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Celebremos con júbilo el 4 de Febrero

El El Nacional, sábado 3 de febrero de 2001

Acabo de enterarme, por titulares de prensa, de que Arias Cárdenas piensa que no debería celebrarse el 4 de Febrero. Eso da bastante en qué pensar ¿no es cierto?

En especial si consideramos que, no hace todavía un año, la disidencia de Arias Cárdenas se nos ofreció como una vuelta a los orígenes, al genuino espíritu del 4 de febrero del 92, presuntamente traicionado por Chávez al arrojarse en brazos de Miquilena y Rangel.

Arias Cárdenas y los suyos se mostraban comprometidos con el juramento del Samán de Güere y el ideario del 4 de Febrero, sea este lo que fuere, la verdad es que nunca lo llegamos a saber.

Verdaderamente, bien vista la cosa, no tiene Arias Cárdenas mucho que celebrar este 4 de Febrero. Tirar tamaña parada en la vida, empeñarse a fondo en un aventura militar para derrocar a Carlos Andrés Pérez, sólo para terminar de contertulio preelectoral del General Ochoa Antich y de Claudio Fermín, otrora ministro de la defensa y delfín aparente del abominado Pérez, respectivamente, es una verdadera mueca macabra de la pequeña historia.

Pasar de ser un inquietante militar nacionalista de izquierda a ser apenas uno más entre los habituales políticos parleros que cantan las bondades del mercado y del estado mínimo, sin tan siquiera una encuesta que le ladre bonito, y por cuya extinción tanto hizo el mismo Arias Cárdenas, es como para maldecir por siempre jamás la dichosa fecha.

Yo en cambio, sí celebro esta fecha como un hito de mi personal bitácora de las bajas pasiones. Una de las más bajas pasiones que puedan hacer presa en un ser humano, casualmente la pasión en la que mejor y más fácilmente ardo, es esa especie de envidia al revés, ese placer impío que se experimenta en presencia de la desgracia ajena.

Aquella noche inolvidable me disponía yo a meterme en la cama, cuando llamó «Caraquita» Urbina con la nueva de que se estaba desarrollando un golpe militar.

En aquel tiempo yo vivía en el sureste metropolitano, y desde mi balcón podía uno, aguzando el oído, escuchar el fuego de morteros y el tableteo de armas automáticas en los accesos al aeródromo de La Carlota.

«La radio de onda corta», me dije, «sintonizar emisoras extranjeras es lo que la tradición latinoamericana dicta en esos casos». Cuando sintonicé la radio, ya la «Cadena Caracol» colombiana entrevistaba a Úslar Pietri, quien desgranaba una vez más el memorial de agravios personales que ha desgranado desde el 18 de octubre del 45. Fue entonces cuando me serví el primer «guamazo» de aquella madrugada radioescucha.

Yo no sé si Ud., pero lo que soy yo disfruté indeciblemente de aquella cabalgata radial de cuanto político venezolano condenaba por teléfono el golpe, largando cada uno el mismo tralalá sobre «la democracia perfectible, el mejor de los sistemas conocidos».

El día siguiente me trajo el regocijo de ver al trapisondista de Morales Bello, cagado y clamando a voz en grito: «¡Muerte a los golpistas!», chillando por los ojos ante las cámaras de la TV, como chilla la diva de un astracán cuando exige a su amante empresario la cabeza de una competidora.

¡Ah, haber vivido para alcanzar a ver las secuelas históricamente inmediatas de aquella noche de febrero! Vivido para ver a Paulina Gamus pasando de jefe de medios de la campaña de Alfaro Ucero a vocera de la camarilla de regicidas que arrojó del tren en marcha al terco vejancón, ya inútil para ellos y para sí mismo, de Alfaro Ucero. Para ver al impune Herrera Campíns uncido por su propia cínica marrullería a la propela de ese «Titanic» que para Copei y más de un politólogo en busca de un atajo a Miraflores significó Irene Sáez, advocación «rubia light» del bipartidismo. ¡Ah, y qué noche la noche que Alfredo Peña desguazó justicieramente a Salas Römer!

Una vez aclarado que celebraré siempre esta fecha con íntima delectación revanchista, me animo a proponer, como compensación, una familia de temas, algunos de ellos más bien antropológicos, que bien podría conmemorar la oposición de hoy en adelante en esta fecha, robándole alguna vez la iniciativa a los adalides del soberano, a saber: día del que se le enfrió el guarapo, día del que arrugó, día de ver los toros desde el museo militar, día del arbitrario, día del me importan un carajo todos Uds. y sus sociedades civiles y sus pareceres, día del horror a la oligarquía, día del según y como y de cuál oligarquía, día socarrón, día del estás botada, Sofía, pero quédate por aquí, mi amor, porque hoy es día del hagamos como si fuéramos, día del qué pasó, compinche, día del somos la misma gente, día del que la gana o la empata, día del que hace la trampa, día del convócame ahí un referéndum que arroje los siguientes resultados, día de tú tienes el perfil, caballo, pero Miquilena ya tiene un nombre para el cargo, día del sectario, día del corrupto, día del de parte de quién, día del ah bueno, entonces déjemelo ahí, día del lameculos, día del obsecuente, día del jefe quiere, día de al jefe le gustaría que se llame «bolivariana», día del jefe dijo, día del hombre me mandó fue a mí, día del que le estalla el encargo entre las manos, día de Ciavaldini, día de Maduro, día del hambre atrasada con retórica de izquierda, día del hambre atrasada con ineptitud copeyana, día del hambre atrasada con desvergüenza adeca, día de la incompetencia, día del no tengo la menor idea, día del dale clavo que p’alante es p’allá, día de la reestructuración urgente del organismo respectivo, día de la inamovilidad laboral en el organismo respectivo, día del mientras más cambia más es la misma cosa, día del señora arrímese p’allá y deme las llaves, día del atraco, día del que me mire a la cara le pego un tiro, día de la inseguridad que tiene profundas raíces sociales, día del hay que entender que eso no se cura en un año, día del si yo tuviera hambre también robaría, día del que se atreve con las monjitas, día de los sordos, día de los ciegos, día de la arrogancia, día del que siembra vientos, día de la oportunidad perdida.


Ibsen Martínez en la BitBlioteca


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