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Culture (un petit peu) Carolina Espada Jueves, 9 de noviembre de 2000 A Joannie Slattery-Burke Cuando el Príncipe Manuk de la Costa de Marfil hizo entrada en su cocina, ella supo que estaba a punto de perder la virginidad. Gracielita había llegado a París casta, pura, pulcra y herméticamente sellada al vacío. Tenía 18 años, estudiaba Civilización Francesa en la Sorbona y danza moderna en la Cité Universitaire. Un día sí y uno no, iba al mercado de Alésia a comprar pollo, zanahorias y vainitas: poulet, carottes et haricots verts. Siempre la même chose... pero esa tarde había visto un enorme repollo morado en uno de los anaqueles de arribita y le provocó. Pero... ¿cómo se dirá repollo en francés?... Bueno, si pollo es poulet, repollo tiene que ser repoulet. Bonjour, madame, un repoulet, s’il vous plaît... Tras minutos de desconcierto y xenofobia, la verdulera chillona terminó restregándole el repollo en la cara: Chou!!! Chou!!! Ah... la cosa se llama chou... Y allí estaba Gracielita, en la cocina colectiva de la residencia internacional para niñas decentes, con su delantal lleno de torres Eiffels, picando el repollito, cuando entró Véronique, la nigeriana, y anunció: ¡Chicas, paque conozcan a Manuk! Y él entró. ¡¡¡ÉL!!! Nada más bello, distinguido, elástico, atlético y brillante. Una estatua olímpica africana, pero vivito y palpitando. Era perfecto, como de mentira y fotografía, con aquella mirada fulminante, una sonrisa listerine y un collar criselefantino full colmillitos de pantera. Roarrrrrrr, casi rugió Gracielita con un parpadeo en la castidad. Eso tiene que ser un príncipe. No puede ser otra cosa. Esto tiene que ser una alteza real de una tribu en donde todo ser viviente anda postrado por él. Y Veró hizo las presentaciones: El Príncipe Manuk... ¡¡¡Ajaaá!!!, estuvo a punto de gritar Gracielita, pero se controló, ¡qué iba a decir su majestad!... Todas las jóvenes se pusieron en fila para hacerle los honores al futuro monarca. Y ella se quedó de última, con un temblor en las piernas, unas cosquillitas en las trompas de Falopio y el repollo bien abrazado sobre su corazón. Manuk, galante y aristocrático, las fue piropeando con bellezuras exóticas propias de su reino. A Germaine, la libanesa, le dijo: Tabou zahebré mankano boundiafali touba. Veró tradujo: tu cabello es como la sangre del chacal brillando en la oscuridad. A Gül, la turca: Ferékéfougou tafire soba korhogo bako. Tus pestañas de elefante son la brisa fresca en la espesura. A Joannie, la gringa: Dabakala bouake mbahiakro bereby. Posees el humor y alborozo de un chimpancé retozón. Y el Príncipe las hechizó a todas: Christine, cocodrilo sereno; Anne, hiena picarona; Sabrina, serpiente misteriosa... y finalmente se plantó enfrente de Gracielita. ¡Ay! ¿¡Qué animalito le iría a tocar!? Buyó Ouangolodougou-kong touba sequela bouna Bassam Niagbo Gnabo, ¡oh!, sassandra lahou zuénoula mamungo abidjan ledi tiassele divo Ouangolodougou-kong. Cuando el Guerrero-cazador retorna de la búsqueda infructuosa del Gran Rinoceronte Blanco, ¡oh!, no hay nada mejor que las anchas caderas de una pequeña mujer para el reposo del Guerrero-cazador. Ahhh-JÁ, exclamó Gracielita y el repollo se le cayó. Manuk, prendado, la invitó a tomar un kir en el bar más cercano y ella, seducida, supo que esa noche le diría adiós a su doncellez para sumergirse en el mundo alucinante del safari del rinoceronte albino. Él, esa balumba de músculo negro oloroso a azahar que la hipnotizaba con cada palabra, le estaba hablando de música en la patica de la oreja... y ella sólo atinaba a pensar en la carta que escribiría: ´Querida Mamá: No vuelvo, me voy de princesa para la Côte d’Ivoire con mi guerrerote Mamungo...ª Ma musique favorite est le jazz... ¿¡Te gusta el jazz!? ¡A mí también, mi rey! ¡Tengo discos de Scott Joplin, Duke Ellington, Louis Armstrong, Charlie Parker, Dizzie Gillespie y Bessie Smith! ¿Qué oyes tú? Lesancdjcsón... ¿¡Quién!? Lesancdjcsón... Je ne comprends pas... Les 5 de Jackson... ¿¡Los 5 de Jackson!? ¡¡¡¿The Jackson Five?!!! Oui! ¿¡¡¡Jazzzzzz!!!? Mais oui !!! Y a Gracielita se le encurrujaron las caderas y todo le dejó de latir. Nooooooo... es que uno no puede hacer el amor sin culturita. Sin culturita la pasión es sencillamente impenetrable. Pas possible, mon petit chou. A la semana, Véronique llevó a un primo suyo que sí sabía de melodías y de culturalidades. Mucho Harvard y mucho Cambridge, pero con el nombre no se podía: Festivity Mwebete. Meses después, Gracielita regresó a casa con un diploma, un baúl lleno de libros, unas cuantas historias y toda su virginidad a cuestas. Mantuvo este secreto por 24 años hasta que un buen día de reencuentros, carcajadas y nostalgias, se lo contó íntegro a sus compañeros de ´El Peñónª.
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