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Alfaro Ucero en Palm Beach

Ibsen Martínez

El Nacional, sábado 11 de noviembre de 2000

Mono
Ibsen Martínez, El mono aullador
de los manglares
, Caracas:
Grijalbo—Mondadori, 2000.
I

En un arrebato de desprendimiento, y en el transcurso de un almuerzo en Caracas la semana pasada, prometí a mi editor, Miguel Henrique Otero, un despacho especial acerca de la elección presidencial estadounidense.

—No va a costarte ni un centavo más de lo que le pagas a ese palangrista de Zapata por unas caricaturas en las que le da por opinar como le da la gana —le dije, sin saber muy bien qué cosa estaba prometiendo: la cobertura por satélite es tan exhaustiva que es bien poco lo que un cronista como yo, sin ningún tipo de conexiones en la escena política gringa, y en rigor, en ninguna otra escena política, podría ofrecer a sus lectores como añadido singular, como algo diferente a lo que ofrecen las agencias.

La verdad, no sé por qué se me ocurrió decir esa tontería.

El hecho es que tenía que venir a Washington por motivos personales y el resultado ha sido que he pasado una semana más o menos ocupado en los asuntos que me trajeron aquí, y traspasado todo el tiempo por una cierta sensación de compromiso y de fraude: «¿para qué diablos prometo cosas que nadie me ha pedido y que no puedo cumplir?».

La noche del martes me recogí temprano, me arrellané ante el televisor, y me dispuse a enterarme de quién sería el próximo presidente de la Unión Americana, que es como tan característicamente algunos colegas periodistas mexicanos, destacados aquí y con quienes almorcé el lunes, llaman a Estados Unidos.

CondorUn canal de cable ofrecía una vieja película de Sidney Pollack, rodada en los tardíos años 70: Los tres días del cóndor. Recuerdo haber ido a verla una noche, hace unos cuantos años, junto con Mauricio Walerstein y nuestras respectivas de entonces.

Al salir, nos enfrascamos en una discusión de café con unos ultrosos que pretendían aguarnos el buen rato mostrándose más perspicaces y más prevenidos políticamente que nosotros que ya éramos lo que siempre seríamos después: teodoristas.

Los ultrosos habían leído a John Howard Lawson, y desde luego, no se fiaban de la calidad denunciatoria de una película de Hollywwod.

—No sé, poeta: ahí yo veo una trampa ideológica —recuerdo que dictaminaba con suficiencia guevarista uno de los ultrosos, eterno aspirante a ser nuestro Guillo Pontecorvo, el que posaba de lector de Guido Aristarco y seguramente creía que Alfredo Roffé inventó el cinematógrafo en el tiempo que le dejaba libre su trabajo en el Inavi.

Mauricio no perdió la paciencia; resopló y repuso:

—¿Cuál «trampa ideológica», mano? Lo que no te gusta es que sea un cineasta gringo, un demócrata liberal de centro, quien denuncie a la CIA, y que para colmo de eficacias, lo haga con Robert Redford y Marthe Keller como protagonistas, en lugar de un elenco encabezado por Asdrúbal Meléndez y Mercedes Sosa, con guión de Edmundo Aray y dirigendo tú. Por cierto, ¿cómo te llamas tú?

Eso hizo el silencio, y maquinalmente los revolucionarios cambiaron el tema.

Cuando amagaron con despedirse, Mauricio obligó a cada quien a pagar su cuenta, con ese talante intraficablemente equitativo y un intransferible dialecto «chilango/caraqueño», esa cruza de colonia Anzueres y parroquia El Recreo que Mauricio despliega desde hace años entre nosotros:

—No, no; no la muelas, buey, ya no la muelas: tú pediste un «capuccino», mi llave, con una solera y una pizza «Margheritta», y el amigo pidió dos soleras y un negrito: las cuentas claras conservan la amistad. Paga cada cual su vaina o «de plano» más nunca nos sentamos juntos.

Como ven, Sidney Pollack logró ponerme nostálgico. Estuve saltando del canal de Sidney Pollack a los canales que ofrecían un resultado definitivo antes de media noche, hasta que mi hijo Iván se despidió de mí con un «no puedes dejar quieto el control remoto, ¿verdad?», me dio un beso y se fue a dormir.

No alcancé a ver el final de Los tres días del cóndor y me quedé dormido.

Desperté de madrugada y ¿quién estaba hablando en la televisión?: nada menos que Nader, el tercer candidato, el del Partido Verde.

Ante las cámaras de CBS y de NBC, Nader hablaba pestes de las voraces corporaciones que han confiscado la democracia estadounidense, de un bipartidismo perverso que en rigor es un «duopolio» al servicio de los ricos, etcétera. Hablaba vainas que habría desaprobado mi amiga Marta Colomina de haberlas dicho Hugo Chávez en Aló, Presidente.

Decidí que lo que pasaba era eso, que era ya de madrugada y que las redes americanas difundían entonces, en horario inocuo, las verdades de Nader en conferencia de prensa, del mismo modo en que a esas horas difunden los avisos pagados de milagrosas máquinas de adelgazar y prodigiosos cuchillos de irresistible hoja inoxidable.

En una de las pausas leí el anuncio de que la elección estaba «too close to call», estrechamente empatada: «Por la mañana sabremos quién es el gallo», me dije. Y volví a dormirme.

II

Pero a las 9:00 am, a las 10:00 am., a las 3:00 pm del miércoles seguían entrevistando a Nader porque no había mucho más que decir.

Fue entonces cuando recibí una llamada: una fuente que no revelaré me ofrecía la primicia del año: Luis Alfaro Ucero llevaba meses siendo consultor electoral ¡de ambos partidos del dupolio!

¿Concedería un entrevista?

—¿Para qué crees que te estoy llamando, pendejo?

III

—¿Desde cuándo es consultor electoral en Estados Unidos? ¿Cómo surgió la idea?

—Me repugnaba el retiro. Todo lo aprendido, todo lo acumulado en décadas de vida política, ¿condenado a perderse?

—¿Cómo surgió la idea?

—Hace meses que los cerebros del duopolio intuyeron que la vaina conducía a una elección cerrada. Supieron de mí leyendo una monografia de no sé qué politólogo americano. Es lo único que tengo que agradecer a los politólogos.

—Como experto en trapisonda y chanchullo, ¿cómo juzga el sistema electoral americano?

—Primitivo. Indeciblemente primitivo.

—¿Puede elaborar eso un poco más?

—Para empezar, los mecanismos de exclusión son pueriles y fácilmente contrarrestables.

»Por ejemplo: convocan las elecciones un día laborable contando maliciosamente con que la fuerza de trabajo y los pobres no puedan ir a votar, so pena de que les descuenten el día.

»Nosotros los adecos éramos mucho más sofisticados: desmoralizábamos a la población mediante un largo, sostenido tratamiento de exclusión que tomaba años, un largo proceso de defraudación de sus expectativas y con ello lográbamos reducir notablemente el universo votante hasta llevarlo a dimensiones manejables por la maquinaria y la colonización de los colegios electorales.

»Ojalá Estados Unidos aprenda a votar en domingo y con gran despliegue militar: eso facilita las cosas.

—¿Algún logro de su empresa consultora en este proceso?

—Sin duda, haber asesorado a ambos partidos por igual. Bush tiene más sentido de lo institucional, Gore es más dado a la retórica rooseveltiana y a las acciones de calle; pero ambos valoran nuestra experiencia de 40 años de chanchullo y ello nos gratifica luego de tanta descalificación doméstica.

»Pero lo más halagador está en la reivindicación de los procesos manuales. Confío en poder vender a los gringos la fórmula del «acta mata votos». Es mucho mejor que esa engañifa anacrónica gringa de los votos electorales que matan el voto popular. Morales Bello está trabajando en eso.

—¿Cómo aprecia la situación venezolana actual?

—Te responderé con una expresión de Hugo Chávez: Las águilas no cazamos moscas. Ya no. Lo pasado, pasado. Veo esta nueva carrera de asesor/consultor electoral en Estados Unidos con mucho entusiasmo y ganas de vivir. Como una manera de capitalizar mis saberes y mi experiencia en el otoño de mi vida. Me dan risa esos aficionados, como Nacho Avalos y el tal Leonardo Pizani, que renuncian al menor tropiezo.

»Para mí, entrar a formar parte del establecimiento electoral gringo, asesorando a ambos contendientes en una situación de exhaución y de desencanto del electorado, parecida a la misma en que me moví durante años, con más de 50% de abstención crónica y un presupuesto fiscal en juego de más de 3 millardos, es como volver a empezar de la mejor manera.

—¿Bush o Gore? ¿Izquierda o derecha? ¿Mercado o gasto público? ¿Cuál es su gallo?

—Ninguno de los dos. Mi gallo siempre ha sido el sistema.


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