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Liliana Jones
Carolina Espada

Lunes, 8 de enero de 2001


Carolina Espada

No se puede sacar veinte en línea —desde kinder hasta el postgrado de pediatría— y haber tenido una adolescencia alocada.

Tampoco es posible ser motivo de orgullo familiar y ejemplo de multitudes, y haberse derrapado, desbarrancado o mínimamente trasnochado alguna vez en la vida.

Liliana cumplió años, miró hacia atrás y se dio cuenta de que no tenía nada de qué avergonzarse. (¡Qué horror! O como dicen al lado: «¿Cómo asíii?»). No poseía un terrible secreto, ni una andanza misteriosa, ni medio pecadito que confesar.

Nada.

Así que tomó cartas en el asunto y se fue, no con uno, ni con dos, sino con tres colegas suyos, muy viriles todos tres, a una aventura en Los Andes. Se fue con ellos a lo Dartagnana y su familia dijo ¡por fin! En la clínica, muchas doctoras comentaban bajito y muy asombradas en la antesala de pabellón. Un paciente pre-anestesiado las confundió con un aquelarre y se aterró, pero luego les vio los monos verdes y las mascarillas... y se asustó mucho más, pues sabía que su operación era inminente. Pero la cosa es que todos hablaban. Estupendo comienzo, «el cuarteto de Alejandría» no había salido de la ciudad y ya había gente murmurando.

El ménage à quatre prometía: una cabaña solitaria en un lugar recóndito del páramo, buena música, pâté y quesitos, y una docenita de botellas de vodka. No está mal para empezar a construirse una historia (o para tener con qué inventarse una completica).

Primera noche de tragos y planes: lo del paseo en burro (99% diversión, 1% glamour); la escalada al cerrito de enfrente (despacito por el mal que da allá arriba); el picnic ruso entre frailejones (más vodka y caviar... mucho más chiqui que una reina pepiada con un guayoyito), y el chapuzón en la laguna helada (a-que-yo-sí-me-atrevo, ¿cuánto quieren apostar?).

Par de copas más tarde y totalmente desacostumbrada, Liliana se quedó dormida. Pero a las dos de la mañana un ruido extraño la despertó.

¿Y qué hizo? ¿Se enrolló en las cobijas? ¿Acaso se escondió bajo la cama o dentro del armario como una simple mortal? ¿O aprovechó y corrió a abrazarse a uno de los tres galenos dormidos gimiendo femeninosa: «¡Ay, tengo miedo!». Nooo, Liliana, protagónica, osada y cinematográfica, fue a investigar... se peló dos escalones y se fracturó el codo y la patica.

Sus amigos la trajeron en volandas a la capital.

Uno se puso un collarín, pues fueron muchas horas manejando en tensión. El otro anda con bastón, porque al bajarse del carro se desgarró un musculito de la batata. El tercero todavía se está riendo.

El médico que la enyesó le prescribió reposo absoluto. Mucho reposo y mucho «Absolut». Un reposo campaneadito. Y la hermana mayor de Liliana le recomendó que, la próxima vez, se vaya a acampar al Parque de Este, a la praderita en donde vuelan papagayos. Ahí puede instalar su carpita y jugar a la exploradora con sus compañeritos, porque veinte años no son nada, pero más de veinte, sí. Y a estas alturas y con tan buena conducta, no se puede ser una mujer con pasado. Presente y futuro, indudablemente, pero pasado, no.


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