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Rafael Rattia y la intimidad de lo aciago

Fernando Báez
baez@rector.ula.ve

Nadie puede leer impunemente La pasión del suicida (Centro de Actividades Literarias José Lira Sosa, 1999), el primer poemario de Rafael Rattia (1961). Alguna vez, en un aforismo, escribí, con cierta soberbia y melancolía: «¿Cuál es mi tradición? Lo que otros escribirán», lo cual fue, y ahora lo sé, una forma de postular una condición generacional que supone la necesidad de una tradición del futuro. Rattia, con su nuevo libro, en pleno inicio de milenio, ha formulado una poesía cuya contundencia inaugura, a mi juicio, un ámbito filosófico hipercrítico en la literatura venezolana. Una de sus definiciones establece:

    Somos un breviario de ansiedades estranguladas que palpita en las esquinas del viento envenenado por los efluvios de los dioses malditos... (p. 3).

Este concepto se amplía con excelencia a lo largo del poemario: «Usted y yo somos un impasse perenne, una duda dudante...» (p. 17). Como Heráclito de Éfeso lo hizo en el siglo VI a.C., Rattia asume que «somos una candela después del sosiego / de la ceniza» (p. 18). Excelente lector de José Antonio Ramos Sucre y Emile Cioran (pensador al que ha dedicado un magnífico ensayo que mantiene inédito), Rattia recupera en su obra la intensa resonancia de lo aciago de estos dos autores y configura, con un rigor impresionante, un arte poética identificada con una reflexión pesimista sobre el mundo. En un aforismo pregunta: ¿Se puede escribir un Breviario de podredumbre capaz de superar, o al menos enmendar el Génesis? (p. 16). La brillante fuerza de La pasión del suicida demuestra que la existencia de este breviario es la última bocanada de aire de los lúcidos. Lo incondicional, premisa de la modernidad, comienza a ceder espacio a una ética del desarraigo, a un lenguaje sin trampas metafóricas propicio al cultivo de la desconfianza y al método.

El poemario es unitario en su búsqueda de una gramática de la desesperación. Con suerte y con maravilla he podido encontrar poemas que no deberían faltar en una antología rigurosa de la poesía contemporánea:

Este cuarzo debajo de mi lengua
esta ciudad detenida
en medio de la nada
esta fiebre de viajero
   inmóvil
este triste momento
   de ambos
esta inocua infusión
de tímidos suicidas
y este desamparo
y este abandono de barco
   encallado
y este estupor de breve acantilado
este insomnio que desgarra
   tu risa
esta fiesta de aturdidos
en medio del sepelio
este sol extraviado
y esta señal ausente
este vino de todos
y estos panes de nadie
y este llanto perenne
   en la almohada de piedra
este lúgibre tiempo
   de desollados vivos
este brindis de ahorcados
por la vil trizadura.
(Este es mi equipaje, p. 22).

Desde hace muchos años, Rafael Rattia (1961) me ha enriquecido y alegrado con su amistad. Lo conocí en 1989 ó 90 por medio del escritor Alberto Jiménez Ure, ex amigo y ex compañero de proyectos editoriales, y desde ese entonces compartimos lecturas y manuscritos. No pocas veces, he leído y repetido sus poemas de memoria: la aparición de La pasión del suicida aumenta mi admiración por su escritura y su insólita capacidad de hacer del poema una metafísica inexorable e instantánea. Su escritura, creo, supone la busca de una etimología y de una gramático de todo cuanto signifique ser en el mundo.



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