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“Miss Internet” Carolina Espada Jueves, 28 de diciembre de 2000 ![]()
¿En qué se parecen un cirujano-traumatólogo, una licenciada en Estudios Internacionales especializada en países del Medio Oriente, una enfermera con una Maestría en Educación y otra en Psicología, y una letrada Summa Cum Laude y muy telenovelera? En que ninguno pudo «accesar» —verbo monstruoso y horripilante— a la Internet (en una noche tan linda como la del doce de septiembre) para ver en vivo, directo y cibernéticamente la elección de Veruska I. Durante dos horas —que es largo pa’ lante— cuatro adultos altamente calificados se deshilvanaron los sesos frente a una computadora doméstica (instalada en una granja en las afueras de la ciudad de Lexington en Kentucky). Tres de ellos ignoraban la importancia trascendental de «El Magno Evento de la Belleza Venezolana», hasta que la cuarta persona del grupo (y única latinoamericana) los ilustró con detalles y faralaítos. La experta en el certamen les hizo el recorrido completo: desde Susana Duijm y sus espaguetis con caraotas; pasando por Barbarita, embolsillándose al universo entero al declarar publicitariamente: «¡Mi nombre es Panamá!»; y culminando con la gorda-bella de Alicia Machado, que es insólita. Mención muy especial, por supuesto, para Irene Sáez (futura Presidenta) y agradecimiento público y notorio al señor Osmel Sousa, quien convirtió este concurso en carrera, profesión y tribuna. Plenamente informados y, ahora, con gran entusiasmo, siguieron las instrucciones preliminares enviadas por Carlos Sicilia, un verdadero experto en la materia internética y divertidísimo escritor de e-m@ils (entre otras muchas cosas). Hasta ahí todo funciono estupendo. El serrucho se trancó cuando se metieron en algo llamado Real Video e intentaron acatar sus directrices. A saber: diríjase al web site de Progressive Networks; escoja el tipo de procesador, de sistema operativo y de conexión que tiene su equipo; presione download now; al azar elija como link una de las siete ciudades de Seattle (¿7?); cierre su Netscape o su Explorer; localice en su disco duro el archivo rp32_401.exe; haga clic y —copio textual— «¡deje que el programa instalador ponga su magia en acción!» Aaa-ja. Sensacional. Con cierta dificultad por lo novedoso, eso fue exactamente lo que hicieron... bueno, no muy «exactamente» que se diga, porque a la hora de buscar el comosellame (¿download, archivo, file, whatever?), nada apareció en la pantalla. Clic. El «ordenador» les aseguraba —a cada rato— que había un montón de misses, enredadas en metros y metros de marabúes, canutillos y lentejuelas, joaquinrivierando ahí adentro... y ellos no las podían ver. Clic, clic. Ellas se esgañitaban cantando: «...cualquiera de nosotras podría ganar...» y ellos pulsaban teclas, punzopenetraban iconos y pedían ayuda-help a punta del Mickey Mouse... Cliqui-cliqui-cliquiti... y nada otra vez. Agotados y descalificados del concurso, se desenchufaron cuando calcularon que ya todo había terminado. Se perdieron el chou, los vestidos de Ángel Sánchez, la coronación, los besos en cayapa, el patuque de pintura de labios en los cachetes y las lagrimitas de rigor. No pudieron escuchar a Maite Delgado (con su vocesota cada vez más y maas y maaas ronca) y no vieron ni a Mister Finoglio (que está como le da la gana), ni al genial Camaleón Bravo haciendo de Gilberto Correa. Los cuatro salieron de la habitación cabizbajos y sumidos en el silencio agudo de la derrota. Mucho estudio, mucho doctorado y mucho título empapelando las paredes... ¿y para qué? Pa’ vení a morí en la orilla con el aparatico este, híbrido de máquina de escribir y televisor. En la cocina, tras unas copas de vino, se animaron de nuevo y decidieron celebrar la primera Miss Internet de la historia con una torta de queso de consolación.
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