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El guamazo final

Carolina Espada

Viernes, 8 de noviembre de 2002

Carolina Espada

Para M.C. y M.B.

Lo que iban a ser unas vacaciones para celebrar el veintipiquésimo aniversario de casados, habrían de tener un fin terriblemente abrupto e insospechado.

Marcano —«el doctor»— tenía varios meses preparando todo gélidamente. Él era de esos que planifican y controlan desde los asientos en el avión (11-A y 11-B), hasta el color de las toallas en el resort (agua marina). No digamos el menú, los tours y la hora de irse a dormir. Su esposa, Mary Celita, como de costumbre, fue la última en enterarse de que irían a Guam.

—¿Pero por qué Guam?

—¿Y por qué no?

—Pero es que… ¿Guam?

—Igualito a Mayami, pero sin Mickey Mouse.

Y el doctor tenía otra sorpresa reservada: un curso de scuba diving

—¿Escuba qué?

—Buceo, Mary Celita…

—¡Pero si yo soy de los Andes, soy todo corazón, soy como el ruiseñor y ¿cuándo has visto tú un ruiseñor submarino?!

—Mary Celita…

—No, señor, qué va, tú haces de eso, porque tú sabes y a ti te encanta. Yo me quedo en la orilla recogiendo caracolitos. Porque supongo que tendrán caracolitos en Guam.

Patadas de ahogado, como quien dice, pues no bien el matrimonio Marcano llegó al Chamorro Inn (en el centro de la ciudad capital de Hagåtña), un nativo estaba esperando a Mary Celita para darle un intensivo en la piscina del hotel. Pobrecita, ella tenía la gracia de un frailejón con chapaletas. Y allí la dejó el doctor. Mientras ella aprendía a coordinar la respiración, el nado, la inmersión y la mascarita-ya-va-que-se-me-rueda, profesor, su marido encontraba mil cosas que hacer: una visita a la cueva estrellada de Ritidian; nueve hoyitos de golf; paseo por las ruinas españolas y por los lugares que la Segunda Guerra Mundial convirtió en historia a los trancazos; compras en cualquier sitio, porque todo es duty free; degustación de comida micronesia; y pedaleo en bicicleta por las laderas volcánicas del monte Mataguak.

Finalmente, Mary Celita aprendió. Y el doctor, cual folleto turístico.

—¡Ya tengo todo listo para mañana!

—…que es nuestro aniversario…

Y vamos para Isla de Cocos. Allí, en la barrera de coral, el 2 de junio de 1690, encalló el galeón Nuestra Señora del Pilar de Zaragoza y Santiago. Provenía de Acapulco e iba rumbo a Manila fondeadito de utensilios de plata, espadas, joyas y billones de monedas de oro. ¡Y eso sigue ahí: entre los treinta y los ochenta y siete pies de profundidad!

—¿Y tú quieres que…?

—…mañana sea memorable.

Amaneció y zarparon a bordo del «I Maga Hagas». El doctor, minucioso y con celo, preparaba los tanques por babor; Mary Celita vomitaba el desayuno por estribor. El capitán, ni pendiente. Otros turistas más con ansias de tesoro…

Y llegaron al arrecife. El doctor ayudó a Mary Celita a ponerse el traje. Era como intentar vestir a un aliado, a un marshmallow. Y ella pensando en que a su cuerpo lo que le sentaba era una ruana y no, esa goma pegada. Era como meterse en una manguera.

—Dame tu anillo de brillantes…

—¿Por qué?

—Te queda flojo, se te puede salir… Además, a los peces los atrae el brillo. Dame que te lo guardo en la cajita fuerte del camarote.

Mary Celita, siempre sumisa, le dio la sortija. Él desapareció de cubierta. Cinco minutos. Y volvió.

Juntos se lanzaron al agua. Juntos y agarrados de manos comenzaron a descender profundo. Juntos, entre burbujitas, llegaron a una especie de banco de arena con corales y algas y algo que parecía… ¿sería acaso el mástil de la embarcación muy antigua?

Allí el doctor se colocó frente a ella. Sus ojos… ¿sonreían? Él consultó su reloj y le comenzó a hacer unas señas: 5, 4, 3… (era una cuenta regresiva, eran segundos…) 2… (¿qué pasaría en el 1?…) 1… y uno fue que Marcano se quedó sin aire. Su tanque se vació.


Nadie pudo entender la extraña muerte del doctor. Él, un submarinista tan aventajado y con tanta experiencia. Él, que revisaba y organizaba todo a la perfección. Él tan detallista, preciso, exacto, meticuloso… ¡Tan él!

Lo que pasa es que nunca nadie supo que cuando el doctor bajó al camarote a guardar el diamante, y el capitán se arrellanó en su asiento para echarse un camaroncito, Mary Celita intercambió las bombonas de oxígeno.


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