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Sección: Bitblioteca
ENVIAR A UN AMIGO | ENVIAR AL DIRECTOR | ENVIAR AL EDITOR Achichincles El Nacional, sábado 6 de octubre de 2001 Somos socios de los Estados Unidos, pero no sus achichincles. Carlos Fuentes, escritor mexicano de alta performance Es difícil frasearlo mejor. «Socios, no achichincles»; así lo puso el autor de La muerte de Artemio Cruz hace pocos días, en declaraciones a la prensa internacional. Desde luego, la expresión vale por sí misma, aunque más no sea por eso que los filólogos de antaño llamaban «el genio de la lengua». La expresión de don Carlos resume, a mi modo de ver, un muy recomendable estado de ánimo que, acompañado de una lucidez correlativa, es renuente a dejarse acorralar en el angosto chiquero de las formulaciones académicas. Que no hay, pese a la indignación que causa el repudiable atentado neoyorquino, verdaderos motivos para convertirse en achichincle del señor Bush, es cosa que en la actual coyuntura debería dictarnos la más elemental prudencia y que debería resplandecer de modo natural. Pero no; no resplandece. Basta echar un vistazo a buena parte de las páginas de opinión nacionales para tomar nota de cuán opaca resulta esta verdad para muchísima gente. En efecto, la postura de la mayoría de los internacionalistas y politólogos criollos, colegiados o no, ya sean articulistas o invitados a los programas madrugadores de opinión, sugiere en general que los atentados terroristas del 11 de septiembre pasado y las medidas adoptadas por Washington deben tomarse no como datos añadidos a la constelación internacional (de suyo compleja, incluso antes de la crisis), pero datos al fin, sino como alfa y omega de todo lo que en política exterior discurramos hacer de ahora en adelante. El inocultable dramatismo del feroz e inhumano atentado ha logrado obnubilar a nuestras élites de modo tal que hoy vemos recrudecer una visión de las cosas que, hasta ahora, no había pasado de ser zalamería mangante de algunos especialistas. Me refiero a esos que permanentemente cortejan grants e invitaciones a coloquios internacionales merced el antiquísimo recurso de convertirse en altavoces locales en «concesionarios» de las doctrinas puestas en boga en los centros de la metrópolis que se dedican a producir teoría y significados sobre el resto del mundo. «Todo experto, cuando opina, en realidad adula»: gran decir. Un decir muy sabio que ha orientado el cinismo de la prensa mundial a la hora de juzgar las opiniones de los expertos respecto a casi cualquier cosa. Pero aun descontando lo que aporta el cinismo y el descreimiento propios de la profesión, las cosas que en Venezuela se nos pide que escuchemos en calma dejan ver la estofa achichincle de que está hecha la conciencia del mundo que tiene nuestra «elite», y que con la actual crisis se nos muestra en todo su candor. En el pasado reciente hemos visto la mar de veces cómo el epítome de una opinión «ilustrada» en punto a política exterior consiste meramente en dictaminar si lo que Chávez hace o deja de hacer ha de gustarles o no a los americanos. La premisa es invariablemente la de que vivimos en el mismo hemisferio que los gringos, que la Guerra Fría ha terminado, que el mundo tiene ahora un único polo. En suma, si hemos de atender a estos expertos, hoy el arte de diseñar una política exterior no puede ni siquiera llegar a ser tal, pues ella carecería de espacio donde desplegar sus astucias y se reduciría simplemente a «no hacer olas». Los mexicanos, en esto, como en tantas otras cosas, nos llevan larguísima ventaja y por ello discurren de otro modo. Nuestra inocencia quizá se desprenda de que, a diferencia de tantas otras naciones de la gran cuenca que hacen el Golfo de México y el Caribe, Venezuela es la única cuyas playas no han sido holladas jamás por la bota de un infante de marina estadounidense. La observación de Carlos Fuentes vino en medio de un acalorado debate nacional acerca de la actitud que México debe adoptar oficialmente ante el cheque en blanco que Washington anda exigiendo a todo el mundo. En esto, Fuentes no está solo: el Congreso mexicano ha rechazado los términos en que se formula la declaración de la Cancillería en esta materia y exige que cualquier postura sobre política exterior sea debatida en el Senado. Dejando a un lado los resentimientos cuyo origen histórico puede verse en la guerra de 1846 y el mordisco territorial que entonces Estados Unidos dio a México el himno de los marines arranca con una ofensiva alusión a aquella guerra imperial: «De los salones de Moctezuma a la arenas de Trípoli...», está claro que una calificada mayoría de la opinión mexicana lo que exige del presidente Fox es que no deje pasar la ocasión de obtener reparaciones y ventajas a cambio del apoyo solicitado. Mexico coloca 80% de sus exportaciones en Estados Unidos, comparte con ellos 3.200 kilómetros de fronteras y más de ocho millones de sus nacionales trabajan en su territorio. Los emigrantes envían a México anualmente más de 8 millardos de dólares. Casi no hay aspecto de la vida nacional que no esté íntimamente conectado con el vecino, como lo revela elocuentemente el hecho de que a raíz del amago de colapso financiero del año 94, los gringos acudiesen rápidamente desembolsando más de 50 millardos de los verdes, so pena de que en lugar de un colapso financiero tuviesen que afrontar un colapso de fronteras. Semanas antes de los sucesos del 11 de septiembre, Bush había anunciado el propósito de regularizar la situación legal de más de tres millones de nacionales mexicanos que trabajan en Estados Unidos. Con la crisis, se suspendió explícitamente toda iniciativa en este sentido. Es una de las cosas que la oposición exige a Fox que exprima de Bush en esta hora. «Pa luego es tarde», y en esto los mexicanos no estarían haciendo más ni peor de lo que hace Putin, al canjear su apoyo a «Libertad Perdurable» por el cese a las críticas de Occidente a su política de atrocidades en Chechenia. O Pakistán, al tratar de bregar la condonación de su deuda externa y el levantamiento de un embargo de armas para su guerra secular con la India. Hasta la hora y punto de los ataques, Bush venía desarrollando con creciente desenfado una política exterior unilateral y desaprensiva respecto del resto del mundo. Su desinterés por el tratado de Kioto, su insistencia en denunciar el tratado de reducción de misiles balísticos que iba de la mano de su propalada intención de alzar unilateralmente un escudo antimisiles, su negativa a participar en el tratado internacional de armas ligeras, su propuesta de una ley que permitiese a los ciudadanos de Estados Unidos sustraerse al Tribunal Penal Internacional y, más aún, autorizase a su Presidente impedir con armas en la mano que un ciudadano estadounidense sea llevado ante dicho tribunal, todo ello despertó repentinamente a un mundo en el que el valor de la cooperación internacional es imprescindible, incluso más allá de esta crisis. Pero también un mundo en el que, justamente por la calidad de esta crisis, y contra la opinión de los timoratos, puede resultar posible negociar, al calor de las urgencias de los gringos, el modo conveniente de ser su socio antes que convertirse en achichincle incondicional. Y esto debería valer tanto para México como para Rusia, Turquía o Venezuela. Achichincle fue Noriega, por quien vimos cómo el padre del actual presidente Bush puso en marcha un aparatoso arresto que devastó por completo el barrio de Chorrillo, en Ciudad de Panamá. Piénsese que, en su momento, el protervo Osama Bin Laden y los talibanes fueron también consentidísimos achichincles del Pentágono y la CIA. Todavía hoy, el antiguo secretario de Estado de Estados Unidos, Zbigniew Brezinski, quien condujo la política exterior de su país ante la invasión soviética de Afganistán, se muestra arrogante al justificar restrospectivamente el monstruo que ellos mismos crearon y que ahora nos piden abominar solidariamente. En buena medida, esa política consistió en financiar, vía Arabia Saudí, la creación de las «madrasas», o internados religiosos talibanes, que con el tiempo produjeron una cosecha de más de 225 mil muyahedines dispuestos a matar y morir cuando sus líderes religiosos se lo ordenasen. «¿Qué era más importante para el mundo desde el punto de vista de la historia?» exclama exasperado Brezinski, ante una pregunta de la prensa de su país. «¿Unos cuantos musulmanes agitados o la caída del imperio soviético y el fin de la guerra fría?». Carlos Fuentes tiene razón: mejor socios que achichincles.
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