. Analítica Consulting 1996 no se hace responsable por el contenido publicado
de fuentes externas. |