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Cordial abominación del periodismo criollo

Ibsen Martínez
(con ánimo de bienvenida a los nuevos socios del Caracas Press Club)
imartine@reacciun.ve

El Nacional, sábado 17 de julio de 1999

No se requiere ser un Karl Kraus para advertir y rechazar los desganados rituales, la miopes vereditas mentales por las que discurre, en todo el mundo, el periodismo de fin de siglo. Mirando nuestra TV de opinión y en trance de escribir mi entrega semanal , se me ocurre que ya estoy en edad de poder decir, sin temer pagarlo demasiado caro, que en nuestro país el más ramplón de nuestros políticos se verá siempre superado en chatura de ideas por más de uno de nuestros comentaristas de la escena pública. Las excepciones resplandecen.

Aquí salta de nuevo el horror a la complejidad del mundo, a sus accidentes y a sus leyes; esa tenaz propensión a lo «trivial predigerido» que muestra lo más ilustrado de nuestra clase media. En esto, y no muy a la zaga del instructor a tiempo convencional ucevista, descuella aparatosamente el periodista. Sin embargo, goza este último entre nosotros, de un gran predicamento: la proliferación de mañanas «de opinión» televisada y radial, de columnas «de análisis político» así lo atestiguan. Se diría que el reportero de denuncia y el analista político —la «barricada» y el «laboratorio»— son un producto tan típico de nuestra era democrático-populista-petrolera como la reina de belleza y el short-stop de Grandes Ligas.

Nadie más consustancial con los dechados de esta democracia en apuros: cabal producto de nuestro sistema educativo, hijo legítimo de las perversiones de nuestra educación pública gratuita y de acceso irrestricto. Sus ideas son un amasijo de Armand Mattelart y Marshall McLuhan, añejado en barricas de roble con precinto del Reglamento de Repitientes y sancionado por la colegiación respectiva.

No sé por qué ingenua operación mental se les presume siempre independientes. Pero, aventados deliberadamente o por error, a una tribuna cualquiera, todos adoptan un aire pretendidamente inquisitivo y escéptico, un tonillo que quiere ser cáustico, sin lograr del todo ninguna de las dos cosas. Su premisa mayor es la de que nadie habla con sinceridad ni conocimiento de causa, que todo prestigio es infundado; que no existe autoridad proba en ninguna materia. El morbo se inocula en el bachillerato. Quien haya impartido clases en una universidad venezolana sabe de qué hablo: me refiero a esa actitud contestataria pero hueca, desafiante pero inconducente, encapuchada y bobalicona, estulta y arrogante, a la vez acusadora y ayuna de ideas con que nuestros muy disléxicos bachilleres se relacionan palurdamente hasta con el profesor más docto, paciente y generoso que les haya tocado en suerte.

Son «esfinges sin enigma», para usar la expresión de Rémy de Gourmont. Pues bien, el periodista venezolano suele ser un precipitado de todo esto que digo. Con corbata y certificado de locutor, se entiende. Se ensaña con el castellano; descalabra el idioma con fruición vandálica: «pase de factura», «cuadre», «a nivel de», «destranque», «acta mata voto», «en base a», etcétera, son los goznes y cerrojos de su discurrir y su escritura. Cuando quiere afectar sorna se encarama al modo subjuntivo y dice o escribe «pareciera que...» ¡Ah, y esos condicionales!: «el titular de la cartera habría dicho...», «se estaría cocinando un acuerdo en el cogollo...».

¿Qué discurso es ese del doble discurso?

Pero más que cualquier dislate de la lengua, una locución los inflama sobremanera: la expresión «doble discurso». Nada los hace tan felices como enrostrarle a un entrevistado «pareciera que usted tiene doble discurso, doctor». Examinemos un poco esa pulsión de andar espetándole a la gente más enterada la pesadez de que «tiene usted doble discurso».

¿Qué entiende un «ignoramus» de esos que norman la opinión nacional por «tener doble discurso? Sencillo: todo lo que se nos muestre dilemático es decir, casi todo lo crucial en esta vida, agita en él una neuronita que activa su aparato fonador para decir «¡ajá!: he aquí un caso de doble discurso».

Ejemplo:

El lector convendrá conmigo en que un funcionario del Ejecutivo que manifieste ante Fedecámaras que se ha hecho ya inescapable honrar los compromisos y cancelar los pasivos laborales y que, horas más tarde, advierta ante la CTV que no hay recursos para ello y que se corre el riesgo de ahondar el hueco fiscal, no estará haciendo más que redondear apenas dos de los muchos puntos de la agenda social. Pero el acusador público matutino, el Fouquier-Tinville del tubo de rayos catódicos, no dejará de encajarle que «usted pareciera tener un doble discurso» porque «ante la CTV dijo ayer tarde un cosa y esta mañana, ante Fedecámaras, dijo otra». Cuando el entrevistado reacciona y amaga con una precisión, se le posterga sin contemplaciones para después de los comerciales. Fin del ejemplo. Cualquier consideración relativista, y en general las mediaciones, los dilemas, las proposiciones indecidibles que a cada rato jalonan el paso de los mortales por el mundo, le merecen al periodista criollo el desprecio intelectual que por los sofistas sentían los socráticos. O los socráticos por los sofistas, ya no recuerdo bien. Nuestro periodista discurre como esas señoras de algo más que cierta edad y cabellos teñidos de azul que te tiran de la lengua en las bodas, te arrastran a un tema peliagudo y que, llegados a una bifurcación argumental, te emplazan diciendo «¡ah no!; defínase, joven: ¿está o no está de acuerdo con el manejo que da Chávez a nuestra política exterior? ¡Sí o no!».

—¡Ahí está justamente el problema, señora mía, a eso iba: estoy y no estoy. Es decir, a veces sí, a veces no. Todo es «según y cómo», como vaya viniendo iremos viendo, ¡qué le vamos a hacer!, reponemos, cordiales, sólo para que la señora se aparte de nosotros con un mohín defraudado.

Si no me cree el lector, observe al periodista la próxima vez que sintonice un programa de opinión mientras se afeita. Mire cómo se pone nervioso e impaciente, cómo interrumpe inmisericordemente lo más numinoso y decisivo de una explicación, cómo requiere definiciones tajantes, cómo solicita máximas reduccionistas, fórmulas sencillas, de ser posible, fórmulas tarareables que contengan al universo y sus causas y sus efectos, y esto justo cuando Brewer Carías o Aristóbulo Istúriz, por nombrar dos inteligencias, empiezan a remontar la cuesta de un razonamiento necesariamente frondoso y complejo.

Si hemos de preservamos para mejor salir de esta ciénaga que nos ha deparado el fin de siglo, convendrá entre otras cosas, empezar a administrar el proverbial grano de sal a toda opacidad que pase por insobornable inquisidor de los asuntos públicos; perderle el respeto a su ceñuda ¡y sañuda! requisitoria; forzarlo a abandonar su reducto hecho de ideas recibidas, de superchería de sala de redacción, de simplismo y moralina. Sueño con el día en que un político, un tecnócrata, un intelectual, un experto en cualquier cosa; en fin, un hombre de ideas, venezolano, ya sea neoliberal o populista, solipsista o de los otros, no acuda a los programas de opinión con el sombrero en la mano y la cerviz doblada, como pidiendo disculpas por su experiencia y sus saberes ante un perfecto perdonavidas madrugador que, con un vocabulario de apenas ciento cincuenta palabras, se atreve a ser fiscal, juez, jurado, testigo de cargo y paladín del colectivo, todas las mañanas.



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