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Sección: Bitblioteca
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StupidCarolina EspadaJueves, 9 de noviembre de 2000
![]() El lugar: un bar topless en donde las mesoneras lucen, por único atuendo, mucho maquillaje, una corbata de lacito como de escarcha roja, un hilo dental escarlata con una mota colorada en el trasero, y unos zapatos tipo Dorothy en El Mago de Oz, pero en versión porno. La acción se desarrolla en un pueblito gringo que está entre Wichita Falls y Minneapolis. Son las 9:00 p.m. en plena “Friday night” y el antro está atestado de gente. Bueno, no de gente, de un poco de sementales con la testosterona disparada a millón y la baba chorreándoles por los mentones. Mucha cerveza y una canción estridente que repite y repite: “C’mon, baby, gimme more, gimme more, gimme more..., Aaaaaahhhh, uhhhhh, ahhhhh, yeahhh” (bella letra...). Excitación colectiva, chistes, risas, tetas, tragos, ¿qué hace una chica como tú en un sitio como este, honey? Música, baile, luces bermellonas, más tetas, ¿qué vas a hacer cuando termine tu turno, babe? Cigarrillos, humero y siempre tetas..., y la puerta del local que se abre... Tensión extrema... callaítos todos....¿Quién está en el umbral? ¿Acaso un policía con cara de perro con un perro policía con cara de estar oliendo algo más que las hormonas del recinto? ¿Acaso Billy “Bloodface” Malone, un reo de alta peligrosidad que se fugó justamente esta mañana tras haberse comido los intestinos de dos de sus carcelarios? ¿O será acaso la esposa de Harry Barton, sartén en mano y con el último bebé de la camada, que vino a buscar a su marido? (lo de «buscar» es un eufemismo, lo que quiere es estaponarlo contra la pared a sartenazo limpio ahí mismito delante de sus amigotes y de las siliconas danzantes). Pues ninguno de los anteriores. Es una dulce viejecita, en silla de ruedas, con un sombrero aterciopelado llenito de violetas de tela. «¿¿¿Qué hace aquí la venerable Phyllis Louise (“Grandma Lou”) Witherspoon???, se pregunta pa’ dentro el barman, Jimmy Bell —un catirote baywatchoso con una sonrisa de pasta de diente— al verla rodar impertérrita hacia él. G. LOU: Mira, mijo, allá afuera hay un letrero que y que solicitan mesoneras... ¿Eso es cierto? JIMMY: Yeap! G. LOU: Entonces yo quiero trabajar. JIMMY: Esteee..., buenoooo..., lo que pasa es que estamos buscando muchachas... jóvenes, bonitas..., con un buen par de... usted sabe... G. LOU: Pero eso no lo especifica el aviso. JIMMY: Sííí, pero es que se supone que... G. LOU: Ningún supone. Yo quiero empleo. JIMMY: Madam..., usted tiene más de ochenta años y está el detallito de la silla de ruedas... G. LOU: ¡Discriminación a un anciano! ¡A un inválido! ¡Y tengo testigos! ¡Ayyy, cómo lo van a lamentar! Y rodandito furiosa se fue de allí. El estupor sólo duró un par de minutos, la carcajada grotesca de Rocco Dubartelli le devolvió el jolgorio al Teta’s Place. Peeero..., al día siguiente..., Bob Brown, el abogado de Mr. Witherspoon, ejecutó una demanda. Tal cual. Dicen los periódicos locales que este enredo no prosperará y que a la buena señora no le darán ni un solo centavo. Ahí sí es verdad que están pelando: ya una renombrada casa editorial en Nueva York le compró la exclusiva para un best-seller sobre su dolorosa experiencia. Además, un conocido canal de televisión adquirió los derechos para hacer una película con tan desgarradora historia. Jimmy, Rocco, Bob, las de la mota y hasta la esposa de Harry Barton (que está embarazada otra vez) están de plácemes porque sus vidas, de forma indirecta, van a aparecer en las páginas de la más selecta literatura de aeropuerto y en las pantallas de cada televisor en los Estados Unidos de Norte América. Después de que me enteré de todo esto, agarré la corona de Ana Bolena (ese fue el disfraz de mi amiga Joannie en Halloween) y me la encasqueté. Ando tralalí-tralalá por todo Lexington y áreas circunvecinas, luciendo mi hojalata llena de piedras preciosas de plástico en la cabeza. Es que es lo menos que podía hacer.
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