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Las cadenas de Nerón
Carolina Espada

Jueves, 9 de noviembre de 2000

Con un padre masón y una madre atea, revolucionaria y romántica, era muy poco lo que Carlos Eduardo sabía de la Biblia, del cristianismo, de las cuentas del rosario y de la palabra de Dios. Estudiar en un colegio laico, tampoco ayudaba para nada. Así que Carlos Eduardo decidió informarse a punta de películas. Sí, cada Semana Santa, pasaba horas viendo filmes de embatolados en la televisión.

Claro, que por culpa de los programadores de los canales, los conocimientos religiosos de Carlos Eduardo terminaron siendo un verdadero pasticho con frutilupis. Entre Jesus Christ Superstar, el Manto Sagrado y Charlton Heston abriendo el Mar Rojo, siempre ponían Jasón y los argonautas a la búsqueda del Vellocino de Oro; Ben Hur, que era impepinable; y una cinta de otro gladiador forzudo que, como era doblada en España, había que aplicarle el slogancito de Rootes: se escribe Maciste, pero se pronuncia Mazzziste.

No era raro que a Carlos Eduardo se le confundieran los milagros de Cristo con las metamorfosis de Zeus. ¿Y qué decir de las tentaciones en el desierto, la manzana de la discordia, Herodes y los niñitos con pésima suerte, Afrodita, Hera y Palas Atenea? Una vez hasta pusieron un especial sobre Las Meninas de Velázquez y, desde entonces, Carlos Eduardo pensaba que junto al salón en donde posaba la Infanta Margarita, debía estar el comedor con los convidados a la Última Cena. «Es que tienen la misma luz...»

Pasaron los años, el papá de Carlos Eduardo siguió en su masonería; la mamá continuó como Buñuel: «atea, a Dios gracias», y Carlos Eduardo nunca se cansó de ver a los 12 apóstoles, los 10 mandamientos, las 7 plagas de Egipto y los 7 pecados capitales, los 4 jinetes del Apocalipsis, las 3 virtudes teologales y demás numeritos.

Pero una buena Pascua Florida llegó un Jueves Santo y, en la tele no pusieron a Jesucristo con sus buclecitos, ni al otro lavándose las manos, ni a María Magdalena pura lágrima, melena y escote. Es que en ningún canal pasaron algo a propósito de la ocasión. Ni siquiera repitieron la hagiografía de Santa Rosa de Lima (que era una fija todos los años y a quien Carlos Eduardo, por cariño y por el exceso de confianza que dan las reposiciones televisadas, ya le decía: «la boba de las rositas»). Nada... en vez de religión lo que transmitieron fue un programa sobre la vida de Nerón Claudio Druso Germánico (Nerón para la vox populi).

Resulta que este emperador reunía a todos los aristócratas y beautiful people de Roma en un anfiteatro y, durante hoooooraaaaas, cantaba, actuaba, declamaba, danzaba, recitaba y tocaba diversos instrumentos musicales. Cuentan que tanto los nobles como el ejército se escandalizaban con las representaciones de dramas religiosos hechas por Nerón, pero que nadie decía nada. Ni pío. Pium non dictus est.

¿¡Y qué iban a decir!? Todo el mundo estaba en la obligación de ir al hemiciclo, sentarse calladito, sonreír admirado ante tanto talento de tan larga duración y, al final, aplaudir con forzado frenesí. No se aceptaban las excusas: «que hoy no puedo porque me llega una tía de las Galias», o «tan pronto sacrifique el cochinito a los dioses lares, cojo para allá», o «no, es que Tito Livio estaba en las termas y lo picó un áspid, y yo voy a pasar por su casa a darle el pésame a la viuda». Nada de eso. De contrariar e irrespetar al césar, el invitado terminaría comiéndose —por insistencia de la Guardia Pretoriana en pleno— una cestica de higos envenenados.

Escribe Suetonio que como los asistentes no osaban interrumpir el megaespectáculo unipersonal, pues asumían la cosa y obedecían mansamente.

Fueron muchas las mujeres que parieron en la gradería mientras Nerón ejecutaba una pirueta tralalí. Recién nacido, cordón umbilical, placenta, reguerete amniótico, peplo ensangrentado, señora medio desmayada... y el otro por allá en escenario: desatado, ni pendiente, entregado a su arte con loca pasión.

Agrega el historiógrafo que unos cuantos hombres, agobiados hasta el paroxismo tras tanta performance imperial, se lanzaron de cabeza desde lo alto del teatro, poniendo fin a sus días de servilismo, adulancia y esclavitud. «Es mejor un autosuicidio que un higo envenenado», juran que comentó un abatido justo antes de tirarse al vacío.

Carlos Eduardo está organizando un comité pro defensa de los derechos televisivos. Propone novelas en el 2, missesvenezuelas en el 4, animalitos en el 5, Presidente en el 8, enlatados gringos en el 10, «comedias no intencionales» en el 12, noticias en el 33, deportes en el 39, La Pandillita en el 51, musicalidades en el 57 y todos los cables posibles.

¡Democracia, control remoto, libertad de elección!


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