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Sección: Bitblioteca
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Última esperanza TalCual, jueves 9 de enero de 2003 Dios te salve, María, y como bendita tú eres, acudo a ti, postrada, humildísima y casi sin fuerzas, para que intercedas por mí ante mi comadre. Ella, al igual que tú, es mamá, pero cada vez está más y más lejos de su hogar. Recoge firmas, asiste a foros, va a ruedas de prensa y lucha sin fatiga para intentar conseguir una salida racional, civilizada y democrática a este caos que sufrimos. Ah, y trabaja, porque ella es papá y mamá, y es el sostén de su familia. El día de la marcha de la «Gran Batalla», que con ese nombre no auguraba nada bueno, mi comadre salió de su casa a las siete de la mañana y regresó pasadas las diez de la noche. Yo, encerrada en mi cuarto, me las ingeniaba para ver todos los canales de televisión y mantenerla informada. Cuando en Los Ilustres la situación se puso tan tirante que presagiaba peligro inminente, le mandé un mensajito por el celular. Letra a letra, y con angustia, le escribí: «Tnsión. Chvsts bajand d L Bndera. Opsitores ahí firmes. Policía. Militares. ¡¿Dónd stás?!». Ella respondió: «En Las Mercedes». Me tranquilicé. Minutos más tarde, presenciando lo inevitable, le envié un segundo mensaje: «Bombs lacrimgns. Perdigons. Fuego en l maleza. Piedrs. Herids. ¡No vayas! ¡Llam a tus hijas ya!». Santa María, Madre de Dios, ¿sabes lo que ella hizo? Siguió avanzando. Hasta que no olió los gases y le picaron los ojos no se devolvió. Mi ahijada, la mayor, que es asmática, estaba con ella. Pensé que llevarla había sido una irresponsabilidad, pero luego me dije, si no es por el asma de su hija, mi comadre hubiera seguido adelante. Dios la puso. Dios me la cuide y haga que no se nos descarrile nunca. A mi comadre se lo he repetido mil veces: no se puede seguir a fanáticos posesos, a locos, a niños o a gente senil. Uno debe permanecer en control y no caer en celadas. Hay un límite. Siempre hay una rayita, un hasta-aquí-llego-yo. Ella no me oye. Me dice amorosa: «¡Pero si yo me cuido!». Y yo me pongo bravísima y la regaño, y ella se ríe con ternura, porque sabe cuánto la quiero. Virgen María, yo no puedo más, desde la «Gran Batalla» pírrica lo único que he hecho es llorar. En enfrentamientos como ese, perdemos todos los venezolanos: chavistas, opositores, policía, militares. Todos. Ilumina a mi comadre para que entienda que, además de su país, ella tiene una madre a quien cuidar, a unas hijas maravillosas que la necesitan ahorita mismo, y a una comadre que la adora, pero que la quiere viva. Sé que si ella se muere, si vienen y me la matan, no me voy a poder hacer cargo de mis ahijadas. Ellas tienen tías políticas y tíos que, por consanguinidad y lógica, se harán cargo. Y no va a ser igual. Nunca va a ser igual. Te imploro: apiádate de nosotros, que somos un país lleno de amigas, comadres y gente querida. Personas que cada vez que asesinan a un inocente en Miraflores, en Altamira o tan cerquita de esos próceres inmutables, nos duele como si hubiéramos perdido parte de nuestra familia. Porque somos una familia. Ruega por nosotros. Amén.
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