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Sección: Bitblioteca
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El milagrito del 99Carolina EspadaJueves, 9 de noviembre de 2000
Margaret vino al país con ganas de latin lover. Antes de que el Festival Internacional de Danza terminara, ella se tenía que conseguir un amante de ojos negrísimos, pecho pelúo y perpendicularidad Viagra. Uno que, con pasión y testosterona, la revolcara y asumiera. «¡Ay, es que los hombres ya no asumen!» ¿Pero qué van a estar asumiendo? Basta oírlos: Que si yo no soy, que si yo no fui, que debe de haber sido otro, que por allá fumea, porque lo que soy yo, nada que ver. Tan bueno que sería encontrar a uno que dijera: «Aquí estoy, me hago cargo y decido yo.»
Así que Margaret, antes de regresar a Nueva York, a su cubículo en la redacción del Dancin'News en la calle 44, tenía que constatar, en cada uno de sus pliegues, si eso de la fogosidad y acrobacia de los latinos era de verdad-verdad. Pero la cosa estaba cuesta arriba. Por un lado Margaret, como afamada crítico de ballet, estaba trabajando. Había visto demasiados bailarines pirueteros pegar brinquitos y, a otros, reptar y retorcerse espasmódicamente sobre las tablas. «Entre el clasicismo y la epilepsia» se llamaba el artículo que acababa de faxearle a Cindy, su secretaria allá en Manhattan, y en una postdata medio críptica le comentó: «No L.L.» Y es que no había tenido tiempo para agenciarse un latin lover que le pusiera un antes y un después. Por otro lado, Margaret, con sus sesenta y tres años, el pelito harto del agua oxigenada, ese rostro de rabino famélico, la joroba conspicua y esa piel cianótica... esteee... no iba a ser nada fácil encontrar a uno que se animara. Carmencita era la traductora asignada y estaba lista para el tour dominical. Eduardo, su novio, la acompañó para conocer a la foquin gringa esta que los había tenido separados por dos semanas. Margaret lo vio y lo besó directo en los labios. Chuiiiiiiiick. Eduardo peló los ojos y, tras el beso, quedó como un limón chupado -yak- y huyó a lavarse la boca y a esperar a que se terminara el Festival. Margaret puso cara de circunstancias, no por la huida inexplicable de ese portento, sino porque «Ninfa y Arusha también quieren venir, sorry...». Ninfa era la productora y jefa de prensa del grupo Danza Granada de Santa Fe de Bogotá. Cincuenta y déle aguantaítos, enana, saporreta y chibcha en toda su extensión y redondez. Corte de pelo totuma -de la peluquería Sexijer de Quebrada Honda- recién pintado de rojo. Ahora sus compatriotas la llamaban La Bermellona y le decían: «¡Uyuyúi, señora!». Arusha era una africana descomunal, sesentona larga, con el pelo blanco hasta la cintura trenzado con campanitas tilín-tilón; aretes, collares, pulseras y ajorcas (todo muy selvático, óseo y colmillúo); batola hindú transparente y sin sostén... y sin vergüenza de andar mostrando lo que una vez estuvo más arribita. A la salida del Metro, un muchacho gritó aterrado. Carmencita tuvo que balbucear algo acerca de que el caraqueño común no está acostumbrado a ver a gente tan... tan «exótica» (y se sintió como Pinocho e instintivamente se tocó la nariz). Empezaron por la iglesia de San Francisco. Y dijo Margaret: «Yo soy judía y sólo voy a sinagogas, entro a Saint Frisco por turismo.»
Y dijo Arusha: «Yo practico la religión de mis ancestros, pero voy a entrar por cultura general.»
Y dijo Ninfa: «Yo soy librepensadora y colchonera, bea, pero igual voy con ustedes». Carmencita se desató: «Este es San Onofre y esta es La Dolorosa y este es San Antonio, que le consigue marido a las mujeres casaderas; y las vigas de madera son «typical colonial»; y el artesonado y las molduritas, ¡un primor!; y los altarcitos barrocos...»
Y entonces cayó en cuenta de que estaba hablando sola. Se volvió y las divisó allá, a mitad de nave, hincadas de rodillas, beatas, flagelatorias, golpeándose el pecho y rezándole con todo fervor al pobre San Antonio, que será santo, pero no hace milagros. Margaret Steinbaum sigue en su redacción del Dancin'News, no consiguió al latin lover que estaba buscando y ni siquiera a un gringo rosado y arrítmico que, entre una bombita de chicle y otra, la haga perder la respiración. Arusha Dejene se pintó el pelo de añil y aún no se acostumbra al par de siliconas que resultaron ser algo durísimo y nada sensual al tacto. Ninfa Restrepo Mondragón sigue ejerciendo en Santa Fe, por aquello de que la fe es lo último que se pierde. Carmencita Valera dejó a Eduardo... o Eduardo la dejó a ella por una muchacha más joven, más linda y, sin lugar a dudas, mucho mejor. María Milagros Ramírez: masajes serios y terapéuticos a domicilio, antiestress, combata la celulitis, mejore su autoestima personal. 293-3462.
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