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La Princesa está triste
Carolina Espada

Sábado, 21 de julio de 2007

¿Qué tendrá la...? ¿Será acaso que...? Sí, la Princesa tiene que estar aburrida, tiene que estar supremamente ladi... La Princesa no aprueba el uso de malas palabras. Pero lo cierto es que, de un tiempo para acá, bosteza del hastío, suspira del puro tedio. Está disgustada, desganada y muy malhumorada. ¿Y a qué se deben el spleen, el agobio y los blues de la Princesa? A que la vida se le volvió completamente predecible, previsible y pronosticable. La última sorpresa que le deparó el destino fue aquella vez, hace años, cuando besó a un sapo junto al estanque y resultó que era un Príncipe azul y encantado (con un olor a fango y a charquito, que no se lo quitó ni el jabón de violetas de su madre, la Reina, ni la magia del hechicero de palacio). Pero exceptuando eso... ya la Princesa se sabe el libreto completico. ¡Qué fastidio!

Perteneciente a una monarquía completamente decorativa, la Princesa lee los periódicos y ve las noticias en la televisión. Así se entera de los desmanes, locuras, mentidos, desmentidos y mamarrachadas varias en las que incurren los gobernantes, magistrados, parlamentarios, consejeros, administradores, funcionarios y personal adjunto del reino. Presencia los acontecimientos —en pleno desarrollo, vivo y directo, y sin el menor asombro— y ya sabe lo que va a decir la oposición al día siguiente. Es más, puede adivinar, sin ningún esfuerzo, lo que van a escribir los articulistas de opinión. Incluso, sin la más mínima duda, vaticina —con todo detalle— los chistes y chanzas de los bufones de la corte, y las ocurrencias y genialidades de los humoristas de la comarca. Y entonces nada le hace gracia y la Princesa no sonríe. La única fuente de genuino humor y brutal comicidad está en la realidad-real que ve en pantalla o lee en los diarios: «Doña Ana no está aquí, ella está en su vergel, pero cuando no estuvo aquí, no estuvo en el interior, sino muy cerca del castillo de sus Altezas Serenísimas, aunque una vez la dimos por asesinada horrible y otra, por secuestrada, pero yo no fui, yo de saber-saber, no sabía nada, pero recuerden que una jugada maestra y un favorcito se le hace a cualquiera en menos de lo que una gallina pone un huevo en la quebrada, y que nuestros organismos de inteligencia se han portado a la altura de nuestras expectativas, ahora, si quieren hablar de alturas verdaderas, más cuesta arriba y ciertamente memorables, vamos a comentar la hazaña de los muchachos compatriotas que llegaron al copito del Everest».

Ante ese tipo de declaraciones, no hay nadie capaz de superar, a punta de intelecto, ingenio, talento e hilaridad, el bochinche-bochinche del feudo.

Entonces la Princesa ha decidido refugiarse en la biblioteca de su morada imperial. En un mundo carente de renacuajos a quien besar, la literatura siempre le ha servido de consuelo. Como ya se leyó todos los libros de Harry Potter, decidió volver a estudiar la historia de su pueblo. Será por la farsa y payasada que la rodea, pero ahora, al leer los más grandes hechos históricos de su suelo natal, le ha dado por cuestionar todo. Por ejemplo, hubo uno que se inmoló y voló un polvorín para que no cayera en manos del enemigo... ¿Y si...? ¿Y si no fue a propósito? ¿Y si fue un soldadito que se equivocó y, al grito de «¡Fuegooo!», le prendió candela a todo aquello? Pero... ¿qué es mejor que un héroe vivo? ¡Pues un héroe muerto! ¡Y hasta se pintan cuadros y se erigen monumentos! ¡Y la gente rememora, adorna, exagera y se enorgullece! La Princesa también recordó a la heroína aquella, apresada, torturada y vejada en una cárcel infecta. En las mazmorras dio a luz... dio a oscuridad una niña muerta. Su marido era un patriota muy importante que estaba escondido y, un día, su mayor adversario le ofreció un canje: «Si nos devuelves a nuestro General, que ayer hiciste prisionero en el campo de batalla durante una escaramuza, te entregamos a tu mujer». Y el prócer contestó épico e indomable: «Sin Patria no quiero esposa». ¿Y si...? ¿Y si él, más que valeroso guerrero y prohombre, era simplemente un marido despiadado y odiaba a esa pobre señora y estaba fascinado sabiéndola en un calabozo? Podría ser... Aquí todo es posible.

Y es que la historia no la cuentan los vencedores. La cuentan los que mejor la cuentan y le ponen faralaos.


Carolina Espada en La BitBlioteca
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