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¡Pdvsa a la Junta de Transición!

Ibsen Martínez

Caracas, sábado 13 de abril de 2002
Documentos del debate político en Venezuela

Ibsen Martínez, Crónica del último día sábado 13 de abril de 2002

1

Una hoy legendaria huelga petrolera, de magnitudes épicas, contribuyó, a mediados de la década del treinta, a la aparición de los partidos modernos en Venezuela.

Resulta irónico que otra huelga petrolera, de magnitudes igualmente épicas, haya puesto fin la madrugada del viernes pasado al populismo «carismático» que encarnaron esos partidos.

El Estado «benefactor» y clientelar, de proporciones e ineficencia monstruosas, es el derivado del petróleo que, durante la segunda mitad del siglo pasado, dio forma a la Venezuela manirrota, populista y mesiánica que comenzó con AD en 1945 y de la que el régimen de Hugo Chávez no fue más que la extravagante y rabiosa variedad terminal.

Pero si aquella huelga de los años treinta comprometió primordialmente a braceros del campo y obreros no calificados que protestaban por las inhumanas condiciones de trabajo imperantes en los campamentos petroleros estadounidenses de la ribera oriental del lago de Maracaibo, la huelga petrolera que a la postre derrocó a Chávez ha sido, en cambio, protagonizada por muy bien pagados gerentes, expertos en disímiles disciplinas tan sofísticadas como la «inteligencia de mercados», el manejo de complejas refinerías de conversión profunda, la geofísica digital, la reducción del crudo extrapesado del Orinoco o la exploración aguas afuera.

Fue en torno a la batalla que la gerencia de Petróleos de Venezuela presentó a las pretensiones totalitarias de Chávez y el PPT que la dispersa y desconcertada oposición democrática venezolana pudo al fin encontrar, hace apenas pocas semanas, la inspiración y el liderazgo que los viejos y corruptos partidos, fulminados por el cataclismo electoral del 98 que llevó a Chávez a la Presidencia, sencillamente no podían ofrecer.

La huelga, adelantada por la CTV para el martes pasado, quiso cabalgar sobre la simpatía que los glamorosos gerentes de Pdvsa suscitaron, paradójicamente, en la empobrecida población venezolana. Sin embargo, Carlos Ortega, improbable Lech Walesa adeco, no logró paralizar ni siquiera el transporte colectivo en las grandes ciudades y tuvo que ser «auxiliado» por la huelga decretada por la patronal.

El descrédito que a lo largo de cuarenta años supo granjearse el sindicalismo en Venezuela, explica en gran medida el que Chávez tampoco haya podido organizar una central oficialista, a despecho del dineral que llegó a gastar en ello. No es casual, entonces, que la CTV no haya podido, ni con mucho, hacer observar el paro general indefinido.

Se recordará que hace dos semanas, la CTV había descartado el llamado a una huelga general, consciente de sus insuficiencias organizativas y de su escasa capacidad de convocatoria en un país de desempleados.

2

El grotesco estilo cuartelario de Chávez, imbuido de su especial talento para escarnecer al adversario y hacer uso político del resentimiento —algo que dejó ver una vez más en los despidos televisados, cuando mandaba «pa afuera» a los gerentes de la estatal—, echó mano en esa ocasión a todos los tópicos con que, desde los años treinta, la academia de inspiración marxista, y en general, la cultura política del populismo venezolano, han despachado al petróleo como el causante primordial de los males de Venezuela. La idea de que el petróleo es el «excremento del diablo», una intrusión indeseable que perturba la sociedad, la economía y la cultura venezolanas, animó también la visión que Chávez se hizo de lo que , en definitiva, resultó ser su enemigo verdadero: la civilización petrolera.

No es cosa accidental que Chávez haya designado como presidente de la estatal a Gastón Parra Luzardo, un oscuro académico cuyos libros reciclan las nociones que han orientado el trato que el stablishment político venezolano ha dado siempre a la industria petrolera. En el pasado reciente, Parra fue uno de los más acerbos críticos a la tímida pero exitosa apertura petrolera puesta en vigor a partir del año 1997, bajo la administración del presidente Rafael Caldera.

La apertura, promovida por ejecutivos de la industria, que entrañó asociaciones estratégicas y joint ventures con numerosas transnacionales, hacía una petición de principio «liberal» y exigía —y logró— de la clase política un cierto grado de desregulación estatal, sumamente irritante para los partidarios del «gran Estado», como Parra Luzardo.

Las ideas de Parra Luzardo se condensan en conceptos, programas, leyes y consignas que, por igual, compartieron en Venezuela líderes políticamente tan opuestos como Rómulo Betancourt y el propio Chávez. Parra Luzardo no se inhibió nunca de describir a la gerencia de la estatal como un estamento de privilegiados que obra sin escrutinio del público, agente del imperialismo y de las transnacionales.

Un corolario de esa concepción hacía del gerente de petróleos un sospechoso de vivir en colusión con el imperialismo y las transnacionales, descalificación de que los gerentes de Pdvsa han sido objeto no solo por Chávez, sino por toda la clase política venezolana, en uno u otro momento.

Que sus saberes fuesen saberes especializados dota a esos gerentes de una imprescindibilidad que exaspera al igualitarismo demagógico de Chávez, tan despreciativo de las jerarquías de competencia. De allí la disparatada afirmación, hecha por uno de sus seguidores, de que un buen manual y un chavista que supiese leer era todo lo que hacía falta para manejar una refinería.

Con todo, el éxito de una rebelión guiada por una estrategia de desobediencia civil digna de Thoreau y extraordinariamente sofisticada y «glamorosa» en sus modos para la paciencia de un caporal como Chávez, resulta la verdadera sorpresa de estos últimos días del populismo carismático.

En sinergia con el decidido papel de los medios de masas, la rebelión de los gerentes petroleros fue lo que logró imprimirle un promisorio aire modernizador al movimiento con que la sociedad civil organizada derrocó a Hugo Chávez.

Lo que habrían de ser los desafueros de Chávez se anunciaban en 1998 con el humillante despido televisado de Luis Giusti, por entonces presidente de Pdvsa, un gerente petrolero de excepcional desempeño. Aquel despido no suscitó reacción alguna en la población, desposeída y envilecida por los usos del populismo.

Tres años más tarde, el fin del desatinado asesino fue precipitado por el despido televisado de los gerentes de la estatal.

En los días por venir, la para muchos inquietante y exagerada presencia militar en el gabinete de transición debería verse matizada por una nutrida representación gerentes petroleros: son los verdaderos líderes emergentes de esta epifanía de libertad y democracia, y sobre todo, de modernidad que debería depararnos el fin de la pesadilla. Ellos merecen más un lugar en la Junta, quizá tanto o más que Ortega, el capo de la Fedepetrol, mafiosa sanguijuela de la industria.


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